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FUERA DE CAMPO


Mediterráneo, la vergüenza
de nuestra gran fosa común

 ELISA FERRER

            
            

Ilustración: Luis Frutos

 

Vivimos una realidad complicada, dura, arisca; una realidad que, quizá por sobreinformación, quizá por ignorancia, la mayoría de las veces nos pasa por encima sin que tengamos tiempo para reflexionar, para darnos cuenta de que mientras nos centramos en vivir lo mejor posible, en otros lugares del mundo la vida de muchas personas se desmorona por cuestiones geoestratégicas, políticas, climáticas. En estos días en los que en Ucrania se desata el horror, en los que muchos ucranianos tratan de huir de su país para sobrevivir, pienso en toda esa gente que, ante la desesperación, ante el pánico paralizante, lleva años poniendo sus vidas y las de los suyos en peligro para escapar de situaciones invivibles, de guerras sin sentido.

 

Me crucé de bruces con esta realidad que muchas veces nos negamos a mirar de frente cuando vi Mediterráneo, de Marcel Barrena, que, como muchas otras películas nominadas y galardonadas en la recién celebrada edición de la gala de los Goya, engrosa ya el catálogo de Movistar+. La película te obliga a pensar en toda esa gente que, después de pagar una enorme suma de dinero a las mafias organizadas que se lucran de las desgracias ajenas, y sin ninguna garantía de supervivencia, se suben a una lancha para huir de guerras, pobreza, desastres climáticos.

 

La cinta se sitúa en el otoño de 2015, cuando la guerra de Siria provocó una crisis migratoria en Lesbos; cuando en nuestras televisiones, en internet, apareció la imagen de Aylan, el niño afgano de tres años que murió ahogado en el mar, la imagen que se nos agarró a las retinas y nos hizo darnos cuenta de que lo que pasaba en Lesbos era una crisis humanitaria de la que todos éramos, de un modo u otro, cómplices. La foto, dolorosa, real, golpeó a Óscar Camps, propietario de una empresa de socorrismo en Badalona, que sintió que debía hacer algo para ayudar a detener la violación de los derechos humanos fundamentales que se estaban produciendo en el Mediterráneo. Acompañado por Gerard Canals, uno de los trabajadores de su empresa, se plantó en Lesbos para ejercer labores de rescate, para tratar de salvar el máximo de vidas posibles. Mediterráneo se centra en el germen inicial que desembocó en la ahora ampliamente conocida ONG Proactiva Open Arms, sus primeros rescates, sus primeros desencuentros con la policía griega, con los habitantes de la isla.

 

Rodada con cercanía, con la presencia constante del mar Mediterráneo: un personaje más, cargado de dobleces; a veces calmado, precioso, pero otras inclemente, brutal, cuyas profundidades esconden un cementerio que es la vergüenza de Europa, la vergüenza de un mundo, el nuestro, que no pone soluciones a las crisis que él mismo provoca. El mar Mediterráneo abordado también desde dentro, con cámaras acuáticas, primeros planos de los rostros de quienes rescatan, de quienes temen lo peor, de quienes se ahogan, de quienes sobreviven. Planos tan cercanos que sumergen al espectador en el agua, que angustian, que muestran la incapacidad para respirar, las olas que golpean, la sal que escuece. Las imágenes despiadadas de los refugiados que andan sin destino, del campo en el que viven en condiciones infrahumanas.

 

Las interpretaciones, sin duda, ayudan a conseguir ese efecto real, cercano. Brillante, como suele, Eduard Fernández, que se pone en la piel de Óscar Camps; Dani Rovira, contenido y grave, como Gerard Canals, y a ellos se suma la naturalidad de Anna Castillo y de Sergi López, que interpretan a la hija de Camps y a su socio, o de la griega Yiota Festa, que interpreta a Nora.

 

Una película en la que quizá falta más atención al detalle en algunas subtramas contadas con brocha gorda, pero en la que muchas de las pequeñas historias personales detrás de rescatadores y rescatados nos llevan a entender la grave problemática que nuestro mar engulle para regurgitar dolor. Una película necesaria para entender que decir barbaridades como “efecto llamada” para hablar de crisis migratorias en un mundo como este, que se resquebraja, no tiene sentido, y es fundamental que la Unión Europea busque soluciones más allá de provocar que olvidemos, que ignoremos, que decidamos mirar hacia otro lado.

           


           
            
                            
            
                

Elisa Ferrer (L'Alcúdia de Crespins, València, 1983) es licenciada en Comunicación Audiovisual por la Universidad de Valencia y diplomada en guion cinematográfico y televisivo por la ECAM. Obtuvo el Premio Tusquets en 2019 con su primera novela, 'Temporada de avispas'. También es autora (2014) de un ensayo sobre 'The Royal Tennenbaums', de Wes Anderson

        
 

       

       

       

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