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10-09-2020

EMPRENDEDORES

 

El pianista que tocaba delante de las barricas para mejorar el vino


El catalán Lluís Capdevila protagoniza un experimento fascinante: ¿puede el arte en vivo mejorar la esencia de las cosas que lo rodean?

 

Lluís Capdevila, a las puertas de la sede de AISGE en Madrid (foto: Nano Amenedo)

FERNANDO NEIRA (@fneirad)

Con ustedes, un dechado de abrumadora pasión pianística que responde al nombre de Lluís Capdevila. Quizá algunos, los más curiosos y voraces, le conozcan. A sus 38 años, este músico y compositor del Priorat ha vivido bastantes años en Nueva York y goza de prestigio en el circuito jazzístico, aunque aún no haya calado en exceso entre el gran público. Pero si las virtudes interpretativas y compositoras resultarán evidentes en cuanto sus discos irrumpan en nuestro salón, esperen a conocer la historia que hay tras la génesis de este Ètim. Porque les va a parecer maravillosa.

 

El año pasado, de regreso a su pueblo (Falset, en la mencionada comarca tarraconense), Capdevila sintió una curiosidad. Si al vino le influyen factores orgánicos como la madera de las cubas, la altitud, la humedad y demás, ¿podría la música modificar o mejorar la maduración de una barrica? O, dicho de otro modo: si asistir a un episodio creativo en directo, sea una función teatral, un concierto, un espectáculo de danza o el paseo por una exposición, puede sacudirnos las entrañas y conmovernos, ¿tendrá el arte también capacidad de transmitir esas mismas vibraciones a otros organismos vivos?

 

El artista catalán, tocando en las bodegas del Priorat donde desarrolló su experimento

 

La hipótesis sonaba aventurada, sin duda. Se la planteó a la cooperativa de su pueblo, Falset-Marçà, donde la idea les pareció a priori, peregrina. Pero por no quedarse con la duda –o por no saber decir que no, que a veces cuesta– accedieron a poner en marcha un pequeño experimento. Tenían aún pendiente de colocar en los canales de venta una pequeña tirada de la cosecha de 2012, 3.000 botellas de uva syrah monovarietal. Instalaron un piano de media cola junto a 1.500 de esas botellas y dejaron las otras 1.500 apartadas en el otro extremo de la bodega, un precioso edificio modernista rubricado por un discípulo de Gaudí). Y le ofrecieron a Capdevila unas llaves del edificio y permiso absoluto para entrar y salir de él, en cualquier momento, a lo largo de las 24 horas del día. Libertad total. 

 

Lluís invirtió siete largos meses de su carrera acudiendo a la bodega a improvisar, a dejarse llevar por la música que sus manos, inspiradas por el entorno, iban dejando en el ambiente. No llevaba una sola partitura encima, ninguna idea preconcebida. Tocó en soledad o acompañado, en lo más oscuro de la madrugada o a media mañana, en mitad del trasiego cotidiano. A veces, algún visitante ocasional se le quedaba mirando, ligeramente atónito. Hay gente para todo, pensaban. Las ideas, cuando parecen peregrinas, despiertan este tipo de reacciones. 

 

Culminado el experimento, la enóloga jefe probó ambos vinos. Primero, el que había permanecido ajeno a la música. A continuación, el que se sometió a las extensas sesiones pianísticas de Capdevila. Y no daba crédito: el primero era correcto; el segundo, buenísimo. Fue una impresión que han corroborado todos los que han hecho la comparativa, desde los paladares más profesionales a los más absolutamente profanos.

 

 

– ¿Pero tan evidente es, Lluís?

– Evidentísimo. Lo puede apreciar cualquiera. Yo mismo no soy ningún entendido en vinos. Mi padre tampoco, y no salía de su asombro. No estamos hablando de un matiz o un pequeño detalle. El efecto del proceso sobre los caldos es nítido. Indiscutible.

 

Ahora, esas 1.500 botellas del primer vino enriquecido potenciado con el piano se venden junto a un CD que Capdevila ha grabado en Nueva York con las ocho mejores composiciones que le surgieron en la bodega. En su ordenador conserva minuciosamente registradas y archivadas todas las improvisaciones que fueron saliendo al calor de aquellas barricas y de la geometría de botellas tapizando las paredes. Son más de 500 horas. Eso sí que es maridaje.

 

Que de un punto de partida tan ingente, el disco Ètim incluya ocho composiciones, poco más de media hora de piano solo, da idea de su espíritu quintaesencial, reconcentrado. A falta de vino del que servir como acompañante y banda sonora, podemos disfrutarlo, evidentemente, como un valioso ejemplo del estilo de su firmante. Delicado, dúctil, sentimental. Breeding, la apertura, entronca con ese minimalismo ligero que ahora hace fortuna allá donde miremos, de Max Richter a Ludovico Einaudi o nuestro Nico Casal. Lo más jazzístico y exquisito es Bocoi, uno de esos solos de piano que cuenta infinidad de cosas en apenas tres minutos y debería estudiarse en las escuelas. Pero el gusto de nuestro protagonista por la melodía tiene mucho de romántico. Nunca procura abrumar, sino seducir. Es dueño de una técnica luminosa, pero no recurre a ella con ánimo exhibicionista. De hecho, este es un disco muy mayoritariamente de baladas, algunas (Everything has an end) incluso con un inesperado deje tanguero.

 

Allá por diciembre, Capdevila acertó a llevar unas pocas botellas e interpretar algunas de sus composiciones vinícolas en Taiwán, donde tenía comprometidas unas actuaciones para un festival de jazz. Un importador acertó a probar el vino y escuchar el piano de Lluís y se enamoró locamente de la idea: decidió comprar 600 de los 1.500 lotes de botella con disco. Ojalá remitiera pronto la pesadilla coronavírica y podamos elevar un brindis en el Priorat por los espíritus creativos inquietos.

 

Por cierto, nota a pie de página para los lectores aficionados al jazz. Quienes prefieran a Lluís en formato de trío no deberían perderse Diáspora (2016) o el trabajo inmediatamente anterior, Cinematic radio (2019), ambos concebidos durante su estancia en la Gran Manzana. El flechazo se hará ya difícil de eludir. Con o sin una copa de vino en la mesilla. Pero, puestos a elegir, mejor en compañía de un tinto enriquecido.

 

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