FUERA DE CAMPO
Viaje iniciático en un Citroí«n Dyane
ELISA FERRER
Justo antes de cumplir los treinta, agarré mis ahorros raquíticos, a pesar de los años que había dedicado a alimentarlos, compré un billete a Buenos Aires, reservé tres noches en un hostel y me esforcé, mucho, por no planificar nada más. Estaba inmersa en una rutina que me tenía agotada y me pesaba la sensación de que nada de lo que hacía tenía sentido. Quería yo, señora de horarios militares y listas para todo, aprender a fluir, no hacer planes, descontracturarme, dejarme llevar. De algún modo, ese viaje era una manera de salir, aunque fuera por cinco semanas, de una vida que no me terminaba de gustar, de una realidad que nada tenía que ver con la que imaginé para mí años atrás. Y también, aunque suene ridículo, aunque suene un poquito new age, tenía que ver con entender quién era yo, quién quería ser.
El punto de partida de Nora tiene bastante que ver con esa sensación, con la pregunta que a casi todo el mundo le ha acechado alguna vez: ¿qué estoy haciendo con mi vida? O mejor, ¿qué quiero hacer con mi vida? La directora vasca Lara Izagirre pone a Nora, la protagonista que da nombre a su segunda película, en una road movie con todos los ingredientes que suelen servir para cocinar este tipo de historias; el viaje externo y el interno, el objetivo final de ese viaje y, por supuesto, el objetivo real, ese que tiene lugar en el subtexto, el del cambio, el de encontrarse a una misma, comprenderse y empezar, también, a quererse más. Es ahí, en esos ingredientes, donde encontramos elementos que ya hemos visto muchas veces en el cine y en la literatura, que nos van a sorprender poco; pecan algunos de un punto de idealización, otros de ingenuidad, también de romanticismo. Porque hay algo de naíf en esos encuentros, algunos deliciosos, otros forzados, que Nora va experimentando en el camino. Pero también hay una historia que transcurre con sencillez, con calma, sin pretensiones, entre caminos y carreteras secundarias que, como afirma la protagonista, son mucho más bonitas que las autopistas.
Porque esta es una película en la que la estética tiene un gran peso, con una cuidada fotografía de Gaizka Bourgeaud. Todo se ve a través de los ojos de Nora, que ilustra lo que siente, lo que observa. Así, el verde del paisaje del País Vasco a ambos lados de la frontera y el azul del Citroí«n Dyane se funden con las ilustraciones que ella garabatea en su libreta, ese involuntario cuaderno de viaje lleno de imágenes magnéticas, encantadoras.
Es curioso que estos dibujos sean de la propia actriz, Ane Pikaza, una fantástica ilustradora que demuestra en esta película, en la que aparece casi en cada plano, que también es una intérprete enorme. Su mirada, sus gestos, su naturalidad, construyen un personaje humano, profundo, cargado de matices. Y es una gozada ver, a pesar de lo breve de sus apariciones, a Ramón Barea como el padre de Nora, y, sobre todo, a Héctor Alterio que, aunque apenas aparece unos minutos, hace que su presencia, entrañable y sincera, se extienda a lo largo de la cinta. Su personaje, el abuelo de Nora, es una pieza fundamental en las decisiones de la protagonista: es cuando él muere y ella debe llevar sus cenizas junto a la tumba de su esposa en el País Vasco francés, cuando decide comenzar ese viaje anhelado que lleva demasiado tiempo posponiendo y darle un vuelco a su vida. Una road movie cargada de optimismo, que da ganas de llenar la mochila y escapar unos días. Que nos recuerda que no hay nada como huir para encontrarse a una misma.