twitter instagram facebook
Versión imprimir
19-05-2020


DENIS RAFTER


“La vanidad no debe formar parte del buen actor. Es una intrusa en su talento”


El optimismo y el sentido del humor son bendiciones para este genio irlandés que conoció el escenario junto a sus padres en un manicomio cercano a su casa. Y las herramientas para haberse abierto camino en España durante los últimos 50 años


EDUARDO VERDÚ

Denis Rafter me abre la puerta de su chalet madrileño en Mirasierra, donde lleva viviendo casi 50 años, aunque su acento irlandés haga pensar que acaba de aterrizar desde Dublín. Antes de entrar en la casa nos quedamos un ratito en el jardín porque va a mostrarme dos piedras muy especiales: una pertenece al Teide y la otra es un pedazo de carbón de una mina de Asturias. “Son rocas que traje del lugar más alto y del lugar más profundo de España”, explica. Y entonces comprendo que esa es su talla interior.

 

– Dice usted que nació actor.

– Sí. Me subí a un escenario a los siete años, pero ya bailaba en casa con mi madre valses, claqué, charlestón… Ella era comedianta y mi padre era director de teatro, así que cada año, cuando daban un concierto en el manicomio de al lado de casa me sacaban a cantar y bailar. Primero tuve mucho miedo y timidez, pero al escuchar las risas del público supe que debía continuar con aquello.


– ¿Qué sentimiento le producía emocionar a los espectadores?

– En la infancia estuve bajo la disciplina de la Iglesia, quizás por eso percibí algo espiritual en el teatro, sentía cómo el público me trasmitía una energía positiva. Cuando una persona ríe o llora conmigo, esa emoción se queda de alguna manera en sus genes, en su espíritu. Es como cuando tiras una piedra al lago: esas olas duran, permanecen en el agua. Soy actor por la capacidad de crear pequeños movimientos invisibles en el tiempo.



– ¿Cómo le condicionó su acento a la hora de interpretar papeles en España?

– ¿Me estás tomando el pelo? ¿Qué acento? [risas]. Reconozco que en un primer momento me condicionó mucho, entendía que nunca haría grandes papeles en España con ese acento. Y no me he casado con una española cuya madre podría haberme exigido hablar bien el español, así que… [risas]. Pero yo juego también con mis errores gramaticales. Todos tenemos una diferencia, y lo importante es utilizar esa “discapacidad” de manera positiva.


– ¿Hasta qué punto actuar en un idioma u otro condiciona la interpretación?

– Depende mucho del papel. Lo que debe hacer el actor es encontrar dentro de sí las coincidencias pasionales o sentimentales con el personaje. El mejor Ricardo III que recuerdo lo representó en ruso un grupo de Georgia, y los japoneses han hecho Shakespeare fenomenal en su idioma.


– ¿La imposibilidad de alcanzar ciertos papeles en España a causa de su acento le condujo a la dirección teatral?

– Yo llegué a ser director accidentalmente, no fue por el deseo de pasar al otro lado. Si me llaman para dirigir a una cabra en el pico de Francia, voy [risas] porque el teatro está en mi sangre. Con los actores jóvenes junto a los que trabajo yo soy como un jardinero. Ellos son la semilla y yo intento regarla, podarla y salvarla de las malas hierbas para que crezca. Me interesa sobre todo compartir con los artistas jóvenes lo que he aprendido durante mi vida en el teatro, enseñarles cosas que no se aprenden en un libro, la parte humana de la dirección. Stanislavski, Chéjov, Brook… Al final, tanto en el teatro como en la música o la escultura, la clave está simplemente en la sencillez. Y la sencillez es: “¿Qué estás pensando? ¿De dónde viene ese pensamiento?”. A veces esos conocimientos están incluso en el subconsciente. Todos tenemos un Macbeth o una Julieta dentro, y el objetivo del actor es su búsqueda. Observar a la gente también es importantísimo. Mi mujer me regaña porque hablo con todo el mundo en el metro [risas], pero… ¡qué oportunidad! Tienes que ser una esponja.



– También parece importante la voz, de la que usted da lecciones.

– La voz es la textura del alma. Y respecto al verso, primero el sentido y después el sonido. Yo creo que tengo una voz… fumaba tres paquetes al día.


– He visto alguna foto suya fumando…

– No se lo digas a mi mujer [risas]. Doy gracias a Dios, a los marcianos o a quien esté ahí por haberme dado dos dones: el optimismo y el sentido del humor. Son cosas que no todos los irlandeses tienen. Bueno, quizá sí el sentido del humor. Mi mujer, que es australiana, me dice: “Tú, como irlandés, estás arriba o abajo, no hay término medio”.


– A lo largo de su vida, ¿cómo ha sido su relación con las mujeres?

– Recuerdo perfectamente el primer encuentro con una mujer que despertó en mí, no deseo, pero sí la voluntad de ser abrazado. No olvido ese instante en que sentí una intensa comunicación, era una sensación parecida a estar delante de un espejo. A los ocho años fui a visitar un monasterio con mis padres y me caí mientras jugaba en unos columpios cercanos. Me hice sangre. Había una enfermería y allí me curó una monja joven. Entonces sentí esa atracción. Su olor, sus cuidados, su delicadeza… Casi lloro al pensarlo. A los 15 tuve un primer amor con el que he estado muchísimos años escribiéndome postales navideñas. Pero en los últimos tiempos dejó de contestar. El otro día, de repente, llegó una carta suya en la que me pedía perdón por el silencio y me explicaba que su marido estuvo muy enfermo y había muerto el año pasado. Me confesaba que mis cartas habían sido muy importantes para ella durante ese periodo y que aquel amor se despertó de nuevo. Porque el amor es necesario. Y nos podemos enamorar de mucha gente.



– ¿Cómo ha modelado su personalidad el oficio de actor?

– Admiro de Beckett y de Joyce que exponen su vida privada. Sin embargo, yo no tengo el coraje de hacer eso, tal vez por cierto sentido de culpabilidad provocado por la Iglesia. Aunque ese sentido de culpabilidad también te aporta una defensa. Por otro lado, el teatro me ha dado mucha sensibilidad. Y esa sensibilidad me hace muy humano. Me preocupa lo que pasa en el mundo. Creo que hay una lucha entre el bien y el mal, y yo decido hacer el bien. Además, por ser actor me comunico estupendamente con los niños. Se identifican conmigo porque tengo pinta de Gaspar, Melchor, Papá Noel o del abuelo de Heidi [risas]. Ven en mí a un hombre de 150 años que necesita de su ayuda y que habla con ellos a su nivel.


– No parece que la vanidad sea su pecado interpretativo.

– Creo que el actor tiene muchas contradicciones. Debe mostrar seguridad al tiempo que ha de tener humildad para saber que no es más que su público. La vanidad no debe formar parte del buen actor. He trabajado con actores cuya vanidad ha sido una intrusa en su talento. La vanidad puede prohibir que asumas riesgos o que muestres la verdad. El orgullo es otra cosa, es bueno sentir orgullo por tu profesión, por seguir el instinto natural de la representación que empezó en las cuevas cuando alguien se puso en pie para explicar lo que había pasado durante la caza. El actor tiene una responsabilidad, debe defender un pasado, y eso le ha hecho sufrir mucho a lo largo de la historia.


– ¿Por qué?

– Porque es una amenaza, da miedo a las autoridades, a todos los que creen que poseen la única verdad. El actor muestra la verdad recurriendo a la mentira, mientras que la gente de poder muestra la mentira fingiendo la verdad. Además, como creador, el actor no tiene un jefe que le mande, porque el arte no debe tenerlo, debe volar solo. Los clásicos lo son porque no tienen barreras; yo quizá sea un clásico porque no las tengo. He actuado ante chinos, holandeses, ante españoles que no me entendían nada [risas]… Ser clásico es romper barreras de tiempo, de espacio, de idioma, de color, de religión…


– ¿Ha ansiado más fama?

– Más que la fama, me gusta el reconocimiento. Lo peor para un actor no es la crítica, sino la indiferencia. Me gustaría, primero, que me reconocieran por mi profesión. Luego, que alguien dijera que he intentado aportar en este país una experiencia diferente, que he sido un pez fuera de su agua procurando sobrevivir durante 50 años con este acento. ¿Por qué me he quedado en España cuando podría haber ido a Londres o a Dublín? No sé la respuesta exacta, creo que por amor.


– ¿Por amor a qué, a quién?

– Al color que hay en España, donde hay vida y teatro a tu alrededor. Y por amor a mis hermanos españoles.


– ¿Piensa volver a Irlanda?

– Me gustaría morir con las botas puestas y vivir aquí hasta que por vejez no me valga por mí mismo. Sin olvidarme de Londres, donde tengo dos hijas. Lo que quiero hacer profesionalmente es escribir más, seguir dando clases magistrales, poder viajar a sitios como Brasil, Argentina, Chile, México o India. Ahora voy a ir a París y Londres con un texto de Oscar Wilde y estoy a punto de publicar un libro sobre Samuel Beckett y otro de cuentos para niños. ¡Y también me gustaría jugar en el Real Madrid!

Versión imprimir

Contenidos Relacionados