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29-04-2026

#MiVidaEnPelículas

 

Eduardo Noriega, el actor que tiene “cuentos para todo”

 

El protagonista de ‘Abre los ojos’, ‘Tesis’ o ‘El Lobo’, enemigo de mitos e imposturas, apela “al niño que veía pelis en blanco y negro” para explicar el artista que es hoy

 

TERESA TRUCHADO (@teresatruchado)

(Texto y fotos)

Hay algo en Eduardo Noriega que no termina de encajar con la idea de estrella. Quizá sea la forma en la que mide las palabras o esa distancia irónica con la que observa su propio oficio. O quizá, simplemente, que sigue mirando el cine con la curiosidad de quien todavía no ha dejado de ser espectador. En el último martes de abril, y dentro del ciclo Mi vida en películas –que Ámbito Cultural/El Corte Inglés organiza en colaboración con la Fundación AISGE y la revista Cinemanía–, el actor santanderino se sentó frente a la periodista Andrea G. Bermejo y empezó a hablar con la naturalidad y elocuencia de quien no necesita impostar nada.

 

El arranque no es cinematográfico, sino casi sociológico. Noriega lanzó una reflexión que define bien su posición en el mundo de las redes sociales y la inmediatez: “Caigo en la vanidad y en el exhibicionismo, cuando recomiendas una película o un libro estás hablando de ti”. El actor remató con una observación seca sobre el presente: “Me sorprende esa gente que no para de publicar fotografías de sí mismo. Lo que está sucediendo con las redes sociales es digno de estudio. Cuando las dejas un rato te das cuenta de que son una parte muy pequeñita de la gente”.

 

 

Ese mismo pragmatismo atraviesa su mirada sobre la industria. Noriega recordó “un tiempo en el que parecía que había actores de teatro, con mucho prestigio pero desconocidos, luego estaban los de cine, que tenían el prestigio y la fama, y luego los de televisión que solo tenían la fama pero no tenían prestigio”. En la actualidad, admitió, todo eso ha cambiado: “Ahora está más difuminado. Incluso hay series que están mejor que algunas películas”.

 

Su presente pasa también por el estreno de La ahorcada, el thriller que acaba de dirigir Miguel Ángel Lamata. Noriega lo definió, sin rodeos, como “una película de obsesión”. Pero lo que al artista cántabro realmente le interesa del terror es “vivirlo como una experiencia”. “Es un placer disfrutar del miedo en una sala de cine. Sentir algo que no está pasando en realidad, pero que vamos a vivir como si lo fuera”, resumió.

 

 

Resulta que ese vínculo con el género le viene de lejos. “Desde niño tengo recuerdos de películas de terror”, confiesa, y en la memoria se le acumulan títulos como El exorcista, Poltergeist o Déjame entrar, que disfrutó y le dejó mal cuerpo a partes iguales. “Era un terror muy sencillo, sin grandes alardes digitales, y aun así muy efectivo”. Algo que, reconoció, define lo que para él separa lo banal de lo memorable en el cine de terror: “Antes de que tú veas nada ya estás anticipando, y eso es maravilloso”.

 

La de Noriega es una trayectoria que arranca en los noventa, pero que en realidad se explica mejor desde mucho antes. Antes de Abre los ojos, incluso antes de Tesis, ya había un niño frente al televisor. “Me pasaba muchas horas delante de la televisión, pero sobre todo viendo películas. Y películas antiguas, en blanco y negro”. No había entonces una vocación consciente, sino algo más primario, admitió Noriega. “No es que no tuviera vocación. Es que no existía en mi mundo la posibilidad de tenerla”.

 

Ese descubrimiento, como casi todo en su carrera, parece haber ocurrido sin solemnidad. Noriega habla del cine como quien recuerda un hábito doméstico: los Hermanos Marx, las carcajadas infantiles, los recortes de actores de Hollywood en un álbum improvisado que confesó mantener “perfectamente ordenado por orden alfabético”. Entonces el santanderino no era más que un niño que recorta caras de actores y construía un álbum sin saber aún qué significaba todo aquello. Era solo (o nada menos que) “una pura atracción”.

 

 

Cuando habla de referentes, la emoción se escapa de su boca sin ser consciente. No tarda en nombrar a Fernando Fernán Gómez, José Luis López Vázquez, Alfredo Landa. “A mí es que el cine español me entusiasma”, enfatiza. Son trabajos que admira porque Noriega concibe las imágenes cinematográficas como una suerte de memoria colectiva. “La historia del cine español está contando la historia de nuestro país. Veo cómo éramos en los años 20, en los años 30, qué se podía contar y qué no, cómo actuaba la censura…”, argumentó.

 

El punto de inflexión llega con Tesis. Noriega recordó entonces el papel decisivo de José Luis Cuerda: “Hay que hacer siempre un homenaje a Cuerda por apostar por Alejandro”. A partir de esta afirmación, Noriega reconstruye con una mezcla de incredulidad y humor los días de rodaje con sus compañeros. “Entonces éramos dos mindundis”, se sincera quien, incluso después de ser elegido dos años más tarde para Abre los ojos, seguía sin creérselo: “Yo estaba en la escuela de arte dramático y pensaba: estos me echan”.


Aquella famosa escena inaugural de una Gran Vía madrileña completamente desierta en Abre los ojos fue “una mezcla de azar y caos”. “Lo que había alrededor de la cámara era una pesadilla”, recordó el actor. Tráfico, gritos, gente colándose en plano “a tan solo un palmo de las cámaras”. Y, sin embargo, el resultado fue “una cosa milagrosa”. “Jamás rodándolo podrías adivinar que habías hecho una cosa tan impresionante”, resumió.

 

 Esa distancia entre lo vivido y lo que finalmente se ve es, para él, una constante del oficio. “Lees un guion y luego no tiene nada que ver”, sentenció. Entre los ensayos, el rodaje, los cambios, el montaje… “al final”, admitió, “terminas mezclando todas las películas que han pasado por tu cabeza”. Noriega no dudó en confesar que los rodajes y las frustraciones son conceptos parejos, porque “hay secuencias donde te desgarraste emocionalmente y al final, durante el montaje, la eliminan porque dicen que no aportaba”. El cine, a su juicio, también consiste en saber soltar y aceptar las tres películas que experimentas durante todo el proceso: la del guion, la del rodaje y la que se proyecta en las salas.

 

En lo relativo a su trayectoria internacional, las anécdotas funcionan como pequeñas lecciones. Recordó el casting de Transsiberian, frente a Ben Kingsley, y también el contraste con Forest Whitaker (“Un tipo sensible y extraordinario que se relacionaba con los extras y trataba de chapurrear el español”). Muy distinto fue su encuentro con Arnold Schwarzenegger, al que observa casi como un fenómeno sociológico. “No ha llegado a la cima de Hollywood por sus dotes interpretativas, lo que ha creado es un personaje”.

 

Ojo: no todas las historias tienen ese tono amable. También hay espacio para el desencanto. O, al menos, para la constatación de que los ídolos no siempre responden a la imagen que proyectan. Sus intentos fallidos de acercarse a Charlotte Rampling o Patti Smith funcionan como pequeñas fábulas sobre la distancia entre admiración y realidad. “Igual tenían un mal día”, concedió, sin más dramatismo.

 

Noriega se pierde entre cuentos que marcan una trayectoria de más de tres décadas, una línea transversal que recorre el eje entre la Península Ibérica y Estados Unidos. Cuando se trabaja y rueda con un nivel de exigencia tan alto como el que Eduardo se ve obligado a afrontar, acaba comprendiéndose mejor que el actor se apoye en su hija para mantener los pies en tierra. El actor recuerda un festival donde decidió mostrarle el inicio de Abre los ojos. La niña contempló la mítica escena de la Gran Vía y “a los diez minutos” sentenció, sin mayores miramientos: “No te ofendas, papá, pero es un poco aburrida”. Noriega sonrió al recordarlo. “Pues sí, cariño, tienes razón”.

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