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14-12-2025


Daniel Pérez Prada

"Me parece más tierno encarnar al chico al que le salen mal las cosas"


 

Debutó a los 15 años como hijo de Verónica Forqué en la hilarante película '¿De qué se ríen las mujeres?'. Raúl Arévalo fue su compañero de piso y quien inspiró su futuro como actor. Ahora le cuesta imaginarse en otro oficio. Encadena series y acumula experiencia con grandes figuras del cine. No obstante, encuentra en el teatro su mayor refugio. Ahora le vemos en la versión televisiva de 'Padre no hay más que uno'



PEDRO DEL CORRAL

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

Era una mañana normal hasta que, sin esperarlo, su madre le llamó al colegio. Por entonces tenía 15 años. Aunque era muy joven aún, ya experimentaba cierta ansia artística. Era extrovertido. Le gustaba leer. Tenía un hambre voraz de descubrir la vida. Sin embargo, jamás había imaginado la noticia que iban a darle aquel día: le habían fichado para la película ¿De qué se ríen las mujeres?, de Joaquín Oristrell. Le costó reaccionar y, tras las felicitaciones, expresó lo que más le inquietaba del rodaje: "No coincidirá con el campamento de verano, ¿verdad?". Así fue. Y se lo perdió. Pero aquel chico constante, empático y entusiasta encontraría en el oficio de actor el oxígeno necesario para sobrevivir.

 

   28 años después de aquel inesperado debut puede presumir de uno de los currículos más extensos de su generación. Es rostro habitual de la televisión gracias a producciones como Gran HotelEl PríncipeEl Caso. Crónica de sucesosSabuesos o El pueblo. Tampoco ha dejado a un lado el cine, por el que se ha paseado de la mano de Nacho Vigalondo, Koldo Serra o Emilio Martínez-Lázaro. De hecho, entre sus logros más valiosos está su participación en Tiempo después, la última película de José Luis Cuerda. "Fue una locura, aprendí muchísimo con aquella experiencia", rememora. Ahora lanza la adaptación televisiva de Padre no hay más que uno y echa la vista atrás con vértigo. Si le hubieran dicho a aquel adolescente lo que iba a llegar después, no se lo habría creído. 

 

- Le debe mucho a su padre.

- Sin duda. Él es músico y he tenido la suerte de verle en acción desde mi niñez. Ha tocado con grandes artistas y ha visitado todos los escenarios que te puedas imaginar. Siempre recuerdo los focos a mi alrededor. Quizás fue eso lo que despertó mi vena artística.


- ¿Cuándo descubrió que lo suyo era estar delante de una cámara?

- En los campamentos de verano me encantaba payasear. Yo era el que contaba las historias de miedo. Aunque nunca tuve especial vocación de director, estudié Comunicación Audiovisual. Después de terminar la carrera probé la producción y me di cuenta de que no servía para ello. El punto de inflexión llegó con Raúl Arévalo, con quien compartí piso durante una temporada. Le veía disfrutar tanto haciendo de actor que una chispa se encendió en mí.



- No obstante, ya había probado a los 15 años con un papel en ¿De qué se ríen las mujeres?, bajo la dirección de Joaquín Oristrell. ¿Cómo llegó a ese largometraje?

- Me enteré de que estaban buscando a un joven para que fuese hijo de Verónica Forqué en la ficción. Por motivos evidentes de pelirrojismo, al final decidí lanzarme. Pensé que sería divertido. Fui pasando pruebas hasta que mi madre me llamó al colegio para comunicarme el resultado.


- ¿Cuál fue la mayor lección que se llevó de aquel primer paso?

- Fui una esponja. Conocí a una generación de eléctricos, productores e iluminadores que en la actualidad son figuras legendarias. Estaba lo más granado del cine. Me cuidaron muchísimo.


- Ese debut se remonta a 1997. ¿Qué cambios aprecia desde entonces en la manera de dirigir?

- Hay tantas formas de dirección como historias que contar. Antes todo era más encorsetado. Supongo que no había tantos puntos de vista. Esto, en parte, es gracias a la sensibilidad de unas directoras que, año tras año, hacen las mejores películas


- Otro hito de su andadura cinematográfica sería Tiempo después, la despedida de José Luis Cuerda. ¿Cómo fue el casting?

- Fue una conversación. Entré en su despacho y hablamos de José Luis Borau y Luis García Berlanga. Me pidió que le leyera un pasaje del guion con acento británico. Le hizo gracia y listo. Le bastó con mirarme a los ojos y saber lo que yo opinaba del personaje. Le gustó que fuera ingenioso. La imaginación es el arma más poderosa que tenemos.


- ¿Ve imaginación en estos tiempos?

- Para nada. Es verdad que ahora hay papeles más salvajes y sexuales. Sin embargo, no hay tiempo ni dinero para que los actores tengan imaginación. En España trabajamos con pocos ensayos. Ese es un privilegio que pocos tienen. La inmediatez se ha impuesto en nuestra industria.



- ¿Es este un oficio para cualquiera?

- No. Para dedicarte a esta profesión hay que ser soñador, temerario e imprudente. Si no, es imposible aguantar.


- ¿Qué ha hecho usted para ser el actor que es?

Aprender a abrazar el patetismo. Me he liberado de prejuicios, no siento la necesidad de ser un héroe. Me parece más tierno encarnar al chico al que le salen mal las cosas. Una de las herramientas en las que más me apoyo es la paciencia. Es lo más difícil del mundo, lo sé. Y entiendo que tiene que ver con la edad. Pero es lo único que te da vía libre para seguir creciendo.


- ¿Cómo mantiene la motivación intacta?

- Me ayuda mucho tener en el horizonte el siguiente proyecto. No sé cuánto tiempo aguantaría mendigando trabajo. Creo que hay un momento en el que esta profesión te abraza o te expulsa. Por ahora me siento querido. Si alguna vez deja de ser así, tocará poner en marcha el plan B. No me gustaría sufrir. Veo a colegas pasándolo mal. Y hay quienes se quedan por el camino. Me alegro muchísimo cuando veo que logran reinventarse. Yo no sé si sabría.


- Entonces, se ve actuando hasta los 67.

- Hay dos cosas que te proporciona el tiempo: heridas y peso. Las primeras proceden del amor, la muerte, la soledad, el dolor… Y solo pasando por ellas ganas lo segundo. Me muero de ganas de cumplir años en esta profesión.



- ¿Cómo se las apaña para saber que lo está haciendo bien?

- Nunca lo sé. Soy muy inseguro, así que necesito mi dosis de validación. Si no, no podría ponerme ante la cámara. Aunque el ego hay que domarlo para no acabar convirtiéndote en un cretino. Y es una tarea compleja.


- ¿Cuál es el factor que más condiciona la confianza en sí mismo?

- Mis compañeros. Dependo totalmente de su mirada. Solo cuando veo que se emocionan, solo entonces, entiendo que la cosa funciona. Pero no siempre he encontrado una respuesta en el otro. He tenido grandes muros delante. El teatro ha sido el único sitio en el que me han tratado bien sin condiciones. Es el gimnasio del actor, el lugar donde encuentro a grandes maestros.


- Sobre las tablas ha actuado para Andrés Lima, Daniel Veronese, Miguel del Arco… ¿No le daba vértigo estar a sus órdenes?

- Por supuesto. Con ellos era un salto tan alto que, en el fondo, me ponía. He aprendido más en un ensayo a su lado que en un año de carrera.


- ¿Le ha decepcionado alguno de sus ídolos tras haberlo conocido?

- No. Como buen mitómano, he tenido el gusto de currar con gente a la que admiro. También es verdad que soy una persona bastante fácil. Alguno llegará que baje mi media.


- ¿Alguna vez se ha quedado en blanco en el escenario?

- Sí, me ha pasado tres veces. Y doy fe de que es una de las peores pesadillas a las que te puedes enfrentar. Dura solo unos segundos, pero se hace infinito. Aunque es más jodido perder el pie: nadie puede rescatarte en ese caso.


- Cuéntenos rituales que tenga antes de subirse al escenario o de iniciar un rodaje.

- En teatro suelo mirarme las palmas de las manos durante 15 segundos. No sé por qué me pasa, pero quiero pensar que es una forma de reivindicar la artesanía del actor. En cambio, en proyectos audiovisuales, subrayo los guiones solo con rotulador azul. No dejo que entre otro color.


- ¿Se autocensura a veces por miedo a perder oportunidades laborales?

- Los actores medimos lo que decimos. La libertad no consiste en ser maleducado, sino en decir desde el respeto aquello que se piensa. Deberíamos ser más valientes. No obstante, el filtro va desapareciendo con la edad. Envidio a quienes ya están de vuelta y les da igual todo.



- Ha pasado por títulos tan memorables como Cuéntame cómo pasóGran HotelVíctor Ros y La zona. ¿Qué le gustaría que el público se llevara de sus personajes?

- La bondad que he puesto en ellos. Aunque hayan sido miserables, les he regalado todo mi cariño. Nunca los he tratado con condescendencia. He construido hombres simpáticos.


- ¿Ha llegado a crear vínculos emocionales con ellos?

- Sí. A veces les he volcado mis miedos. Pero también he aprendido bastante de ellos, han sido mi catarsis, me han ayudado a purgar crisis y afrontar fobias. Algunos han sido terapéuticos. Sé que la comedia nos salvará la vida.


- Si pudiera mantener una conversación con uno de los personajes que ha interpretado, ¿cuál sería?

- Con mi Carlos en 7 años. Esa obra reflexionaba sobre el precio que le pones a tu integridad. El papel de Carlos ha sido el más alejado de mí, el más mezquino. No entiendo a la gente que pone precio a los demás.



- Las series han experimentado un crecimiento brutal en cuanto a consumo y calidad. ¿Cuál ha sido el punto de inflexión?

- Supongo que la irrupción de las plataformas. Al ver series internacionales como Los Soprano nos dimos cuenta de que los actores de la gran pantalla también podían hacer televisión. Y era igual de maravilloso. En España tuvimos gran suerte con La casa de papel porque trajo nuevas oportunidades. Poco a poco comenzamos a creer que esto podría ser una industria. Pero pienso que hemos vivido en una burbuja que explota. No era sostenible estrenar dos series españolas cada semana.


- Todavía está reciente su trabajo en los capítulos de la comedia El pueblo. ¿Por qué era tan buena esa ficción?

- Estaba estupendamente escrita. Sus guiones eran partituras con réplicas perfectas y ritmos trepidantes. No hacía falta más. Alberto Caballero y los suyos son buenísimos. Jamás me he descojonado tanto al leer una separata.


- Ha intervenido en numerosos cortometrajes. ¿Son buena opción para seguir activo?

Han sido mi escuela junto a la publicidad. Me atreví a dirigir un par de ellos, aunque la experiencia me quitó la ganas de repetir. No soy bueno coordinando, tomar tantas decisiones no va conmigo. Sí valgo para contar historias, pero no de ese modo. En este momento estoy intentando abrirme camino como productor, me estoy asociando con otros valientes para levantar un largometraje. Veremos qué pasa. Es mi granito de arena más allá de la actuación.

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