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10-09-2026

Mi vida en películas

 

Fernando Trueba: “Sólo hago pelis de gente a la que pueda amar. Soy un blando”

 

El discurso del Óscar. Las tertulias con Rafael Azcona. Aprender de Woody Allen y Billy Wilder. La felicidad de ver a la gente feliz. Y la pasión inquebrantable por el cine, más aún si es musical. Imposible no quererle

 

EVA CRUZ (@evamasymas)

Texto y fotos

La nueva temporada del podcast Mi vida en películas, que promueve Ámbito Cultural (El Corte Inglés) en colaboración con Cinemanía y la Fundación AISGE, y que dirige y presenta la periodista Andrea G. Bermejo, no podía empezar mejor: una sala abarrotada de personas completamente fascinadas por las anécdotas y reflexiones que se le caían de la boca sin esfuerzo alguno a un Fernando Trueba (Madrid, 1955) en plena forma.

 

Bermejo empezó preguntándole por el “mejor discurso de agradecimiento de la historia de los Óscar”, aquel que Trueba ganó en 1993 por Belle Époque, en el que declaró que querría agradecerle el premio a dios, pero que él solo creía en Billy Wilder (“así que gracias, Billy Wilder”). Contó después que durante todas las jornadas de promoción de la película en Los Ángeles se advertía a sí mismo que todo eso no era para tanto, que muchas veces ganaban las peores películas y las buenas se quedaban fuera, y que, además, la china (Adiós a mi concubina, de Chen Kaige) era la favorita y ganaba seguro. Sin embargo, “porque soy gilipollas”, antes de la ceremonia soñó que le daban el premio a él, y al despertarse se lo comentó a su mujer, la productora de la mayoría de sus proyectos, Cristina Huete, y le explicó, además, que había soñado que se lo agradecía a Billy Wilder. “Pues si te lo dan, eso es lo que tienes que decir”, le dijo Cristina. “Pero se lo darán a la china”, insistió Trueba. “Bueno, pues en el remoto caso de que te lo den, eso es lo que tienes que decir”. Y lo dijo. Billy Wilder (con quien ya tenía relación y que además confiaba mucho en las posibilidades de Belle Époque) le llamó al día siguiente: “¡Cómo se te ocurre decir eso! ¡Ahora la gente que se cruza conmigo por la calle se santigua!”

 

La anécdota –divertida, bien contada y, sobre todo, real– está en la base del trabajo de Trueba. Es algo que le enseñó el guionista Rafael Azcona. La primera vez que Trueba le propuso a Azcona un proyecto, el escritor lo rechazó: “Yo solo conozco la realidad, y tú vives en ese mundo de fantasía de las comedias americanas. Tú quieres hacer una comedia americana, como de Cary Grant. A ver, siéntate aquí conmigo en esta terraza y mira a toda esta gente. ¿Ves a algún Cary Grant? ¿No se parecen más a López Vázquez? Cuando quieras hacer una película con estos, me llamas”. Y estos, claro, eran los españoles normales. “¿Un gag?”, decía Azcona. “Yo no sé lo que es un gag, nunca he escrito un gag”. Y Trueba le replicaba con ejemplos de El verdugo: “¡Esa boda de pobres que va después de la boda de los ricos, que hay un sacristán apagando velas y recogiendo la alfombra de tal modo que los novios tienen que dar un saltito! ¡Eso es uno de los mejores gags de la historia del cine!” Y Azcona aportaba el argumento definitivo: “esa fue la boda de Berlanga y María Jesús”.

 



 

Trueba recuerda que a Azcona, si le dabas una anécdota buena, graciosa y real, le hacías feliz. Como feliz fue la experiencia de escribir Belle Époque a seis manos (junto con José Luis García Sánchez) en el ya desaparecido restaurante El Frontón, donde quedaban todas las semanas a comer, hablar y reír. “Cómo nos divertíamos”, resume Fernando. Tanto, que Azcona pensaba que el resto de los comensales (ejecutivos, futbolistas…) les odiaban: ellos ahí, hablando de sus negocios, y esos tres tipos muertos de risa.

 

El juego de la comedia

La comedia que más influyó en el Trueba joven fue Annie Hall (1977), de Woody Allen, porque le demostró que el humor podía ser autobiográfico, o al menos beber de la experiencia personal, y no solo ser un artefacto de precisión, como, por ejemplo, Ariane (Billy Wilder, 1957: en inglés, Love in the afternoon) que, según Trueba, es la primera película en la que entendió cómo se construye un filme, antes incluso de saber qué era y qué hacía un director. “La vi dos veces en una tarde. Fue como descubrir las reglas de un juego. Darme cuenta de que eso está organizado, que no es como un cuadro de Jackson Pollock. Fue una epifanía, y probablemente esa experiencia constituya el embrión de mi deseo de hacer pelis”.

 

Bermejo aprovecha para preguntarle por la próxima película que Woody Allen tiene previsto rodar en España. Trueba expresa cierto escepticismo. “La va a rodar con 92 años y ha cogido de director de fotografía a José Luis Alcaine, que tiene 87. ¡Eso va a ser el frente de juventudes! Alcaine ya en La reina de España [2016] se echaba unas siestas que no veas. Y Penélope Cruz me ha contado que tiene una enorme colección de fotos de Woody Allen dormido en los rodajes que ha hecho con ella. Que yo le he dicho que con eso hace una exposición y será un éxito. ¡El sueño eterno!” La sala hace un rato que ha estallado en carcajadas…

 

 

Eso le pasa bastante a Trueba. Que la risa le acompaña. Su primer largometraje, Ópera prima (1980), tuvo tanto éxito que la experiencia encerró incluso su punto traumático. El plan era proyectarla durante diez días en el cine Paz, en la calle Fuencarral, una sala con nada menos que 995 butacas. La película –española, dirigida por un desconocido, una comedia que parecía improvisada “aunque los diálogos estaban escritos al cien por cien”– no tenía visos de funcionar. Y,sin embargo, el milagro del boca-oreja se hizo realidad. A los diez días ya se formaban colas en la calle (“¡para una sala de mil personas!”), y permaneció todo un año en la cartelera del Paz.

 

Risas que tapan los diálogos

A Trueba le daba tanto apuro que cambió sus recorridos por Madrid para no pasar por delante del cine: “todavía lo pienso y me pongo colorado”. Pero un día decidió entrar y sentarse entre los espectadores, en un pasillo, en el suelo, porque el cine estaba muy lleno. “No miré la pantalla en ningún momento. Me tapaba la cara, pero escuchaba a la gente reírse. Qué sensación de felicidad. Fue uno de los momentos más importantes de mi vida. Ver que la gente se estaba riendo tanto. De la risa, no se oían los diálogos”.

 

 

Una vida llena de momentos felices, apostilla, porque Trueba cree mucho en el disfrute. “El valor supremo de la vida es la bondad, por delante de la inteligencia y del humor, que serían los siguientes”. Y en seguida, también, el placer. Él disfruta tanto haciendo películas, sobre todo las musicales (Calle 54, Bajañí), que a veces hasta se siente culpable. “Qué egoísta”, se decía durante el rodaje de Calle 54, mientras caminaba por la calle; “estás haciendo esta película para pasártelo bien. Ahora se va a caer esta cornisa y te va a matar, por mamón. Pero luego pienso: habrá gente que lo va a disfrutar. Nosotros hemos sido tan felices, que, si ellos se lo pasan la mitad de bien, habrá merecido la pena”.

 

Sobre el guitarrista almeriense Niño Josele, el protagonista de la recién nacida Bajañí (se proyecta en San Sebastián fuera de concurso), anota que es “el artista más puro” que ha conocido. “Siempre toca por la belleza. A eso dedica su vida y todas las horas en su casa, tocando para que su guitarra suene siempre mejor”. Y la filosofía de Trueba se acerca mucho a eso: quiere recomendar a la gente que disfrute. “Darles un subidón de placer y energía. Contemplar algo hermoso es de los momentos mejores de la vida. Para que sean felices en plan bestia. Que les dé un ataque de belleza”.

 

Durante la churla hubo también momentos para recordar su infancia, en la que no había tanto placer. “En mi casa no había un sofá, solo sillas. Yo veía las casas de mis amigos y pensaba: Me cago en su madre, qué suerte, estos con sofá. Pero mi padre decía: Yo no crío holgazanes. El sofá es para vagos”. A pesar del autoritarismo paterno, su madre, muy cómplice de Fernando, quiso un sofá, que al final llegó al hogar: un sofá de skay en el que el director recuerda ver con su madre Carta de una desconocida, los dos llorando como magdalenas. Trueba reconoce que la mayor parte del cine que descubrió de joven lo vio en la tele, en aquellos ciclos que programaba la televisión pública del franquismo y de arranque de la democracia. En la pantalla pequeña, por ejemplo, vio Casablanca por primera vez. “Puede que las haya mejores, pero Casablanca es la película. Lo tiene todo: es de amor, pero también de desamor; es histórica, acaba bien pero también acaba mal. Es una película rarísima”.

 

 

El ciclo que dirige Bermejo lleva por título Mi vida en películas y Trueba comentó que le encanta la frase porque, efectivamente, él es capaz de contar su vida en películas. Cuando estaba a punto de nacer su hijo Jonás, hoy también director de cine, él estaba en Mallorca rodando Chicho o mientras el cuerpo aguante: una comedia didáctica, un documental sobre Chicho Sánchez Ferlosio, hermano del escritor Rafael, que vivía en Sóller y cogía el tren de madera a Palma para tocar delante de los turistas y pasar la gorra. Pero solo tocaba dos canciones, las que hicieran falta para conseguir lo suficiente para una pequeña compra que le durara una semana. Era un modelo de vida desobediente con respecto a las normas de la España moderna y tecnocrática que defendía en aquel momento la UCD, y a Trueba le gustaba “ponerles delante la foto de Chicho, que demostraba que hay otras formas de vivir”. La desobediencia, a Trueba siempre le ha parecido atractiva. Ahora, Chicho… ha sido restaurada por la ECAM, dentro del máster de Restauración que ofrece la Escuela, a partir de un negativo que Trueba creía perdido. “Es una peli muy poco comercial, improvisada al cien por cien”. Pasará por el Festival de San Sebastián y se reestrenará en salas el 25 de septiembre.


 

Para el recuerdo quedará la historia de cómo Trueba conoció, a los 17 años, al director de cine Robert Bresson, una anécdota tan graciosa e inverosímil que seguro que a Azcona le divertía muchísimo. Andrea Bermejo le insistió en que la contara en la sala y él al principio se resistió: “¡Es que es muy larga! ¡No la sé sintetizar!” Si ustedes quieren escucharla, no se pierdan el podcast de la entrevista. Porque, efectivamente, es demasiado larga para este artículo. Y, además, escuchar cómo disfruta Trueba contándola no tiene precio. Lo hace por nosotros, para hacernos felices. Será que nos ama, como a todos sus personajes.


 

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