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31-05-2021

            

            

            

            

#ElFaroenAISGE

Una visión íntima y por escrito de las mejores entrevistas de Mara Torres en las madrugadas de la Cadena SER




Emilio Gutiérrez Caba, el viajero que ya de niño se hizo sabio

     


Nunca se retirará, porque el escenario le sirve para comprender la realidad. De hecho, anhela encarnar a la Julieta shakesperiana. El presidente de AISGE, de 78 años, sigue enarbolando la profesión como compañera de vida. Y soñando con un futuro mejor, aunque no le corresponda conocerlo

MARINA GARCÍA DIÉGUEZ (@marinagdieguez)

@elfaroSER @maratorres_

Para Emilio Gutiérrez Caba no son iguales todas las maneras de estar en el mundo. En esta conversación con Mara Torres despliega la sensatez que lo caracteriza hablando sobre el arte, sobre lo individual y lo colectivo. Esa es su manera. A sus espaldas, una carrera indiscutible en el oficio de la interpretación, varias generaciones de actores y actrices en su familia y la firme convicción de que estará en el escenario mientras habite lo humano. Acerca de quiénes somos y a dónde nos dirigimos versa también esta media hora. La visión de un hombre que ha transitado el arte y ha llenado teatros, salas de cine y conquistado a millones de espectadores televisivos. El Faro le sirve esta vez como telón de fondo: una luz que sirve también como bálsamo en mitad de la noche, frente a todo ese ruido de ahí fuera.

 

"Me gustaría tener la visión del mar y del fuego, es algo que busco siempre", comienza a relatar este Gatopardo que decide usar el seudónimo de Julieta, el papel que siempre quiso hacer. El mar, además, le proporciona la tranquilidad de saber que hay algo por encima de nosotros, algo superior: una cierta manera de poner los pies en la tierra. Una infancia relacionada con el norte y con los viajes que emprendía su familia para actuar en diferentes teatros. “Cuando eres niño y puedes percibir que las ciudades son distintas, las comidas, que el mundo es variado… tienes la suerte de educarte en el no nacionalismo”, explica. Esa “infancia aventurera” y esa vida de artista nómada hicieron que creciese de manera muy diferente a los demás.

 

 

Se produce en la historia de su vida un antes y un después cuando muere su madre. Él tenía 14 años y aquello supuso darse de bruces, demasiado pronto, con la brutalidad de la vida. Todo ello le lleva a reflexionar sobre cuándo se marcha un actor del escenario. "A mi generación no le gusta retirarse. Nos retira la enfermedad o la muerte, seguir nos mantiene en contacto con la realidad y con el futuro, a pesar de que no vayamos a estar". Retumban en sus labios esas tres sílabas del tiempo aún por llegar. "Cuando yo era niño nadie hablaba de futuro porque no querían que existiera", añade. Esta frase encierra una manera de entender la realidad, un contexto histórico.

 

Emilio Gutiérrez Caba hace  balance de este país que ha vivido y recorrido de cabo a rabo, a lo largo de tantos años de carrera y vida. “Tenemos un gen de olvido”, dice. “Si en España tuviéramos memoria, no habríamos llegado a un Estado de privilegio en lugar de a uno de derecho”, explica apelando a la responsabilidad ciudadana. Reconoce que esa conciencia política se la ha otorgado en gran medida el propio teatro. "Escuchar a toda la gente de mi alrededor ha sido un ejercicio no ya político, sino moral. El arte es un alimento que va entrando dentro de tu cuerpo hasta que se impregna”. Extiende su crítica a todas esas piezas del sistema que cree obsoletas e innecesarias, más aún si las contraponemos con el ejemplo de otros países europeos, mucho más austeros.

 



El recuerdo de esa salas de teatro sumidas en un silencio sepulcral durante lo más crudo de la era covid le lleva también a una lectura del momento que vivimos. “He notado al público mucho más receptivo en la última década en cuanto a lo que se le ofrecía sobre el escenario”, explica. “La gente que va al teatro tiene un tempo de vida muy diferente al del resto de la sociedad”. Ocurre un poco como en este Faro: que se para el tiempo. En ello, en ese pacto entre espectador y artista, consiste también entregarse al arte.


Reconoce los miles de momentos brillantes que le ha proporcionado esta profesión, él que ha hecho del trabajo casi su compañero vital. La historia de varias generaciones entregadas al teatro se respira inevitablemente en sus palabras. También, el sentido del paso del tiempo y la rabia frente a tantos factores que nos despistan de lo importante. “Con el móvil dependemos de demasiadas cosas, nos simplifica a nosotros mismos”, anota a título de ejemplo.

 

 

Frente a la luz del faro y su farera, Emilio acaba abriéndole a la nostalgia una puerta que permanecía escondida. La sensatez viste ahora también con la melancolía de un hombre bueno. “Es una sensación extraña la de ponerme a hablar sobre los planes futuros para este país, porque uno sabe que no va estar...”, reflexiona. Gutiérrez Caba es un hombre que escribe a lápiz en los márgenes de los libros, que vuelve a ver Con la muerte en los talones con cierta periodicidad y que no teme a la muerte, “solo a lo desconocido del tránsito”. A Emilio Gutiérrez Caba le gustaría volver a las veladas de bossa nova, reunirse con los suyos, bailar. Abrir las ventanas de El Faro en el mayo de la Costa Brava, por ejemplo, y con la luz tenue escuchar hablar a todos los suyos, tan siquiera ver sus caras, escuchar sus voces y acompañarse por el batir de las olas del mar. Diría, entonces, como Julieta en el final que Shakespeare le escribió: “Yo conozco esa voz; su mágica dulzura despierta mi suspenso espíritu”.

 

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