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23-01-2020

ESTA PELI NO LA CONOCES NI TÚ

 

‘Margarita y el lobo’ (Cecilia Bartolomé, 1969)

 

Feminismo y cine sin esparadrapos

 Un inaudito canto a la libertad en una España que todavía no sabía bien qué era aquello. Y un mediometraje al que la historia no ha conseguido que caiga en el olvido

 

 

LUIS MARTÍNEZ (@luis_m_mundo)

Fue Foucault el que, con tantas dosis de acierto como de sospecha, vio claro que todo aquello que designamos como conocimiento y que marca el destino de todos nosotros desde la Ilustración se posee con la misma claridad que nos posee; nos libera con la contundencia que nos hace rehenes. No hay saber inocente y asumir cuanto antes la culpabilidad por todo aquello que desconocemos no es tanto una vía hacia la emancipación, que también, como una forma de admitir la materia que nos conforma. Somos hijos en mucha mayor medida de todo aquello que ignoramos que de lo que con orgullo alardeamos de saber. Un paso más allá: las categorías que conforman nuestra realidad y conocimiento son el destilado y la consecuencia de todos los hilos del poder que mantienen en pie la misma realidad. Y por cada realidad que pisamos, hay mil que descartamos. Si se marean entre tanta frase apocalíptica y algo oscura, vamos bien. Es de lo que se trata.

 

   Pongamos una obra maestra de la irreverencia, la libertad y la sabiduría cinematográfica como Margarita y el lobo, que Cecilia Bartolomé rodó en 1969. Solo el hecho de ser la solitaria comedia musical feminista que existe en toda la amplitud del cine español debería reservarla un hueco de honor en cuanta historia, historiografía, compendio o simple antología haya tenido a bien producir la Academia. Y, sin embargo, reconozcámoslo, nada sabemos de ella más que el asombro de la ignorancia. Créanme, en cuanto la vean se preguntarán por qué no la han visto antes y entonces, solo entonces, el primer párrafo de este texto cobrará algo de sentido. Tampoco mucho, la verdad.

 



 

   Para situarnos, antes de nada decir que la película que nos ocupa no era más (ni menos) que unas prácticas de la tan citada como reverenciada Escuela Oficial de Cine; la de Erice, Bardem, Martín Patino, Gutiérrez-Aragón y la de todos los padres del Nuevo Cine Español. Y conviene detenerse en lo de padres. Madres, en verdad, solo hubo tres entre tres mil: Pilar Miró, Josefina Molina y, en efecto, Cecilia Bartolomé. Pues bien, la última de ellas tuvo a bien completar en lo que duró su paso por la venerado liceo al menos dos obras tan capitales como debidamente olvidadas. Recuérdese: no hay olvido inocente.

 

   El primero de ellos atendía al nombre de Carmen de Carabanchel y no es arriesgado decir que se trató de la primera vez que el cine español abordaba el asunto siempre inabordable del aborto. Pero si ser pionero puede ser (y lo es) un mérito, en este caso no es el mayor. Con un extraño desparpajo tan cerca de la Carmen de Bizet como del neorrealismo transalpino o de la más recia astracanada carpetovetónica, tan delirante como brutal, la película se despachaba con todas las leyendas urbanas (o suburbiales) sobre los disparatados modos de interrumpir un embarazo. Y era gracioso ver razonar a las mujeres del extrarradio sobre las supuestas virtudes de sumergir los bajos en amoniaco. Tan divertido resultaba que no quedaba otra que llorar de rabia, de desesperación y de simple llanto. Lo que se veía con la crudeza que siempre aporta el buen, negro y malsano humor era una España desolada, atrasada, salvaje y, sobre todo, muy triste. Y era ahí, en el contraste entre lo jovial y lo deplorable donde se hacía fuerte una película que, como no podía ser de otro modo, vino acompañada de la más severa reprobación y castigo. Fue un escándalo y mucho más porque los muy progresistas administradores de la escuela de marras decidieron que el cortometraje pasara el juicio de la censura, pero la oficial no la interna. 

 



 

Caperucita contra las convenciones

Y así hasta llegar a Margarita y el lobo. La película adaptaba a su manera la novela de Christiane Rochefort. Pero muy a su modo. Un juicio por el divorcio que no existía en la España de entonces abre el drama que luego, con el pasar de la primera escena, resulta que no es tal, que se trata más de una comedia musical en la que se escuchan letras como esta: “Caperucita, Caperucita/ Si te enamoras, cierra las orejas/ cierra la boca/ ciérrate la boca/ Ponte esparadrapo”. Una olímpica (por digna del Olimpo) Julia Peña muy cerca de la propia Jeanne Moreau es la mujer que quiere ser mujer, con todas las consecuencias, pero sin sobreactuar, que siempre levanta dolor de cabeza. Cecilia Bartolomé deja que su heroína se deslice por su deseo y su voluntad contra todas las convenciones: las de la sociedad franquista, las del cine académico, las del hombre de bien, las del musical con gracejo, las de la familia con hijos, las del drama bovaryano Ella canta, actúa, pinta, se enamora y desenamora porque sí, porque sabe que nadie lo va hacer en su lugar, porque intuye que la gracia y virtud de todo esto consiste en hacer las cosas sin dar explicaciones. 

 

   Dividida en capítulos, de tanto en tanto, Margarita y el lobo se interrumpe para que la protagonista hable a cámara. En unos de esos monólogos se escucha alto y claro: “Los maridos están muy contentos de que sus mujeres sean muy buenas amigas. Se regocijan con nuestras encantadoras charlas y, a fuerza de ejercitar nuestro papel de cotorras, conseguimos darles un perfecto recital de estupidez femenina. Se habla de amores célebres, recetas de cocina… Se ve que somos mujeres repugnantes, pero todo está en su lugar y ellos, en paz. Y este es el mejor camino para el lesbianismo”. Y, en efecto, no queda más que levantarse y aplaudir. La cinta es un canto a la libertad por ser simplemente libre, por no callarse ni las ganas de callar ante tanto estruendo, por ser. El musical funciona como una vía de escape para tanta gravedad. El equilibrio, como en el cortometraje de antes, consiste en jugar a desequilibrar, en colocar al espectador ante el simpático espectáculo de la más sórdida de las realidades. Y con música.

 

   La academia, la nueva academia, ve en Margarita y el lobo la posibilidad para redimirse. En el ideario reivindicador que tanto calma se trataría de una rareza donde quizá se halle el cimiento para una historia diferente, no oficial. Sería la piedra angular para una genealogía de un cine feminista que durante tanto tiempo se ha negado. No en balde, también esta cinta fue censurada primero y olvidada después. Pero con todo, y pese a las buenas intenciones, en el empeño de convertir el trabajo de Cecilia Bartolomé en bandera de luchas necesarias se pierde lo más importante. Y eso es que se trata de cine tan evidentemente claro, sabio y, otra vez, libre que lo que reescribe no es un solo un cine feminista, sino la propia historia del cine español. ¿Por qué se ha ignorado una película tan brillante? Y aquí es el momento quizá de decir con Foucault aquello de que lo relevante no es tanto el conocimiento que poseemos como el conocimiento que nos posee. No hay olvido inocente. 

 

   Con el pasar del tiempo, Cecilia Bartolomé, siempre irreductible, siguió dando trabajo a los censores tan aplicados que España siempre tuvo. Y tiene. Sus clarividentes documentales No se os puede dejar solos y Atado y bien atado, en los que se retrataba la sagrada Transición a pie de calle, también sufrieron el mal de la defenestración (solo se estrenaron en 1981, un lustro después de ser filmadas). Por demasiado evidentes quizá en un tiempo y un país alérgico a lo obvio. Y la brillante Vámonos, Bárbara (1978) aún aguarda el reconocimiento que merece. Pero eso, siendo la misma historia, son otras películas. La que nos ocupa ahora es Margarita y el lobo, cine sin esparadrapos, cine contra el desconocimiento de lo conocido.

 

 

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