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24-06-2020

Archivo AISGE (2018)


Frank Feys


“Sueño con dejar de 
interpretar al extranjero”


Profesor europeo de corte norteamericano. Compañero ante la cámara de Tim Robbins, Demi Moore y Jessica Lange. Este belga ha encontrado su sitio en Barcelona


FRANCISCO PASTOR

Aunque nació en Bélgica y se formó en Beverly Hills, el actor Frank Feys eligió vivir en Barcelona. Allí ha pasado 15 de sus 52 años y ha asentado una escuela de interpretación: Actors Workshop. A través de ella trae a España la cultura del reciclaje y la formación continua, tan extendida entre los artistas del extranjero. En ese mismo taller, como este flamenco menta con orgullo, se formó Hannah New antes de llegar a El tiempo entre costuras.


   El suyo es el único centro en España que divulga oficialmente el método de Ivana Chubbuck, la coach que ha ayudado a estrellas como Sharon Stone, Brad Pitt o Halle Berry con algunos de sus personajes. Se trata de una dura técnica de introspección, cercana a la confesión y el psicoanálisis, conocida por partir de los rincones más amargos del alma. Acomodado en la butaca de una cafetería con vistas a la Gran Via de Les Corts Catalanes, Feys anota que el dolor, cuando se habla de arte dramático, queda lejos. Nunca duele demasiado si de actuar se trata.


   De vuelta de Londres, hasta donde ha viajado para una prueba, el artista está recogiendo los frutos de una larga trayectoria. Cuando salió de la ciudad de Veurne, el actor no esperaba trabajar junto a Tim Robbins, como ocurrió en Un día perfecto (2015). O frente a Demi Moore y Jessica Lange: así le vimos enComo reinas (2016). En España también se le acumulan las labores, pues tiene pendiente de estreno con Mario Casas El fotógrafo de Mauthausen, donde actúa a las órdenes de Mar Targarona.


   Al profesor le avala desde hace una década otra decena de papeles en la ficción española. Su primer trabajo aquí fue junto a Luisa Martín en el El caso Wanninkof. Desde entonces ha pasado por Águila Roja El Ministerio del Tiempo. En todas sus apariciones ha hecho de extranjero. Lo cierto es que puede presumir de hablar cinco lenguas, aunque es el inglés la que se le escapa de vez en cuando ante las expresiones más vivas.

 

— Numerosos actores españoles lamentan sus condiciones de trabajo. ¿Qué le trajo hasta Barcelona?

— Siempre quise vivir aquí. Pero ocurrió después de estudiar en California. Volví a casa, en Bélgica, y se me quedó muy pequeño. Así que me vine a España. Entiendo esos lamentos porque a mí mismo me costó mucho hacerme un hueco. Sentía que una minoría acumulaba el trabajo y dejaba fuera a los demás. Y es una pena: si nos fijáramos en los actores anónimos, veríamos la cantidad de talento a la que renunciamos. También se producen decenas de películas cada año, pero… ¿cuántas se distribuyen? ¿Alrededor de 10? Pienso que ese abandono está muy relacionado con la política. Miro a Francia y allí no importa el color del Parlamento: la cultura no se toca.



— ¿Ha visto cambiar la ficción española en los 15 años que lleva aquí?

— Desde luego. Los actores y realizadores españoles que se han formado en el extranjero están dando un paso al frente, y eso empieza a mostrar sus efectos. En Europa siempre se escribió una ficción de emociones, por ello los actores europeos nos fijamos en los sentidos. Pero el método americano se olvida de la emoción y se ocupa de la trama y la historia. Esa forma de trabajar crea guiones más interesantes. Pienso en La casa de papel. ¡Ojalá pudiera actuar en ella! Por desgracia, sí nos parecemos en los ritmos de la producción. Lo digo por mí, pero acordándome de Hannah New: salió de la escuela, viajó fuera de España y encontró un mundo en el que debía rodar con tres cámaras a la vez y clavar el texto a la primera toma. Me lo contaba y no me lo creía. Quizá a un veterano le estimule trabajar a ese compás, pero para quien está recién llegado es diferente.


— Montó su escuela solo un año después de desembarcar en Barcelona.

— Cuando llegué me vi perdido. Me presentaba a pruebas y lo alternaba con todo tipo de trabajos. Hasta que recordé que mi madre, que era tutora de natación, había enseñado a más de mil niños a lo largo de su vida. Yo había sido profesor de inglés en Bélgica. Me di cuenta de que en Europa no existía esa tradición de la formación continua que había conocido en Norteamérica: aquí los actores estudiamos cuatro años y a la calle. En Los Ángeles, en cambio, coincidía en clase con intérpretes veteranos a los que no les faltaban ofertas, pero seguían aprendiendo entre rodaje y rodaje. ¡Un taller es un gimnasio del alma! Y para poder mantenerla en forma, hemos de volver a la escuela de vez en cuando.


— Y un profesor, ¿qué aprendizaje extrae al coincidir con intérpretes como Shirley MacLaine o Benicio del Toro?

— Fuera del plató intento buscar la parte humana: descubrir a la persona que hay detrás de cada estrella. ¡Lo que me costó un selfi con Jessica Lange! En los rodajes me sucede lo contrario: me quedo con su confianza en sí mismos. Con esa presencia tranquila que no llega a la arrogancia. Cuando actuamos tenemos que olvidarnos de las otras 80 personas que trabajan a nuestro alrededor en el estudio. Nosotros también tenemos una labor que acometer, y solo de eso debemos estar pendientes en ese momento.


— Desde hace dos años imparte la técnica de Ivana Chubbuck. ¿Es fundamental trabajar desde el dolor? 

— No hay que buscarlo, solo afrontarlo, dejar de escondernos de él. Los actores acumulamos una frustración tras otra, así que cargamos con un gran duelo. Yo sabía que Ivana me destrozaría, pero no para hacerme daño, me enseñó a convertir todos mis miedos en trabajo. Y hablo de los miedos cotidianos, ni siquiera hace falta acudir al pasado, como proponía Stanislavski. Por ejemplo, una discusión de pareja, cualquier cosa puede convertirse en arte. Nunca había tenido la certeza de que los actores fuéramos artistas, que estuviéramos creando algo al recitar el texto de otros. Hasta que trabajé con Ivana. Desde aquel momento no entro en las pruebas con la intención de agradar a los demás. Solemos creer que, si hacemos lo que nos piden, nos van a dar el papel. Y dije adiós a esa actitud. Conocer a Ivana es lo mejor que he hecho en mi vida.


— ¿Qué vínculo se crea entre profesor y alumno al trabajar con una técnica tan personal?

— Es una relación muy íntima. Me parece un verdadero lujo conocer a alguien de esa manera. Yo me abro. Y ellos también. Así descubrimos mucho. He dado clase a actores de todas partes del mundo, desde Europa a China, y compruebo que somos iguales. Nuestros deseos y anhelos pueden cambiar de disfraz, pero no dejan de ser los mismos. Todos queremos ser amados. Y lo sé no solo desde la docencia, sino como intérprete: nuestro trabajo consiste en entrar en el alma humana, y yo disfruto mucho haciendo esa labor.


— A propósito de sus alumnos de otras razas: movimientos de actores africanos y asiáticos piden más colores en la ficción que se hace hoy en España. ¿Se identifica con ellos?

— ¡Naturalmente! Los extranjeros somos parte de la sociedad española. Y la ficción debería reflejarlo. En España hay ciudadanos negros, chinos, europeos, sudamericanos… Hay que estar en un círculo muy cerrado para encontrarnos solo con personas que tengan ascendencia española. Y yo he vivido prejuicios similares a los que ellos están denunciando, aunque Bélgica quede cerca. Mi agente [Alejandro Lanaja] siempre me dice que, si fuera español, trabajaría cada día. Ser flamenco es raro: en Norteamérica encajaba en cualquier personaje europeo. También trabajé en Holanda, pero solo alcanzaba papeles de belga. Aquí hago un poco de todo: inglés, francés, americano, alemán o ruso. Ahora, por fin, empiezo a conocer la constancia y a olvidarme de los altibajos, pero sueño con dejar de interpretar al extranjero.

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