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07-06-2021

            

                   

#ElFaroenAISGE

 

Una visión íntima y por escrito de las mejores entrevistas de Mara Torres en las madrugadas de la Cadena SER

 

 

 

Un telón bajo el que se esconden los traumas de toda una vida

 

 

 

El teatro, "allí donde el dolor es menos dolor", y la figura de Lorca permiten a Juan Diego Botto reconstruir la historia de la desaparición de su padre a manos de la dictadura militar argentina

     

            

MARINA GARCÍA DIÉGUEZ (@marinagdieguez)

@elfaroSER @maratorres_

“Mi madre siempre trató de vestirnos de un futuro glorioso que estaba por llegar”, dice el actor Juan Diego Botto. Elige el seudónimo de ‘Federico’; por Lorca, claro. Y mezcla en este relato su historia con la del autor granadino porque las vidas, en el fondo, se parecen siempre unas a otras: al final, solo son formas diferentes de contarlas.


La suya es una historia generosa y conmovedora que esta noche ha querido regalarnos, junto a Mara, a cuantos le estamos escuchando. Esa madre de la que habla es Cristina Rota y ese miedo que nombra en los primeros minutos de la conversación es el trauma del exilio, que vehiculará su vida y obra como solo puede hacerlo una vivencia que te atraviesa de forma tan profunda. “Los traumas van asomando detrás de un telón”, añade. Esta media hora es un viaje en el tiempo, uno de esos itinerarios que hace falta cubrir para entender dónde estamos, a qué y a quién rendimos cuentas. A quién damos las gracias y en quién pensamos cuando las luces del teatro están a punto de encenderse.

 

La inocencia de aquel niño que con solo tres años abandonó Buenos Aires, con su hermana María y su madre embarazada, huyendo de la dictadura argentina de Videla llevaba acompañada una palabra que pesa, por su propia condición, ad eternum: desaparecido. Su padre formaba parte de esa realidad inexacta, tormentosa y terrible. Si la muerte lo impregna todo, la desaparición es como una sombra pesada y espesa que se alarga sobre los vivos. Esta conversación con Mara Torres se adentra en algunos escenarios del actor y da voz a una historia que necesita ser contada por ser, para mayor desgracia, la de otros muchos. Tal y como escribió una oyente en las redes sociales de El Faro unas horas después, “lo ocurrido en esta media hora te hace sentir unida a ese dolor”. Contarlo tiene algo muy parecido al teatro porque allí, como dice Botto, “el dolor es menos dolor”.

 

 

“Fuimos de las primeras remesas de argentinos llegados a Madrid. No había mestizaje y solo queríamos ser normales. Llegaba la gente y el fin de semana se iban al pueblo, nosotros no sabíamos qué era tener eso”, rememora. Aquellas pequeñas cosas lo situaban también en sus orígenes. Ellos –sus hermanas y él– no tenían pueblo, pero sí una fiesta en su salón. Cada día los alumnos de su madre, antes de abrir la escuela, ensayaban obras de teatro en la principal estancia del hogar. De tanto escucharlas, ellos llegaron a aprenderse de memoria las réplicas. “Eso nos generó una curiosidad imparable. Pensábamos, ¿qué serán esas historias que se recitan en la habitación de al lado?”, explica. Ese niño se obsesionó ya entonces con el “ser o no ser”, que, como casi todo lo que está destinado a ocurrir, luego acabaría interpretando. Y ahí nació una brillante carrera interpretativa.

 

 

Asoma de nuevo Lorca por las respuestas de esta entrevista. Lo cita Juan Diego Botto y dice: “La esperanza me persigue, me ronda, me muerde, como un lobo moribundo que aprieta los dientes por última vez”. Así describe cómo fue vivir cada día esperando a que su padre volviese a aparecer; que estuviese de vacaciones en la otra parte del mundo y doblase la esquina. Que aún siguiera vivo. Describe con claridad y dureza únicas esa sombra alargada de la que hablábamos hace un momento. "Una de las cosas más dolorosas del desaparecido es que delega en los seres queridos la decisión de matarlo. Tienes que decidir que vas a dejar de esperar", añade. Esa esperanza que ronda de nuevo. “Hasta que un día tienes que aceptar y decir: ‘Mi padre esta muerto’. Estar desaparecido es un eufemismo para decir que alguien fue secuestrado, torturado, asesinado, y su cadáver fue hecho desaparecer. Es algo que nadie quiere aceptar porque es muy duro”. Vivir en el “quizá”.

 



 

Peris-Mencheta un día le dijo que le enviase en una hoja sobre qué trataba la obra de teatro en la que iban a trabajar juntos, Una noche sin luna, un encuentro con la figura de Federico García Lorca que desembarca el 17 de junio en el Teatro Español de Madrid. Entonces ahí todas las piezas encajaron, igual que las maderas que componen un escenario. “Me di cuenta de que llevaba casi cuatro años escribiendo una obra sobre la memoria histórica, sobre un desaparecido. Porque aún a día de hoy no sabemos dónde está el cuerpo de Lorca”, explica. Porque las respuestas llegan muchas veces cuando dejamos de hacernos preguntas.

 



 

“Federico es un buen compañero de viaje”, resume. Qué es eso, si no la cultura: una parada en el camino para sentirse menos solos. Porque su relato, el relato del hijo de un desaparecido, es también un bálsamo para el que escucha. Sus ojos esta noche también hablan, porque hay miradas ineludibles y así es la suya. Pelo despeinado y barba tímidamente entrecana. De fondo, el faro de siempre con su luz parpadeante.

 

 

Antes de cerrar, o de que caiga el telón, falta todavía un reencuentro. Hay otro gran Federico que marcó su vida y que tampoco se ha ido del todo: el actor argentino Federico Luppi, al que él se refiere como “el primero de todos nosotros”. El primero que supo abrirse camino en esa saga de actores argentinos. Como este programa es también un lugar de reencuentros, estos dos genios de la interpretación se reúnen de nuevo. “Estaría en el faro con él charlando sobre la vida”, finaliza. Como tantas otras veces. Y entonces volveríamos a Lorca para decir: “El día se va despacio, la tarde colgada de un hombro…”. Y se haría de noche, pero esta vez si habría luna.

 

 

 

 

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