#EstaPeliNoLaConocesNiTú
‘La honradez de la cerradura’ (Luis Escobar, 1950)
Director de cine antes que marqués
La exigua trayectoria de Luis Escobar tras la cámara cayó en un olvido especialmente injusto en el caso de esta transgresora ópera prima. Paco Rabal y Mayrata O’Wisiedo ponían rostro a una obra que coloca la penosa realidad del país en el centro del relato e introduce elementos narrativos inéditos en el desierto de la autarquía
LUIS MARTÍNEZ (@luis_m_mundo)
Antes de convertirse, probablemente para siempre, en esa imagen ritualizada que casi todos tenemos del marqués de Leguineche –rijoso montaraz, vago concienzudo y coleccionista de vello púbico (todo según el dictado de Azcona y Berlanga en su saga Nacional)–, Luis Escobar fue director de teatro de éxito y, de forma puntual, también director de cine, aunque de mucho menos éxito. En su corto haber como cineasta figuran tan solo dos títulos, y se diría que una lista tan magra y silenciada solo puede obedecer a una razón. Y no buena. Sin embargo, species decipit, que decían los latinos para señalar que las cosas no siempre son como parecen. Porque al marqués de las Marismas del Guadalquivir (este sí era su título nobiliario de verdad, el de la vida real) se le debe una de las películas más brillantes y precursoras de un nuevo tiempo en nuestros años cincuenta. Accidentes como los prejuicios, la pereza crítica y probablemente el fracaso (injusto, pero fracaso al fin) se encargaron de borrar su huella de los libros que cuentan la historia del cine español, pero La honradez de la cerradura (1950) es, con todo merecimiento, una de esas cintas que ampliaron la perspectiva, sacudieron el polvo acumulado y anticiparon logros ya sí celebrados de forma unánime como Surcos (1951), el largometraje de José Antonio Nieves Conde que dobló la muñeca a la censura franquista y obligó a memorizar la palabra “neorrealismo”. O Brigada criminal (1950), el thriller de Ignacio F. Iquino que trajo a España la caligrafía torturada de los bajos fondos del cine negro internacional.
En efecto, el debut en la dirección del marqués adoptaba los modos naturalistas de inspiración italiana a la vez que hacía suyas las maneras codificadas de un género popular. Y lo hacía en los dos casos de manera casi inédita contra un cine en su mayor parte amanerado, elusivo por decreto y burgués en el más rancio y franquista de los sentidos.
Lo primero que llama la atención, por aparentemente contradictorio, es que la película adapta una obra de Jacinto Benavente. Pero no una cualquiera. La obra en la que se fijó Escobar, como perfecto conocedor del teatro de su tiempo, es quizá la más anómala de todas. Desde el final de la guerra hasta 1950, el teatro de Benavente vivía un romance inagotable con la pantalla. En ese periodo se llevaron al cine hasta nueve de sus textos. No deja de ser curioso que un hombre que siempre se declaró republicano gozara de tanto éxito entre el franquismo de posguerra. Quizá la explicación se encuentre en que el verboso universo del premio Nobel, generalmente asociado (no siempre de forma justa) al melodrama afectado, torpe y burgués, encajaba perfectamente en el modelo cinematográfico que se impuso en los años cuarenta, un esquema alejado de la realidad y más empeñado en la afirmación del status quo de los vencedores que en cualquier amago de voluntad crítica o transformadora. Pura evasión en el más radical y conservador de los sentidos.
Sin embargo, la obra La honradez de la cerradura es justo lo contrario y, para muchos expertos, representa el antecedente directo de Buero Vallejo en Historia de una escalera y Las cartas boca abajo. Basada en el argumento de una pieza anterior de Enrique Gaspar llamada Las circunstancias (1867), cuenta la historia de una pareja a la que un buen día le sonríe la fortuna, aunque de aquella manera. La vecina usurera le confía al joven matrimonio una gran cantidad de dinero durante una sola noche, el tiempo hasta que el banco abra de nuevo. Teme a su criada. El amanecer va a llegar con una sorpresa: la anciana ha muerto. De repente, se acabó tanto sufrimiento, tanto trabajo y, sobre todo, como repite una y otra vez uno de los personajes, tanta escasez. Y así hasta que un buen día aparezca un hombre que se presenta como cuñado de la criada y reclama lo suyo. La difunta dejó escritos los números de serie de los billetes (tampoco se fiaba de los jóvenes vecinos). El papel, convertido ahora en prueba de delito, tiene un precio y arrastra consigo el estigma de la culpa. Suena melodramático y lo es. Es Benavente.
Luis Escobar se sirve de un soberbio y jovencísimo Paco Rabal en su primer papel protagonista. Le secunda Mayrata O’Wisiedo (sí, la misma que aparecería en Tacones lejanos, de Pedro Almodóvar). Juntos componen no tanto un melodrama clásico como una tragedia de su tiempo. Y todo ello, como se apuntaba arriba, sin renunciar a las rimas y metáforas turbias que siempre procura el noir como género de la clase trabajadora, según la definición de la que se apropió la Warner en los años treinta. La película amplía los escenarios de la obra de teatro y les dota de profundidad y carisma urbano. El director conoce el riesgo de una puesta en escena teatral y huye de ella desde el más profundo conocimiento de las tablas. El filme alterna los espacios abiertos y luminosos cuando el destino sonríe a los personajes con un tenebrismo casi expresionista en el momento en que la fatalidad hace acto de presencia. Toda la intención de La honradez de la cerradura no es otra que describir la angustia de un chantaje que no acaba. El supuesto cuñado exigirá primero la mitad de la nada despreciable fortuna (60.000 pesetas) a cambio de su silencio. Y luego volverá para pedir otro tanto como precio por el papel delator. Mientras, la desesperación hace acto de presencia y arrasa con todo, incluido el amor. Los reproches entre la pareja consumida por las dudas serán el argumento de una de las secuencias más brillantes, donde Escobar se exhibe como perfecto director de actores y armonizador de catástrofes.
Pero donde el filme adquiere vuelo y sentido es en el viaje a través de la noche de su protagonista. De bar en bar, con un uso memorable de la elipsis ebria (llamémosla así), Escobar acierta a retratar, de manera tan fiel como enérgica, el descenso a los infiernos de un hombre honrado al que le acosa su remordimiento. Un hombre transformado en metáfora perfecta de un tiempo de angustia, revanchas y miedo, un tiempo de represión y dictadura. La escena, la mejor de todo el metraje, es solo el avance de un cierre propio de una película de acción por los tejados de Madrid, algo completamente inédito en el cine de entonces. Estamos en un Madrid infestado de maleantes, oportunistas y canallas, donde el estraperlo convive con la más evidente escasez. No es de extrañar que el director se dejara ayudar por Nieves Conde, el mismo que un año después completaría la decisiva Surcos y que poco más tarde sorprendería con la crudeza de El inquilino (1957). En La honradez de la cerradura se encuentra el germen de obras maestras como La vida por delante (1958) y La vida alrededor (1959), las dos de Fernando Fernán Gómez, así como de cintas tan emblemáticas de ese nuevo cine de policías y fatalidades como Apartado de correos 1001 (Julio Salvador, 1950).
En definitiva, el debut de Luis Escobar como director, arrasado por el más injusto de los olvidos, se antoja un ejercicio de cine nuevo, un cine capaz de transgredir los códigos más conservadores de su tiempo, haciendo que Jacinto Benavente sea lo contrario de Jacinto Benavente. Al mismo tiempo, hace suyas las nuevas gramáticas de fuera de la autarquía franquista. No es neorrealismo, tampoco es cine negro en su sentido más riguroso, pero aquí la realidad, abolida de las pantallas españolas en tiempos de posguerra, se deja ver por primera vez en toda su arrogante e indecente penuria. Las sorpresas del marqués, species decipit.




