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FUERA DE CAMPO


Ventanas

 ELISA FERRER

Ilustración: Luis Frutos

 

Aunque hayan pasado más de 15 años, nos recuerdo a mi hermana y a mí en el sofá viendo Porca miseria, una serie de Joel Joan que se emitió en TV3 entre 2004 y 2007. Recuerdo la escena exacta que nos obligó a apartar los ojos de la pantalla, mirarnos, reírnos a carcajadas. El personaje de Joel Joan, Pere, era guionista y su pareja, Laia, una bióloga que trabajaba en un equipo de investigación contra el cáncer. Un día, al salir de su piso, se encontraban a su vecina en el rellano. En realidad, no recuerdo si era una vecina o un vecino, solo recuerdo que había superado un cáncer. De todos modos, pensemos en una vecina. Al ver a Pere, la vecina se le acercaba, feliz, y le decía que qué maravilloso había sido el último capítulo de su serie, que se rio muchísimo, que, gracias a todos los buenos momentos que le habían regalado sus personajes, se había curado. La cara de Laia, que pasaba horas en el laboratorio investigando, que había conseguido tratamientos punteros para ayudar a los pacientes con cáncer, era un poema.  ¿Nadie le iba a agradecer nada? ¿Todos los méritos se los iba a llevar su pareja, que lo único que hacía era escribir guiones repletos de chistes?


Mi hermana es ginecóloga y yo, en esa época, trabajaba como guionista para la serie de RTVE Herederos, creada por Pablo Tébar y David Paniagua, y, aunque salvando muchísimo las distancias, nos sonaba esa situación. En cenas familiares o cuando encontrábamos a gente conocida, vivíamos momentos que nos recordaban sutilmente a esa secuencia hilarante que relataba la serie.


Estos últimos años, he recordado esa escena varias veces al pensar en cuál es el papel de la ficción en nuestro día a día, cuál es en momentos de crisis. Obviamente, guionistas y escritores ni curan ni salvan pacientes, ni arreglan crisis humanitarias, sanitarias o económicas. Pero podríamos decir que sus obras son una ventana que está ahí, al margen; una ventana a la que asomarse para llenar los pulmones de oxígeno, mirar hacia otro lado, escapar por un momento de la rutina, evadirse. Una ventana que a veces también sirve para comprender al ser humano, entender el mundo en el que vivimos, de qué pie cojeamos, en qué piedras tropezamos demasiadas veces, por qué no cesamos de repetir los mismos errores. Jorge Volpi, en su libro Leer la mente, afirma que “quien ha combatido decenas de mamuts de fantasía tiene más probabilidades de sobrevivir a la embestida de uno auténtico”, y defiende que las novelas, de algún modo, son una especie de práctica para vivir la vida. Algo también aplicable, claro, al cine y a las series.


Recuerdo cómo las películas que vi durante la pandemia me ayudaron a que me alejara de las cifras y el miedo durante unas horas, cómo ver una película acerca del Dombás en Filmin me ha ayudado a comprender mejor el horror que se vive al Este de Europa. Cómo después de horas de sobreinformación de los medios, sumergirme en una serie fantástica supone un bálsamo que me alivia de tanta tensión.   


Porque el papel de la ficción, aunque obviamente no merezca aplausos ni que se le dé más importancia de la que en realidad tiene, reconforta, y puede suponer ese salvavidas al que aferrarnos cuando ya estamos a salvo en la orilla y tememos que nos vuelva a engullir la corriente. Puede ser esa costa que nos recibe después de un naufragio y nos regala un rayo de sol, un coco repleto de zumo, horas por delante para descifrar mensajes crípticos, cargados de interés y misterio, que han navegado por el mar embravecido protegidos por una botella.

           

            
                            
            
                

Elisa Ferrer (L'Alcúdia de Crespins, València, 1983) es licenciada en Comunicación Audiovisual por la Universidad de Valencia y diplomada en guion cinematográfico y televisivo por la ECAM. Obtuvo el Premio Tusquets en 2019 con su primera novela, 'Temporada de avispas'. También es autora (2014) de un ensayo sobre 'The Royal Tennenbaums', de Wes Anderson

        
       

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