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15-12-2020


Daniel Ibáñez

 

“El reto de mi generación es hacer cosas que permanezcan y no se diluyan como un vídeo de YouTube”

 


Este actor madrileño de 25 años no había acabado sus estudios en la RESAD cuando empezó a encadenar proyectos. En su currículum figura incluso ‘Terminator’ y tiene la agenda acelerada: dos series en emisión y película con Javier Bardem



ISMAEL MARINERO

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

Quizás por fuera tenga el aspecto de un sonriente jovenzuelo, pero el madrileño Daniel Ibáñez lleva dentro a un señor de otra época. Un señor cinéfilo y melómano, humilde y con mucha ironía, que compaginó su formación interpretativa con el aprendizaje autodidacta de la música. Tiene Instagram, como todos los de su quinta, pero las canciones que sube a la red social no son versiones de C. Tangana o Bad Bunny, sino de los Beatles, Bowie o Silvio Rodríguez. Porque “es música de siempre, sin fecha de caducidad”.


   En otro momento de una larga conversación llega a decir: “Me gustaría ser como Marcello Mastroianni”. Es toda una declaración de intenciones en boca de un actor que, con 25 años, quema etapas a velocidad de vértigo en teatro, cine y televisión, donde este año acumula ya dos series de género: La valla y Caminantes. Ahora acaba de rodar Las leyes de la frontera, adaptación de la novela de Javier Cercas dirigida por Daniel Monzón. Y en breve va a medirse a uno de sus referentes, Javier Bardem, en El buen patrón, con Fernando León de Aranoa tras las cámaras. “Todavía no me lo creo”, dice. Le creemos.

   

- Asegura que lo tuvo claro desde los seis años. ¿Cómo es posible tener una vocación tan temprana?

- Suena a algo típico, pero es así: yo era el entretenimiento familiar bailando, cantando o haciendo el payaso. Desde muy pequeño me gustó mucho ese juego de ser otros. Sin saberlo, algo me imantaba hacia la interpretación. Quizá es que siempre me ha gustado que me miren, y para eso no puede haber mejor profesión que esta.


- ¿Había antecedentes en su casa o alguien cercano que le iniciara en este universo?

- ¡Qué va! ¡Si estuve a punto de empezar Medicina! Mi padre es médico; mi tía, también; mi madre trabaja en el sector sanitario… Podría haber acabado ahí perfectamente, pero al final me decanté por la profesión más estable de las dos [ríe].


- ¿Cuándo se subió a un escenario por primera vez? 

- Lo recuerdo vagamente. Debió ser en el colegio, en esas muestras de fin de curso. Creo que hice de pastor en un Belén. Más adelante me apunté a la Escuela Municipal de Arte Dramático de Madrid (EMAD) para profesionalizarme. Ahí empezó un camino más serio hacia la interpretación, que se consolidó cuando hice Las amistades peligrosas, de Darío Facal. Para mí ese fue un punto de inflexión, en ese momento me dije: “Me quiero dedicar a esto en cuerpo y alma”.


- ¿Y su primer casting?

- Tendría unos 14 años, y fue un desastre absoluto. Tenía ganas de vomitar, estaba nerviosísimo, no sabía lo que era una marca… Ojalá esa grabación se haya perdido para siempre.  



- En 2017 llega la serie Si fueras tú. Desde entonces su trayectoria parece haber avanzado rapidísimo. ¿Cómo lo ha vivido?

- Con la pandemia la sensación es rara: parece que todo lo anterior ha ocurrido hace mil años. Pero sí es cierto que con aquel trabajo se aceleraron mucho las cosas. Yo ni siquiera había acabado la carrera de interpretación en la RESAD, y a partir de ahí he tenido la suerte de no haber parado.


- Para un actor tan joven, con muy poca experiencia, ¿cómo surge la oportunidad de trabajar en Terminator 6: destino oscuro?

- Me grabé un self-tape para una audición, aunque sin saber para qué película. Había cierto secretismo. Tuve la suerte o el acierto de dar con lo que ellos buscaban y me llamaron porque el director quería verme en Madrid. Llegué allí y era el mismísimo Tim Miller, el director de Deadpool. Y la película, una secuela de Terminator. Pese a todo, controlé los nervios y la prueba fue genial. Esa misma noche me confirmaron que me habían elegido y casi rompo la casa de la emoción.


- ¿Qué se obtiene de una experiencia como esa?

- De alguna manera, me tranquilizó sobre las expectativas que tenía del mundo Hollywood. Al final acabó siendo un rodaje igual que los que ya había hecho, pero con más dinero y con unas posibilidades casi ilimitadas en cuanto a recursos y tiempo. Aprendí que podía estar ahí, que podía hacerlo si me enfrentaba a ello. Y una vez que tienes eso, quieres más. Es una manera de decirte a ti mismo: “He llegado aquí por algo y quiero continuar con esto”.


- Las inseguridades son muy habituales en la profesión...

- Sí, es algo que nos pasa un poco a todos. Y existe un conflicto entre tener un criterio artístico propio y, a la vez, depender de lo que te digan otras personas o de la opinión popular, que acaba tirando mucho de la autoestima. Lo suyo es lograr un equilibrio, tensar la cuerda por los dos lados sin que se rompa.


- ¿Diría que es usted muy autoexigente, de los que pide otra toma aunque el director dé su aprobación?

- Sí, soy de esos. A veces me autoexijo de manera enfermiza, un perfeccionismo muy difícil de controlar. Mi pareja, Eva Rubio, que también es actriz, me motiva y me ayuda mucho.


- Dicen que lo de la interpretación engancha. ¿También tiene efectos secundarios?

- Sí, desde luego. Por un lado, hay que hacer un trabajo diario de seguir manteniendo los pies en la tierra. Es algo imprescindible, porque si crees que ya has llegado y que lo sabes todo, nunca mejorarás. Por otro lado, hay gente en la profesión quemada por la precariedad y la incertidumbre.



- ¿Cómo le ha afectado profesionalmente la debacle?

- En marzo estrenaba Entusiastas en el teatro Pavón Kamikaze y llegó el confinamiento. Ha sido sobre todo un azote para el teatro. Todavía no sé si recuperaremos la obra más adelante. La posibilidad de que alguien del equipo artístico diera positivo sobrevolaba en el ambiente del rodaje de Las leyes de la frontera. Y es raro, porque la atmósfera suele ser cálida y cercana, y cuesta mucho no dar un abrazo a un compañero cuando terminas una escena.


- Su gran oportunidad le ha llegado con La valla. La serie nació como una propuesta de ciencia ficción y bien pasaría ahora por un retrato costumbrista del Madrid postcovid.

- La intención de La valla era desprenderse de la realidad, retratar un universo distópico, pero con la pandemia puede ser casi como Cuéntame cómo pasó. Hasta hace unos meses no te podías ni imaginar que dividirían Madrid en zonas, que te harían controles con un test para detectar un virus, que habría toque de queda… Y está sucediendo. Resulta que, por desgracia, la historia es más presente que futuro.


- ¿Cómo fue trabajar con Ángela Molina, todo un mito de nuestro cine?

- Al principio me imponía mucho. Pero luego te das cuenta de que es tan buena persona, tan cálida, que se te pasan todos los nervios y solo quieres aprender todo lo que te ofrece. Es un ser caótico y maravilloso que da todo el rato, y eso se nota mucho también en escena.


- ¿Suele pedir consejo a compañeros con más experiencia?

- Cuando supero los nervios y hablo con ellos de tú a tú, normalmente es para decirles: “Oye, tengo esta duda, ¿qué me recomiendas?”. Es bueno impregnarse de todo lo que pueda enseñarte gente con muchos años de trayectoria profesional. La humildad siempre tiene que estar por delante.


- ¿Lo de los grandes egos en este oficio es un cliché o hay algo de verdad en ello?

- No he tenido la desgracia de encontrarme con alguien de ego tan exacerbado como para decir: “Aléjate de esa persona”. Quizá sí en el periodo de formación, porque a veces te educan en competir con la gente que está a tu lado, aunque eso es algo en lo que nunca he creído. Vas a ganar mucho más intentando aprender de los que te rodean y cooperando con ellos que luchando para conseguir un papel. Tener esa actitud no te lleva a ninguna parte, porque luego te das cuenta de que la profesión a veces es un poco cruda y afecta por igual a todo el mundo.



Caminantes debió ser difícil a nivel interpretativo: una serie de terror, grabada con teléfonos móviles…

- Fue muy divertido. Aunque la climatología no acompañó: fue el noviembre más lluvioso en 72 años y teníamos que simular que era verano. ¡Imagínate! Al principio Koldo Serra quería que nosotros nos grabásemos con el móvil, hasta que se dio cuenta de que era casi imposible actuar y estar pendientes del encuadre. Así que lo hizo él, que casi se convirtió en un personaje más. A menudo nos reíamos con él porque se venía muy arriba y le recordábamos que era el director y no un actor. 


Tanto La valla como Caminantes certifican la formidable evolución del audiovisual en España. Hace poco parecían impensables producciones de este tipo.

- Tenemos un gigante al lado que nos da caricias de consolación, y no debe ser así. Poco a poco nos vamos dando cuenta de que debemos ser más osados con los formatos, de que podemos competir con otras producciones sin necesidad de unos presupuestos tan altos. Fíjate en La casa de papel. Es un paso hacia adelante que ha dado la ficción española y ya no tiene vuelta atrás.


- ¿Las plataformas de streaming también pueden suponer un impulso a la libertad creativa?

- Tengo opiniones contradictorias sobre esto. Es positivo el gran aumento de la producción, llegar con una oferta diversa a mucha gente. Pero producir tanto quizá trae consigo un contenido plano y carente de riesgo. Ya que se está haciendo genial en algunos casos, no debería primar el contraproducente ‘Todo vale’.


- ¿Qué desafíos afrontan los actores y actrices de su generación?

El desafío más difícil es hacerte un nombre. Gracias a las plataformas llegan muchas oportunidades de trabajo que hace pocos años no había, pero también cuesta mucho que lo que tú haces deje un poso. El reto de mi generación es hacer cosas que permanezcan y no se diluyan como un vídeo de YouTube.

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