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18-12-2025


Félix Sabroso
"No quiero dejar detrás de mí­ un cine reconocible ni parecerme mucho a mí­ mismo"



Pasó media vida trabajando acompañado. Después, varios años de travesí­a por el desierto. Ahora toca celebrar el presente, y 'Furia' es uno de los éxitos que trae consigo



FRANCISCO PASTOR

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

La casa de Félix Sabroso (Las Palmas de Gran Canaria, 1965) tiene algo de templo y de reliquia. Está a pocos pasos de la Plaza Mayor de Madrid y por sus amplios ventanales se cuelan el sol del mediodí­a y el saxofón de un músico callejero. En el recibidor, una escultura rinde homenaje a La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971). Las paredes están repletas de pinturas y carteles de eventos pasados. También hay fotografí­as con otros artistas. Los libros llenan las estanterí­as junto a alguna ilustración de la serie Veneno, para la que Sabroso escribió un capí­tulo. Más escondida, una caja con todos los DVD de Mujeres, que él creó 20 años atrás con Dunia Ayaso, la que fuera su pareja creativa y sentimental. "Llevo en este piso desde que llegué a Madrid. Es un poco extraño: las etapas de mi vida pasan, la gente viene y va, pero la casa permanece", reflexiona.


   Ha transcurrido ya una década desde que le tocó decir adiós a Dunia. El inicio del duelo lo vivió muy acompañado. Hubo algún homenaje en la televisión para recordar las pelí­culas que habí­an rodado juntos, desde Perdona bonita, pero Lucas me querí­a a mí­ (1996) a Descongélate! (2003) o La isla interior (2009). Pero la soledad acabó llegando cuando buscaba proyectos como director y la industria no respondí­a. Lo cuenta con serenidad y sin despecho. Es una etapa que ya pasó. En verano estrenó Furia, la primera serie que firma en solitario. Ahora prepara la segunda temporada. Uno de sus lugares de trabajo es este piso que también huele a taller.

 

— Uno de los empleos más curiosos que ha tenido últimamente ha sido como jefe de contenidos en Mediaset. ¿En qué consistí­a su labor?

— En tres años tutelamos una docena de series, entre ellas Señoras del (h)AMPA o Madres. Amor y vida. Me reuní­a con los productores ejecutivos y con los guionistas. Me aseguraba de que las ficciones se mantení­an fieles a lo que la cadena habí­a comprado. Lo mirábamos absolutamente todo: los guiones, el casting, el vestuario. Lo hice desde una posición constructiva y sin machacar a nadie. Como creador, yo también habí­a recibido informes de plataformas y cadenas, así­ que era lógico que me saliese la empatí­a. En ese puesto aprendí­ mucho, pero lo viví­ como algo pasajero. No me salí­an proyectos y el mercado me lo poní­a difí­cil. No interesaba alguien de mi edad. Ahí­ pude relacionarme con la industria desde otro lugar, de forma más relajada que la de tocar puertas para pedir dinero. Porque en esa etapa ocurrí­a lo contrario: otros vení­an a mí­ con sus proyectos en la mano. Aquello acabó de una forma bonita. Los Javis me ofrecieron escribir uno de los capí­tulos de Veneno y ahí­ decidí­ volver al ruedo.



— Cada capí­tulo de Furia retrata a una mujer que aguanta y aguanta hasta que en el último momento lo rompe todo. ¿Qué tiene esa fórmula, que remueve tanto?

— Que el público conecta muy bien con la venganza. Todo el mundo tiene algo que reprocharle a la realidad, a la experiencia de su propia vida. Cuando un personaje da un golpe sobre la mesa y se venga ante la injusticia, esa es una fantasí­a que mucha gente lleva dentro. Y procuré que Furia no se quedara ahí­, en el momento de las explosiones, sino que nos quedáramos a ver las consecuencias. Buscaba un retrato de este mundo contemporáneo, donde los intereses se ponen por encima del afecto. Vivimos en una especie de desconcierto colectivo. Y me gusta que mis héroes tengan defectos. Nadie se libra de la mezquindad en mis guiones. Creo que cualquiera de estas venganzas la podrí­a encarnar un hombre sin cambiar una sola coma, pero imaginé un futuro inmediato en el que las mujeres llevaran las riendas.


— La acción transcurre entre mansiones gigantescas y trajes de etiqueta. ¿Por qué el nivel de vida entre los personajes de esta ficción es mucho más elevado que el de la inmensa mayorí­a de los espectadores?

— Quise hacer una crí­tica del esnobismo de las clases pudientes. El papel de Carmen Machi es una artista plástica con un discurso combativo, pero se gasta un dineral en un vestido de Balenciaga. Pilar Castro es cocinera de estrella Michelin, vegana y que aboga por lo natural, pero se pincha bótox por miedo al paso del tiempo. Esto lo compensé con personajes de clase trabajadora cuya contradicción es que actúan como si pertenecieran a las élites. Intenté mostrar la decadencia de Occidente también a través de los jóvenes, instalados en una nube de apariencias.


— Usted mismo vio cómo la industria preferí­a a los jóvenes.

— Cuando murió Dunia vi que la industria querí­a darme el relevo. Además de la experiencia en Mediaset, empecé a escribir para otros, dirigí­ por encargo e incluso levanté teatro comercial. Aquello me espabiló. Imagino que esto mismo les pasarí­a a más directores y guionistas de los noventa, un mundo pequeño donde nos conocí­amos todos y viví­amos tranquilos: rodando pelí­culas cada dos años llegabas a fin de mes. Aunque yo gastaba algo más de lo que tení­a.



— Su estilo ha cambiado bastante en estas últimas décadas, ha abandonado el toque más gamberro.

— En mis primeros años querí­a escribir comedias de enredos como las de Antonio Ozores: historias corales, con muertos de por medio y asistentas a lo Gracita Morales. Y llevarme esos ingredientes a la noche queer madrileña, que conocí­a bastante bien. Colocar el costumbrismo en ese lugar tan actual, como pasó en Perdona bonita, pero Lucas me querí­a a mí­. Luego lo fui dejando, no de manera consciente, sino porque ya lo habí­a hecho. Todaví­a cuelo personajes LGTBI en mis historias, puede que conserve esa mirada, aunque no busco el mismo efecto. Algunos crí­ticos encuentran elementos comunes entre mis pelí­culas: el retrato mordaz de la realidad o un envoltorio estético intencionado. Yo no lo vivo así­. No quiero dejar detrás de mí­ un cine reconocible, con ciertas señas de identidad reiteradas. Ni quiero parecerme mucho a mí­ mismo. Esa idea me aburre soberanamente. Quizá me habrí­a ido mejor si me hubiera quedado en una etiqueta clara, de comedias pop y queer, algo que resultara rápido y fácil venderle a la prensa. Pero preferí­ seguir entusiasmándome y divirtiéndome, y eso requerí­a probar otras cosas nuevas.


— Sí­ me reconocerá un denominador común: sus personajes siempre caminan por una lí­nea muy fina entre la cordura y la falta de ella. 

— Creo que los seres humanos nos cerramos mucho a la realidad. Que tenemos vértigo. Somos conscientes de que vamos a morir y nos entretenemos como podemos para olvidarlo. Nos volcamos en nuestro trabajo, en nuestra relación con los demás, en el sueño de conseguir casa. Y nos alejamos como podemos de que somos efí­meros y estamos en el mundo por casualidad. Claro que hacemos equilibrios sobre una lí­nea muy fina: queremos sentir la vida como algo estable, cuando esta no deja de ser profundamente breve. Para mí­, ese es el principio de la locura. Y encarnamos personajes porque esto nos da cierta tranquilidad. Algo así­ quise contar en El tiempo de los monstruos [2015], en la que un director pide a sus allegados que interpreten papeles para él.


— Otro elemento común: es leal a muchos de sus actores. Con Pilar Castro, Pepón Nieto o Carmen Machi ha trabajado durante décadas. 

— Es cierto. Tengo una familia de actores con los que trabajo mucho. Sacar lo mejor de un personaje me resulta más fácil cuando trabajo con quienes ya tengo confianza y complicidad. Sé qué teclas tocar. Aunque también hay un punto sentimental, claro. Tanto para los actores como para los directores, esto trata de vivir otras vidas y multiplicar la que tenemos. Si eso ocurre junto a personas queridas, se disfruta más. No es lo mismo volver al hotel después de estar todo el dí­a rodando y sentirme solo que verme acompañado por mis amigos. Si un trabajo funciona, es gustoso recorrer ese camino, desde los ensayos hasta los triunfos, junto a la gente que aprecio. Es maravilloso llamar a una actriz para contarle que nos han dado un premio y que ella sepa lo que eso significa porque lleva conmigo desde los tiempos difí­ciles.



— Cuando logró salir de esos tiempos difí­ciles, ¿encontró un mundo distinto al que conocí­a?

— La industria que me encontré me pareció muy compleja: con más capacidad de producción, pero con más filtros. Hay grandes corporaciones y mucha gente opinando. No se cree tanto en el autor ni importa su punto de vista. La censura ya no es ideológica, sino que está relacionada con los dividendos. Creo que Furia es el resultado de la insistencia, de resistir mientras mucha gente decí­a que no, de haberme tomado cada rechazo como un peldaño que me llevarí­a a otro lugar. No quise vivirlo desde la frustración. Si para llegar ahí­ hubo alguna etapa de sequí­a, me hago cargo de ella sin reprochársela a nadie.


— La actuación y la escritura de guiones requieren empatí­a. Y muchas pelí­culas tratan de hacernos mejores. En cambio, el entramado que hay tras ellas parece frí­o.

— Pero rodar largometrajes o series resulta tan caro… No pasa como con los cuadros o los libros. Esos son actos solitarios. Sacar adelante una pelí­cula implica el trabajo de mucha gente. Me di cuenta cuando dirigí­ teatro: los equipos eran más pequeños y se tomaban menos decisiones. Esto no significa que fuesen elecciones más puras ni basadas en la calidad del texto: a veces bastaba solo con dar el nombre de un actor relevante para que el proyecto pudiera llegar a las tablas. En el audiovisual esto no garantiza nada. Podemos creer que tenemos la fórmula perfecta y que nadie pinche en el botón cuando está navegando por la plataforma.



— Con tanta incertidumbre, ¿echa mucho de menos la aportación de Dunia Ayaso?

— Ella solí­a dirigir. Echaba 16 horas en un rodaje y seguí­a con la energí­a alta y la atención intacta. Eso a mí­ me permití­a escribir, mi negociado. Soy muy celoso de mi escritura porque representa mi experiencia, mi dolor y mi visión del mundo. Me cuesta mucho que alguien se cuele ahí­. Al faltar Dunia, me daba pánico dirigir yo solo, pues ella se encargaba de eso. Pero me lancé con El tiempo de los monstruos y ese miedo desapareció. Me sentí­ liberado porque vi que podí­a emprender camino en solitario, sin esa presión de compartir proyecto artí­stico y negociar continuamente a la hora de componer planos o dirigir a los actores. Se gasta mucha energí­a convenciendo al otro. Dunia y yo colaborábamos porque nos encantaba pasar tiempo juntos y llevar por los festivales algo que habí­amos realizado entre los dos. Pero no habí­a dependencia. Trabajar en equipo no nos resolví­a nada. Ella habrí­a podido dirigir sin mí­ todo lo que hubiera querido y le habrí­a salido estupendamente. Decidimos compartir todo aquello en un acto de amor, al igual que decidimos compartir nuestra vida. Ahora tengo otra pareja, Jau Fornés, que también se dedica a lo mismo. Y nos hemos puesto lí­mites. Dirigirá algunos capí­tulos para la segunda temporada de Furia y serán suyos. Yo haré las aportaciones que estime como autor de la serie, nada más. Aquello de crear entre dos, por lo que a mí­ respecta, ya se acabó


— Aún comparte con Dunia página de Wikipedia. En ella no hay un rincón donde se le vea solo.

— "Constituyeron un tándem de directores", dice todaví­a la página. En pasado, como si yo también hubiera muerto al haberse marchado ella. Admito que me hací­a gracia porque era como atender a mi propio funeral: esa fantasí­a algo narcisista que tienen algunos de imaginar qué dirán de ellos cuando ya no estén. Pues yo he vivido sensaciones similares. En las televisiones poní­an nuestras pelí­culas, pero lo hací­an en homenaje a Dunia. En Cine de barrio, en Versión española… Me hicieron muchas entrevistas sobre ella. Ahí­ entendí­ lo mucho que nos impacta la muerte en España. Me encantarí­a actualizar esa página de Wikipedia. Independizarme después de una década. Pero no sé cómo hacerlo.

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