Félix Viscarret
“Una bonita actuación vale más que cualquiera de los aspectos técnicos”
El director de ‘Bajo las estrellas’, por la que ganó el Goya al mejor guion adaptado hace dos décadas, vuelve a traducir a minutos de metraje una novela, en este caso de Pérez Reverte. Aunque solvente en la ficción, con la adaptación está en su salsa, incluso en formato miniserie
JAVIER OLIVARES LEÓN
FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA
Parece que fue ayer, pero hace justo 20 años rodaba su estruendoso primer largo, Bajo las estrellas, a partir de una novela de Fernando Aramburu. Pocos cineastas se manejan en la alquimia de la adaptación como Félix Viscarret. De hecho, acaba de terminar una miniserie para Netflix que versiona El problema final, un homenaje de Arturo Pérez-Reverte al universo de Agatha Christie y Sherlock Holmes. “Hay un divertimento, digamos, con mucho lujo o glamur de los años cincuenta y un algún guiño metalingüístico, metacinematográfico”, revela. A sus 51 años está en plena forma.
– ¿Se ha parecido en algo la grabación de El problema final al rodaje de Bajo de las estrellas?
– [Piensa unos segundos]. Más allá de las innovaciones tecnológicas, que casi son lo de menos… no tanto. Seguimos siendo contadores de historias. Y permanece el reto de crear un universo propio para cada una.
– ¿Hoy de nota usted más seguro que a los 30?
– Bueno… Al principio, para compensar esas carencias la vida te da ilusión, pasión. Cada fase tiene su gracia. Aunque los años te quitan la juventud, te dan calma para analizar y ver las cosas con otra perspectiva.
– ¿Visualiza ahora más?
– Anticipas las cosas. Pero ver la vida pensando en dónde la vamos a cagar no nos hace felices, sino neuróticos. Nos hace vivir con miedo. Está bien trabajar para observarlo cuando existe esa tendencia. Y no agarrarse a ella.
– ¿Cómo arrancó aquella ópera prima con Alberto San Juan y Emma Suárez?
– Todos los proyectos audiovisuales conllevan su esfuerzo. Bajo las estrellas lo tuvo, como también algunas preciosas recompensas. Nos dio muchísimas alegrías a todos. Fernando Trueba y Cristina Huete emprendieron esa aventura loca de producir a un novel. Era un acto de valentía y de generosidad.
– ¿En qué sentido?
– En que también fueron sabios. Me animaron a que hiciera la película con el equipo de amigos de mi misma generación con el que venía rodando cortos. Esa aventura fue muy especial para mucha gente. Compartíamos la ilusión y el momento de dar el salto al cine profesional a la vez. Quizá ahora tenemos otra sabiduría y otra experiencia, pero en aquel tiempo contábamos con pasión e ilusión. Y eso suple cualquier carencia.
– ¿Recuerda algún consejo de Trueba?
– Una noche en el rodaje me dijo: “No lo sufras. Disfrútalo”. Así quería hacerme ver que aquello era algo único. Yo estaba inmerso en la intensidad del momento y él me vio reconcentrado. Trató de enseñarme a encontrar momentos en los que disfrutar, incluso en la tensión de querer aprovechar el rodaje al máximo por la falta de tiempo.
– ¿Suele escuchar a los colegas?
– Sí. Y también a esos fantasmas que te dicen lo que podías haber hecho o no. Es como el cuento de Dickens [Las campanas]: esas voces están ahí y hay que saber sobrellevarlas. Se trata de un rodaje, algo que se te queda ahí.
– Como el sueño recurrente de un examen al que no llegas.
– Es muy curioso que lo compares con eso. Ahora a veces sueño que tengo que volver al rodaje. Y es precisamente ese tipo de sueño: que te falta tiempo, que quieres hacerlo de otra forma… Un psicólogo diría que es porque estamos aprendiendo toda la vida.
– Cuando entró en la facultad de Ciencias de la Información, quizá tenía en la cabeza las peripecias del equipo de Ópera prima, con Trueba, Resines y Ladoire. ¿Disfrutó de la carrera?
– Disfruté, sobre todo, de lo que supuso para mí esa etapa en Madrid. La carrera me defraudó. Esa enseñanza debería ser mucho más creativa y experimental. Estaba muy masificada y era muy teórica. Parecía algo para tenernos ocupados esos cinco años.
– ¿Por eso se marchó a Estados Unidos?
– Tuve la enorme suerte de conseguir una beca de intercambio en la William Paterson University. Allí sí pude experimentar durante año y medio. El departamento de cine era muy pequeño, muy de guerrilla. Lo llevaban dos profesores maravillosos que venían del cine independiente neoyorquino, cercano a lo underground. Nos animaban a agarrar alguna de las viejas cámaras. Tenían muchos años y muchas manos. Todas eran de fotoquímico. Rodamos nuestros primeros cortos en reversible. Los profesores también nos animaban a que nos lanzáramos a la calle a contar historias.
Hay una plaza en Madrid, colindante con el parque del Retiro, que parece magnética para la creación. En el rato de esta charla se suceden los encuentros de colegas con Félix Viscarret. Junto a la terraza de la cafetería pasa el actor Roberto Enríquez, con el que rodó el cortometraje Canciones de invierno. “Esas amistades de los comienzos profesionales suelen ser para siempre”, asegura. Unos minutos después saluda Ana Martínez Fesser, nominada al Goya por el vestuario de Los domingos.
– Con Alberto San Juan tiene también una relación casi generacional.
– Alberto San Juan es algo mayor que yo. Con él compartí aquel momento tan especial de mi trayectoria que fue el rodaje de Bajo las estrellas. Me gustaría encontrarme más con muchos actores, pero luego la vida te va llevando por cualquier lado. Por eso siempre estás con ganas de coincidir de nuevo.
– Su agenda da envidia: Miki Esparbé, Paco León, Leonor Watling, Susana Abaitua…
– Me gusta mucho trabajar con actores, y espero que sea algo recíproco. Ahí está lo que transmitimos, la vida, la magia de nuestra profesión. Una bonita actuación valdrá más que cualquiera de los aspectos técnicos. Si hay verdad, esa chispa vale más que cualquier cosa. Con todos los actores junto a los que he trabajado me han pasado cosas preciosas.
– ¿Qué tal su experiencia en Cuba?
– Cuatro estaciones en La Habana fue un reto bonito. Tuvimos la enorme suerte de trabajar junto a los mejores técnicos y actores de un país con mucho amor y orgullo por la cinematografía. Me pareció un privilegio rodar en esa ciudad fascinante. Siempre te sorprende. Nada es lo que te esperas.
– En el reparto estuvieron Jorge Perugorría y Vladimir Cruz, a quienes recordamos desde Fresa y chocolate
– Sí. Qué maravilla estar con los mejores nombres de un país en el que cuidan con tanto amor y rigor el cine y la actuación. Primero hicimos una película [Vientos de La Habana] y luego una miniserie [Cuatro estaciones en La Habana].
– ¿Cómo aterrizó en la isla?
– Fue curioso. Me contactaron los productores Mariela Besuievski y Gerardo Herrero: “Como tú has estudiado en Cuba, eres la persona idónea para adaptar las novelas de Leonardo Padura al cine”. Y yo les contesté: “Me encanta el proyecto. No hay nada que me parezca más apasionante ahora. Eso sí, os tengo que decir que no he estado en Cuba. Prometo que mi intención es ir para convertirme en experto” [sonríe]. Y durante esos dos años lo fui. Algunos proyectos te hacen rodar en un sitio. Y hay otros que te conectan vitalmente con el lugar. Ese proyecto en La Habana nos unió mucho a todos. Al equipo español y al cubano.
– ¿Qué tal su relación con Carlos Saura? Dicen que al principio no fue muy receptivo.
– Fue cariñoso en las distancias cortas, afable, con mucho humor. Solíamos bromear. Yo quería hacer en Saura(s) un retrato cinematográfico sobre su persona, incluso con aquellas cosas de las que a él no le apetecía hablar. Pese a que tenía relación con el pasado, no quería engancharse en la nostalgia [Saura fue pareja de Geraldine, hija de Charles Chaplin], cosa que entiendo. De hecho, nos enseñó mucho. No quería engancharse mucho en un análisis psicoanalítico de las relaciones con sus hijos. Yo, en cambio, por mi formación o por mi historia, era más dado a analizar nuestra vida por esas relaciones paternofiliales. Era muy bonito el contraste entre el nostálgico y el vitalista, echado para adelante. Su creación miraba siempre al día de mañana.
– Creó usted guiones adaptados hasta que llegó Una vida no tan simple (2023). Fue su primera historia original y el protagonista era arquitecto. ¿Por qué? ¿Tiene vocación, al igual que Fernando Colomo y tantos otros colegas?
– Me apetecía hablar sobre la aventura de encontrar cada uno su sitio y hacer las paces con uno mismo. Con esa voz interior que te dice que no estás haciendo lo adecuado, que no eres el padre o el profesional que podrías ser.
Suena el teléfono. Es su hija adolescente. Le pide que prorrogue el tiempo de permiso paternal remoto para uso de dispositivos: tiene que rematar un trabajo escolar. “Oportuna llamada, ¿eh?” [sonríe]. Viscarret continúa con su respuesta. “El mundo de la arquitectura era una excusa para hablar de nuestras crisis profesionales cuando tenemos una parte creativa y otra industrial. Si hubiera hablado del cine dentro del cine, habría temido que la gente sintiera cierta distancia o pensara, de algún modo, eso de “ya están los del cine mirándose al ombligo” [risas].
– ¿Existe paralelismo entre el cine y la arquitectura?
– Creo que sí. Todo el mundo sabe cómo es la arquitectura. La parte creativa lidia con la industrial: hay un promotor, un constructor, un cliente, un… Una vida no tan simple [protagonizada por Miki Esparbé y Ana Polvorosa, entre otros] dibuja una ciudad como lugar de encuentros. Un lugar a veces mágico. Y son los arquitectos quienes dan forma a esa ciudad. Pero el recurso a esa profesión no deja de ser una excusa… Me lo decía un amigo arquitecto: “Eres un cobarde. Si querías hablar de tu vida, tendrías que haber hecho que el protagonista fuera cineasta en vez de arquitecto” [risas].
– ¿En la estantería de las novelas tiene alguna adaptable?
– Siempre me gustó la literatura. Leía mucho a Juanjo Millás, por poner un ejemplo. ¿Quién me iba a decir que años después le iba a adaptar en No mires a los ojos? En la adolescencia también me gustaba la música y, aunque yo era malísimo, tenía incluso mi grupo. ¿Quién me iba a decir que trabajaría con el compositor Mikel Salas o que Enrique Morente grabaría un tema original [para Bajo las estrellas]? ¿Quién me iba a decir que podría contar con Amaia en No mires a los ojos? Esta profesión me ha permitido trabajar con gente a la que admiraba. Admiraba a Emma Suárez y Alberto San Juan, y conté con ellos en mi primer largometraje. Es algo muy bonito que me ocurre desde los cortos con Verónica Echegui, Bárbara Lennie, Roberto Enríquez, Silvia Abascal…
– ¿Es suyo el guion adaptado en la próxima serie El problema final?
– No. Lo escribió principalmente Alberto Macías. Incorporó más novedades en el desenlace para que tuviera un desarrollo visual que satisficiera igual que la novela. En el libro, el final se puede contar todo en un diálogo o en la voz del narrador. Para que eso tuviera un crescendo potente en imagen hizo falta una gran creación de Alberto Macías.
– ¿Está usted contento con el reparto?
– Mucho. Están José Coronado, Maribel Verdú, Gonzalo de Castro, Martiño Rivas y María Valverde, con un papel muy especial, una creación muy bonita. Vamos a verla en un registro diferente a lo que había hecho anteriormente. Interpreta casi a una Grace Kelly. Yo la llamaba ‘la Grace de Carabanchel’ [sonríe].
– ¿Dónde transcurre la historia?
– Primero en una isla mediterránea y luego en España. En los años cincuenta. Ha sido un trabajo comodísimo, he accedido a un alto nivel de producción para poder recrear la novela en un hotel de lujo del Mediterráneo. Decorados y vestuario de nivel. Por otros medios habría sido una dedicación de siglos. En cambio, esto ha sido un tránsito muy divertido.
– ¿Le gusta la docencia?
– Aparte de contar historias y de rodar y, me apasiona transmitir ilusión por esta profesión. Hace poco tiempo impartí una masterclass divertida y entrañable. Y he tenido la preciosa experiencia de enseñar en un curso de dirección cinematográfica en la University of Washington, en Seattle [Estados Unidos]. Algún año también di un curso de verano en la University of Oregon, en Eugene [Estados Unidos]. Es algo que me divierte.
– En Navarra le recuerdan por cierto spot televisivo.
– Me permitieron meter elementos surrealistas en un trabajo para una entidad financiera. En lugar de oficinistas hablando de hipotecas, yo quería un hombre vestido de alce. Fue divertido. Ese anuncio también lo pusieron mucho en los cines.
– Hablando de cines: ¿recuerda en qué sala de Pamplona se dio cuenta usted de que quería dedicarse a esto?
– Yo iba mucho a ver películas. A veces con mi tía Elisa, a veces con mi padre. Recuerdo los cines Olite, Carlos III, Avenida, Iturrama, Golem… Hoy solo existen los Golem. Vi varias veces Annie Hall, de Woody Allen. No solo me divertía, también me llenaba de una melancolía muy especial y mágica. Quise verla varias veces para empaparme, para aprender.
– ¿Qué elemento formal o de fondo intenta que haya en todas sus obras?
– No sé… Hablar de uno mismo es como alimentar el ego. Intento que haya empatía hacia los personajes, una mirada comprensiva hacia ellos, incluso hacia los más excéntricos.
– ¿Qué le apetecería hacer en el futuro?
– Ojalá pueda seguir contando historias. Es lo que me apasiona. Y ojalá siempre haya un público a quien le guste que yo le cuente historias. En este momento disfruto mucho de los proyectos más narrativos. Se han ido enlazando. En No mires a los ojos o Una vida no tan simple, mis últimas películas, he trabajado a gusto con equipos maravillosos que me han enseñado mucho.




