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26-04-2021

#ElFaroenAISGE

Una visión íntima y por escrito de las mejores entrevistas de Mara Torres en las madrugadas de la Cadena SER




Mónica Cruz, lo primero era bailar

            


El momento más feliz en los días de su infancia era el de cambiar el cole por la escuela de danza. Allí aprendía hasta entrada la noche. Más tarde llegarían las jornadas enteras consagradas al baile. Un Joaquín Cortés en su cénit la llevó por medio planeta y la música de Luis Miguel le sirvió de banda sonora en esa etapa. Pero el éxito mayúsculo se lo debe a la serie 'Un paso adelante'

       

MARINA GARCÍA DIÉGUEZ (@marinagdieguez)

@elfaroSER @maratorres_

Su madre le repite siempre: “Eres como el mar, a veces tan en calma y a veces tan alborotada”. La bailarina, siempre primero bailarina, pero también actriz Mónica Cruz tiene esa atracción del fuego que se halla debajo del hielo. Llega a los estudios centrales de la Cadena SER, es de madrugada. Los ojos, esos ojos que no se pueden explicar de intensos, maquillados de negro, se posan en todo. Se sienta a conversar con Mara Torres, se retira la mascarilla, el rojo de las uñas y de la camisa están en consonancia, luce varios tatuajes en unas manos finas pero decididas. Se alarga así la noche como se alarga la luz del faro.


   No es casualidad que elija el pseudónimo 'Hechicera' para los primeros minutos de la conversación. Su relación con el baile podría entenderse con la metáfora de una cosa que se te mete dentro, que va más allá de lo terrenal y se queda para siempre. Esa determinación tan clara por la danza, el aleteo de movimientos, el taconeo de unos zapatos rojos. Son esos los pasos en la coreografía de la vida de Mónica Cruz. Las decisiones. Todo aquello que va componiendo lo que somos ahora, lo que hemos sido e incluso, aunque parezca mentira, también lo que seremos. Ella lo tuvo claro. De niña deseaba fervientemente vivir siempre en las horas de la tarde: llegar del colegio, dejar la mochila, ponerse las mallas. Entraba por la puerta de casa y se iba a toda prisa a la escuela de danza de Alcorcón, donde hasta las 10 de la noche se quedaba a todas las clases, también a las de los otros cursos.



   Aludía antes al mar con las palabras de su madre y, muy poco rato después lo relaciona con ese trozo de mundo que ahora es contradictorio para ella. “No es amor-odio, pero tengo una relación especial. En La Manga vivió mi padre, pero también murió”, concluye. Será la música de Camilo Sesto la que identifique ese recuerdo como el recuerdo de la soledad que deja quien se va, pero sigue vivo, en algún lugar, entre los suyos. Cerrará la entrevista mirando al cielo de la mano de su hija en un faro, siempre en un faro– pensando en “el yayo, que nos mira desde alguna de las estrellas”.


   Mónica Cruz empieza a bailar a los cuatro años. “Pero a los ocho se pone la cosa seria", explica, "empiezan los dolores y la disciplina. En ese momento te engancha o dices: ‘Me voy al parque". Si hubo un punto de inflexión, fue que en 1982 se estrenase la mítica serie Fama, que contaba la historia de una escuela de arte de Nueva York. “Fue muy importante para mí”, confiesa la Gataparda. Lo que aquella niña no podía imaginar, aunque seguramente sí soñaba, era que 20 años después, en enero de 2002, ella formaría parte del remake a la española: Un paso adelante. Aquello se convirtió en un fenómeno de masas y marcó los referentes televisivos de toda una generación. “Esos años en UPA me siguen dando cosas cada día de mi vida”, remata.



   ¿Pero qué pasó en medio? ¿Cuál fue el camino entre la niña que quería vivir entre las cuatro paredes acristaladas de una sala de ensayo de baile y la que luego se hizo conocida por su papel de Silvia en televisión? Años y años de trabajo incansable, de viajes por todo el mundo, de horas dedicada en cuerpo y alma al baile. “Llegué a Madrid y me decían: ‘Moni, tienes que venir a las escuelas del centro’. Y ahí empecé a apuntarme a todas las clases. Bailaba de 10 de la mañana a 10 de la noche. Repetía. Repetía. Seguía. Entonces, Joaquín Cortés, al que conocía a través de una amiga, me hizo un casting. Éramos muchísimas, pero conseguí entrar, aunque fue de suplente. Al poco tiempo ya debuté, y es increíble todo lo que pasó después, todo lo que pude vivir”, explica.


   Fueron los años gloriosos de la compañía de Joaquín Cortes: giras por todo el mundo, espectáculos en la Gran Vía, estadios en los que bailaban para 10.000 personas… “Hasta Armani nos hacía una ropa fabulosa a nuestra medida. Atesoro todo aquello en mi memoria”, añade. “Un bailarín se hace en un escenario. Si tiene ese privilegio, ya que no siempre es así”. La costumbre de exhibir su arte ante el gran público le da hoy unas tablas innegables para esta noche de complicidad con Mara Torres.



  Aquellos años no fueron "para nada" traumáticos. Los recuerda con la magia de sentirse incansable. Ella tenía una clara banda sonora para las horas de soledad, que las hubo. Resulta muy evocadora la imagen de una jovencísima bailarina cambiando de ciudad cada semana para llegar a la función de noche en cualquier teatro del mundo, pegada a unos cascos y acompañada por la música. Es una fan confesa de Luis Miguel: “Me lo ponía en el walkman e iba conmigo, sus letras me abrazaban cuando más lo necesitaba. Antes de la pandemia, cuando iba a bailar, quería solo sus canciones".


   Suena al final su otro gran amor, Camilo Sesto, que le recuerda a su padre. Una lágrima asoma. El momento es tan especial que parece que Camilo Sesto le hable directamente a Mónica Cruz. Aunque se sabe sus canciones  de memoria, siempre llega algo, impredecible como la vida, que se le antoja nuevo. “Te vas, amor, pero te quedas”. Ella se queda, de forma literal y figurada. Se queda y espera fuera, ahora que es su hija quien asiste a la escuela de danza. Y ella es ahora la madre que cose con cariño las gomas de sus zapatillas de ballet.

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