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11-05-2020


Archivo AISGE (2018)


Fernando León de Aranoa



“Aunque tengan epidermis realista, mis historias tienen corazón de ficción”



Dibujante vocacional, cineasta de rebote, se entrega en sus películas como en la primera, hace ya 22 años. Acaba de estrenar ‘Loving Pablo’, su séptimo largo, y el cuerpo le pide recluirse en una producción menos ambiciosa. Regresar a los orígenes sin perder la inocencia


JAVIER OLIVARES LEÓN

REPORTAJE GRÁFICO: ENRIQUE CIDONCHA

Pasear junto a un tipo de 1,98 produce un inmediata sensación de cobijo. Rumbo a ese reconfortante café en el castizo Lavapiés, el pívot acapara las miradas: es uno de los vecinos ilustres del barrio. Serio y elegante, intimida aún más con ese abrigo largo casi de superhéroe. Pero en las distancias cortas regala amabilidad. Fernando León de Aranoa nació en mayo del 68, y eso imprime cierto carácter. Dice que no ha pensado en la celebración de sus 50 años –“La única vez que hice una fiesta fue a los 40, una edad de valor simbólico”– porque aún está absorbido por la promoción de Loving Pablo. Han transcurrido pocos días desde el estreno de su séptima película, un retrato del narcotraficante Pablo Escobar a partir de las memorias de la periodista Virginia Vallejo. Esta superproducción se rodó en Colombia y la encabezan sus amigos Javier Bardem y Penélope Cruz.


– ¿Qué es lo más acertado que ha escuchado sobre Loving Pablo?

– Ayer alguien dijo que hacía mucho tiempo que no había pasado 122 minutos ante una pantalla de cine con el frenesí y la intensidad de Loving Pablo. Era un reto contar el viaje temporal de los protagonistas en dos horas. Ese comentario reconforta.

– ¿Y lo más crispante?

– Que las series quitan espacio o razón de ser a la película. Queríamos hacer una historia muy cinemática, que plasmara bien la desproporción que representaba Escobar. Era un reverso tenebroso del realismo mágico. La grandilocuencia de los escenarios naturales de Colombia no cabe en un televisor, una tablet o un móvil. Y el trabajo de Javier, la posibilidad de que lo hiciera, no me lo quería perder yo como espectador ni como cineasta.

– Da la sensación de que la producción fue generosa. Hay escenas ambiciosas, como la de ese avión con un cargamento de droga que aterriza en una autopista.

– Sucede algo curioso: los personajes de mis historias son los actores que las recrean, no lo que yo he escrito. Me ocurre lo mismo con las escenas grandes, desde esa del avión a la persecución del narcotraficante en su escondite. Las veo y estoy orgulloso de ellas. Pero no suelen ser como mi visualización previa.



– ¿Después de rodar con estrellas, firmaría otro Barrio?

– Estoy convencido de que sí. De hecho, es un anhelo. Entre los proyectos que siempre tiene uno, alguno guarda relación con eso. Tras estar inmerso en una dinámica de trabajo como la que exige Loving Pablo, me gusta recluirme en algo más pequeño. Por eso hago documentales. Lo próximo podría ser una ficción más pequeña en términos de producción.

– ¿Qué ha sido de Rai, Javi y Manu, los protagonistas de aquel filme?

– Hace poco hice un encuentro con Críspulo Cabezas (Rai) en un instituto. Es actor de teatro y le va bien. Tiene la misma cara de niño a sus 37 años. El que hacía de Manu, Eloi Yebra, está en un grupo de hip hop. Y Timy Benito (Javi) también se dedica a la música [ha tomado el nombre artístico de Tom Bennet].

 O sea, ¿ninguno se descarrió?

– No, no. Son buenos chavales.

– Una curiosidad: ¿le impusieron a la exmiss Amparo Muñoz en el reparto de Familia?

– No. Fue sugerencia de Elías Querejeta. Quería que la probase para el personaje de Sole [finalmente encarnado por Ágata Lys], y me gustó tanto su trabajo que le asignamos el papel de Carmen. He tenido la suerte de que nunca me hayan impuesto a ninguna persona en casting. En las tres primeras cintas, con Elías en la producción, pude tener alguna imposición, pero siempre fue muy respetuoso con eso. Y en Loving Pablo, excepto los tres españoles [Bardem, Cruz, Óscar Jaenada], todos los actores han sido colombianos. 

– ¿Le gustaron las adaptaciones de Familia al teatro?

– La de Carles Sans, la única que he visto, me pareció bien. Y he recibido vídeos de Argentina, donde han hecho varias. Pero en vídeo el teatro… es poco apreciable.



– Antes de Pablo Escobar su trayectoria parecía regirse por asuntos o colectivos: paro, cooperantes, inmigrantes, prostitución… ¿Qué le queda?

– No elijo los temas por gremios o asuntos. Quizá sí con Los lunes al sol y el paro. Sí admito que algunos me inquietan más que otros, como a todo el mundo. El enganche puede ser el personaje, ya sean parados, inmigrantes o prostitutas. El personaje de Marcela en Amador no se enmarcaba en una historia de inmigración, pero estaba condicionado por su situación.

– ¿Le gusta más el retrato que el paisaje?

– Sin duda. He estado en el Museo del Prado el fin de semana y sé bien adónde dirigirme. Me pasa exactamente igual con la narración: me gusta más la expresión que el entorno social. Eso es más para el ensayo, y yo soy más retratista que ensayista. El ser humano es el mejor paisaje que existe. Me interesa mucho la realidad como ciudadano, pero sobre todo soy un contador de historias. Es lo que me divierte. Por eso mis historias, aunque tengan epidermis realista, tienen un corazón de ficción, donde la fabulación –en Familia, en Los lunes…– es muy importante. 

 

   El madrileño León de Aranoa entró de rebote en la facultad de Ciencias de la Información, rama Imagen y Sonido, porque se le pasó la fecha del examen de acceso a la de Bellas Artes. Y eso que pasó todo el verano perfeccionando su trazo en un estudio. Por más requiebros burocráticos que intentó, no obtuvo la ansiada plaza. Mientras estudiaba se hizo un hueco en TVE como guionista de Martes y Trece, y estuvo dos temporadas con el equipo del concurso Un, dos, tres.


– Quizá en su forma de ver el cine y la vida se impone el hemisferio más plástico de su cerebro, el de Bellas Artes.

– Siempre hay algo plástico en la mirada. Me gusta dibujar, me he ganado la vida como dibujante. Incluso hago storyboards. Es un don tener esa herramienta: “Un momento, que me explico con un dibujo”. Pero no sé cuánto influye en el trabajo. Seguro que tengo ojo para la perspectiva, y si algo no está bien, detecto el fallo. Por ejemplo, si se graba un plano con un croma o un angular inadecuados. Eso salta a la vista, interviene el ojo de dibujante.

– ¿Dibuja todos los días?

– Es probable, sí [sonríe].

– ¿Y escribe?

– Creo que también. En cortas distancias falta tiempo, pero siempre apunto cosas.

– Su ordenador rebosa de tesoros literarios y fílmicos.

– ¡Uf! En el ordenador tengo producción para tres vidas mías [risas]. Lo resumía bien el escritor Adolfo Bioy Casares. Llegaba al final de su vida y tenía mucha ansiedad por las historias que no podría contar: las novelas se convertían en cuentos para darles salida. “¿Se podrían ceder a otros escritores?”, se preguntaba. Claro. Pero el buen escritor quiere sus historias. Solo aceptan herencias los malos escritores. Y no interesa que esos desarrollen tus historias. “Me moriré con citas en el corazón a las que nunca podré acudir”, vino a decir. Es habitual que los guionistas tengamos los cajones llenos. 



– Rodó Un día perfecto, sobre cooperación. Lo que ha sucedido en Haití, con voluntarios de Oxfam manchados por “malas prácticas”, ¿ocurre con frecuencia, por lo que usted conoce?

– No conozco más que el titular, falta profundidad. Doy credibilidad a la noticia que ha saltado, pero usar este tipo de informaciones para tachar o empañar… No es bueno generalizar. He trabajado con MPDL, Médicos sin Fronteras, ACNUR… y no he visto nada extraño. He visto lo contrario: la determinación de la gente pese a los pocos recursos con los que se mueve. Sobre el terreno, cada peseta está destinada a lo que importa. Estás allí, en un lugar delicado, te dan un peto suyo por seguridad… y la gente se acerca a ti por el hecho de llevar el anagrama de Médicos sin Fronteras. Hostia, es emocionante. ¡Y yo era un simple documentalista! Nada debería empañar esa labor. Es formidable.

– ¿Dirigir a estrellas de Hollywood acarrea problemas? Siempre se habla del rapto de divismo de algunos.

– No es el caso. Javier y Penélope son amigos míos, pero exigentes en el trabajo, como yo. Voy hasta el fondo en todo, el compromiso con el trabajo está ahí. Con Benicio del Toro, además de rodar durante toda la semana Un día perfecto, también nos reuníamos los domingos para preparar la siguiente. Hay tensión de trabajo permanente para que todo salga bien. No hay las típicas tonterías del tipo “estoy más cómodo en este plano o con esta ropa”. Esa era una producción enteramente española. Y en la producción, todo lo externo estaba pensado para que Benicio o Tim Robbins estuviesen cómodos. Como en una producción más grande.

– ¿Qué ha ganado y qué ha perdido como cineasta en 22 años de carrera?

– No lo sé. Quizá la inocencia a la hora de afrontar el oficio. A veces piensas que sería mejor no haberla perdido. Diría incluso la inconsciencia [risas] de aquellos primeros trabajos como guionista y director. Cuando fuimos a Bosnia en 1995 [para un documental a petición de trabajadores humanitarios] era una inconsciencia suprema. “No puedo perderme la ocasión de ir 30 días a una zona de conflicto para hacer un documental”, me dije. Y no lo había hecho en mi vida. Aprendí sobre la marcha del oficio y de la situación, más en directo que en los informativos.

– ¿Y esa inocencia permaneció en las ficciones?

– Se va perdiendo, pero intento no perderla del todo. Intuyes lo que puede ser la industria… No piensas en la crítica ni en la taquilla. Estamos hablando de antes de ponerme a rodar Familia [1996]. Lo que sí conservo es la costumbre de involucrarme en cada película como si fuera la primera o la última. Por encima de mi salud. Incluso para que mis cercanos me prevengan: “Tienes experiencia, llevas siete películas, no chequees todo 32 veces”.

– ¿El tiempo le hace a uno exquisito? ¿Dan pereza los trámites cotidianos de un rodaje?

– No, no. El que es obsesivo, lo es siempre. Sonrío porque recuerdo anécdotas de Barrio. En el fragor del rodaje, con muchos frentes abiertos, en unos respondes y en otros pierdes metros. De repente cuesta hacer algo, pero me niego a desistir: “¿Cómo que no se puede? Seamos creativos y pesados. ¿Con quién hay que hablar para poder obtener ese permiso? Yo lo llamo”. La insistencia ha de conducir a la película soñada. Mi ayudante de dirección, Marcos Ruiz, preguntaba en los estrenos de Familia o Barrio: “¿Cuánto se parece a la película soñada? Nos hemos quedado al 80 por ciento”. Siempre procuro que sea el 100 por cien.



– ¿Coincide con Millán Salcedo y Josema Yuste, los de Martes y Trece?

– No mucho. A veces me he cruzado con Millán y nos hace ilusión vernos. Trabajé con él a mis 18 o 19 años. Tengo un recuerdo magnífico. Siempre fue muy gracioso y cariñoso. Al conocer ese dato, la gente me pregunta por lo de la empanadilla de Móstoles. Y me apresuro a contestar: “Por desgracia, no es mío”.

– ¿Participaban los cómicos en los guiones?

– Ellos escribían también. Su propio talento brotaba. Un equipo de tres personas hicimos guiones durante dos o tres años. Todos los lunes había reuniones en las que poníamos cosas en común con Josema y Millán. Algunas entraban directamente, a otras se llegaba a través del consenso. Y había una tarde completa de parto conjunto. El resultado no se parecía en nada a lo que se escribía [sonríe].

– Hacían gracia algunas cosas hoy políticamente incorrectas: “Soy maricón d’España”, “Mi marido me pega”… Hablamos de 1985, de anteayer.

– Ahí notas cómo cambia la sociedad, incluso culturalmente. Recuerdo varios casos así. Estos 30 años han cambiado el contexto.

– ¿Mantiene contacto con Chicho Ibáñez Serrador, padre del Un, dos, tres?

– Cuando una década después estrené Los lunes al sol y nominaron la película, hizo por hablar conmigo y felicitarme. Yo tenía ya 32 años. Me sucede como con Millán Salcedo: me habían visto tan joven que me seguían sintiendo algo suyo. Son cosas que aprecio. 

– ¿Cómo va esa colaboración documental con Joaquín Sabina?

– Hicimos un acercamiento serio en 2010. Luego se fue de gira con Serrat [Dos pájaros de un tiro] y no ha vuelto a darse la ocasión. Hay otro rodaje de hace cuatro o cinco años y nos gustaría retomarlo, pues es un material muy interesante.



Cinco personas clave


En cuatro lustros largos de carrera, León de Aranoa ha coincidido con profesionales que han marcado parte de su obra. Acepta el juego de definirlos.

- Elías Querejeta (productor de Familia, Barrio y Los lunes al sol). El encuentro con él fue todo un hallazgo, es el productor 10. Y alguien con quien conversé mucho en comidas que duraban hasta la cena. “Tú haces cine para poder hablar y discutir de cine”, le decía. Un gran pretexto.

- Javier Bardem (Los lunes al sol y Loving Pablo). Uno de esos amigos que surgen cuando crees que ya los tienes todos, a los 30 o 31 años, poco tiempo antes de Los lunes al sol. Tiene una nobleza excepcional. Alguien le ha dicho recientemente: “Parece que naciste con el personaje puesto”. Y es cierto que desaparece detrás de los personajes: a veces busco a Javier y no lo encuentro. 

- Penélope Cruz (Loving Pablo). Aunque la conocía, nunca había trabajado con ella, y fue un sueño. Ya desde la primera escena de Loving Pablo, muy extrema, confirmó su talento. Ha construido un personaje con muchos ángulos. Ha clavado a Virginia Vallejo.

- Candela Peña (Princesas). Una de las personas con las que más me he reído en un rodaje. Creamos el personaje de Caye a base de reuniones en bares de la zona. Y tras cuatro reuniones íbamos por la página seis. Ella cuenta que estuve encima de su papel, y es que los diálogos son importantísimos. Tienen música, rimas internas, su propia métrica. La preparación de Princesas y Los lunes… fue intensa.

- Tim Robbins (Un día perfecto). Un gran interlocutor, ilustrado. Antes de rodar con él se lo sabía todo sobre España. Le interesaba todo. Lo bueno de trabajar con gente así es que lo hace fácil. Tenía claro el personaje de Un día perfecto y le gustaba ese alma punk. Yo tiraba del grupo Ramones, y él en los ochenta debió ser punki, porque me propuso bandas de Los Ángeles de esa década. Nos entendíamos bien. La música nos dio pie a definir a B, su papel.

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