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05-09-2019


Encarna Paso, un largo abrazo 
al teatro y al cine


JAVIER OCAÑA

And the winner is…”. Luise Rainer, vieja gloria de los primeros años del cine sonoro en Hollywood, abre el sobre con el título de la mejor película de habla no inglesa durante la ceremonia de entrega de los Óscar de 1983 mientras un puñado de españoles intenta en el patio de butacas que el corazón no se le salga del pecho. Brazos abiertos, con pasión y cadencia de melodrama, Rainer exclama: “Volver a empezar”. José Luis Garci, su director, avanza por el pasillo exterior derecho, sube las escaleras, recoge el Óscar de manos de Rainer y de Jack Valenti, presidente de la Academia, y antes de iniciar su discurso de agradecimiento lanza una mirada al pasillo y grita un espontáneo: “¡Subid aquí!”. 


   Entre los destinatarios de esa invitación a la gloria, aún entre el patio de butacas, una mujer apasionada estaba viviendo la mejor temporada de su carrera como actriz. Era Encarna Paso, protagonista femenina de la película, dama del teatro español, integrante de una gran familia de artistas, fallecida el pasado 18 de agosto a los 88 años. El realizador encargado de la retransmisión de la gala mantiene un plano medio de Garci con su premio, y todavía no se sabe si Paso y Antonio Ferrandis, el actor protagonista, han subido al escenario. El director de Volver a empezar,con el primer galardón de la categoría para España, agradece en un esforzado inglés y también en castellano. Ya con los aplausos de fondo del público, en ese plano medio irrumpen desde un histórico fuera de campo televisivo y casi cinematográfico dos brazos temblorosos y excitados que agarran la cabeza de Garci. Son los de Encarna. Ya con un plano general más amplio, rostro levemente desencajado por la alegría, entre las risas y las lágrimas, movimientos rápidos e intensos alejados de la seriedad de sus mejores papeles, la actriz, de entonces 52 años, besa a Garci, abraza a Rainer y se vislumbra al fondo a Ferrandis, aparentemente más tranquilo, que acaba dando un orgulloso beso a Garci como el que besa a un hijo.



En una secuencia de 'Volver a empezar' junto a Antonio Ferrandis


   Seguro que en esos breves instantes se fundieron en el interior de María Encarnación Paso Ramos (Madrid, 1931-2019) los mejores y los peores momentos de un oficio precioso y durísimo, en el que se inició como aficionada con Botón de ancla (Ramón Torrado, 1948), siendo apenas una adolescente. En cine, ese 1982 en el que rodó con Garci fue sin duda su gran año. De hecho, aquella temporada hubo tres grandes títulos en el cine español, y lucharon entre ellos por ser el elegido para representar al país en la categoría de mejor cinta de habla no inglesa en los Óscar: Volver a empezarLa colmena (Mario Camus) y Demonios en el jardín (Manuel Gutiérrez Aragón). Ella estaba en las tres. En la primera película, como el viejo amor de un escritor galardonado con el Nobel que regresaba a su querido Gijón para reencontrarse con ella y consigo mismo antes del fin. “Cuando abrí los ojos, el tren ya había pasado”, decía su personaje en una de las frases más recordadas del filme. Para ella, en cambio, el tren aún estaba por pasar. En La colmena,adaptación de la novela de Camilo José Cela, era la madre del personaje de Ana Belén, a la que aleccionaba con su habitual aspecto de enorme personalidad y voz rotunda: “¿Cuándo vas a dejar a ese tísico? ¡Anda, que lo que vas a sacar de ahí!”. En Demonios en el jardín,esplendoroso su rictus en la foto del póster de la película, vestida de negro, abotonada hasta arriba, como una matriarca, era un trasunto de la abuela del propio director en una historia autobiográfica: “¡Los hijos! Pasa una mil calamidades para sacarlos adelante y luego…”.


   Aún como Encarnita Paso en los créditos, le había costado encontrar papeles de peso en cine durante demasiados años. 33 películas en 52 años de carrera en la gran pantalla. No muchos, y con roles de reparto muy breves en estupendas cintas como El grano de mostaza (José Luis Sáenz de Heredia, 1962) o en productos muy populares como Vuelve San Valentín (Fernando Palacios, 1962) y La batalla del domingo (Luis Marquina, 1963). Con la llegada de la década de los setenta, sin embargo, llegaron grandes papeles de reparto en dos títulos formidables: Retrato de familia (Antonio Giménez Rico) y, sobre todo, La prima Angélica (Carlos Saura), con aquel inolvidable diálogo en el arcén de una carretera junto a José Luis López Vázquez, que interpretaba a su hijo incluso cuando era niño. Esa mirada de cariño de madre, enfrentada a un señor maduro que debía hacer de crío durante media película, era de una dificultad extrema.


   Y ya en los ochenta, después de su triángulo de oro de 1982, Garci volvió a contar con ella en Sesión continua (1984), de nuevo entre las cinco nominadas al Óscar a la mejor cinta de habla no inglesa (esta vez sin premio), y además con sus propias palabras, pues en Volver a empezar Garci decidió doblarla con la voz de Lola Cervantes. Su participación en el retrato coral de la maravillosa El bosque animado (José Luis Cuerda), fue su última gran intervención en cine.



En la obra 'Yo, Claudio', junto a Héctor Alterio 


   En teatro, en cambio, su trabajo fue mucho más incesante desde sus primeros papeles en el grupo Arte Nuevo, el colectivo creado por, entre otros, Alfonso Sastre, Medardo Fraile y Alfonso Paso, fundamental en la escena de posguerra con su tentativa de renovación absolutala huida del teatro burgués y folclórico y la búsqueda de la vanguardia e incluso de la incomodidad del espectador. Hija, nieta y sobrina de dramaturgos (de Antonio Paso Díaz y Antonio Paso y Cano en los dos primeros casos, y de Enrique Paso, Manuel Paso y Cano, Manuel Paso y Alfonso Paso, por partida cuádruple, como sobrina), además de futura madre de actor (Juan Calot) y abuela de intérpretes (Alicia y Edgar Calot), Encarna ingresó consecutivamente en la compañía de Milagros Leal y Salvador Soler y en la de Catalina Bárcena y de Ismael Merlo, donde interpretó obras de, entre otros, George Bernard Shaw, Carlos Arniches, su tío Alfonso Paso, Federico García Lorca, Fernando Arrabal o Arthur Miller. Más tarde fue una habitual de los míticos Estudio 1 de Televisión Española, junto a sus actuaciones en series importantes como Segunda enseñanza Ramón y Cajal.


   Crucial fue su papel de Linda, la esposa en Muerte de un viajante, de Miller, con López Vázquez como Willy Loman, dirigidos por José Tamayo en el teatro Bellas Artes de Madrid en 1985. “Encarna Paso hace una soberbia creación. Es la Linda tierna, protectora, enamorada ante todo del marido cuyo fracaso desea ocultarle. Gran juego de actriz que culmina en la última, patética escena montada por Tamayo…”, escribió Lorenzo López Sancho en su crítica para el diario ABC. histórico fue también su regreso a las tablas tras una primera jubilación de la que no debía estar muy convencida, ya en el año 2004, con Yo, Claudio. Daba vida a la inquietante y manipuladora Livia, la abuela del emperador romano, a las órdenes de José Carlos Plaza. En su estreno en el Festival de Teatro Clásico de Mérida, Paso declaró: “Puede ser el broche de oro para mi retiro definitivo”.


   Tras tocar aquel Óscar y vivir junto a Garci, Ferrandis y el resto de responsables de Volver a empezar su noche de oropel en el cine, Encarna, madura, elegante, con los pies en el suelo, sabía que aquel galardón no le cambiaría la vida, y así lo dijo en una entrevista para TVE. Volvió a aceptar pequeños papeles en cine que le parecían interesantes y regresó a su amado teatro: a las representaciones de El cementerio de los pájaros (Antonio Gala), la obra que representaba cuando le llegó el sueño americano de una noche. Aquellos brazos largos y aquellas manos temblorosas entrando en aquel plano que veía medio mundo a través de la televisión conformaban también un abrazo a sí misma, a su tenacidad, profesionalidad y talento.

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