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13-10-2021

 El prólogo para 'El universo de Fernando Fernán Gómez'


Historia de un hombre bueno
que nos llenó de luz


"Hay personas que deberían eternizarse, detenerse en un punto y habitar un par de centurias entre nosotros. Porque los seres bondadosos como Fernando son especies en extinción"

 

EMILIO GUTIÉRREZ CABA

Hay personas que hacen el bien y otras que hacen el mal, parece que eso lo sabemos todos. Lo que ya resulta más difícil es atisbar, entre tantas contradicciones, quiénes pertenecen a un grupo o a otro.

 

Fernando Fernán Gómez es alguien que figuró indiscutiblemente en la primera selección. Resulta consolador, entre tantas congojas diarias, poder celebrar en el mes de agosto de este 2021 el centenario de su nacimiento; dar gracias a la vida por permitir que un ser así naciera y habitara entre nosotros aportándonos sabiduría, haciéndonos ver el mundo de una manera diferente.

 

Un ser bondadoso es alguien que entrega a los demás algo de sí mismo a través de lo que dice y hace. Fernando hizo cosas extraordinarias que nos llenaron de felicidad. Nos regaló ideas, sensibilidad, conocimientos; intentó hacernos mejores y en muchos casos lo consiguió. Nos regaló interpretaciones memorables tanto en el teatro como en el cine. Trató de dignificar el papel que las actrices y actores debían desempeñar en la sociedad y 
le mostró a esta que se pueden ejercer con maestría varias disciplinas dentro de
 las artes escénicas. Fernando escribió algunas comedias memorables, dirigió películas muy importantes, nos contó su niñez en unas memorias inolvidables y peleó como un jabato por sobrevivir.

 

Esa es su parte visible, la parte que, para nuestra suerte, nos brindó a todos. Su parte invisible –sus aristas negativas, que sin duda las tuvo, como las tenemos todos– es apenas conocida, se le respeta y no creo que valga la pena hablar de ella. Fernando Fernán Gómez nos impartió clases magistrales de vida y escepticismo pero, sobre todo, nos ayudó a entender mejor el teatro y el cine; nos honró con su vida y nos dejó muy desalentados con su muerte. Hay personas que deberían eternizarse, parar de envejecer, detenerse en un punto y mantenerse un par de centurias habitando entre nosotros. Tengo un larga lista de mujeres y hombres que no debieron irse nunca porque un ser bondadoso no es corriente, sino una especie probablemente en extinción que deberíamos poder proteger de alguna manera: no solo eternizándolo con esas obras que tanto consuelo nos aportan, sino también con su presencia, que acabaría con nuestras dudas sobre la Divinidad. Pero no.

 

 

Fernando nació hace cien años y se marchó hace poco. Se marchó como lo hizo de aquel rodaje, dicen, de Don Quijote cabalga de nuevo. Según cuentan, aunque no pueda afirmar con rotundidad que sea verdad. Las tensiones durante la grabación de aquella película dirigida por Roberto Gabaldón habían sido frecuentes. El último día de rodaje, Fernando, vestido con unos leotardos y una larga camisola, debía alejarse por un prado, adentrarse en una arboleda que lo cerraba al fondo y desaparecer. Era el último plano de la película y Fernando no tenía gana alguna de despedirse de nadie, habida cuenta del mal ambiente que había reinado durante la filmación. Ensayaron la escena un par de veces y rodaron una primera toma. Gabaldón la dio por buena, pero quiso filmar otra como reserva. Por su parte, Fernando había tomado la decisión de no regresar una vez que oyera la
voz de “¡Corten, ha sido buena!”, y así dicen que lo hizo. Cuando llegó a la linde de la arboleda escuchó en la lejanía “¡Corten, ha valido, Fernando!”, pero siguió andando y se adentró en lo frondoso mientras cada vez más lejos se oían más gritos: “¡Fernando! ¡Fernando, ya puedes volver! ¡Fernando!”. En vano, porque él siguió caminando y caminando hasta desaparecer de la vista de todo el equipo. El final de la historia fue que Fernando, al parecer, regresó a Madrid vestido de Quijote en un taxi que solicitó desde un bar de carretera.

 

Puede que esta anécdota sea totalmente falsa, que nunca ocurriera o que Fernando, gran fabulador, se la inventara. O algún otro, amparándose en la anecdótica vida de este. Pero lo cierto es que su marcha de aquel rodaje se parece mucho a su partida de este mundo: vimos cómo se iba, le vimos alejarse, le empezamos a llamar pero siguió su camino dejándonos desconcertados, y tristes, y solos.

 

Que este libro que hoy publicamos para honrarle y honrarnos sirva de homenaje a un hombre bueno que nos llenó de luz. De un hombre con un nombre tan sonoro y tan grandioso como él: Fernando Fernán Gómez.

 

Emilio Gutiérrez Caba es actor y presidente de AISGE y de la Fundación AISGE


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