Esteve Riambau
"El cine me ha permitido vivir más intensamente"
¿Cómo se construye la cultura de un país? Hace falta poso y reposo, atención, sensibilidad, espacios de cultivo para artistas y espectadores. Pero sería bonito, y seguramente cierto, decir que se construye, sobre todo, a base de conversaciones. En eso, aunque ni mucho menos solo en eso, es experto Esteve Riambau: profesor, crítico, cineasta, historiador del cine, uno de los grandes estudiosos de Orson Welles, director de la Filmoteca de Catalunya entre 2010 y 2024... y también licenciado en Medicina y Cirugía. Este esfuerzo vital no menor lo llevó a fundar uno de los primeros servicios de nefrología de España, pero quedaría arrumbado por el cine a finales de los ochenta. Se juntan ahora mismo, en este final de año, tres circunstancias que alimentan una conversación con él: que se haya retirado de su puesto de director de la Filmoteca de Catalunya, que haya comisariado una gran exposición sobre Welles en la Cinematèque Franí§aise en París (hasta este mes de enero) y la publicación de sus memorias en la editorial Tusquets bajo el título La película de mi vida.
Al poco de hablar con este catalán tan vocacionalmente europeo surge una certeza: es de los que antes se perderían una película que una conversación. "Yo no soy un cinéfilo endogámico. Mi objetivo no ha sido el cine, sino lo que el cine me ha permitido vivir. Hay una frase que odio profundamente y que casi no entiendo, esa famosa de Franí§ois Truffaut que decía que la vida es la pantalla. No. Para mí la vida es la vida y la pantalla es la pantalla. Pero, a través de lo que has visto en el cine y de quien está detrás de él, puedes vivir más, ir más lejos, vivir más intensamente."
Demuestra la intensidad de su existencia en este variadísimo libro de memorias prologado por un amigo reciente, el laureado escritor cubano Leonardo Padura. "Nos caímos muy bien inmediatamente", explica Riambau. "Yo estaba de jurado para el premio Pepe Carvalho, que le dimos a él en el festival Barcelona Negra. Vino un par de veces a presentar películas a la Filmoteca, fuimos a comer, vino a casa a cenar… ¡Es un tipo fantástico!". Habla con tanta pasión de los amigos como de las películas, y en eso se parece al hombre al que tanto admira, Orson Welles, quien dijo que valoraba mucho más la amistad que el arte. "Las películas se pueden recuperar. Las amistades, no", coincide Riambau.
Entre sus muchos amigos, centenares de cineastas. Como bromea Padura en el prólogo, hay un solo festival, en Finlandia, al que Riambau no ha ido. Uno de los objetivos de sus memorias, apoyadas en las decenas de agendas que ha conservado a lo largo de los años, es el de rendir "un merecidísimo tributo" a esa maravillosa generación anterior a la suya. "He tenido la oportunidad de conocerla y vivirla muy de cerca. He disfrutado de amistades y, en muchos casos, de aprendizajes. Hablo de nombres que dejan mucho poso, sobre todo ahora que tantos se han ido: Rafael Azcona, José Luis Borau, Carlos Saura, Bertrand Tavernier, Jorge Semprún. Haber conocido a personas de tanto peso y sentir que ellos también me apreciaban… eso no tiene precio. Para mí era muy importante dejar este testimonio escrito para futuras generaciones".
Sin querer envolverse en la nostalgia, considera que en el pasado hay ciertos tesoros que es importante revisitar. "Para mí la década mítica es la de los sesenta", sentencia. "Yo llegué tarde porque era un niño entonces, pero me he dado cuenta de lo bien que se lo pasaron y del extraordinario talento que corría por allá. Poder conocer y disfrutar de la amistad de quienes hicieron películas por entonces ha sido un lujo". En su opinión, el cine ha perdido peso cultural en nuestro tiempo. "El gran momento fue entre los cincuenta y los setenta. Orson Welles, Bergman, Buñuel, Hitchcock y compañía se podían comparar con García Márquez, Picasso, Le Corbusier… Aunque hoy sigan haciéndose buenas películas, no tienen el valor cultural que tenían en el pasado".
Habla con entusiasmo de producciones recientes como Sirat (Oliver Laxe) o Una batalla tras otra (Paul Thomas Anderson). A raíz de esta última manifiesta su fascinación por "la capacidad de hacer una película con varios niveles simultáneos. Como Matrix, que puedes verla con palomitas o con un libro de Jean Beaudrillard en la mano. El filósofo se lo pasa pipa viéndola. Y el de las palomitas, también. Es muy shakesperiano, muy barroco, algo que muy pocas industrias consiguen. Hacer algo así en España es dificilísimo. Creo que solo lo logran en Estados Unidos, pues tienen filtros estrictos para trabajar los guiones".
Aunque esos filtros van cambiando con el tiempo. Riambau da fe de ello con una deliciosa anécdota de Billy Wilder. "Pese a su avanzada edad, él quería hacer otra película. Se fue a Universal y, en lugar de un productor de verdad, se encontró con un niñato del nuevo Hollywood. A este se le ocurrió preguntarle qué había hecho en el cine. ¡A Billy Wilder! Y él le replicó: 'Contesta tú primero".
Su pasión por conservar la memoria y su voluntad de no ser un cinéfilo endogámico se han plasmado también en su labor al frente de la Filmoteca de Catalunya, que a veces parecía una continuación de aquellos cineclubes de los sesenta en los que se formó y en los que forjó algunas de sus más entrañables amistades. Por ejemplo, con críticos como Mirito Torreiro o Román Gubern. Estos serían decisivos para que pasase de médico a profesor en el flamante departamento de Comunicación Audiovisual de la Universidad Autónoma de Barcelona. ¿Cómo recuerda Riambau semejante salto? "Le comenté al gerente del hospital que me iba al mundo del cine. Se quedó a cuadros. Los del cine me dijeron que ya era hora y los de mi antigua profesión se limitaron a desearme suerte". Corría el año 1989. El doctor ya era entonces un colaborador asiduo de medios especializados y autor de diversas monografías sobre cineastas. Su pasión ocupó el lugar de su oficio.
Confiesa que su gran suerte ha sido el gusto por el trabajo que desempeña. No conoce el aburrimiento ni la diferencia entre los días laborables y los fines de semana. Su inagotable curiosidad explica que dirigiese una filmoteca "muy abierta, muy plural, con interés en otras formas de manifestación artística, sociológica o histórica". Un buen ejemplo de ello ha sido la iniciativa de las cartas blancas, que daba libertad a artistas, creadores o intelectuales para que programaran películas. Recuerda Riambau que fue increíble ya desde el principio. ¿Por qué? "Porque invitamos a Eduardo Mendoza a presentar la película de su vida y resultó que era Los tres caballeros, de Walt Disney. Colita vino a presentar La noche del cazador, algo que yo nunca habría imaginado. Y Lluís Homar no se podía creer que la mitad de la sala no hubiera visto Con faldas y a lo loco. Es tan estimulante encontrarte con esas sorpresas...".
La curiosidad, la versatilidad, los cruces… Eso es lo que él admira de ese personaje que le ha obsesionado desde siempre y al que lleva muchos años rondado: Orson Welles. Aunque nunca llegó a coincidir con él en vida, ha conocido a más de cien personas que sí pudieron tratarle y ha escrito varios libros sobre él. Sin embargo, Welles conserva misterios que no se le acaban. "Su torrente creativo es inagotable", apunta. "Fue el director de la que probablemente sea la mejor película de la historia del cine. Y además dirigió teatro, hizo radio y periodismo, fue mago profesional… Un genio inabarcable, un reto continuo. Y rompía con esa endogamia del cine".
También inabarcable empieza a ser Esteve Riambau. Médico. Profesor. Crítico. Autor de monografías sobre Stanley Kubrick, Alain Resnais, Charles Chaplin o Coppola. Director de los largometrajes La doble vida del faquir (2005) y Máscaras (2009). Director de teatro. Ganador del Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias por Ricardo Muñoz Suay: una vida en sombras. Condecorado por el Gobierno francés como Oficial de la Orden de las Artes y las Letras en 2017. Welles hacía trucos de magia, que consisten en lograr que el público mire hacia otro lado. Riambau consigue que queramos seguir intensamente vivos en la alegría de mirar.




