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14-02-2020


ESTA PELI NO LA CONOCES NI TÚ


‘El juego de la verdad’ (José María Forqué, 1963)

  

Tiempo de mentiras


El director demuestra su destreza para el cine negro en esta historia que retrata con fiereza la insipidez existencial de la burguesía


LUIS MARTÍNEZ

El mismo año que Berlanga presentaba El verdugo, José María Forqué completaba una de las películas más sorprendentemente ocultas ya no solo de su filmografía, sino del cine español. El juego de la verdad, de ella hablamos, se abre con un plano cerrado de una mano, probablemente la de un cadáver, que aún araña la arena de una plaza de toros. En la muñeca, un reloj de pulsera. No se alcanza a distinguir la hora. Los dedos contraídos dibujan apenas unos surcos sobre el albero. Suena una música (la firma es de Adolfo Waitzman) que recuerda lejanamente a A night in Tunisia, de Dizzy Gillespie. El plano se abre y, a la vez que sobre la pantalla se imprimen los títulos de crédito, se adivinan los accidentes de una tragedia reciente. El cuerpo de espaldas e inerme. No es un torero. Unos cuantos capotes ya desatendidos como testigos de una capea por fuerza trágica. Y ridícula quizá. El sonido roto de una trompeta en la banda sonora convertido en un objeto más abandonado a la carrera. Cuando la cámara se sitúe en una extraña posición omnisciente, en lo más alto, ya no hay duda. Se trata de un tentadero, no llega a plaza de toros, y a la vez, el escenario de un crimen. 

 

   Lo que sigue, tras la llegada ya inútil de la ambulancia y la preceptiva presencia del juez, es un largo y prolijo salto hacia atrás en el tiempo. O flashback. La película contará lo que ha sucedido una noche. Nada más. Una noche de farra, flamenco y flirteos. Apenas 12 horas hasta llegar a ese plano general extraño, misterioso y hasta cruel, atravesado por el sonido intenso y pausado de una premonición. Suena tremendo y, en efecto, lo es. Forqué plantea al espectador un juego, el mismo al que somete a sus personajes. No importa tanto dar con el asesino como con la identidad de la víctima. ¿Quién de todos los que veremos justo a continuación es el muerto? ¿Quién ha merecido un final tan poético y miserable a la vez? Si se quiere, toda la cinta se puede entender como un whodunit (quién lo hizo), pero al revés. La culpabilidad, y de ahí la inteligencia, perversidad y agudeza de la propuesta, es un veneno compartido. La inocencia, nos viene a decir el director, no existe más que como una ilusión. O, mejor, como una convención social para la administración reglada de la justicia. Y así.



Mary Paz Pondal, junto a José Bódalo (centro) y Guillermo Marín, en un fotograma del filme


   Un grupo de desocupados que el tiempo ha dado en llamar burgueses se reúne para pasar un sábado por la noche. Allí está el siempre aburrido y declaradamente inútil Gonzalito (Guillermo Marín) en calidad de maestro de ceremonias. A su alrededor, el exmatador de toros de gloria ya marchita Manolo Segovia (Leo Anchóriz); su amante, tan herida como desesperada, María Jesús (Ana Casares), quien a su vez es mujer del inconsciente, inconstante y aguafiestas Pablo (Alberto Dalbés). Ellos, y un rico provinciano ajeno a los gustos decadentes de la capital llamado Miguel (José Bódalo), y María (María Asquerino), que es esposa por fuerza ultrajada del mencionado torero, y tantos otros que beben, bailan, se engañan y ríen. Y en lugar preeminente, la pareja, que también es campo de batalla, que forman el joven playboy Juan (Sami Frey) y la envejecida con posibles Lucía (Madeleine Robinson).

 

   El juego de la verdad se plantea como un proceloso descenso a los infiernos que también es un largo viaje al fondo de todas las noches. El perfecto guion firmado a cuatro manos por el propio director, Jaime de Armiñán, Vicente Coello y Pedro Masó es una meticulosa y agria descripción del aburrimiento de los privilegiados aburridos, a la vez que un tratado existencial sobre el hastío. Sorprende la belleza triste con la que el torero describe una cornada (“Como si le quemaran a uno con un hierro ardiendo, luego el vacío y luego nada”), que sirve de perfecta descripción de casi todo. Es solo un ejemplo de un texto en el que cada réplica se antoja una iluminación (“Hacemos todas las tonterías que hacemos por miedo, por miedo al aburrimiento”). Y entusiasma una brillante puesta en escena que alterna sin interrupción planos esculpidos en la sombra, propios de un expresionismo noir perfectamente consciente de su enorme poder de sugestión, con largas secuencias corales coreografiadas de forma milimétrica. La fotografía de Juan Mariné se hace cargo de una profundidad de campo bergmaniana sin hacer ascos a un barroquismo turbio tan efectista como hipnótico.



   Forqué llegó a este trabajo tras el éxito de la comedia Atraco a las tres, su obra más celebrada. De ella hay trazas en algunas secuencias que, a fuerza de divertidas, sirven para subrayar por contraste la honda negritud de lo negro. Cada una de las dos apariciones de Manuel Alexandre resultan memorables, y el hecho de convertir la exclamación “¡Capitalista!” en admonición e insulto, un hallazgo. La cinta recupera y reconfigura buena parte de las obsesiones sociales e incluso políticas que fue dejando el director en trabajos anteriores. Algo hay en El juego de la verdad de aquella mirada agria y nada conformista sobre la Guerra Civil de La noche y el alba (1958), de la misma manera que reaparecen la sabiduría para el cine negro de 091, policía al habla (1960) y la voluntad crítica de Accidente 703 (1962).

 

   Y por encima de todo, llama la atención la agresividad de una propuesta que anticipa incluso a La caza de Saura. La burguesía adocenada y enriquecida por los azares del incipiente desarrollismo o por el simple privilegio de nacer en la familia adecuada del régimen es puesta en solfa echando mano de la mitología más amarga y verista del señorito esencial y existencialmente inútil. El mundo del flamenco, los toros, los clubes de campo y las jaranas nocturnas es retratado con una crudeza desacostumbrada y voraz que, de repente, convierte El juego de la verdad en la metáfora más evidente de un tiempo de mentiras. El divertimento de obligarse a decir la verdad durante solo 15 minutos –en eso consiste el juego al que se refiere el título– vale para demoler desde sus cimientos las estructuras más asentadas de una España vocacionalmente eterna.

 

   Cuando al final del metraje uno de los personajes insista ante el juez en su inocencia, este se limitará a pedirle que se vaya. Simplemente. “¿Podemos marcharnos ya?”, dice Pablo. “Sí, claro. La ley no tiene nada contra ustedes. Son personas honorables, gente conocida”, responde el juez. No hay inocentes. Vuelve a sonar la música. Tiempo de mentiras.

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