Esta película no la conoces ni tú
‘Los Cántabros’ (Paul Naschy, 1980)
Péplum, que no es poco
Mucho antes del ‘Ágora’ de Amenábar, cuando las historias de romanos musculados ya habían caído en desuso, el cine español acogió su primera y casi única incursión en el género. El valiente solo podía ser nuestro realizador más heterogéneo. Y, por supuesto, lo interpretó (detrás y delante de la cámara) muy a su manera
LUIS MARTÍNEZ
Lo peor que le puede pasar a un romano es que le invadan los bárbaros. Eso o que se le caiga el imperio. Si no ocurre nada de esto, no hay forma de ponerles una pega. Entre los acueductos, el derecho romano y la primera declinación del latín (rosa rosae), pocos pueblos pueden alardear de haber ocupado tantas horas en los estudios de Primaria, a pesar incluso de nosotros y de ellos mismos. En el cine también sentaron cátedra. Fue en 1962 cuando un crítico francés –quién si no– decidió escribir un artículo en la revista Cahiers du cinéma –dónde si no– sobre el cine de romanos y allegados (griegos, dioses del Olimpo, héroes de Homero, monstruos de un solo ojo o vestales en camisón). A falta de un término mejor, decidió referirse al género, entonces en plena ebullición (sobre todo en los estudios italianos de Cinecittà), con el nombre de la túnica sin mangas que sabemos que usaban los griegos, que no los romanos, antes del cambio climático. El celebérrimo peplo (o peplos) pasó así a convertirse en una de las metonimias (la parte por el todo) más felices que ha conocido el cine, todo él.
De entonces a ahora, cada vez que asoma por la pantalla una sandalia o un pecho forrado en lata, tenemos péplum con o sin Christopher Nolan. Su atractivo y enraizamiento en la cultura popular ha sido tal que no hay cinematografía, da lo mismo la época, que no se haya rendido al empuje de un centurión bien musculado.
Un momento, ¿todas las cinematografías? Hubo una que, como la aldea gala que todos tenemos en mente, resistió. El cine español –cómo no– podría haber presumido hasta 2009 de no haber caído jamás en la muy romana tentación. Recuérdese que ese año Alejandro Amenábar se decidió a darle la vuelta al género y contar otra historia desde la mirada de una mujer en Ágora. Y podría haberlo hecho, decíamos en condicional, si no llega a ser por el genio prolífico y siempre inquieto de Jacinto Molina Álvarez, también conocido como Paul Naschy. En efecto, Los Cántabros –así se llamó el filme que relata la resistencia del bravo líder Corocotta en las tierras del norte de Hispania ante la codicia imperialista de César Augusto– es el único péplum genuinamente español (no coproducción ni decorado ni nada por el estilo) de la historia de los pepla (este es su plural correcto). Lo es, eso sí, muy a su manera. No tanto como la serie Justo antes de Cristo, de Pepón Montero y Juan Maidagán, que vendría mucho después, pero casi.
En verdad, todo lo que tiene que ver con la película de marras posee el privilegio de lo raro, lo extravagante o, como diría el crítico francés de antes, lo bizarre. De entrada, el año de su realización, 1980, está ya muy lejos la época dorada de un género que dio sus primeros pasos convertido en muy disfrutable serie B de la mano de Hércules (Le fatiche di Ercole), dirigida por Pietro Francisci y protagonizada por Steve Reeves y Sylva Koscina en 1958. Cuando el productor, actor, culturista y más cosas Joaquín Gómez Sáinz de Rozas, también conocido como Dan Barry, pensó la serie de televisión que finalmente acabó convertida en largometraje, hacía ya años que nadie pensaba ni en Roma ni en romanos, ni en el latín siquiera. Y menos en una España donde el cine de género en general y el fantaterror en particular (tan ligado a la filmografía del propio Naschy) era un imperio a punto del derrumbe.
El productor Barry, que conocía a Naschy de los gimnasios madrileños donde los dos maceraban sus musculaturas, decidió cederle a él la dirección del proyecto después de una pésima experiencia con Amando de Ossorio. Cuentan las crónicas (no las de Tito Livio, sino otras) que el propietario de la idea deseaba un producto realista y alejado del cartón piedra y las tomas de pega tan propias de las cosas baratas. Ansiaba una historia grande. Para ello buscó escenarios en los agrestes Picos de Europa asturianos y tierras colindantes. Pero De Ossorio, curtido ya en mil batallas, prefería el tranquilo páramo.
No hay coincidencia en las fuentes sobre si el director de La noche del terror ciego llegó o no a rodar algún plano. El caso es que la autoridad de Barry se impuso y el lugar de Amando lo ocuparía el mejor hombre lobo que ha dado el cine. Naschy, que venía de rodar El caminante, uno de sus mejores trabajos, exigió lo suyo: un radical cambio de guion, un papel protagonista (aunque, en puridad, se trataba del antagonista) para él mismo y dos huevos duros (es decir, más de 30 millones de presupuesto y cinco semanas de rodaje).
Lo que en un principio parecía una película de espada y brujería, antecedente de producciones como Tunka, el guerrero, la magnífica Hundra (con Laurene Landon al frente) o el mismísimo Conan, el bárbaro (de John Milius), acabó en péplum, péplum de toda la vida de los pepla. O, de otro modo, lo que estaba destinado a ser un canto entre montaraz y patriótico a la resistencia de unos pueblos de naturaleza agreste contra los cursis y muy afrancesados romanos terminó en la arena del coliseo, coliseo de toda la vida de los coliseos. ¿Y a qué se debió tan extraña mutación? Fue voluntad de Naschy que su personaje, el general Marco Vespasiano Agripa, enviado de Augusto y enemigo de nuestro héroe, adquiriera un protagonismo no digamos exagerado, pero sí imperial. En efecto, Cocorotta-Barry resiste, pero el que de verdad se lleva la gloria es el romano Agripa-Naschy, que, en un alarde de polivalencia patriarcal, incluso enamora a la hermana del líder cántabro (también ella guerrera, encarnada por Verónica Miriel).
Explicar el argumento de Los Cántabros cuesta. Nada en ella es convencional. Trata de recrear la historia del bravo líder que se presentó ante el emperador (al que da vida Andrés Resino con su buen oficio habitual) para cobrar la recompensa que el imperio ofrecía por su vida. Eso ocurre, pero sucede a la vez que Alfredo Mayo, caracterizado de druida, clama al cielo justo después de que Antonio Iranzo (como cántabro judas) venda a los suyos y poco antes de que el personaje de Blanca Estrada dé a luz al heredero del reino de las anchoas. Todo ello sin olvidar que la mano derecha y hermana de Cocorotta, como ya se ha dicho, acaba enamorada locamente del enemigo. Y viceversa.
Por momentos, Los Cántabros es el drama fantástico-histórico que promete. Pero no siempre. Es más, se diría que casi nunca. Los Cántabros también es comedia en cuanto aparecen Luis Ciges y Ricardo Palacios, como si de dos personajes de Astérix se tratara. No renuncia a ser melodrama de sobremesa, película de acción (aunque la lucha de gladiadores discurra en el salón-comedor del César por falta de presupuesto), fantasía de hechiceras y, hemos llegado, péplum. Lo es todo porque, si algo caracterizó siempre al péplum, fue ser pastiche de todo y de nada, de todas las historias ciertas de la Historia y de cada uno de los mitos burdamente falsos paridos por el imaginario compartido. Lo único que no es Los Cántabros, es aburrida. Y eso, cuidado, no es poco.
Cuentan que la pelea entre Cocorotta-Barry y Agripa-Naschy fue mucho más allá de la pantalla. Pese al ansia de verismo del productor, la cinta, por aquello de ahorrar, acabó por rodarse en su mayor parte en Torrelaguna (Madrid), que está más cerca y hace más calor. Cuentan que Naschy se desesperaba en cada plano corto de su némesis porque el director de fotografía, Alejandro Ulloa, no daba con la forma correcta de retratar a un actor que consideraba feo, feo con muchos músculos, pero feo al fin. “Creo que el comentario le llegó al propio Barry porque la tomó conmigo y quitó mi nombre de los carteles”, llegó a confesar con el paso del tiempo Naschy.
Sea como sea, Los Cántabros es péplum, el único genuinamente español. Y eso, cuidado, no es poco.




