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12-07-2021

#ElFaroenAISGE

Una visión íntima y por escrito de las mejores entrevistas de Mara Torres en las madrugadas de la Cadena SER

 

Andrés Velencoso es aquel
niño descalzo de la playa

 

Despuntó como modelo casi de casualidad y acabó desfilando en las principales pasarelas del mundo. Frente a la cámara, la progresión ascendente es parecida. “Venía de ser reconocido en otra profesión y me costó que me respetasen”, se sincera

 

MARINA GARCÍA DIÉGUEZ (@marinagdieguez)

@elfaroSER @maratorres_

Andrés Velencoso es aún ese niño que jugaba a coger cangrejos en una playa de la Costa Brava. No importa su estatura ni su porte imponente. En esta conversación con Mara Torres, aquel niño que fue, ese al que le gustaba “jugar solo”, lo visita de nuevo esta noche. “Estaba buscándome mi propio mundo”, explica. Es también esa imagen de un aparcamiento, ya vacío en invierno, sin turistas, mirando al mar en el que aprendió a montar en bici. Ese lugar que son los lugares de vacaciones cuando el verano pasa y el escenario se vacía y se pinta de otros colores: encontremos ahí el paraíso de la infancia de este Gatopardo.

 

 

Lo bueno de escuchar el relato de otro es que el mágico poder de la imaginación permite que nos creemos nuestra propia película. Con Andrés Velencoso es fácil trasladarse hasta ese bar, casi escuchar cantar a su padre o frecuentar esos hoteles de modelos en París, Milán o Nueva York. Lo mejor es que la imagen que crearemos será distinta en cada una de nuestras cabezas. Los Gatopardos permiten con su historia crear la propia. Ponerse a escuchar para reconstruir poco a poco la vida del otro y aprender, como dicen muchas veces los oyentes, cómo la vida se va formando con valores y por capítulos con el los pasos de los años. Irrumpe Velencoso, 'Tete' de seudónimo: bello y desarmado, aunque parezca contradictorio; propicio para el encuentro y la madrugada. Y terminará haciéndole los coros a Julio Iglesias.




“Salí de casa para demostrarle a mi padre que era capaz de valerme por mí mismo”, explica. El trabajo de modelo internacional, por el que todo el mundo lo conoce, no le llegó de la nada, por un ojeador o porque alguien lo viese y quisiese construirle una carrera. Llegó por otros. Mejor dicho, por otras. Una de sus hermanas y su madre insistían en que probase suerte. Él no lo tenía claro, pero la necesidad de salir del trabajo del bar familiar y de conocer un mundo que fuese más allá de Barcelona le hizo dar el paso. Como tantas otras cosas que se cruzan en el camino de la vida por pura casualidad, él nunca había imaginado ni remotamente que la vida lo colocaría a desfilar para las mejores marcas del mundo y que sería, casi sin quererlo, un embajador de nuestro país en el extranjero.

 

Desde hace unos años compagina su trabajo en la moda con una faceta cada vez más imparable como actor, y esta nueva faceta le llegó “sin mucha más explicación, como todo”. Acaeció también sin pensarlo y sin buscarlo demasiado. Reconoce que ya acariciaba la idea de expresarse artísticamente de otra forma. Le atraía esa posibilidad de ponerse en las pieles de otros y vivir mil veces; le asombraban las dificultades, sobre todo al principio. “Venía de ser reconocido en otra profesión y me costó que me respetasen. Yo entiendo que un actor quiere tener delante a otro actor, alguien que le dé la réplica de forma implacable”, admite. Pero no le ha ido nada mal. Ahora acaba de estrenarse en la última temporada de Élite, la ya celebérrima serie de Netflix, con un personaje que no puede dejar a nadie indiferente.

 



En este relato son importantes varias palabras. "Soñar" sería una de ellas. Aquel chico que estudiaba sin tener claro cuál sería su destino solo poseía una gran certeza: su sitio no sería estático, a él le gustaba moverse y aprovechar que conociendo mundo también sirve para acabar por conocerse a uno mismo. Sus paseos por las pasarelas siendo tan joven (“con 20 años yo aún no había madurado”) le permitieron descubrir de primera mano lo que era el trabajo; también, ir proponiéndose retos poco a poco. “Si me iba bien en Milán, tiraba para Nueva York y luego hacia París”, detalla. “Durante aquellos años no pensaba en nada porque no disponía de tiempo. Tenía que aprovecharlo todo”. En aquella época fallece su madre, algo que marca definitivamente su vida. Hizo su camino de baldosas amarillas.

 

¿Cómo has vivido las dificultades de una industria siendo modelo?, pregunta Mara. “Es verdad que a lo largo de los años me he ido dando cuenta de que muchos de mis colegas se quedaban por el camino por no entrar en una talla”, desvela. Él siguió su rumbo porque –y valga el paralelismo con esta conversación– lo que lo movía era encontrar su propio faro. Ahí tuvo que aprender cómo funcionaba una industria que trabaja con cánones de belleza y que a cualquiera podría arrasarle en algunos momentos. Pero Andrés Velencoso relaja siempre la expresión, sonríe conquistador. Da paz.

 

No es fácil encuadrar a Velencoso, con sus 800.000 seguidores en Instagram y esa aureola de figura, o de ídolo, entre tanta gente. Lo bueno de este lugar, de este faro, es que para nosotros y nosotras esta noche, quizás solo esta noche, Andrés puede ser sencillamente ‘Tete’. Y ese es el valor del encuentro. El Gatopardo se quita todo. “Iba descalzo desde casa al faro, porque desde mi casa de Tossa se veía el faro”, explica. Subían con la Vespino toda la familia “por la cuesta del castillo”. Esa cuesta que podría ser la vida y a la que llegaban juntos.

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