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11-06-2020

En nuestro recuerdo

Rosa Maria Sardà

Cómica con todas las letras y de todos los escenarios

 

La monumental actriz barcelonesa, Medalla de Oro y ganadora de dos Goyas, sucumbe a la enfermedad a los 78 años

 

Rosa Maria Sardà, la noche del 19 de diciembre de 2012, al recibir el Premio Actúa de la Fundación AISGE (Fotografía: Enrique Cidoncha)

 

GERMÁN TEMPRANO (@German_Temprano)

Por muchos personajes que interpretara, pocos alcanzarían el vigor humano de la propia Rosa María Sardà. La Sardà, para amigos y enemigos –que los tuvo, en su condición de mujer libre que pensaba lo que decía y decía lo que pensaba, también en política– ha hecho este 11 de junio lo único que le quedaba pendiente por hacer: morirse. Así lo confesaba ella misma en fechas recientes cuando ya capeaba al cáncer, después de casi seis años de convivencia con el bicho: así se refería a la enfermedad, con escasas fuerzas pero la misma lucidez que fue seña de identidad en su vida.

 

Los descriptores abrumarían a los propios buscadores de internet. Divertida, libérrima, comprometida, discreta, valiente, inteligente, reflexiva, ingeniosa, luchadora… Y, por supuesto, una de las actrices más versátiles que se recuerdan. Una cómica integral que, eso sí, tenía muy clara su preferencia por el drama. Había nacido un 30 de julio de 1941 en Barcelona, no llegó a soplar las velas de su 79 cumpleaños y era la socia número 71 de AISGE, una entidad de la que fue integrante desde su misma constitución, allá por febrero de 1990.

 

“No hay nada que me guste más que hacer teatro; bueno sí, verlo”. Desde pequeña, “mientras sus amigas saltaban a la comba”, se preparó para ello. Aprendió sola, valiéndose de un talento natural que ninguna academia ni escuela de interpretación podría enseñar. Sus inolvidables entrevistas en televisión, recurriendo al humor para profundizar en el personaje, son un ejemplo claro de esa capacidad de seducción. Irradiaba esa calidez que empujaba a desear tenerla de amiga en tu cumpleaños en vez de entrevistadora en un plató.

 

No hay guiones para eso. Ni bastan para consagrarte como presentadora de una plaza tan complicada como la gala de los Premios Goya, que tantas cruces ha puesto a otros. Ella fue maestra de ceremonias hasta en tres ocasiones (1993, 1998 y 2001), en dos más salió al final de la ceremonia y en otras dos tuvo que subir al escenario para recoger sus cabezones por ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo? (1992), de Manuel Pereira, y Sin vergüenza (2002), de Joaquín Oristrell, en ambas como actriz de reparto.

 

Como colofón de su reconocimiento, en 2010 recibió la Medalla de Oro de la Academia de Cine. Nada que le aportara a su vanidad, tan de moda en estos tiempos, un peso adicional. Como buena escéptica, ella sostenía: “la auténtica felicidad solo existe en la imaginación”.

 

Tal afirmación se la escuchamos a finales del año pasado, con motivo de la presentación de su libro de relatos Un incidente sin importancia: un muestrario de vivencias y recuerdos personales, con especial protagonismo de sus abuelos, también cómicos de esa estirpe que tan bien retratara Fernán Gómez en El viaje a ninguna parte. Unos textos que almacenó durante los últimos 30 años de su vida. Embargada por la tristeza, admitía que hasta lo que había sido su pasión, ver teatro como espectadora, ya también le aburría. Un pésimo presagio.

 

Lo confesaba después de un largo viaje de seis décadas, desde que empezara, aún veinteañera, a hacer teatro aficionado en el barrio barcelonés de Horta. En aquella España de 1941, recién finalizada la guerra, la realidad cotidiana de una familia trabajadora como la suya solo invitaba a la evasión.  Su madre no siguió los pasos de sus progenitores y se hizo enfermera. Su hija Rosa Maria, para su disgusto, sí. “Mis abuelos se lo pasaban estupendamente, ese era su medio de vida”.

 

El vivo recuerdo de la posguerra fue, precisamente, uno de los principales factores de explícita aversión hacia las tesis del independentismo catalán. “¡Qué sabéis lo que es una dictadura! Pero si podéis estar quemando cosas, podéis acampar y hacer numeritos… Algunos deben de haber oído hablar de mayo del 68 y estas cosas y dicen: ‘bah, no vamos a ser menos”, exclamaba. En 2017, y como señal de disconformidad con las políticas secesionistas, devolvió a la Generalitat la Creu de Sant Jordi.

 

En 1962 da el salto al teatro profesional y a compañías más estables. En la década de los setenta debuta en un medio que le dará mucho y al que le devolverá todo con creces: la televisión. La nómina de sus compañeros y amigos de viaje abruma. Entre ellos, Terenci Moix, Núria Espert, Lluís Pasqual o Ventura Pons.  Sería en la década siguiente, en los mitificados años ochenta, cuando su rostro, humor y espontaneidad lleguen al gran público con programas como Ole tus vídeos o Ahí te quiero ver.

 

Será ya en los años noventa cuando el cine se erija en testigo de sus trabajos más recordados. Además de la citada cinta de Pereira, que le valiera su primer Goya, debemos anotar Suspiros de España y PortugalLa niña de tus ojosSiempre hay un camino a la derecha, El efecto mariposa o AirbagCon el nuevo siglo, además de otro Goya, también llegó la exitosa Abuela de verano, en la que compartía planos con su hijo Pol Mainat. 

 

La vorágine audiovisual le había apartado de su gran pasión por las tablas. Sin embargo, su papel en Wit, en la que, dirigida por su amigo Lluís Pasqual, interpretaba a una escritora enferma de cáncer, le valió un amplio reconocimiento y numerosos premios. Pasqual también la dirigió en un clásico de Lorca, La casa de Bernarda Alba, en el año 2009. En la gran pantalla se ponía a las órdenes de Almodóvar en Todo sobre mi madre o a las de Trueba en 2016 para La reina de España, la que sería su última película. Una vida intensa de una grande de los escenarios que fue definida de una manera muy sintética y muy a su estilo por uno de sus hermanos, el célebre comunicador Javier Sardá: 

 

“Mi hermana es la hostia”.

 

 

“Nunca me fiaría de alguien sin humor”

La Sardà recibió el Premio Actúa, la máxima distinción honorífica de la Fundación AISGE, el 19 de diciembre de 2012, en el transcurso de la cuarta edición de estos galardones. “Agradezco que los artistas conservemos este espíritu de agasajarnos, ahora que nadie cuenta con nosotros en este país”, nos contó aquella noche. “No nos consideran ni obreros, los poderes públicos se ensañan con la cultura. ¿A qué viene tanta dureza, ese empeño dictatorial? Hay que aguantar y seguir luchando, pero yo ya no soy joven y, a partir de cierta edad, esta sociedad nos manda para casa”.


El escepticismo vital afloró también en aquella conversación. “Llevo toda la vida trabajando por una sociedad mejor”, nos decía, “así que mi sensación es de fracaso absoluto”.

 

¿Una definición de su carácter? “Supongo que habré hecho reír en pantalla, aunque mi trayectoria teatral es casi toda dramática”, nos matizó. “Nunca me fiaría de alguien que no tenga sentido del humor. Yo tengo humor, pero también un poco de mala leche...”.

 

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