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20-09-2021

            

            

                   

#ElFaroenAISGE

 

Una visión íntima y por escrito de las mejores entrevistas de Mara Torres en las madrugadas de la Cadena SER

 

 

 

Héctor Alterio, el saltador de horizontes

 

 

 

Tenía 11 años cuando quedó huérfano de padre. La perspectiva lejana de la vida adulta se plantó de repente ante sus ojos, como se abalanzaría la barbarie de la dictadura argentina. Le fue bien al actor tras instalarse en España, pero el miedo tardó en irse. Y basta con haber sufrido las cosas una vez: no regresó a Argentina para mantener a sus hijos a salvo del doloroso desarraigo. Desde hace tiempo forma con ellos, con Ernesto y Malena, una bendita saga interpretativa     

MARINA GARCÍA DIÉGUEZ (@marinagdieguez)

@elfaroSER @maratorres
Un hombre mira al mar, muchos años atrás, y habla del tiempo. Puede ser el Mar de la Plata una pista esta noche. Puede ser esa postal argentina un horizonte. Podría hablar del tiempo meteorológico, del calor húmedo, de los días lluviosos, pero también de ese tiempo que pasa inexorable. Es Héctor Alterio, con esos ojos casi transparentes, con esas manos que tintinean en la mesa al sonar la música. Con esa voz y ese acento que te están siempre cerca. Recuperar esa imagen nostálgica de un hombre que mira al mar, casi como en un cuadro, no es un capricho. Es la imagen de esta entrevista: ahora que el mar es testigo, ahora que Mara Torres se encuentra al otro lado de la mesa, esta madrugada se cuenta el cuento del tiempo. Un honor para los que asistimos fascinados a la visita de este Gatopardo, una letra mayúscula de la interpretación. Un hombre sin fronteras. Un hombre bueno. 

 

   Nacido en Buenos Aires, despierta su memoria el canto inconfundible de Caruso con O sole mio. Respira hondo, como si esta letra italiana se le metiese en el cuerpo, oliese a lo que olían aquellos patios de su infancia, fuese llenando de vida las extremidades, los ojos que se sobresaltan, la letra que repite meticulosamente. “Mi padre, mi madre, mi hermana... me hacían escuchar la radio. En mi casa se habla napolitano, con seis años lo escuchaba”, explica. Habla de Chacarita, el barrio en el que se crió, lleno de inmigrantes italianos. Se quedó huérfano de padre a los 11 años, entendió que su madre necesitaba de su ayuda, se convirtió en un niño disciplinado, dejó los estudios y se hizo el joven de los recados en una farmacia. Luego vendrían miles de trabajos hasta hoy. “Bastante después, cuando me inicié en el teatro, me venían recuerdos de aquellos años que me posibilitaron conseguir cosas para construir mis personajes”, añade. Su imaginario nació en aquellas calles.

 

   Tenía ese niño algo muy especial en la manera de contar las cosas. Un día advirtió que sus cuentos, sus relatos, provocaban carcajadas en los demás. Descubrió que tenía una marca propia. Se mantuvo intacta en su versión de padre, se mantiene ahora en su papel de abuelo. Lo que su imaginación improvisaba en ese momento previo al sueño, su hija Malena se lo describió a Mara Torres en su noche Gataparda, hace algunos meses. Y él lo rememora en esta entrevista: "Yo recuerdo que imitaba mucho, siempre imitaba a los cantores de tango, a otros amigos. Una vez, con 16 años, me propusieron si me animaba a pedir limosna. Alargué la mano y veía los pies de la gente. Una pareja se detuvo y me dejó monedas. Me impresionó que saliera bien la imitación”. Así hasta hoy.



   Mara Torres apunta: “Quién diría que aquellas eran las primeras monedas de una carrera exitosa”. Tan exitosa como para que este invitado, entre los más longevos que han pasado por el programa, siga todavía trabajando a los 92 años. Uno no puede más que quitarse el sombrero ante sus 150 películas, 50 obras de teatro y su evidente prestigio dentro y fuera de nuestras fronteras. Viajó a España en 1975 sin pensar que no iba a volver, nunca de la misma forma, a Argentina. Los acontecimientos políticos precipitaron la necesidad de la familia de huir de la dictadura. “Me empecé a poner serio cuando vino el gerente del hotel en el que me hospedaba y me dijo que no me podía quedar porque comprometía la seguridad. Y me fui a casa de un amigo”, explica. Comenzó una espera que terminó el día en que vio llegar a su mujer con Malena en brazos y con Ernesto, de tres años, agarrado de su mano. “Fue un salvavidas aquella imagen”, remata. Se le enternecen los ojos con los recuerdos.

 

   “En aquellos años empezaron a llegarme cosas, trabajo, dinero, con una generosidad enorme. Venían noticias difíciles de Buenos Aires, y cada vez que mi hijo se acercaba al balcón de casa, lo abrazaba por el miedo de que nos pasase algo. Duró una eternidad aquel miedo, aunque ahora ya se me pasó”, relata sobre los inicios en España. Llegaron las ofertas laborales y “el problema con la ce y la zeta en el acento español”, ríe Alterio. Los años pasaron. Ese hombre que miraba el mar nostálgico vio la inmensidad de una carrera llena de éxitos. 

 

   Los años pasaron, los triunfos vinieron, con ellos llegó la calma... pero este Gatopardo no retornó a Argentina porque no quería que sus hijos viviesen de nuevo todo lo que conlleva volver a nacer en otro lugar. “Cuando pasó todo me dijeron que podía volver. Pensé que, si les provocaba a mis hijos un desarraigo como el que yo había vivido, no podría perdonármelo nunca”, asegura. Y acabó inaugurando casi una estirpe de actores: padre, hija, hijo. Fueron ellos, Malena y Ernesto, quienes abrazaron a su padre y le entregaron el Goya honorífico en 2003. 

 

   Menudo regalo este paseo por la orilla. Como cuando eres el invitado y los anfitriones sacan la vajilla buena y su mejor vino. Así es esta noche en El Faro. Ojalá contar esta historia como él cuenta las suyas, con esa imaginación que describía su hija Malena, con ese don creativo. Pararse y repasar “los momentos álgidos de la vida del ser humano”. Y volver donde todo empezó, a Chacarita, donde me imagino, no sé por qué, todo azul. Azul como el del poeta Libero Bovio, que decía que azul también era la melancolía.

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