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03-11-2022


Eduardo Noriega

“Conservar la ilusión es parte de mi deber como actor”



Ensayaba en la azotea de sus tíos y no le importaba hacer noche en un saco en el suelo mientras rodaba cortos con Amenábar. Opina que hay que saberse el texto hasta dormido. Quizá por ello, más de 40 largometrajes le han llevado por todo el mundo



FRANCISCO PASTOR (@frandepan)

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

El primer trabajo de Eduardo Noriega (Santander, 1973) fue directamente en el cine. De soslayo en las Historias del Kronen (1995) de Montxo Armendáriz. A Tesis (1996), de Alejandro Amenábar, llegó convertido en un villano. Un año después repitió con este director en Abre los ojos, que le confirmó como el gran protagonista del thriller español, además de traerle su primera nominación al Goya. Para cuando empezó este siglo, rodaba anualmente hasta tres películas, entre ellas, El lobo (2004), con la que por segunda vez estuvo a punto de lograr el premio de la Academia. Ha trabajado en Estados Unidos, Latinoamérica y Europa, también la del Este. Aunque él promete haber vivido los altibajos, en su filmografía apenas hay un hueco. Mínimo. Quien tenga tiempo, que lo busque en la lista: tarda en aparecer. Noriega ha actuado en más de 40 largometrajes y no tiene intención de dejarlo.


– Lleva casi tres décadas de carrera. ¿Coinciden sus trabajos favoritos con aquellos por los que le felicita el público?

– Supongo que no. Yo recuerdo las películas por lo que vivo con ellas: los lugares en los que he trabajado, la complicidad con el equipo. Por ello, los momentos más preciados de mi carrera son incluso anteriores a Tesis. Recuerdo los cortometrajes que rodaba junto a Mateo Gil, Carlos Montero y Alejandro Amenábar. Ellos, estudiantes de Comunicación Audiovisual. Los demás, de Arte Dramático. Dormíamos en el suelo, en sacos de dormir. A veces compartíamos habitación cinco personas. Amenábar se levantaba en medio de la noche a imaginar planos y tararear la música que les pondría después. Su madre nos hacía los bocadillos. Éramos unos niños, pero lo vivíamos como profesionales. Podíamos grabarlo todo entre dos chavales y aun así gritábamos: “¡Silencio! Se rueda”.


– De la industria actual, ¿qué le habría sorprendido a ese joven Eduardo?

– Echo de menos que el cine sea una experiencia pública. Me gustaba salir de casa, dedicarle tiempo y compartirlo con un montón de desconocidos. Ahora es algo privado que ocurre en una pantalla pequeña mientras vemos la televisión o hablamos por el móvil. Los productos audiovisuales se consumen a otro ritmo. Hay quienes sienten pereza al proponerse ver una película de dos horas, pero engullen del tirón seis capítulos de lo que toque. Sin degustarlos, sin dejarlos reposar



– Transcurrieron 15 años desde su debut en el cine hasta que le vimos en televisión. ¿Fue por algo en concreto? 

– Cuando empecé, las series tenían menos prestigio, la verdad. Pero no se trataba de eso. Sentía que yo no podría rodar así, qué sé yo. ¡50 capítulos de la misma ficción! Me considero un actor de cocción lenta, requiero tiempo para preparar el papel. Aunque ahora la televisión se va pareciendo más al cine, yo sigo prefiriendo las películas. Como espectador, me gusta que las historias concluyan. Agradezco que los guiones se sostengan solos. No me convence aquello de dejar las tramas abiertas, pendientes de las audiencias. Y también hay diferencias en lo interpretativo. Cuando empezamos a rodar en cine, sabemos cómo será el viaje completo de nuestro personaje. Trabajamos con todas las cartas sobre la mesa.


– ¿Y para qué tipo de viajes le buscan más? Muchos le recordarán como un galán con giro en la trama.

– Claro. Así era mi papel en Tesis. Vaya donde vaya, aún continúan preguntándome por aquella película. Y por ella, suelen ofrecerme personajes con un lado oscuro, que ocultan algo. Ese ingrediente siempre ha existido en mi carrera. Por tanto, procuro mantener mi repertorio lo más amplio posible. Si un papel se acerca mucho a algo que ya he hecho, le doy una vuelta de tuerca. Le pongo algún doblez más. O busco algo completamente distinto. Hace unos meses rodé Sposa in rosso, una comedia romántica en Italia. 


– ¿Le toca marcar la españolidad cuando trabaja en el extranjero?

– En este caso concreto, no había tocado el italiano en mi vida. Sí hablo catalán y francés, y pensé que quizá podría rodar en Italia. El director me pedía que, si se me caía algo al suelo, por poner un ejemplo, se me escapara alguna expresión en español. En eso no había problema porque contaba con cierto margen para hacerlo mío. En El último desafío (2013) el equipo se empeñó en que dejara caer un “amigo” al final de cada frase, de coletilla: “Oye, amigo”. Me resultaba poco natural, sin sentido. Pero estaba en Norteamérica y la producción era gigantesca. El protagonista era Arnold Schwarzenegger. No podía negociar aquello de ningún modo, así que lo tuve que sacar adelante.



– Tras haber vivido todas esas experiencias, incluida la de catar el sueño americano, ¿logra conservar la ilusión?

– Seré muy honesto: no es lo mismo trabajar a los 48 años que a los 21. Los rodajes nocturnos me cuestan más. Antes peleaba para rodar yo mismo las secuencias de acción y ahora estoy encantado de que me pongan un doble. Pero valoro mucho cada proyecto que me llega. Abro la primera página con entrega, con ganas. Me llevo gratas sorpresas de cuando en cuando. En Inés del alma mía, para TVE, pensaba que tendría un personaje menor. Y no: en el guion vi que me tocaba un protagonista. Acabamos grabando en Chile y Perú. Si me toca trabajar fuera, pregunto si podré ver a mi mujer y mi hija, pero también trato de recordar que tengo mucha suerte. Creo que conservar la ilusión y el buen rollo en los rodajes es parte de mi deber como actor.


– Dicen por ahí que es fácil trabajar a su lado. 

– No sé si todo el mundo pensará eso, la verdad [risas]. En los rodajes hay mucha tensión. Alguna vez me habré quejado de un ruido y habré dado una voz. Pero hago todo lo que puedo para que no pase. Es más: ahora sé que, si estoy concentrado como actor, y eso es exclusivamente responsabilidad mía, nada a mi alrededor puede molestarme. Ya pueden bailarme una sardana al lado, que no me voy a perder. Será que crecí con Tesis, donde vi que un equipo experimentado respetaba mucho a un director jovencísimo. Di por hecho que el cine era así. Luego vi que no, que lo habitual en plató era el mal ambiente. Así que intento revertirlo, trabajar desde el cariño, ya sea con la peluquera o el maquillador. Los actores jugamos con sentimientos y emociones. ¿A qué viene ser tan frío? Si una actriz encarna a mi tía, mejor que nos conozcamos. Una vez me tocó una escena de cama y no había tenido más trato con la otra actriz que un apretón de manos. Era la primera secuencia que grabábamos y la conocía desde hacía cinco minutos. ¡Pues cuesta un poco!


– Y en casa, ¿cómo prepara los papeles?

– Recuerdo cuando llegué a Madrid a hacer las pruebas para estudiar Arte Dramático. Me quedaba con mis tíos, y como no tenía dónde ensayar, me subía a la azotea. Llamaron unos vecinos preocupados: había un loco en el edificio [risas]. Para la lengua extranjera siempre busco a un coach que me grabe el texto en su idioma. Luego lo hago yo y me escucho en los descansos o en los traslados. Suelo leer los diálogos, cerrar los ojos y decirlos de mil formas diferentes. Me los tengo que saber hasta dormido. Ensayo mientras friego los platos o recojo las hojas del jardín. Mi hija ya está hecha a pasarme el papel. En el idioma que sea. Aunque llega un punto en el que ella, más que darme la réplica, también me cuenta sus cosas.



– ¿Ha llegado a temer alguna vez por su trayectoria?

Actuar nos da el elixir de la juventud. Nos mantiene jóvenes porque estamos cambiando siempre de patrón y no sabemos dónde andaremos el año que viene. Hubo años en los que no llegaba a todas las ofertas que recibía. Pero también he tenido temporadas flojas. O he pasado seis meses sin trabajo. Así que me toca buscar la paz, la tranquilidad y la estabilidad en otra parte. Aunque he logrado disimular los altibajos, todavía me encuentro con situaciones ingratas. Me llama un director novel y, aunque el proyecto suena bien, me pide una prueba. ¿De qué valen tantos años de trabajo? ¡Me dan ganas de preguntarle quién le prueba a él! O ni siquiera se molestan en escribirme para contarme que estoy fuera del proyecto. Y la autoestima se resiente. Si esto es una montaña rusa para mí, que cuento con cierto colchón económico, más me duele pensar en los actores que no consiguen llegar a fin de mes.


– Antes recordaba el trato cercano que tuvo con Amenábar. ¿Le dolió que los caminos se separasen?

– Sí. Pero ya no tenemos 20 años. Hemos madurado y la vida nos ha llevado a lugares distintos. Quizá hemos perdido la complicidad, pero conservamos el cariño y el afecto de haber empezado en esto juntos, eso jamás va a desaparecer. ¿Qué hago, ponerme celoso de Nicole Kidman en Los otros (2001)? Yo no podía competir con algo así. Entre otras cosas, porque su nombre levanta el proyecto por sí solo. Cuando sé que Alejandro está tramando algo, claro que me dan ganas de escribirle. Pero no lo hago. Sé que soy uno de los primeros actores que le pasarán por la cabeza, aunque sea para descartarme. Si no me llama, es porque no encajo en el proyecto. Punto. Es la obra quien pide los nombres, y a los directores les toca mirar por ella. Imagino que será difícil, y más si pensamos en la cantidad de artistas que son familia o pareja. A mí me encantaría trabajar de nuevo con Alejandro. Tendríamos muchas experiencias distintas que poner en común. Al fin y al cabo, han pasado 25 años.


– Es el pequeño de siete hermanos. ¿Cómo elegía a quién invitar a los estrenos? 

– Vivía unos conflictos tremendos cuando me daban entradas, ya que solían ser muy pocas. Y una première, sobre todo en mis primeros años de carrera, era un acontecimiento. Más allá de los seis hermanos, me salían amigos por todas partes. Con el tiempo todo se fue relajando, claro. Pero durante la pandemia se dejaron de convocar estos eventos y llegué a soñar con problemas así.



Actor del todo

A Noriega no se le cayeron los anillos por actuar en Una pistola en cada mano (Cesc Gay, 2012), que era un ejercicio de autocrítica donde los hombres recogían los frutos de sus peores comportamientos con las mujeres. En Plata quemada (2000) interpretó a uno de los pocos personajes homosexuales que poblaban por entonces nuestro cine. “De cada película me llevo algo. El arte pone los problemas sobre la mesa y yo soy más abierto gracias a él. Cuando crezco como actor, crezco como persona, que es mi principal objetivo en la vida. Y cuando maduro, encuentro más herramientas para levantar los papeles. Supongo que nunca terminaré de hacerme actor del todo. Hay que relajarse mucho para que las emociones aparezcan. Y eso no depende solo de uno mismo, también depende del director. Si él nos muestra esa confianza, el personaje vuela”, apunta.



Unidad de espacio, acción y tiempo

Tanto El método (2005) como Perfectos desconocidos (2017) son grandes muestras de un tipo de cine que Noriega conoce bien: ese donde la trama transcurre en un solo escenario y de corrido. “Para El método llegábamos muy temprano, cuando aún era de noche en invierno. Salíamos del rodaje y estaba oscuro de nuevo. Todo sucedía en el mismo plató. Daba algo de claustrofobia. La misma ropa, los mismos compañeros, las mismas paredes. En Perfectos desconocidos, a eso súmale que el vaso tuviera siempre la misma cantidad de vino. Es quizá el trabajo de Álex de la Iglesia que menos se parece al resto de su filmografía, pero consiguió aportar intensidad a una película sobre siete personas sentadas a una mesa. Con puestas en escena tan sencillas, el reto está en los guionistas y en el director. A los actores se nos pedía ritmo. Hay muchos planos, cortes, puntos de vista. En películas así conseguimos una buena respuesta del público, que se siente como si estuviera en el teatro”, reflexiona el artista.

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