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20-06-2022

Firma invitada

 

Dobles de riesgo

 

Las tardes de sábado, con sus hijos apiñados frente al televisor, mi tío abuelo Pepe Uría se limitaba a arquear una ceja, señalar la pantalla en movimiento y comentar como quien no quiere la cosa: “ese del caballo soy yo”.

 

Un relato inédito de CRISTINA OÑORO


Ilustración: Luis Frutos



En su célebre ensayo de 1929 Un cuarto propio, Virginia Woolf expresó con gran agudeza “lo desagradable que resulta que le dejen a uno fuera”. Aunque la autora inglesa se refería a las escritoras, y a todas las mujeres que a menudo se encuentran ausentes en los libros de Historia, su famosa frase podría aplicarse perfectamente a los profesionales del mundo del cine que reciben el nombre de “especialistas”. Envueltos en un manto de misterio, con el rostro esquivo para no ser reconocidos por el espectador atento, los también llamados “dobles de riesgo” han existido desde los orígenes mismos del séptimo arte. Sin embargo, y al igual que las escritoras sobre las que escribe Woolf, en las películas solo se los “entrevé un instante en las vidas de los grandes hombres, desapareciendo en seguida en la distancia”. Como muchas mujeres de nuestra tradición, los especialistas conocen bien lo que significa llevar una vida subterránea, y a menudo los encontramos agazapados furtivamente detrás de la palabra “Anónimo”.

 

Mi tío abuelo trabajó como especialista en muchas de las grandes películas que se rodaron en España durante los años sesenta del siglo pasado. Participó en superproducciones dirigidas por Sergio Leone, como El coloso de Rodas (1961), pero también en Lawrence de Arabia (1962) y Doctor Zhivago (1965), los dos clásicos dirigidos por David Lean en nuestro país, y en muchas de las producciones de Samuel Bronston, como El Cid (1961) o La caída del imperio romano (1964). Asimismo, tuvo pequeños papeles en películas españolas como Amor bajo cero (1960), protagonizada por Tony Leblanc y Concha Velasco, o en spaghetti western como Dos pistolas gemelas (1966).  

 

Aunque pude conocerlo muy poco, desde pequeña sentí una gran atracción hacia aquella figura desdibujada detrás de los grandes protagonistas del celuloide. Muy de cuando en cuando, por boca de su hijo, llegaban a mis oídos algunas historias fascinantes sobre aquel pariente aventurero y bohemio, capaz de saltar de una motocicleta sin hacerse ni un rasguño o de arrojarse valientemente desde un vagón de tren sin ni siquiera despeinarse. El tío Pepe Uría, le escuchaba contar, se había codeado con Omar Sharif, Sara Montiel y Sophia Loren en los años sesenta, pero también con otros míticos especialistas como Yakima Canutt, quien enseñó a John Wayne a caerse del caballo sin partirse el cuello. Pero él, continuaba mi primo, rara vez se daba importancia cuando rememoraba estas hazañas. Las tardes de sábado, con sus hijos apiñados frente al televisor, se limitaba a arquear una ceja, señalar la pantalla en movimiento y comentar como quien no quiere la cosa: “ese del caballo soy yo”. Al parecer, siempre se tomó su relación con el estrellato con la misma ligereza socarrona con la que trepaba por el decorado de un rodaje. Mientras escuchaba contar aquellas historias deslumbrantes, yo era incapaz de decidir qué me admiraba más de él, si su extravagante profesión o su manera de haber pasado a la historia tan desapercibido. En los años sesenta, además, no existían todavía mujeres especialistas y me maravillaba que aquellos saltimbanquis, inagotables en su arte del simulacro, se calaran una peluca hasta las orejas en las escenas de riesgo femeninas.

 

Y es que yo también deseaba vivir de incógnito en un mundo hecho de riesgo y aventura como el suyo. En aquella realidad paralela en la que él se despeñaba por acantilados o se batía en duelo con sombrero de vaquero en una destartalada cantina del lejano Oeste, todo era posible. Hasta los tranquilos campos de Castilla que aparecían en mi libro escolar podían transformarse, en un abrir y cerrar de ojos, en la estepa siberiana para servir de escenario a Doctor Zhivago. En esa época, con nueve o diez años, yo quería ser actriz, y mi tío abuelo era el familiar que más cerca había estado de cumplir mis sueños dorados de entonces.

 

Aunque finalmente no me dediqué al cine, aquel mundo de tramoya y efectos especiales nunca se llegó a apagar del todo dentro de mí. La sombra fugaz de Pepe Uría siguió acompañándome en el camino cuando dediqué mi vida a estudiar a otras “grandes secundarias” de la Historia, escritoras escurridizas como Mary Shelley, George Eliot o Fernán Caballero, ocultas tras el anonimato o el seudónimo masculino. Es posible que la espectral figura de mi tío abuelo me empujara a interesarme por todos los personajes olvidados de la Historia cuando en 2020 empecé a escribir mi libro Las que faltaban. En sus páginas me adentré en las vidas de muchas escritoras, científicas, filósofas y artistas desconocidas, las “dobles de riesgo” de nuestra tradición cultural, pero también en las de mujeres más corrientes, cuyos nombres me sorprendieron en los márgenes de las narrativas oficiales sobre nuestro pasado.

 

Cuando mi tío abuelo murió, mi primo se negó a que su paso esquivo por la historia del cine cayera en el olvido. Como en la famosa escena de Cinema Paradiso, se armó de paciencia y empezó a buscar su rostro huidizo entre los miles de imágenes de las películas en las que trabajó. Con los fragmentos, cuidadosamente rescatados, construyó un pequeño vídeo profundamente conmovedor. Durante los breves instantes que duran los cortes, es posible distinguir a Pepe Uría en un discreto segundo plano, o de espaldas, pero también pasando fugazmente frente a la cámara. A veces es difícil reconocerlo, pues muchas son escenas de pelea, con un enjambre caótico de brazos y piernas, patadas, saltos y empujones. En una de ellas, memorable, atraviesa a cámara lenta las llamas de un incendio con el torso desnudo; en otra, cae en picado al vacío desde el mástil altísimo de un barco en medio del océano; hacia el final, le vemos desplomarse heroicamente, con espada y armadura incluidas, del lomo de un majestuoso caballo negro. Pero, entre todas las imágenes que mi primo recorrió con obstinación buscando a su padre más allá de la muerte, mi favorita es una de Doctor Zhivago en la que, doblando a Omar Sharif, solo vemos su mano tendida hacia una mujer que corre desesperadamente junto al vagón de un tren en marcha.

 

Pocas cosas son más asombrosas que la larguísima lista de créditos que aparece al final de un largometraje. El cine, como la vida, se sostiene cada día con muchas manos invisibles. En la película que todos nosotros protagonizamos, al fondo de la pantalla, en un discreto segundo plano, podemos ver las que nos acogieron al nacer; las que rodearon nuestro hombro al recibir un primer beso; las que nos empujaron al agua helada de una piscina; las que nos ayudaron a cargar una pesada maleta la primera vez que cogimos un avión; o las que algún día nos acariciarán como signo de despedida. Todas estas manos son tan imprescindibles como las de Yakima Canutt cuando sujetó a John Wayne para que no se no se hiciera daño al caer del caballo.

 

Como escribía Virginia Woolf en Un cuarto propio a propósito de las mujeres del pasado, si prestamos atención a estas figuras a menudo olvidadas, podremos adivinar su existencia en el reverso de la nuestra, “escondiendo un guiño, una risa, quizá una lágrima”.

Cristina Oñoro es profesora de literatura en la Universidad Complutense de Madrid. En su trabajo combina el ensayo con la narración para acercar a un público amplio los temas que le apasionan. Recientemente ha publicado 'Las que faltaban. Una historia del mundo diferente' (Taurus, 2022), un relato en el que recorre algunos momentos históricos de la humanidad en clave femenina


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