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23-08-2021


Esta peli no la conoces ni tú



‘Manicomio’ (Fernando Fernán Gómez, 1952)


El brillante fracaso de la primera locura



LUIS MARTÍNEZ (@luis_m_mundo)

“Señor, danos una brizna de locura que nos libre de la necedad”. La cita es de Shakespeare, y por figurar en un lugar de honor en la primera película que dirigió Fernando Fernán Gómez, bien podría servir de estribillo perfecto de una filmografía entera tan contumaz (y feliz) en el fracaso, tan explícita en el absurdo y tan brillante en su retrato de lo oscuro que se diría obra de un loco. Pero nunca de un necio. De entrada, Manicomio nunca fue una cinta pensada para existir como tal. Lo explica el propio cineasta en sus memorias con esa timidez de los modestos geniales que a veces tanto enfada al común de los mortales. Cuenta que, en compañía del periodista Manuel Suárez Caso, escribió un guion con un único propósito: presentarlo a un concurso del Sindicato Nacional del Espectáculo. Por supuesto, no fue premiado, y ahí ya se apuntó el primer fracaso a modo de galardón.

 

   Por el camino se cruzó Luis María Delgado, un amigo que, como él mismo, conservaba entonces la afición a los abismos. Antes de dejarse llevar por una carrera entregada a la comedia más cómoda y procaz, Delgado filmaría en 1961 Diferente, una de las películas más arriesgadas y fascinantes que ha dado el cine español. La poderosa CIFESA le había encargado a Delgado una cinta por episodios con el título Aeropuerto, que se aplazó lo suficiente para dejarla por imposible (la acabaría rodando Luis Lucia un año más tarde). Como los decorados estaban construidos, solo a falta de una historia que los animara, y puesto que la estructura en capítulos independientes de la no ejecutada coincidía con el esquema de la escrita y no premiada, la locura se consumó. Con un presupuesto casi inexistente y la buena voluntad de infinidad de amigos, Fernán Gómez vio la oportunidad de dar el salto de actor reconocido y consumado a director perfectamente maldito. Y todo ello en compañía de Delgado.

 

   De nuevo en sus memorias, solventa con un párrafo a vuela pluma el por qué de su ambición. “Me había apetecido dirigir desde que trabajaba en Barcelona cuatro o cinco años antes con directores como Carlos Serrano de Osma o Pedro Lazaga. Me entró esa inquietud y empecé a ver las películas preocupándome un poco más del aspecto del director, que hasta entonces me había llamado poco la atención”, escribe, como el que se deshace de un recuerdo incómodo. Situémonos. El Fernán Gómez de principios de los cincuenta era ya la estrella popular de Botón de ancla Balarrasa, pero también podía presumir de ser la figura de culto idolatrada igual por Berlanga y Bardem (Esa pareja feliz) que por Edgar Neville (El último caballo y Domingo de carnaval). Y en su haber, no conviene olvidarlo, ya figuraba uno de los mayores prodigios del cine oculto: Vida en sombras, de Llorenç Llobet-Gràcia. Es decir, en el silencio cultural de la España de ese tiempo, él era ya una referencia, un tipo esencialmente diferente. Un loco.



   Si se quiere, y con un poco de voluntad, no es difícil localizar en el germen de Manicomio buena parte de las claves del creador único que luego fue. El filme cuenta la historia un hombre que va a visitar a su mujer, trabajadora en un psiquiátrico, pero no en un psiquiátrico cualquiera, sino en uno convencido de que la mejor manera de tratar a sus pacientes es admitiendo sin dudas ni recriminación de ningún tipo la vida alucinada y extraviada de los internos. Son locos, ellos sabrán. Sobre el relato de Edgar Allan Poe El sistema del doctor Brea y el profesor Pluma se van cosiendo en el guion de Fernán Gómez tres variaciones de otros tantos cuentos firmados por Ramón Gómez de la Serna (La mona de imitación), Aleksandr Ivanovich Kuprin (Una equivocación) y Leonidas Andreiev (La idea). Todos, de un modo u otro, juegan a darle la vuelta a la apariencia. El loco no es, por fuerza, el más errado.

 

 

   Guía los pasos de Fernán Gómez el tono de comedia disparatada y atenta a la íntima contradicción de la risa, tan cerca de esa otra generación del 27 que encarnaran Neville, De la Serna, Jardiel Poncela o Miguel Mihura como de ese neorrealismo no tan rosa del mejor De Sica o ese caos romano de Mario Monicelli. Pero él añade la negritud esperpéntica y torpemente ingenua de su tiempo. La censura vetó el primer borrador del guion por considerar la locura un asunto demasiado serio. Y a decir verdad, no queda más remedio que darle la razón al censor: el universo que retrata Manicomio se parece mucho en su desquiciamiento a la realidad desquiciada de una España cutre, demasiado mezquina para admitir el privilegio inexplicable de una carcajada. La metáfora cruda y evidente de un país entero convertido en psiquiátrico gobernado por dementes crueles, más que alentar a la risa, la congela. Y eso, en efecto, es lo que se transparenta en la dirección ligeramente desgarbada, forzadamente naíf y elementalmente cruda de un Fernán Gómez pletórico desde cada uno de sus errores de cineasta primerizo. 

 

   Por supuesto, la película fue un fracaso. Nada importó la presencia de las estrellas del momento, como la célebre pareja formada por Julio Peña y Susana Canales, María Asquerino, Antonio Vico, José María Lado, Elvira Quintillá, María Rivas, un primerizo Vicente Parra y hasta Camilo José Cela, haciendo tal vez de sí mismo. Estaba escrito su naufragio desde la posibilidad misma de que algún despistado espectador confundiera el manicomio casi expresionista de la pantalla con el del país gris que pisaba. Si la locura del Dr. Caligari anticipó sabe Dios qué desastres inconfesables de todo un siglo, ¿a qué vaticinios no apuntaría este supuestamente amable desfase en el que es imposible distinguir al cuerdo del desequilibrado, al doctor del enfermo, al idiota del catedrático? 

 

   Fernán Gómez estaba convencido de que si Manicomio no llegó ni al público, ni a la crítica ni a las autoridades, fue por “su exceso de literatura”. Por eso o por todo lo contrario. En realidad, el autor sentó ya en su obra de debut las bases de sus más excelsas y magistrales derrotas. No hay que olvidar que la obra maestra El mundo sigue (1963) no tendría un estreno como mandan los cánones hasta pasado medio siglo. O que El extraño viaje (1964), su otro gran prodigio, no se vería hasta seis años después de concluido. En las tres, el fiasco responde a la misma lógica errática de un tiempo de locos, de un país extraviado, de una realidad sin otro criterio que su pueril inanidad. Por Dios, una brizna de locura que nos rescate de la necedad.

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