No hay ningún nuevo cineasta que no quiera trabajar con José Sacristán. Rodríguez también se ha rendido a su magisterio. La experiencia de un actor con títulos míticos en su haber como Un hombre llamado Flor de Otoño, de Pedro Olea; o El viaje a ninguna parte, de Fernando Fernán-Gómez, le permite afrontar con total garantía papeles tan complicados como este ambiguo y soñador enamorado de Quatretondeta. “El amor es el combustible del que dependemos todos, por eso es importante recordar a las personas por las que sentimos afecto, que siempre nos acompañarán, aunque ya no estén”, relata el intérprete de Chinchón, que no ve grandes cambios en la forma de rodar de ahora con respecto a cuando comenzó en los años 60 con La familia y uno más, de Fernando Palacios. “La técnica y la ejecución han mejorado, pero el trabajo habitual de filmación continúa por las mismas pautas y, por desgracia, con una precariedad parecida”.
Después de muchos años, el personaje de Laia Marull vuelve a su tierra. Había olvidado las fiestas de Moros y Cristianos, el ruido de los cohetes, el color, la magia y la sensualidad de un lugar en el que no existe la prisa y sí la amistad y la cercanía. “Me lo pasé realmente bien en la secuencia de la fiesta, con mi disfraz de guerrera mora y siendo, además, la cabeza del desfile”, dice risueña Marull, ganadora de un Goya a la mejor actriz por Te doy mis ojos, de Icíar Bollaín. Cree que el largo viaje que ha hecho Dora es asimismo una aventura interior. “Cuando nos desplazamos a un lugar diferente del que vivimos, nos cuesta por lo general adaptarnos a lo que no estamos acostumbrados, aunque ese lugar sea el de la infancia casi sepultada, querida y odiada a la vez”, explica la actriz barcelonesa. Comparte muchas secuencias en el filme con Julián Villagrán (Ciudad Delirio, de Chus Gutiérrez), que trata de hacer negocio con su surtida oferta de ataúdes, si bien resulta complicado que las personas que solicitan sus servicios muestren un gran interés por los artículos que promociona.