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08-04-2026

Carta abierta

 

Gemma Cuervo, la sabiduría de saber estar

 

Emilio Gutiérrez Caba

Actor y presidente de AISGE

Gemma Cuervo, retratada en su domicilio madrileño en julio de 2021 para los documentales 'Mucha vida que contar' de la Fundación AISGE. Foto: Asia Martín

Nunca es buen momento para las malas noticias. Sabíamos que nuestra entrañable y queridísima Gemma Cuervo, amiga y maestra, andaba ya “con las cosas propias de la edad” a sus 91 espléndidos años, pero a veces seguimos pensando que las personas genuina y auténticamente maravillosas no deberían tener fecha de caducidad. Y la cruda, empecinada realidad volvió a demostrarnos el pasado 14 de marzo que no es así. La gente hermosa y limpia –esos raros ejemplos de seres humanos que convierten su vida en un ejercicio de bondad, respeto, empatía y amor por el prójimo– también toma un día el camino desde el que nunca más se vuelve.

 

He compartido charlas, confidencias y complicidades con Gemma muchas veces, encantado siempre con la calidez de su compañía y la sabiduría de sus palabras. Nos unían muchas cosas, pero sobre todo esa conexión del oficio familiar, esa pertenencia a una saga artística que ha convertido nuestras vidas –para lo bueno, a pesar de los pesares– en un compromiso permanente y casi cotidiano, irrenunciable e ineludible, con este oficio al que tantas horas hemos dedicado. Gemma sabía mucho del sacrificio y los sinsabores, y nunca se dejó engatusar por la notoriedad, el foco mediático o las vanas vanidades. Pero le pasaba como a mí: volvería a ser artista tantas veces como naciera, y no habría sabido ni querido hacer otra cosa en esta vida próspera, ajetreada y plena que le tenía reservado el destino. Tan travieso como siempre.

 

La artista, posando para la revista AISGE ACTÚA en 2014. Foto: Enrique Cidoncha

 

No he podido resistirme estos días a repasar las ocasiones en que nos regaló ideas, pensamientos y reflexiones cuando nos honraba con su presencia en la Fundación AISGE. Recuerdo bien el Premio Actúa con la que la aplaudimos a rabiar hace unos años, en 2018, y releo lo que nos deslizaba aquel mes de diciembre ya irrepetible: “Tengo tiempo para mirar dentro de mi alma y de mi corazón. Veo que todo lo he hecho por el arte. Cine, televisión, teatro. He trabajado tanto que me dan ganas de pedir el Guinness. ¡No es broma!”. Pronuncio sus palabras en voz alta y la imagino a ella diciéndolas, casi declamándolas. Solo Gemma podía conjugar hondura y desparpajo de esa manera cada vez que tomaba la palabra.

 

Cuervo, recién galardonada con el Premio Actúa, máximo galardón honorífico de la entidad, en diciembre de 2018. Foto: Miguel García-Gallo

 

El departamento de Comunicación de esta casa tuvo el buen criterio de incluirla en la serie de documentales Mucha vida que contar, así que tampoco me resistí a repasar aquella grabación. Era verano de 2021, a la Cuervo acababan de concederle el Premio Max por el conjunto de su trayectoria y fue tan generosa como para abrirnos de par en par las puertas de su casa. No nos esperó solo ella, sino también sus tres hijos, prolongación en ese hilo conductor de la acción y la palabra. Y me emociono escuchando sus ejercicios de amor maternofilial y admiración por quien les antecedió en el vértigo de las tablas. “Fue un motor de cambio social cuando era muy difícil pronunciarse por las libertades”, anotaba Fernando Guillén Cuervo, el único varón en la línea de sucesión. “Encarna a una generación que con su activismo cultural cambió el mundo”, se maravillaba Cayetana, mientras que Natalia compartía el asombro aún vivo de un recuerdo bien lejano: “esa cosa mágica y asombrosa que era ver entre bambalinas, con apenas 12 o 13 años, las obras de mamá en el María Guerrero…”.

 

 

Con Gemma ya no habrá más tardes de teatro, pero sé bien que su legado es imborrable. Esa certeza no anula el dolor con el que escribo estas líneas, pero al menos sí que lo amortigua. No son solo los Guillén Cuervo quienes toman el testigo de aquella mamá valiente, resuelta y avanzada a su tiempo, aquella mujer discreta que nunca le tuvo miedo a nada. También la hacen eterna en la memoria los miles de admiradores y admiradoras que han seguido su quehacer hasta el último día. Por edad, no pocos de ellos podrían ser sus nietos y hasta bisnietos: el encanto de Gemma Cuervo de Igartua no fue solo universal, sino también intergeneracional. Vuela alto, querida amiga.

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