Daniel Guzmán
“La primera película es la última y la última siempre es la primera: te tienes que reinventar”
Su tercer largometraje detrás de la cámara ha superado todas las expectativas, en la taquilla y en el boca-oreja. Cine social, con mayúsculas. Y una protagonista anónima, de la tercera edad: su gran obsesión. El actor, director y (ahora) también vocalista punki, disfruta-sufre haciendo su cine. “Las mayores deudas que tengo son las emocionales”, advierte
JAVIER OLIVARES LEÓN
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha (@enriquecidoncha)
Cae la noche en el barrio de Chamberí. Una veinteañera se acerca a Daniel Guzmán, director de La deuda. Llama su atención con el imperativo protocolario al solicitar un selfi: “Perdona”. Cuando se gira el madrileño, que también (y para muchos, sobre todo) es aún el actor de la popular serie Aquí no hay quien viva, le aguarda una sorpresa: la cazasaludos no quiere fotos. “Me ha encantado tu película. Y a esos, que son más vergonzosos [señala a sus amigos, a diez metros], también”.
La deuda, tercer largo como realizador de Guzmán, de 52 años, fotografía el acoso de la gentrificación a las personas mayores, pero también es una revisión en modo thriller del sentimiento de culpa. “Dicen que el cine social te tira para atrás. Pero no es verdad, porque las grandes taquillas de los años 90 y 2000 eran de ese género. Lo que más nos ha emocionado son los coloquios después de los pases, en casi diez ciudades. Las redes sociales, la gente que te para por la calle”.
– ¿A la gente le preocupa el desahucio de los mayores?
– Hay una mayoría de público a la que le preocupan estos temas. A través de la ficción intento reflexionar sobre un modelo de ciudad o de relación. La relación con los mayores, el tema de la gentrificación, la vivienda. Es muy gratificante ver cómo el público conecta con la película a través del contexto social y del detonante del que parte La deuda y que luego se transforma en un thriler social. Al intentar contar solo una historia y no moralizar o no tener una mirada paternalista, reflexionando, el contexto se hace el motor de todo. Aunque sea un thriller, el tema ⎯la relación con nuestros mayores o el problema de la vivienda⎯ se amplifica, al incrustarse en una historia. Creo que por eso está conectando tanto con la gente.
– Pero va mejor de lo que esperaba.
– Sí. Esta película tiene un riesgo, porque combina dos géneros como el thriller y el drama social y cuenta con un presupuesto muy alto: dobla cualquier película, con 78 localizaciones en vez de las 20 o 25 de media. Y la rodamos en diez semanas, cuando ya solo se rueda en cinco o seis. O sea, tiene unas necesidades para intentar que se produzca esa comunión con el público a través de la veracidad. Unas condiciones concretas que disparan el presupuesto. Y por eso es muy ambiciosa también.
– Inicialmente ya tendría ese presupuesto y esas exigencias.
– Sí, bueno. Ese triple de localizaciones es necesario, porque el personaje protagonista está en busca y captura. Una persona que huye no pasa dos veces narrativamente en el mismo sitio. Al hablar sobre gentrificación, no puedes rodar en interiores, es un fenómeno que se produce fuera. Hay que ver estética o narrativamente ese cambio de entorno, esa geografía identificable. Los nuevos edificios se comen lo antiguo. Es una película muy callejera, muy urbana, que necesita muchos exteriores.
– La película le surgió un día que estaba en un centro de salud con su abuela, un personaje vital en su vida.
– Eso es. Por eso necesitaba para el papel una persona muy frágil, con vulnerabilidad, y que reuniese varios requisitos, como inocencia, humanidad, sentido común, dependencia. Y, sobre todo, picaresca. O sea, facetas innatas en la propia personalidad que se pueden actuar, trabajar. Después de mucho buscar, estuvimos cuatro meses trabajando con Rosario García en la residencia de mayores, yendo y volviendo de El Escorial a Madrid.
– ¿No había ninguna actriz profesional de 90 años que le encajara?
– Solo hay una o dos compañeras actrices que superen los 90 años, y necesitaba una mujer aún más mayor en la recta final de su vida que transmitiera esa dependencia y vulnerabilidad que tiene el personaje de Antonia. Además de esas necesidades, siempre me gusta, quizá es un estilo propio, combinar actores/actrices profesionales con no profesionales y compañeros/compañeras profesionales desconocidos que, en mi opinión, merecen tener oportunidades en nuestro cine.
– En sus tres películas está Luis Tosar, aunque sea con un papelito.
– Me gusta trabajar con personas con las que conecto personalmente y por su talento. Personas con empatía, gente a la que quiero, respeto o admiro, con unos valores en línea con los míos. Todo esto lo representa Luis como actor, compañero y amigo. Bueno, y también he intentado darle una oportunidad para que consiga finalmente abrirse camino en el mundo del cine, que es muy difícil [risas]. A ver si en una de estas se engancha, ya va siendo hora. Como Antonio de la Torre o Javi Gutiérrez, que nadie les da una oportunidad [risas]. Yo siempre pienso en ellos, porque les está costando, la verdad, encontrar su lugar…
– Para Miguel Herrán, al que usted descubrió en A cambio de nada y confirmó en Canallas, ¿no ha habido oportunidad esta vez?
– Es que no había personajes para él. Porque el protagonista, Lucas, tenía que rondar los 50 años. Es alguien que busca el acceso al mercado laboral, que ya va teniendo cierta exclusión. Y la actriz, Charo García, debía tener a partir de 92, como mi abuela entonces. Los otros personajes han sido Itziar Ituño, Susana Abaitua, Francesc Garrido, Mona Martínez, Carlos Olalla, etc.
– Han hecho un trabajazo impresionante.
– De lo que más orgulloso me siento es del trabajo actoral y del maravilloso reparto que me ha acompañado en esta película, factores muy importantes por los que se ha producido esa comunión con el público. Me da pudor decirlo, pero gran parte del público nos ha dicho que es una película necesaria, imprescindible, que hay que hacer este tipo de cine. Y esto solo se logra con un reparto con el que conectes, a través de su talento y del trabajo de dirección actoral.
– La clave es el guion, claro.
– Es mi herramienta de conexión, el guion y los actores. Luego, la factura y el tema técnico apoyan y potencian estos pilares fundamentales. Pero la esencia para mí siempre es un guion, unos actores y una dirección actoral.
– ¿Escribe usted solo todas las historias?
– Siempre. He intentado compartir ese trabajo algunas veces, pero... Me ahorraría mucho tiempo y esfuerzo, porque quienes escriben con otras personas, o trabajan con textos de otros, pueden hacer una película cada dos años. Yo me meto en una película cada seis, siete años, porque tengo que hacer el proceso de escritura, y todo se alarga. Me encantaría encontrar una persona con la que pelotear. Pero las historias que cuento están muy apegadas a circunstancias personales que he vivido. No las puedo explicar para que escriban sobre ellas. Las películas que escribí yo las conozco personalmente, desde su génesis hasta el desarrollo. Toda la vivencia, todo lo que pasó. Como intento que estén muy apegadas al día a día, a la vida, que no se sepa muy bien dónde está la ficción y la realidad, para que se produzca esa conexión con el público, tengo que escribirlas yo, porque las he transitado yo.
– ¿Y la producción? ¿Le gusta arriesgar hasta ahí?
– Eso es lo peor y lo más complicado y difícil. Me gustaría no producir y dirigir al mismo tiempo, pero no queda otra para mantener la línea autoral, respetar los tiempos y las necesidades técnicas. O por lo menos, yo no he encontrado el productor que apoye y respete la historia que está escrita. Siempre me acuerdo de Elías Querejeta, con quien estuvimos a punto de compartir A cambio de nada: entendía y cumplía de manera brillante y con criterio la figura de productor. Me encantaría encontrar esta figura, delegar y dedicarme a escribir y dirigir, pero no la he encontrado. Ojalá algún día lo encuentre, ya que producir y dirigir a la vez es devastador. Además, la dicotomía entre el productor y el autor es muy complicada. Si en la lucha gana el productor, complicado. Si gana el director, gana la película, pero el resultado económico acaba siendo nefasto. Llevar a cabo películas tan ambiciosas suele generar situaciones complejas, difíciles de gestionar y tremendamente complicadas de financiar o de reducir cualquier tipo de gap.
– Así no ha tenido que pedir tiempo ni dinero a nadie…
– El problema es que, en una película con 78 localizaciones, un productor que necesita amortizar la inversión te limita a 35, por ejemplo. Y entonces, ¿cómo cuento que Lucas, el protagonista, está huido de la justicia? ¿Cómo narras la gentrificación? ¿Cómo cuentas la huida hacia delante de un protagonista que vive en la calle? Y ante una acotación especial, como la canción Enjoy the silence, de Depeche Mode en la escena de la discoteca, un productor te diría: “Dani, para la música tira de librería, no podemos pagar 40.000 euros”. Pero es que la conexión emocional que obtengo con Enjoy the silence o con Johnny and Mary, de Robert Palmer, en el momento en el que los protagonistas están más íntimos... me parece imprescindible en la banda sonora. Si yo quiero un compositor como Richard Skelton, un productor intentará buscar algo más asequible, más cercano. Es como decirle al director de Amélie que no puede contar con Yann Tiersen, o al director de Hacia rutas salvajes, Sean Penn, con Eddie Vedder, el vocalista de Pearl Jam. La concepción de la película incluye eso.
– La persecución que rodó en las calles de Madrid también sería una pasta.
– Eso es, otro ejemplo. Si no puede haber una persecución en un momento necesario -narrativa y climáticamente- de la película porque cuesta tanto... Te dirán: “Dani no puede haber una persecución”. O, en el mejor de los casos, te dirán: "Puede haberla, pero en una carretera abandonada sin tráfico". ¿Cómo vas a llevarte una persecución necesariamente urbana a un pueblo? O te dirán: “Dani, no puedes contratar a Charo García, porque no hay un seguro que te cubra una persona tan mayor con ciertas patologías. Busquemos a una actriz de 80 años”. Ya, pero es que entonces no cuento la fragilidad, la vulnerabilidad y dependencia de esa mujer que se queda en la calle. A la gente le emociona Charo, pero Charo es una apuesta que nadie quiere.
– Ha acabado extenuado de la película, pero ya tendrá mono de hacer otra.
– No. He acabado agotado, extenuado y decepcionado. Este tipo de cine y conseguir este resultado no se valora y, además, cuesta mucho que dure en cartelera, aun funcionando maravillosamente con el público y con el boca a boca. No tiene sentido todo lo que dejas en el camino para que luego no consiga el lugar que se merece para el público. Sobre todo porque, a nivel prensa especializada, intentan generar los cuatro o cinco títulos del año y no puedes ni debes poner en cuestión su criterio porque parte de gustos y subjetividades. Tienes que respetar sus valoraciones, aunque en muchos casos no las compartas.
– En un principio no iba a encarnar usted a Lucas, ¿verdad?
– Así es. Estuve cuatro meses ensayando con Charo como Lucas y se estableción una relación personal de una profundidad y una conexión muy grande y especial. Tras esos meses de ensayos empecé a probar con diferentes actores en los que había pensado para interpretar a Lucas. Estuve haciendo con ellos un trabajo de desarrollo y proceso más que pruebas de casting al uso y, cuando ya tenía dos candidatos que se acercaban a lo que buscaba, Charo se cayó y se fisuró dos costillas. Su situación ya era un poco límite. Me dijeron sus familiares y los responsables de la residencia que, si quería rodar con ella, tenía que hacerlo ya. No podíamos esperar otros dos meses para ensayar con el actor principal porque posiblemente se pondría en peligro contar con ella.
– ¿Qué plazos manejaban?
– ¿A quiénes descartó para su papel?
– Prefiero reservármelo. Ambos tienen unos 35 años, como otros cuatro candidatos. Había también siete de 40. Y de 50 no había ninguno, algo que necesitaba para contar la exclusión del mercado laboral. Cada uno tenía ese algo personal y el talento para desarrollar a través de la dirección actoral lo que yo quería. Yo ensayo generalmente un mes o dos, como en teatro, para conseguir transmitir la veracidad que busco. Pero no iba a poder ensayar con el actor porque teníamos que empezar a rodar ya. Para mí el trabajo de construcción era muy fácil porque yo ya lo había vivido, estaba basado en mi relación con mi abuela y en parte de mi vida.
– ¿De verdad que tampoco había ningún actor de 50 años idóneo?
– Probé a algún compañero, como decía, pero ya se había creado el vínculo emocional conmigo. Eso ya trascendía. La gente que ha apoyado la película, al ver las pruebas que habíamos hecho, dijo: “Dani, no busques más fuera, rueda ya, pero ponte tú”. Y también es verdad que dos de los actores finalistas tenían casi 15 años menos que yo, lejos de los 50. Y lo más importante: la relación entre Charo y una persona de 35 años no es la misma que con otra de 50. Los dos personajes protagonistas, Lucas y Antonia, tienen un bagaje de 30 años de relación. Se quieren. Él lo deja todo y se juega la vida por ella.
– La vida es una sucesión de deudas.
– La deuda habla de una deuda económica, tanto de la necesidad de conseguir el dinero para salvar el piso del desahucio como la deuda con la banda a la que roba, la deuda emocional que tiene... con la madre del niño fallecido. Ahí tiene la culpa, la deuda emocional con Antonia [Charo García], la persona con la que convive, y la deuda afectiva con Mara [Susana Abaitúa], porque en el fondo es una historia de amor, una historia de afecto, de búsqueda de afecto de todos los personajes.
– A los 35 años hay más posibilidades de acceder al mercado laboral que a los 50.
– Lo que cuenta la película es que, a partir de los 50, cuesta mucho más que a los 35 por cómo está la sociedad planteada.
– ¿Cuánto sobrevivió la protagonista después del festival de Málaga?
– Cinco meses. Me empeñé en que fuera a Málaga [marzo de 2025] con sus hijos. La dejaron salir de la residencia y vivió uno de los momentos más importantes de su vida. Ver el mar otra vez, pasear con la familia…. Estar en un estreno con 800 personas que le brindan un aplauso de ocho minutos. La emoción al sentirse querida, útil, admirada. Todo lo que le ha dado la película ha sido maravilloso.
– Es usted un poco masoka, con lo mal que lo pasó con su abuela, fallecida tres años después de A cambio de nada, y ahora se encariña con otra mujer mayor… que también se ha ido.
– Así es. Escribo otra vez sobre la tercera edad. No es que quiera ser un abanderado de las personas mayores. Simplemente creo que tu vida es mejor si estás rodeado de personas mayores, por eso escribo sobre ellas.
– También tiene que ver el sistema. No tenemos tiempo para dedicárselo a los mayores.
– Yo prefiero no juzgar, pero a veces es muy duro sacar de su entorno a una persona que está medianamente bien –y puede estar acompañada en su casa o con servicios sociales gracias a su paga– para llevarla a una residencia a pasar sus últimos años. Creo que todavía hay mucho que contar de los mayores. Y yo disfruto a su lado. No es una mirada paternalista, ni mucho menos. Es que yo quiero seguir compartiendo la vida con personas mayores. Son muy válidas, enseñan mucho, te hacen reír mucho, te emocionan y te dan perspectivas muy interesantes.
– ¿En el equipo también?
– Por supuesto. Aunque también hay un 10 o un 20 por ciento de gente joven que está empezando, a la que hay que dar una oportunidad, la tercera parte de mi equipo técnico tiene que ser mayor de 65 años. En diferentes departamentos. Porque equilibran rodaje con su experiencia y su bagaje, oficio y sentido común.
– Incluso su madre.
– Mi madre sigue trabajando en vestuario, con 76 años. Es sastra, y está en mi película. No porque sea mi madre, sino porque lo hace muy bien. Tiene sentido del humor y cohesiona al equipo. Contar con ese salto intergeneracional es muy positivo para la vida y para el trabajo. Tener personas mayores, necesario y beneficioso para las empresas. Y a ti te dan experiencia.
– ¿Es cierto que reservaba el papel de Mara, la enfermera, a Verónica Echegui?
– Siempre tuve a Verónica y a Susana en mi cabeza mientras escribía. Siempre he admirado mucho a Verónica, me parece una de las actrices más talentosas y, a nivel humano, excepcional. Siempre que coincidíamos era maravillosa. Una persona con una luz y con una energía... Me hubiera gustado trabajar con ella. “Vamos a acabar trabajando juntos”, le decía. “Voy a encontrar algo para ti y a disfrutar del proceso”. Es algo que se me ha quedado ahí pendiente.
– Y tampoco era profesional. Bigas Luna la rescató de una línea de cajeras.
– Fíjate el talentazo innato que tenía. Me hubiera gustado mucho disfrutar con ella en un trabajo. Haber compartido algo. Siempre conecte con ella de manera muy especial. A día de hoy sigo sin creer que no esté. Fue una gran pérdida para el oficio, para el sector, para su familia, para sus mejores amigos y amigas. Es una putada que se haya ido tan pronto.
– ¿No puede amortizar la inversión –la deuda de La deuda– con algún papelito?
– Recuperar los créditos que hemos pedido es muy difícil. Un papelito me servirá para vivir, para tener una remuneración por mi trabajo. Pero para recuperar, imposible. Los exhibidores que apoyan la película han aguantado con ella en cartel. Pero es que el sistema de exhibición en este país... no es sostenible. Un dato muy concreto: Alemania, con 83 millones de habitantes, con el doble de salas de cine, tiene seiscientos y pico estrenos al año. España, con menos de 50 millones de habitantes, tiene 1.800 estrenos al año, casi el triple. Es imposible, no hay pantallas. Luego, obviamente las majors americanas han colonizado el espacio.
– O sea, que por mucho que funcione una película media …
– Exacto. Aunque funcione bien en la taquilla ⎯como lo ha hecho⎯, aunque el boca a oreja lo dispare, aunque llene las salas, tú durarás tres semanas como mucho, porque las distribuidoras americanas tienen mucho poder, mucha fuerza y una cuota de pantalla con la que van sacando tus pases para meter sus películas. Si tienen diez estrenos al año, seis no funcionan, pero cuatro son taquillazos. Presionan y chantajean a los exhibidores para meter todos sus títulos, funcionen o no, y tú sales fuera. ¿Qué pasa? Que eso se come todo. De pronto, yo tengo cuatro pases, porque me han quitado dos, que apenas meten 12 espectadores en la sala. Y los míos, a lo mejor, más de 200. La distribuidora de los dos o tres pelotazos siguientes ya tiene el hueco hecho. Entonces, después de cinco años apostando todo por hacer esta película, perdiendo muchas cosas en el camino... Si ya sabes que antes de estrenar va a ser muy difícil, aunque funcione, te das cuenta de que no tiene sentido. Mira: de ciento y pico películas españolas que estrenamos, solo cuatro o cinco se llevan la taquilla. Los porcentajes y la estadística son muy complicados. Ni siquiera es una moneda al aire, que da el 50 por ciento de posibilidades. Aquí tienes un 10 o un 15 por ciento, y a esperar el milagro.
– Coinciden muchos de sus colegas en ese anhelo milagroso del cine.
– Es que tienes una dedicación absoluta. Por amor al arte, haces una película o dos. A cambio de nada me costó diez años. Por amor al arte, puedo hacer Canallas. Pero a partir ya de la tercera, cuando se te han pasado 20 años por amor al arte, las fuerzas ya no son las mismas.
– Si sus visionados contaran en taquilla…
– Habré visto la película más de 2.000 veces. Un año y pico de montaje, más todas las veces que he chequeado las copias, más los pases…
– Su debut, el corto Sueños en 2003, fue como un tiro.
– Sí, fue increíble: Goya, Espiga de Oro en la Seminci, premios internacionales… Todo perfecto. Pero luego me tiré diez años para hacer A cambio de nada. Dejé la serie Aquí no hay quien viva porque pensaba que en dos años lo haría. Pero fue una década de dedicación exclusiva a la película. Eso lo haces una vez en tu vida. Luego me tiré seis años para hacer Canallas. Y La deuda me ha llevado cuatro y medio. Te sale una media de siete años… por amor al arte. Tienes la necesidad contar historias, pero no de que las historias te pasen por encima. Sobre todo, porque te das cuenta de que en 20 años se ha pasado la vida. Y ya la ilusión no es la misma. Tu fantasía, tu imaginación. Si quieres compartir una historia con el público y quieres cuestionar, reflexionar o dar algún punto de vista para mejorar o evolucionar, lo haces una vez. Al final, lo que te da la vida acaba con tu vida. Si el cine te da la vida, también te la quita, por lo menos este tipo de películas. Yo no sé hacer terror, no me interesa, y no hago cine para niños. El cine que me gusta hacer es complicado en estos tiempos, aun funcionando muy bien con el público. Son tiempos raros y el sector también lo es.
– Siempre busca usted gente normal, gente con unas características muy de barrio.
– Busco contar historias normales con personajes cercanos que viven a nuestro alrededor día a día. Las historias están muy apegadas a la realidad y, para llevarlas a cabo y que conecten con el público, necesito esa veracidad que a veces encuentro mezclando profesionales con personas de la calle a las que intento formar y dar herramientas para que consigan llegar a la altura de los profesionales. Es una simbiosis que siempre está presente en todos mis trabajos.
– Dicen que tiene buen ojo para los repartos.
– La gente cree que yo voy por la calle, les elijo y ya lo hacen. Pero hay mucho trabajo de ensayo. De formación. Y las herramientas, la búsqueda de estrategias para crear el personaje y hacerlo creíble, veraz y convincente. ¿Tú crees que mi abuela sabía actuar desde el principio? ¿Tú crees que a Miguel Herrán o Antonio Bachiller les cogí por la calle y les puse en A cambio de nada? La gente de eso no tiene ni idea. No puede ni valorar, porque no lo conoce. Hay que estar dentro.
– ¿Y por qué insiste con anónimos, habiendo tanta gente consagrada?
– Para llegar a esa veracidad y credibilidad, que se consigue mezclando una parte del elenco no profesional con grandes actores y actrices de mucho talento. El riesgo no se valora. La gente lo ve en la pantalla y dice: “Ah, qué bien está, qué natural”. Lo natural no existe, existe lo creíble. Y eso se logra con mucho trabajo, con ensayos, formación y herramientas de interpretación.
– Sacó del anonimato a una familia entera para hacer Canallas.
– Tal cual. El protagonista. Su madre. Su hermano. Su hija. Y otro tipo de 75 años que no se había puesto delante de una cámara nunca. Y les pones a protagonizar una película. Hazlo y que te salga bien.
– ¿Tiene algún tema en mente? ¿No da para una peli su pasado grafitero como Tifón en Aluche?
– No. Quiero parar, descansar, recuperarme y ver qué quiero hacer a partir de ahora con mi vida. Llevo cinco años en este proyecto. Me he dejado de todo, literalmente la vida...
– ¿Y por qué no hace más humor, con tanta escuela en las series?
– Ya he hecho. Sueños tenía humor, A cambio de nada tenía humor. Canallas rezumaba humor. En teatro, Perfectos desconocidos era humor. El día del preestreno de La deuda, con 800 personas en el cine, estaba al lado de Luis Tosar, al que considero un gran amigo, le cuento todas mis inquietudes e ilusiones. A mitad de la película dije: “Luis, tío, la próxima, ¿por qué no hacemos una comedia? Tenemos que reírnos, esto ha sido mucho sufrimiento”. Y de repente se empezó a reír. “Pero, Dani, si la anterior a esta, Canallas, era una comedia”. Tanto necesitaba alejarme yo de la fuerza emocional que ha tenido el camino de esta película, de todo lo que me he dejado en ese tránsito y todo lo que queda, que no me había dado cuenta de que la anterior película había sido una comedia. Fíjate lo lejos que ya me queda Canallas, y todo lo que conlleva La deuda, que pensaba que quería hacer una comedia como si no la hubiera hecho. La primera película es la última y la última siempre es la primera, porque te tienes que reinventar. La deuda ha sido un test, y según cómo salga, la próxima quizá ya no la vuelva a levantar. Siempre es una reválida, siempre es un examen.
Un cantante punk al frente de una banda de cincuentones
Dani Guzmán es vocalista de un grupo punk que hace un tributo a La Polla Records. “Para que te hagas una idea de la media de edad, nos llamamos Presbicia [risas]”. No cumplirán los 50 ninguno de los componentes. “Los cuatro músicos son bomberos. Uno en Parla, otro en Pozuelo… Unas máquinas. Flecky, el batería. Charco, el guitarra, Rubén, el bajo. Juanra… Y yo… canto como puedo, doy espectáculo [risas]”. El actor y director siempre tuvo la ilusión de cantar punk. “Creo que Evaristo Páramos [líder de La Polla] está más vivo que nunca, su letra, su métrica, y que este género ahora es más necesario que antes, en un mundo tan polarizado y con esta irrupción de la ultraderecha. Yo me he criado con La Polla Records, con Eskorbuto, con Kortatu, con Ska-P, con Los Clash, con Sex Pistols, con todo”. En los próximos meses tocan en Granada, Alicante y Bilbao. Mucha furgoneta. “Nuestro sueño, tío”.




