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28-06-2021

#ElFaroenAISGE

 

Una visión íntima y por escrito de las mejores entrevistas de Mara Torres en las madrugadas de la Cadena SER

 

 

 

El mundo será una tontería, pero a veces hace mucha gracia

 

 Emilio Martínez-Lázaro nunca se ha dado mucha importancia, pero su sentido del humor siempre va por delante de quien conversa con él. También en esta cita noctámbula en la que hace balance de su 'vidita'

MARINA GARCÍA DIÉGUEZ (@marinagdieguez)

@elfaroSER @maratorres_

Todos estamos construidos de otras historias. De historias de amor, de historias de decepción, abandono, reencuentro, explicaciones absurdas, desamor. De historias de muerte y, siempre, de historias de vida. Algunas en primera persona, pero otras vividas en otros cuerpos y mentes, dentro del cine y de los libros. Así, resumiendo, se va formando esa amalgama de vivencias, entre realidad y ficción, que nos hacen como somos. Emilio Martínez Lázaro se hizo a sí mismo gracias a Los 400 golpes de Truffaut y al cine de Hitchcock. “Me vi todos los días de la semana y varias veces Vértigo para aprender cómo se hacía una película”, exclama. Compuso su vocación con esos planos, aprendidos de memoria, y ahí fue cuando entendió que él ya no sería más un espectador, sino el encargado de modelar, cual artesano, con esmero y ese humor tan suyo, las historias que cambiarían la vida de los demás.


Y así fue.

 

 

Emilio nunca se lo dijo a sus padres así, directamente. “No lo hubiesen entendido. Mandaron a mi hermano mayor a preguntarme qué iba a hacer con mi vida y yo le dije: películas. Quería contar una historia con imágenes haciendo cine, pero que esa idea les llegase a ellos me parecía imposible”, relata. Pero este es un cuento con final feliz, insistimos. Martínez Lázaro lo consiguió. A su amigo Ricardo Franco, que no llegó a ver los mayores éxitos que le traería su carrera como director (¡esos Ocho apellidos vascos!), hoy le explicaría: “He hecho películas, incluso una de ellas ha sido la más taquillera de la historia de España. No te lo creerías nunca, pero así ocurrió”. Esta conversación con Mara Torres es, en el fondo, todo lo que le diría a ese amigo fallecido en 1998; el relato que uno hace de su propia historia cuando, con los años,  empieza a darse cuenta de que la experiencia y las vivencias le avalan para poder contarse.



 

Nuestro Gatopardo de hoy es de esa especie rara que camina con la genialidad a cuestas y que es aún mejor porque no lo sabe. Sus películas hablan por él, una filmografía marcada por el humor y con una gota conmovedora como Las 13 rosas. Alguien que ha escrito y dirigido algunos de los largometrajes más taquilleros del país solo puede tener en sus palabras esa misma vis cómica. Solo alguien como él pondría a cantar a medio casting, desde Natalia Verbeke a Héctor Alterio, la canción original de Kiko Veneno Echo de menos, y con esas voces algo desafinadas crear un tema al que los años le han sentado aún mejor. Volver a escucharlo en esta entrevista es un juego dulce de la memoria. Te hace pensar: ¿Quién era yo vi por primera vez en el cine El otro lado de la cama y salió la secuencia con esa canción? Hasta Fernando Trueba le advirtió una vez: “Es mejor la tuya que la original, la de Kiko”.

 

“Todos pensábamos: hay que hacer algo en lo que vayamos más lejos con aquella película”, explica Emilio de aquella época. Luego habría una secuela en 2005, Los 2 lados de la cama. Esa manera de hacer cine reconcilió a este país, le dio la oportunidad de reírse de sí mismo. Años después, con Ocho apellidos vascos tuvo que enfrentarse a una crítica voraz que no se rindió a ese filme hasta que llenaba las salas de cine semana tras semana. Emilio también ríe sobre aquella época, como con todo. “Antes del estreno fue tremendo. Cuando tuvo éxito se cortaron un poco”, añade.

 



Insiste Martínez-Lázaro en que aún a día de hoy no puede ponerle palabras a aquel éxito descomunal. Pero reconoce que una de las cosas que tuvo claras desde el principio era el nombre de Dani Rovira para el papel protagonista. “Lo que quiere el espectador es tener buen rollo vital. Y fue lo que ocurrió. Ver a Dani fue como si se nos apareciese la virgen: este tío tiene una especie de inocencia que no puede explicarse, y eso lo hizo todo verosímil”, detalla. Rovira recoge el halago y responde en Twitter, unas horas después del encuentro con Mara: “fue la virgen la que me vino a ver a mí con Emilio”. La magia sigue siendo la misma que cuando entramos al cine a ver aquella cinta a la que nadie pudo resistirse.

 

“En mi vida –bueno, mejor vidita, que no quiero sonar grandilocuente– me he dedicado por completo a este oficio”, dice el realizador. Y añade: “Ahora ya no considero imprescindible hacer una próxima película. He dejado de pensar que tengo que rodar una nueva obra todo el rato. Si no me apetece mucho el guion, pues no la hago”. Se relaja pensando que ahora es más libre. “Vámonos al faro”, bromea al final cuando Mara intenta cerrar la conversación, con ese humor que parece que va siempre un paso por delante del que le escucha.

 

Esta conversación es un baile con la vida, lleno de pisotones y tropezones pero con todo lo sano que es reírse de uno mismo. Camisa naranja, chaqueta azul, gafas y  pelo cano. Bromea sobre sí mismo cuando dice: “yo era hijo de la burguesía española de Argüelles”. Y nos habla de su loro, ‘Cuquito’, que es tan canalla cómo él y que les dice “bonitos” a los repartidores que traen la compra a casa. Como en un relato de Raymond Carver que se sirve de lo absurdo para traer la verdad. ¿Ahora no os pasa que no podéis dejar de cantar eso de “y tú no te das cuenta de lo que vale, el mundo es una tontería, si vas dejando que se escape lo que más querías”?

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