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12-02-2020

 

Cuando los actores dejaron de ser “peleles” y “vagabundos”

 

El historiador Joaquín Álvarez Barrientos reconstruye en ‘El actor borbónico’ la evolución de la interpretación en España durante el Siglo de las Luces

 

 

FERNANDO NEIRA (@fneirad)

Reportaje gráfico: Nano Amenedo

Durante largos siglos, los actores tuvieron en España la consideración de hombres y mujeres de vidas disolutas, costumbres nada aconsejables y formación moral e intelectual virtualmente inexistente. La situación se prolongó hasta el llamado Siglo de las Luces, cuando las gentes de la escena lograron la consideración de “ciudadanos” y pudieron establecerse como un oficio tan respetable como cualquier otro. Los apasionantes avatares de la profesión durante aquel decisivo siglo XVIII le han servido como argumento a Joaquín Álvarez Barrientos para escribir El actor borbónico (1700-1831), una obra que refleja cómo eran los usos y costumbres de las representaciones teatrales en los años en que nombres como los de Isidoro Máiquez o La Tirana se convirtieron en ídolos que gozaban del fervor popular. 

 


   Álvarez Barrientos es investigador del CSIC y presidente de la Sociedad Española de Estudios del Siglo XVIII, lo que le convierte en la firma más autorizada para abordar una tarea que le ha ocupado más de 500 páginas y que se nutre de los estudios e investigaciones acumulados a lo largo de tres décadas de trayectoria profesional y pasión literaria e histórica. El actor borbónico… se presentó este martes 11 de febrero en la Fundación AISGE –que coedita la obra junto a la Asociación de Directores de Escena (ADE)– y contó con la introducción y elogio del actor Emilio Gutiérrez Caba, presidente de la entidad. 

 

   Otro de los artistas asistentes al acto, la actriz Maite Blasco, se interesó por cómo había logrado Barrientos reconstruir con tanta precisión las andanzas de unos profesionales que recorrían los escenarios españoles en ocasiones hace más de 300 años. “Hemos tenido la suerte de que en el siglo XVIII nace la crítica teatral como género periodístico”, detalló el autor, que a su vez ha consultado abundante documentación legal en los archivos históricos para conocer las peticiones de las compañías y hasta los sueldos que percibían sus intérpretes. “Además”, agregó, “muchos actores de la época ya saben leer y escribir, lo que nos ha permitido tener acceso a sus memorias o testimonios”.

 

   Cuenta El actor borbónico, precisamente, cómo esa España ilustrada que se va abriendo paso tímidamente, entre las zancadillas del antiguo régimen, dignificará el oficio escénico por primera vez en su historia. “El actor dejó de ser visto como un pelele, alguien que gesticula y se mueve por un escenario, y pasa a ser considerado un artista liberal; esto es, que desarrolla una labor intelectual”, explicó con el mismo sentido ameno que ha guiado su escritura. Ese reconocimiento de “liberalidad” para el arte escénico ya lo había conseguido el siglo anterior Diego Velázquez de cara a la pintura. De hecho, el periodo estudiado en la obra se prolonga hasta 1831, en lugar de abarcar un siglo exacto, porque aquel fue el año en que la reina María Cristina de Borbón, esposa de Fernando VII, pone en marcha el Conservatorio de Música y Declamación, génesis de lo que hoy conocemos como Real Escuela Superior de Arte Dramático. También echa a andar en el 31 la primera Real Escuela de Tauromaquia, lo que demuestra el esfuerzo por regularizar y afianzar actividades que hasta entonces se movían en una cierta marginalidad. 

 



 

   Lo más importante que le sucedió en el siglo XVIII a los actores españoles, según Álvarez Barrientos, fue que las clases gobiernantes “empiezan a ver la cultura como un elemento de identidad para distinguirse de otros países”. El Estado pasa a considerar “ciudadanos” a sus artistas, lo que implica que pasan a estar sujetos a la ley. E incluso se reivindica con orgullo la “declamación a la española”, erigida así en un rasgo identitario. “Era fogosa y poética”, explica el investigador, “frente a la francesa, tan lenta, amanerada y aburrida que la acabaron criticando los propios franceses”. 

 

   Barrientos dismitifica en parte, de hecho, el peso de Francia como modelo teatral para el resto del viejo continente. “Incluso en la Comédie, muchos espectadores estaban de pie y las localidades más caras se encontraban en los laterales del propio escenario, lo que entorpecía los movimientos escénicos. E incluso el público hablaba con los actores en plena representación”. Y no es que las praxis en España fueran irreprochables. El libro relata cómo las compañías manejaban un repertorio de hasta 400 obras distintas, lo que hacía indispensable la figura del apuntador. “La concha no se incorpora hasta mediados de siglo, por lo que el apuntador fue durante años una figura más sobre las tablas. Y muchas crónicas periodísticas mencionan que los textos se escuchaban ‘por partida doble’, primero en labios del apuntador y luego en los del actor, lo que no favorecía ni al ritmo de la obra ni a la atención de los espectadores”. 

 

 

   Javier Navarro de Zuvillaga, actor, dramaturgo, escenógrafo y fundador en 1965 del Teatro de Arquitectura (suyas son muchas escenografías para William Layton o José Carlos Plaza), ofreció un extenso resumen de los contenidos de El actor borbónico, obra que considera no ya “bien documentada y escrita”, sino “apasionante, porque en sus personajes nos podemos ver reflejados nosotros mismos y conocer nuestras raíces”. Navarro también subrayó que los actores, hasta la instauración de la dinastía borbónica, fueran vistos como “una caterva de vagabundos que transitan de un sitio a otro con una mochila al hombro”. Incluso resaltó avances como la supresión de la “mosquetería” (público de pie), en 1814, o el hecho de que Máiquez “fuera despedido por la prensa como un héroe del liberalismo” a su fallecimiento, en 1820, justo el año en que arrancaba el denominado Trienio Liberal.

 

    José Manuel Cervino, actor y consejero de AISGE, se encargó de introducir el acto y refrendar “los lazos cada vez más estrechos” entre la entidad y la Asociación de Directores de Escena, pese al fallecimiento, el pasado mes de abril, de su secretario general y director de publicaciones, el “admirado amigo” Juan Antonio Hormigón. El nuevo responsable de las publicaciones de la ADE, el también autor y dramaturgo Carlos Rodríguez, se felicitó por haber contado “con la persona que más sabe sobre los actores españoles de aquel siglo” y advirtió de que El actor borbónico (1700-1831) “representa la cima de una línea de trabajo que se remonta a los primeros artículos de Álvarez Barrientos sobre la materia, allá por 1987”. Rodríguez también se confesó fascinado con “la intrahistoria de la interpretación en aquel siglo largo, un periodo de modernización del país que no estuvo exento de dificultades ni trifulcas”. 

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