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03-05-2021

            

            

#ElFaroenAISGE

Una visión íntima y por escrito de las mejores entrevistas de Mara Torres en las madrugadas de la Cadena SER




Carlos Hipólito, un arquitecto de sueños en el centro del escenario

            


Creció en el barrio madrileño rodeado de libros, discos y poemas, en una familia que veía teatro y no fútbol en la tele. Se graduó de la mano de Alberto Closas y hoy sigue siendo feliz sobre las tablas... y riéndose mucho junto a su mujer y su hija, "que también va para actriz"

       

            

            

 

MARINA GARCÍA DIÉGUEZ (@marinagdieguez)

@elfaroSER @maratorres_

Podría reconocer su voz hasta la última persona de este país. Aunque solo fuese porque un día, haciendo zapping, se hubiera cruzado con el relato de la historia de los Alcántara en Cuéntame. Hay, en consecuencia, muchas posibilidades de que oyentes o lectores sientan familiaridad hacia este Gatopardo, en que piensen en el actor Carlos Hipólito como uno de los nuestros. Llevaba tiempo buscando El Faro, deseando tocar tierra y subir a conversar con Mara Torres, en esas entrevistas que son un viaje en el que se habla de todo eso que no puede decirse en otros sitios; quizá por tiempo, quizá porque la radio de noche propicia que no se le tenga miedo al silencio ni a la pausa. Ni a una buena entrevista que, como con las grandes sobremesas, acaba siempre alargándose.

 

 

Crece en el barrio madrileño de Chamberí, al que se siente tan arraigado que lo vincula ya desde el primer momento en su seudónimo: ‘Chamberilero’. Se cría en una casa en la que la cultura era fundamental, llena de libros, con discos de poemas sonando todo el rato y en la que toda la familia se reunía delante de la televisión para ver teatro en el Estudio 1 de TVE. “Nunca para ver el fútbol”, matiza. En aquel ambiente, con un padre arquitecto que jugaba con él a crear casas, crece este Gatopardo que no tardaría en sentirse fascinado con el arte y, enseguida, con el teatro. Acabaría emprendiendo la carrera de Arquitectura, acaso por aquellos juegos de la infancia, pero el poder de la interpretación ejerció un imán mucho más poderoso. “Para ser sincero, no llegué a terminar el tercer curso”, ríe.

 

Con cinco o seis años Carlos Hipólito sintió “esa sensación" que le ha terminado acompañando ya para el resto de su vida. “Se levantó un trapito –que luego sabría que era un telón–, y en aquel agujero que había en la pared –que luego sabría que era el escenario– pasaban un montón de cosas fascinantes. Lo sentí igual para siempre. Ese cosquilleo sigue ahí”, relata. En sus primeras funciones como actor profesional iba tarde y noche, doble función, “y si me hubiesen puesto cuatro hubiese ido aún más feliz”. Interpretaba la difícil obra de Lorca Así que pasen cinco años, nada menos. Aquella pasión y juventud de la vocación eran como un raudal inagotable de energía que aún reluce en unos ojos visiblemente emocionados en este relato, en este ratito de contar la vida en El Faro. 

 



 

Sobre la importancia de arrimarse al buen árbol también puede contarnos mucho Carlos Hipólito. Cuando transitaba por ese largo y tortuoso camino para afianzarse como actor se encontró con un ángel. “Me lo enseñó todo de interpretación y todo sobre la vida, lo que es aún mucho más valioso”, explica. Interpretaba Largo viaje hacia la noche, era 1988 en el Teatro Español de Madrid y en una de las escenas, de sus buenos tres cuartos de hora, Alberto Closas era el padre e Hipólito el hijo. Aquellas horas compartidas en escena, detalla Carlos, determinaron buena parte de lo que hoy es. Echa de menos cada día a este “buen hombre y conquistador sobre todas las cosas”, que falleció en 1994 a causa de un cáncer de pulmón.

 

Es para él fundamental cerrar un ciclo, poder culminar su carrera como actor volviendo a esa obra de Eugene O’Neil que tantas horas interpretaron juntos. Ahora tocaría darle la vuelta y Carlos sería el padre, cogiendo el sitio a Closas y rindiéndole pleitesía. Y él seguramente estará dirigiendo desde el cielo. “Lo mejor va a ser ensayar hablando con él y preguntándole… ¿Cómo lo ves?”, ironiza con ternura. ¿En quién pensará cada oyente o lector al escuchar esta historia? Todos tenemos, antes o después, un Alberto Closas en la vida. Piensa en el tuyo ahora, llámalo si puedes. Y, si no, dedícale una buena canción.

 



 

Todos los sentimientos más intensos, más emotivos, de Carlos Hipólito están relacionados con la interpretación. Empiezan y terminan allí. Como muchos actores, la línea que separaba su vida laboral de la personal no es una separación sino un lazo de unión. Su gran amor, la también actriz Mapi Sagaseta, no podría haber provenido de otro sitio. La escena es deliciosa. “Estábamos en Teatro de la Zarzuela, eran los años ochenta, entré a un ensayo. Ella era bailarina, fue muy bonito, fue un flechazo. Si alguna vez la entrevistas a ella, te dirá lo mismo. Nos cruzamos y nos echamos una mirada que ha durado hasta hoy”, explica emocionado. Ahora interpreta con ella Rita y ha compartido a su lado muchos estrenos en la vida y en la escena. Ahora, su hija Elisa, “que también va para actriz”. “Seguir los tres juntos, aunque suene muy evidente, es lo único que pido. Nos reímos tanto"...

 

 

Con un jersey violeta y el andar de un hombre bueno, Carlos Hipólito abandona el estudio de la SER durante la madrugada dejando un poco de eso que es él y que tan difícil resulta de explicar. Es como dejar sembrado un trocito de calma para toda la madrugada. Basta solo con ver cómo se le humedecen los ojos al escuchar The sound of music cantada de Julie Andrews. Como cuando todo es sintonía y verdad. Igual era allí donde estaba, allí donde empezó todo, cuando este Gatopardo fue al cine con ocho años y se quedó sin palabras. Como diría Jorge Drexler, “una canción me trajo hasta aquí”.

 

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