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27-11-2023


David García

 “Siempre me ha fascinado el mundo de la palabra”


 

No recuerda su vida lejos del cine y la escena. Primero fueron las sesiones dobles en su colegio; luego, las lecciones en la Escuela Municipal de Teatro de Valladolid. Se marchó a Madrid con una compañía de títeres, pero no tardó en dar el salto al doblaje. Y ahí sigue: dando ejemplo



JUAN FERNÁNDEZ

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

David García (Madrid, 1968) vive de vez en cuando ese momento de gloria que conocen bien todos los actores de élite, aunque en su caso suele venir envuelto en preguntas intrigantes. Son muchas las ocasiones en que, al pagar en una tienda o ser atendido en una ventanilla, le formulan el mismo interrogante: “¿Perdona, de qué me suena tu voz?”.

 

   Lo cierto es que podrían haberle reconocido por la infinidad de series y películas que ha doblado en 32 años de andadura. Anatomía de GreyBatman, Bones, CSI, Castle, Embrujadas, Expediente XFrasier, House of Cards, Ley y orden, Seinfeld, Sexo en Nueva York, Urgencias… La lista parece inabarcable, aunque son los dibujos animados su especialidad, con lo que más disfruta: FuturamaScooby Doo, producciones de Disney donde siempre pone voz a Goofy o Los Simpson, serie en la que supera ya las tres décadas de trabajo con multitud de personajes.

 

   Asegura García que ese pequeño momento de gloria le consuela de la carencia que más echa en falta como el actor de escena que fue antes de su fructífera dedicación al doblaje: el contacto con el público. Pero que nadie espere oír quejas en su boca, pues este artista lleva decenios viviendo feliz con su labor. Y eso ya es mucho.


– ¿Cuándo y cómo comienza lo suyo ante el atril?

– Empezaría hablando de lo mío con la vocación de actor, que es anterior y está en el origen de todo. Tuve la suerte de vivir entre los cuatro y los 19 años en Valladolid, que en ese tiempo era una ciudad represiva, pero tenía la Muestra Internacional de Teatro y la Semana Internacional de Cine, dos citas en las que pude relacionarme con las artes escénicas. Desde que tengo uso de razón me fascina todo lo que tenga que ver con el teatro o el cine. En mi cole daban sesión doble los domingos, así que cuando terminaba Orzowei en la tele, corría hasta allí a verme las dos películas. Llegué a aprenderme algunos diálogos de memoria. Por entonces ya quería dedicarme a esto.



– Obviamente, veía cine doblado.

– Recuerdo perfectamente cuando abrieron en la ciudad la primera sala de versión original: el cine Groucho. Más tarde abrieron el Casablanca. Todos los días me iba a ver largometrajes en el idioma en que habían sido rodados. Llegué a hacerme amigo de la dueña y a veces incluso me dejaban subir a la cabina. Veía el proyector, los rollos… Tenía clarísimo que mi futuro estaría relacionado con aquello. No sabía cómo, pero lo tenía clarísimo, aunque era un adolescente. A los 17 años empecé a cursar Arte Dramático en la Escuela Municipal de Teatro de Valladolid.

 

– ¿Qué recuerda de esa etapa?

– El buen nivel que había en la escuela. La formación duraba tres cursos. Tuve a maestras como Charo Amador y Yolanda Monreal y a compañeros como Roberto Enríquez, Jorge Calvo, Fernando Cayo, Elvira Mínguez… De allí salió una generación estupendamente preparada que luego tuvo mucho éxito. Un profesor de la escuela tenía en Madrid una compañía de títeres y guiñoles, la Deliciosa Royal, y un verano me hizo una propuesta: irme con ellos para hacer una obra nueva que iban a representar. Cosas del destino: aquel profesor era marido de María José Aguirre, la traductora de Los Simpson, en cuyo doblaje llevo más de 30 temporadas.

 

– Pero no se mudó a Madrid para hacerse actor de voz.

– No, no. Eso vino después. Yo me marché con el propósito de ser actor. En escapadas de fin de semana había visto El público, de Lluís Pasqual, y flipé tanto que, al poco de llegar a Madrid, le escribí al María Guerrero para manifestarle mi admiración y las ganas que tenía de conocerle. Me sorprendió que me contestara. Me propuso quedar. Desde entonces somos amigos. Ahí descubrí el teatro que yo perseguía: el gran teatro. Pero luego la vida te lleva por donde quiere…



– ¿A usted por dónde le llevó?

– Los primeros años estuve con aquella compañía de títeres haciendo distintos montajes, con la furgoneta para arriba y para abajo. Una compañera me dijo que los del sindicato de actores de doblaje tenían una escuela. El precio superaba mi presupuesto, pero se me despertó la curiosidad: me apunté a otra escuela más barata mientras seguía con el teatro de títeres. Le pillé pronto el truquillo al doblaje y me propusieron una prueba. Para mi sorpresa, al día siguiente ya empecé a trabajar. De repente, podía vivir de eso. Desde entonces no he parado.

 

– ¿Qué fue del actor de teatro?

– Continué con los castings por si me salía algo serio. También seguí con la compañía de títeres durante un tiempo. Un día tuve que renunciar a hacer un trabajo porque me coincidió con función de la compañía, así que la directora de doblaje me cogió por el pasillo y me dijo: “En esta profesión es muy difícil compatibilizar, siempre hay que estar disponible. Debes elegir una cosa o la otra. Y elegí el doblaje. De lo otro no podía vivir.

 

– ¿No echa de menos los escenarios?

– Lo que echo de menos es el contacto con el público. De hecho, hace unos años retomé los castings y me metí de nuevo en cursos para reactivarme. Volví a comprobar lo difícil que resulta compatibilizar las dos facetas. La actuación no la echo de menos, pues ese trabajo lo hago todos los días en la sala de doblaje. Tengo 32 años cotizados como actor, yo vivo de esto.



– ¿En qué se diferencia de la actuación sobre el escenario?

– En el doblaje tenemos la misión de responder a esta pregunta: ¿cómo hablaría ese señor de la pantalla si, al abrir la boca, en vez de hablar en inglés, checo, italiano o rumano, hablara en castellano? El trabajo actoral que ejecuta ese artista está hecho, sí, pero en el doblaje hay que hacer otro adaptado al suyo. Y hay que hacerlo al momento, lo cual te espabila muchísimo, te obliga a que tengas tus armas a punto. Es una escuela fantástica. Nosotros somos tan actores como cualquier actor de imagen, también actuamos todo el rato. La única diferencia es que nos sometemos a la técnica concreta del doblaje. Son códigos distintos.

 

– ¿Eso lo aprendió durante su formación o trabajando?

– En la escuela te enseñan que lo más importante es sincronizar lo que dices con los movimientos de boca del actor. Esa es tu obsesión cuando empiezas. Es difícil, pero es una técnica que aprendes y termina saliéndote, no tiene más misterio. Lo jodido es la actuación. Ahí descubres que la actuación del doblaje requiere su técnica propia.

 

– ¿Esto va de tener una voz bonita?

– No. Vas al teatro y no valoras si la voz del actor es bonita, valoras si su trabajo te traspasa y te emociona. ¿Qué es una voz bonita? ¿Qué parezcamos todos Constantino Romero? El timbre de cada voz es propio de cada uno. No tiene mérito. Otra cosa es la actuación que hagas con ella, eso sí es lo que depende de ti.

 

– ¿Usted ve las películas en versión original o dobladas?

– Siempre he preferido el cine en versión original, aunque como las plataformas te permiten verlo de las dos maneras, procuro prestar atención al doblaje para ver cómo está hecho. Como admiro enormemente el oficio del actor, me sigue pareciendo increíble que ese trabajo se pueda trasladar a otro idioma. Siempre me ha fascinado el mundo de la palabra, la sonoridad de las palabras. De hecho, también me dedico a dar recitales con cantantes como rapsoda.



– ¿Disfruta por igual en todos los registros o siente más predilección por cierto tipo de películas o personajes?

– Me lo paso mejor en aquellos trabajos en los que tengo más libertad de creación. Y eso lo ofrecen los dibujos animados. Ahí dispones de mayor margen para crear el personaje. También me ha pasado en ciertas películas. Disfruté mucho La venus de las pieles, dirigida por Polanski, porque que éramos solo dos personajes, un hombre y una mujer, y fue un ejercicio parecido al teatro. Con La escafandra y la mariposa me lo pasé muy bien, ya que el personaje sufría un accidente de tráfico y la película estaba contada desde él, como si llevara la cámara en su cerebro, y solo se podía comunicar con el pestañeo. Recuerdo que todo era un monólogo, una voz en off: al no tener una expresión facial que me atara, eso me daba más libertad para crear.

 

– Ha intervenido en infinidad de producciones de dibujos animados. ¿Solo porque le gustan mucho o por algún otro motivo?

– Lo que más cuenta al doblar dichas producciones es ser muy desinhibido, tener poco sentido del ridículo y muchas ganas de divertirse. Es donde menos usas tu voz básica y donde más puedes jugar con ella. Empezaron a llamarme para doblajes de animación porque vieron que venía del teatro y que no me cortaba a la hora de poner diferentes voces. Haber hecho títeres, dedicado al mundo de la palabra, me había servido. Me ayudó eso y que soy bastante creativo. Me lo paso bien trabajando y suelo echarle mucho morro.

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