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18-12-2019

 

FELIPE GARCÍA VÉLEZ


“No soy un actor fácil, no soy eficaz. Detesto la eficacia y la uniformidad”


En la mili conoció el poder de la interpretación. Gracias al teatro dio portazo a la autocensura y afloró su hipersensibilidad. Buscar experiencias le condujo “al aspecto salvaje de las cosas”, por eso admira a quienes actúan con “las heridas del alma” a la vista


 

EDUARDO VERDÚ

Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha

La casa de Felipe García Vélez huele a incienso. Antes de comenzar la entrevista hace un gesto respetuoso a un pequeño altar budista que preside un salón escoltado por películas, libros y discos. Es inevitable preguntarle al actor cómo alguien nacido en una pequeña aldea de Cuenca ha desarrollado una profesión, una intelectualidad y una espiritualidad tan ricas.


“Empecé interesándome por el atletismo”, recuerda, “hasta el punto de llegar a ser atleta de élite. Me fui voluntario a la mili, en la que competíamos entre regiones militares. Fue allí donde un día vi a un chico que, con el propósito de ganarse un permiso, se disfrazó de gitana para una actuación con la que 500 tíos se murieron de risa. Y entonces dije: ‘¡Hostia, qué poder tiene esto!’. A los 15 días de acabar la mili busqué un maestro de interpretación y tuve la gran suerte de dar con Nancy Tuñón. Abandoné el atletismo por el teatro”.


– ¿Qué le sedujo de este oficio?

 Con el grupo de atletismo era muy feliz, pero me faltaba algo. Un día volvía de una clase en el coche de un compañero homosexual escuchando la Patética de Chaikovski y… ¡hostia! Me entró algo muy empático con el dolor ajeno. Soy una persona muy sensible, hipersensible, para bien o para mal. Gracias a los estudios de teatro me di cuenta de todo aquello que yo me censuraba: mi fragilidad, mi sensibilidad, mis emociones a flor de piel. Resulta que esos eran mis mejores valores. Ser actor me ha servido para crecer. No separo mi carrera como actor de mi carrera como hombre.




– ¿Cuándo supo que valía para esto?

– Haciendo un personaje de Chéjov, Treplev, que es un perdedor por amor. Comprendí que ese era mi personaje porque se me daban bien las emociones. Se me da bien perder.


– Pero no se considera un perdedor…

– No, en absoluto. Me considero un privilegiado. Gil de Biedma decía: “Yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema”. Yo soy un poco así porque, ¿qué es eso de ser actor? Ser actor es solo una anécdota, yo quiero ser un hombre, un hombre inquieto. 


– ¿Ha buscado el éxito?

– Unos 10 años atrás hice la serie Sin tetas no hay paraíso y fue una cosa… ¡Joder! Pero aquello lo llevé bien porque la gente es majísima. Pienso que ser Antonio Banderas o de esos actores de éxito debe ser un martirio. Yo he tratado de vivir a toda marcha para adquirir muchas experiencias, ya que la experiencia es el material de un actor. Y en aras de esa búsqueda me he perdido.


– ¿Porque le ha interesado más la vida que la actuación?

– Sí. Y eso me ha llevado a estar en el aspecto salvaje de las cosas. A mí me tocó la generación perdida donde todos mis amigos más brillantes, auténticos y adorables están muertos. Yo era actor, campesino, hipersensible, paranoico… Eso no era fácil de gestionar. Sin embargo, aquí estamos.



– ¿Ha tenido mucha lucha interior, demonios contra los que batallar?

– Sí, sí. Soy una persona compleja. Lo que pasa es que todo se puede transformar, y mi mayor triunfo es que voy hacia la ligereza, hacia lo esencial. Por eso estoy contento. Digamos que todo lo que me está pasando lo imaginé.


– ¿Ah sí?

– Sí, llegar a ser un tío sencillo. Juro que siempre imaginé que lo mejor mío estaría al final del camino.


– ¿Está entonces en su mejor momento?

– Hago mucho teatro, fui nominado al Goya, estoy interpretando personajes tan interesantes como Beethoven o Agamenón e incluso estoy haciendo por primera vez comedia. Y me encanta, lo necesitaba. Considero que sí estoy en mi mejor momento porque he pasado por todo y ahora estoy recopilando. Solo tengo gratitud a la vida y disfruto del privilegio de estar vivo.


– ¿Nunca pensó en dejar la interpretación?

– Jamás. Y he tenido momentos duros durante mi carrera. Esto no sé si lo he contado alguna vez [risas], pero en una ocasión decidí dejarlo todo para irme una larga temporada a alta mar. Pasé nueve meses de pescador por la Costa Brava.


– ¿No echa de menos la juventud, los tiempos pasados?

– No, en absoluto. Viví a tope: sufrí, amé, gocé… y vi a Camarón 15 veces en directo. El flamenco me fascina. Y el rock and roll me gusta porque quiso cambiar un mundo que ya se veía contaminado por el dinero.



– ¿Cómo se ha relacionado usted con el dinero?

– ¡Fatal! Lo he tirado todo, en eso he sido autodestructivo. Ahora estoy como ahorrando. La verdad es que estoy con una mujer que es una diosa. Es mucho más joven que yo, pero ya llevamos juntos 10 años. Es una parte muy importante de mi vida.


– ¿Ha sufrido mucho por amor?

– Mucho, mucho, mucho… La gente me quiere porque soy transparente y noble. Aunque esa integridad la he llevado hasta un extremo casi patológico, es mi máximo valor.


– ¿Ese valor le ha ayudado en la profesión?

– Me ha ayudado vivir. Tarkovski, mi director de cine favorito, decía que él no concebía a un actor sin rostro. ¿Qué quiere decir? Que un actor tiene que estar vivido. Lo que antes hablábamos de la experiencia: para ser buen actor tienes que habértela jugado. Cuando veo que el actor lo sabe todo, que es un solvente de la hostia, me aburre. Yo no soy un actor fácil, no soy eficaz. Le he cogido manía a la eficacia, al igual que a la uniformidad: la detesto. A mí me gustan Willem Dafoe, Anthony Hopkins o Bruno Ganz, a los que se les ven las heridas del alma. Necesito la complejidad de Joaquin Phoenix o Philip Seymour Hoffman, que están en el lugar del peligro. Eso también es técnica, y yo mismo la trabajo: tener el valor de ser vulnerable. Me gusta la contradicción, la parte oscura de cada personaje.




– ¿Ve sus series o películas?

– Me cuesta, me cuesta, me cuesta…


– ¿Por qué? ¿Cómo se percibe?

– Veo que soy excesivo. Aunque tengo verdad. Empiezo a gustarme un poquitín ahora, antes no.


– ¿Ha cambiado su forma de actuar con el tiempo?

– Lo mejor está por venir. Lo noto. Ahora, justo antes de escuchar “¡Acción!”, me siento conectado con mi material, con mi esencia. Sé que voy hacia mi mejor versión, que llegará cuando tenga 90 años. Entonces me gustará hacer un personaje de esa edad, tener condiciones para hacer de un viejo bonito. Y enrollado. Y buena gente. Un sabio sencillo


– Su padre murió hace unos meses, con 92 años, y su madre vive. ¿Qué piensan de su trabajo? Parece que no somos felices hasta que conseguimos la aprobación de los progenitores. 

– Ya… Yo he hecho terapia. Mis padres han sufrido con mi vida de actor, pero están orgullosos de mí porque soy buen tipo. Vengo de una aldea con padres difíciles que nunca recibieron una caricia. Un hijo mayor chupa todos los traumas, y más si eres una esponja como yo. No he permitido que me dominaran mis padres, y eso es una lucha profunda. En los últimos años, mi padre, con una demencia fuerte, se convirtió en un ángel. Ha sido maravilloso ver cómo ese hombre con el que siempre me he peleado me decía con una sonrisa: “Eres bueno”.



– ¿Qué tal se lleva con la muerte?

– El budismo me ayuda, pero no puedo decir que tenga resuelto ese tema. Tengo mucha fe en que, haciendo lo que siento profundamente, todo está bien. No me da ningún miedo la muerte porque percibo que todo va como debe, en su proceso. El budismo habla de que la muerte y la vida son lo mismo, que forman parte de un mismo ciclo. Tú mueres y renaces continuamente. Pero sí que pienso en la muerte. En realidad, les ofrezco mis oraciones silenciosas a los muertos: a mi padre, a mis antepasados, a amigos que están muriendo, a Beethoven, a Philip Seymour Hoffman, a Camarón, a Lou Reed… [risas].


– ¿Tiene hijos?

– Sí, uno, Manel. Es un príncipe, es extraordinario.


– ¿Es también artista?

– No, trabaja con locos, es terapeuta. Vive en Palma. Mi hijo es una pasada. Ya me ha superado en todo, le amo, me emociona.


– ¿Cómo se relaciona con la gente joven?

– Amo a la juventud, soy joven de espíritu. Me siento generacionalmente más cerca de los jóvenes que de mi generación.

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