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03-06-2021

Emilio Buale


“Si Morgan Freeman ha podido hacer de Dios, todo es posible en esta vida”

 

Había aprobado ya su oposición a bombero cuando le descubrieron por casualidad en el metro de Madrid. Aquel ‘Bwana’ le abrió las puertas del arte: primero la Compañía Nacional de Teatro Clásico y luego ‘El hoyo’, ‘Black beach’ o ‘Adú’

 

 

PEDRO DEL CORRAL (@pedrodelcorral_)

Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha

Cada vez que pronuncia una palabra Emilio Buale (Malabo, Guinea, 1972), un silencio se hace a su alrededor. Es curioso porque, más allá de su evidente corpulencia, paladea las frases como si de un buen vino se tratase. Entona con rigor, por supuesto, pero hay algo más: tiene una enorme sensibilidad para agasajar los oídos y, en especial, para templar el alma. Lo hace aquí, en primera persona, pero igualmente detrás de cada uno de los personajes a los que ha dado memoria. A Víctor (Madres), Dieguito (Los Serrano), Alberto (Tío Willy), Leo (La fuga), Mauri (Hospital Central) o Kibu (Mediterráneo) les sucedía lo mismo: miran a cámara, atraviesan la pantalla y, de repente, no hay sonido que valga. Todos los sentidos se concentran en torno a ellos. Y es entonces cuando los espectadores nos damos cuenta de que él siempre ha estado ahí, relatándonos la vida, encarnando sus luces y sombras, acompañando en la distancia. Aplacando, en definitiva, ese estruendo que tanto nos rodea últimamente. Lo lleva practicando Buale desde 1995, cuando la casualidad le llevó frente a su primer rodaje. Con aquel Bwana, de Imanol Uribe, no solo conquistó a la Academia de Cine, sino también a todos aquellos que desde ese momento no han podido quitarle ojo. Ni oído.

 

Su voz tiene la culpa, aunque no toda. Si por algo ha conseguido enmudecer a la Compañía Nacional de Teatro Clásico es por su capacidad para atravesar el pecho. Emilio es uno de esos pocos actores que responde en vez de recitar. Todo lo que transmite tiene un valor, un espíritu, una emoción. Y, claro, así resulta imposible no acallar al gallinero. Cuando él actúa, el mundo escucha. Cuando termina, en cambio, lo transforma. Black Beach (2019), de Esteban Crespo; Adú (2019), de Salvador Calvo; El hoyo (2018), de Galder Gaztelu-Urrutia; Palmeras en la nieve (2014), de Fernando González Molina, o [Rec 4] (2014), de Jaume Balagueró, son buenos ejemplos de ello. En estos títulos, su presencia no es fortuita. Algo que no tiene nada que ver con el tono de su piel. El gran triunfo de este artista ecuatoguineano es haber dotado de realismo a una ficción que perdía veracidad de manera progresiva. Y, por qué no, demostrar que todo es posible con un buen aporte de pasión. Él lo lleva practicando desde que le alcanza la memoria. A día de hoy es un referente para quienes nadan a contracorriente y necesitan un espejo en el que calmar sus desencantos. Emilio apaga fuegos, no hay duda: los que devastan viviendas, pero también los que arrasan el corazón. 

 



 

– Bombero y actor al mismo tiempo. Qué locura, ¿no?

– Sí y no. Ambos trabajos me producen la misma satisfacción porque me obligan a vivir el presente. Da igual que esté frente a una cámara o subido a un camión, los sentidos siempre tienen que estar activados. Quizá en la interpretación sean un poco más emocionales y menos físicos, pero en cualquier caso mi objetivo es escuchar, apoyar, asistir, entender… 

 

– A Harrison Ford le pasaba igual: durante años compaginó sus grabaciones con los encargos como carpintero. Eso también le permitió calmar la incertidumbre que reina en este mundillo.

– Sin duda. Además, esta estabilidad me ha permitido elegir los proyectos que más me gustaban. Cuando estás en una profesión tan intermitente, el carácter de urgencia puede llevarte a hacer cosas que luego no te aportan demasiado. Son necesarias porque te llenan la nevera, pero a nivel personal y artístico no suponen ningún crecimiento. Disponer de esa solidez me ha permitido ser quien soy hoy en día: un tipo concienciado y con los pies en la tierra.

 

– A los siete años, sus padres decidieron abandonar Guinea Ecuatorial e instalarse en Móstoles. ¿Cómo fue el cambio?

– Cuando desplazas a un niño de su lugar de nacimiento, lo primero que hace es aprender el idioma, los usos, las costumbres… Es como si se resetease desde cero: olvida aquello que no le es útil en el nuevo entorno y se pone a funcionar como uno más. Es asombrosa la capacidad de adaptación que tenemos los seres humanos. Cuando vivía mi madre, nos regalaba imágenes y recuerdos sobre nuestro país de origen y esa conexión era mucho más fácil. Con el tiempo, por desgracia, esa vinculación va desapareciendo.

 

 

– ¿Por aquel entonces ya le picaba el gusanillo de la interpretación?

– Qué va, ese despertar tuvo lugar más tarde. Yo llegué a ella fruto de la casualidad. Un día, en el metro de Madrid, el director de casting Paco Pino me vio y me dijo que si quería realizar una prueba para la nueva película de Imanol Uribe. Tal cual. Fue un inicio muy imprevisible. Sin embargo, cuando realmente entendí que esto es un oficio fue durante los cuatro años que estuve en la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Fue una etapa privilegiada: los universos que me abrió fomentaron mi curiosidad, mi interés por la lectura, mi palabra… Son tesoros que me han ido acompañando a lo largo de mi carrera.

 

– ¿Quién tiene la culpa de que aceptara la proposición de Pino?

– Mis hermanas. Ellas me animaron a probar y ver qué sucedía. Yo ya había aprobado la oposición y estaba estudiando arquitectura técnica, por lo que no tenía nada que perder. Lo intenté y, ¡sorpresa!, lo conseguí. De hecho, me encontraba en plena guardia el día que me seleccionaron: llamaron a casa de mi madre y fue ella la que me dio la noticia. Y a las tres semanas, ya estaba rodando en el Cabo de Gata.

 

– Mientras tanto, usted seguía siendo el mismo.

– Por supuesto. Terminé las grabaciones en diciembre; en enero tenía los exámenes parciales en la universidad y en febrero competía en el campeonato de pista cubierta. Esos eran mis objetivos a corto plazo. No miraba más allá. Luego llegarían la nominación a los Goya y el premio en el Festival de San Sebastián, pero en ese momento no fui consciente del valor que eso tenía. Desde entonces no me han vuelto a proponer. Conseguirlo es costosísimo.

 

 

– Este año, Adam Nourou se ha convertido en el primer actor negro en obtener un cabezón. Es sorprendente que hayan tenido que celebrarse 35 ediciones para que esto se produzca.

– Su trabajo es magnífico y que la Academia de Cine se lo haya reconocido resulta fascinante. Quizá algo esté cambiando. Yo tengo una hija de 21 años y deseo que no se encuentren con esos a priori a los que yo me he tenido que enfrentar. Si Morgan Freeman ha podido hacer de Dios, todo es posible. España es cada vez más plural y, en consecuencia, la cultura juega un papel clave para crear nuevos referentes. Lo más importante es que las nuevas generaciones tengan oportunidades para ser quienes quieran.

 

– Hablando de oportunidades. Con El hoyo estuvo a un paso de representar a España en los Óscar. ¿Se veía allí?

– Ese filme era una apuesta muy diferente y tenía un lenguaje muy americano. Tanto es así que, cuando nos confinaron, alcanzó el número 1 de las películas más vistas. Recuerdo que por aquel entonces llamé a Iván Massagué y bromeé sobre la paradoja de la fama sin popularidad: la película estaba petándolo, pero no podíamos disfrutar del éxito por la situación sanitaria. Fue curioso. No obstante, aquí sucede como en la política: hay que elegir hacia dónde inclinas la balanza.

 




 

– Unos meses más tarde estrenó Black beach. ¿Por qué luchó tanto por participar en est proyecto?

– Por un tema personal: mi padre estuvo en esa cárcel de Guinea Ecuatorial. Cuando me seleccionaron, Esteban Crespo me concedió plena libertad para dar forma a la impunidad que reinaba en aquel lugar. Además, tuve la suerte de aprender de Raúl Arévalo, a quien conozco desde el instituto. A pesar de nuestra diferencia de edad, tenemos muchos amigos en común y hemos vivido varias experiencias juntos. La complicidad durante el rodaje fue inmensa. Cuando eso sucede, todo fluye.

 

– Recientemente ha aparecido en la serie Madres, donde ocurre una cosa llamativa: en ningún momento se hace referencia al color de la piel del personaje ni a su origen. Víctor es el fisioterapeuta del hospital que vive una aventura amorosa con Belén Rueda, ni más ni menos.

– Al principio el papel lo iba a protagonizar Raúl Tejón, pero al final no pudo y alguien planteó: ¿por qué no Emilio? Que esto pase es lo mejor que nos puede suceder como sociedad. Además, el proyecto era muy especial. Trabajar con Belén es una absoluta maravilla: más facilidades no te puede poner una compañera. Yo he bromeado varias veces con ella y le he confesado que tenía fotos suyas forradas en mi carpeta. Para mí y para mi generación, ha sido un icono.

 

– ¿Esto quiere decir que cada vez hay más papeles multirraciales en España?

– No, siguen llegando a cuentagotas. Las plataformas están abriendo la veda, aunque no hay que perder de vista que colaboran con cadenas de televisión y, por lo tanto, se tienen que adaptar a sus condiciones. Aun así, ya es un paso que se planteen estos debates y se tenga que llegar a acuerdos. Si analizamos los grandes éxitos de HBO o Amazon, podemos ver que reina la diversidad.

 

 

– Es evidente que hay que crear papeles específicos para otros colectivos, pero estaría bien que los históricos estereotipos se rompiesen. Ahí está, por ejemplo, el Horacio que usted interpretó en el Hamlet (2008) de Juan Diego Botto. 

– Exacto. Recuerdo que, cuando me llamó, le contesté que estaba tarado. ¿Un negro haciendo de Horacio? Finalmente, me convenció con un argumento muy sencillo: confiaba en mí. Como vemos otra vez, se trata de un asunto de oportunidades. Se me viene a la cabeza otra adaptación que hizo la Royal Shakespeare Company en la que Ofelia era mulata, Hamlet era negro y Polinio era japonés. Eso es extraordinario. Todos lo aplaudimos, pero luego son muy pocos los que se atreven a llevarlo a escena.

 

– Cuando alguien lleva tanto tiempo en el oficio, ¿qué le asusta?

La palabra “Acción”, la apertura del telón, la respiración del público… Nunca nada es igual. Me ha pasado que, con algún papel en concreto, he llegado a preguntarme si sería capaz de conseguir esa misma plasticidad en el siguiente. Incluso me he cuestionado si esa persona que estaba sobre las tablas era yo u otro. Eso asusta, porque los retos siempre suponen un gigantesco desafío. Hay que volverse valientes y dejar a un lado la cobardía. Esa sensación te mantiene vivo. 

 

– La necesidad de contar historias, a veces, es devoradora. 

En unos años me jubilaré como bombero. En cambio, jamás lo haré como alguien que requiere vivir, disfrutar y aportar cultura. Es verdad que este es un territorio repleto de dudas, incertezas e inquietudes, pero aún me queda mucho por aprender. El arte te da segundas, terceras, cuartas, quintas oportunidades. Y hay que saber aprovecharlas. Es un verdadero regalo poder dedicarte a lo que te gusta hasta el último hálito de vida.

 

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