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28-09-2020


De izquierda a derecha: Sancho Gracia, Kiti Mánver, Paca Gabaldón, Manuel Tejada, Emilio Gutiérrez Caba, Eduardo Gómez y Marí­a Asquerino


'La comunidad' de vecinos desquiciados y actores irrepetibles

 

La pelí­cula de Álex de la Iglesia cumple 20 años. Le valió un Goya a Carmen Maura y otro a Emilio Gutiérrez Caba. Luis Tosar, Antonio de la Torre y Rodolfo Sancho tuvieron algunos de sus primeros papeles


FRANCISCO PASTOR (@frandepan)

Los vecinos de La comunidad se jactaban a menudo de haber nacido en el edificio donde habitaban. Y no tení­an ninguna intención de abandonarlo. Jamás. "Algunos hemos vivido aquí­ de siempre", suspiraba un desconfiado Emilio Gutiérrez Caba frente a Carmen Maura al poco de darle la bienvenida al inmueble. Horas después se abalanzarí­a sobre ella con una llave inglesa en la mano para emprender un duelo a muerte. "Te estoy hablando de solidaridad, de respeto", le dirí­a mientras luchaban. Quizá por palabras como aquellas, o tal vez por la pelea que los llevó a ensangrentar todo un piso, los dos actores obtuvieron sendos Goyas, ella como protagonista y él como secundario. Un tercer galardón fue para los efectos especiales. Porque acabar el combate sobre los tejados de Madrid no era tan sencillo, y menos dos décadas atrás. El filme de Álex de la Iglesia se estrenaba el 29 de septiembre de 2000, con un texto que el director firmó junto a su guionista de cabecera, Jorge Guerricaechevarrí­a. La música la puso Roque Baños.

 

   La cinta se coló entre las 70 con mayor taquilla de nuestra historia, con una recaudación total que superó los seis millones de euros. Por debajo quedaban los 300 millones de pesetas que el dueño del ático ganó en la quiniela y con los que condenó a sus vecinos para siempre. Entre otros, Kiti Mánver, Marta Fernández Muro, Ane Gabarain y Paca Gabaldón vigilaron dí­a y noche que aquel dinero no saliera de la casa. Terele Pávez persiguió los billetes hasta el final mismo de la peripecia. Luchó por ellos aferrada a las gigantescas cuadrigas que vigilan desde una azotea la calle de Alcalá. ¡Y vestida con un batí­n! Ella fue de las pocas vecinas a las que el director regaló una trama secundaria: se trataba de una historia de amor y desamor con Sancho Gracia, revelada en unos gestos y dos o tres lí­neas, pues él estaba casado con otra. Aunque estuvo nominada al Goya, Pávez no lo logró en aquella ocasión. Por suerte, el agravio se resolverí­a años después gracias a Las brujas de Zugarramurdi (2013), también de mano de Álex de la Iglesia. Hasta siete veces trabajaron juntos. La última de ellas fue en El bar (2017), que se estrenó solo cuatro meses antes del fallecimiento de la actriz.



Sancho Gracia y Terele Pávez protagonizaron una de las subtramas del guion



Terele Pávez con Kiti Mánver y Carmen Maura

Marí­a Asquerino y Marta Fernández Muro

 

   Ojos que se abren hasta casi desbordar los párpados tras las mirillas. Unos gemidos piden clemencia y suplican por la vida con el roce de un cuchillo en la garganta. Titubeos interminables y manos temblorosas tratan de improvisar cualquier reclamo y ganar tiempo para impedir que la maleta repleta de dinero abandone el edificio. Jesús Bonilla, Marí­a Asquerino y Ramón Barea engrandecieron todaví­a más el elenco de nombres consagrados, pero ante la cámara también aparecieron artistas aún desconocidos en ese momento. Luis Tosar no habí­a rodado Los lunes al sol (2002) ni Te doy mis ojos (2003) cuando le vimos llegar con uniforme de policí­a al portal de La comunidad. Apenas unos pocos minutos de metraje le bastaron para alejarse de aquellos vecinos: su mirada nos dio a entender que la Maura se estaba volviendo tan loca como los inquilinos del edificio.

 

   En la piel de un camarero amistoso y locuaz se puso Antonio de la Torre. Le habí­amos visto en Carreteras secundarias (1997) y Torrente (1998), y De la Iglesia habí­a contado con él en El dí­a de la bestia(1995). Poca experiencia en comparación con los cerca de 60 largometrajes que el actor ha rodado desde entonces. Con la reticencia que su personaje muestra hacia esos billetes antiguos, impresos décadas atrás, entendemos que no será tan sencillo dar un final feliz a esos millones, ni siquiera una vez lejos de la escalera. Si aguzamos mucho la vista, veremos que al final, pese a todo, el camarero se acaba llevando un pellizquito del dinero. Más cuesta distinguir a Rodolfo Sancho en el papel de un agente inmobiliario. Acostumbrados hoy a verle de galán, como le ocurrirí­a en tantas ficciones a lo largo de su carrera, quizá no le reconozcamos escondido tras unas gafas, desprovisto de barba, encorvado y tí­mido en el gesto, sonriendo de oreja a oreja, casi acompañando la risa con un extraño soniquete. Su aparición en el filme provoca uno de los últimos giros en la trama, cuando Maura decide abandonar por fin el piso en el que se ha acuartelado, aunque sea por la ventana.



   Según rezan los contenedores de basura del edificio, sus habitantes conviví­an en el número 14 de la carrera de San Jerónimo. Sí­, en la acera frente al Congreso de los Diputados. Quizá aquellos vecinos quisieran representar a una clase polí­tica mentirosa y ladrona, y perfectamente retratada en el mencionado soliloquio de Gutiérrez Caba: "¿Sabes el esfuerzo que he tenido que hacer para poner de acuerdo a toda esta gente? Si yo no estaba, esto se vendrí­a abajo. La gente mata hasta por 15.000 pesetas". Pero lo curioso es que buena parte de los exteriores no se filmaron allí­, sino en un inmueble de la calle Calatrava. Esta historia acerca de una recién llegada que triunfa sobre los vecinos de toda la vida quizás nos hable, aunque sea de rebote, sobre la gentrificación. Porque el edificio desde cuyas ventanas salieron los gritos de Maura, según contaron más tarde los periódicos, llegó a estar en ruinas. Y sin ascensor, como se quedaba el portal de la ficción después que su elevador destrozase el cuerpo de Enrique Villén. Pero hoy aquella finca se encuentra en perfecto estado. El famoso ático donde comenzaba la historia se vendí­a, ya reformado, por 1,96 millones de euros hace solo unos años. Los 300 millones de pesetas escondidos bajo sus baldosas no darí­an para comprarlo.



Una vecindad para cada pantalla

Mariví­ Bilbao llama al timbre. Eduardo Gómez deambula por las escaleras. Un videoclub ocupa el bajo de un edificio. Los vecinos de un viejo portal se destrozan la vida entre ellos. Todo esto ocurrió en La comunidad. Pero también sucederí­a, punto por punto, en Aquí­ no hay quien viva, la serie que alumbró las noches de Antena 3 durante cinco temporadas. Sus creadores, Iñaki Ariztimuño y Alberto Caballero, llevaban dos años tratando de conseguir respaldo para su proyecto cuando la pelí­cula de Álex de la Iglesia llegó a los cines. ¿Serí­a su éxito lo que inclinó la postura de la industria televisiva hacia el sí­? No figura en ninguna parte. Es más: Ariztimuño y Caballero tardarí­an aún tres años más en llevar la criatura a buen puerto. Y aunque hay coincidencias entre una ficción y otra, no son pocas las diferencias: en lugar de hacernos gritar de espanto, como logró la pelí­cula, Aquí­ no hay quien viva nos hizo reí­r. Y una vez por semana. Ello afianzó el cariño arrasador que la audiencia profesó tanto a Bilbao como a Gómez hasta que nos dejaron.

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