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Fuera de campo

 

 

 

Juan Diego, voz y presencia

 

 

 

ELISA FERRER


Ilustración: Luis Frutos


Cada vez que fallece un actor, mueren con él todos los personajes que le quedaron por interpretar, algunos que seguramente se construyeron invocando su rostro, su presencia. Pero aquellos que sí levantaron del papel, aquellos a los que dedicaron tiempo y esfuerzo, a los que les pusieron cara, cuerpo, voz, a los que les dieron piel y entrañas, aquellos personajes seguirán vivos para siempre. Hace dos semanas falleció Juan Diego, actor por el que siempre he sentido una especial devoción, quizá por su voz quebrada, por su presencia imponente, magnética, por esa capacidad extraordinaria para fagocitar a los personajes, pasarlos por su filtro personal y convertirlos en personas de a pie, cercanas, reales.


Estos días he decidido dedicarle mi particular homenaje, mi personal y humilde reverencia de sofá y palomitas a ese actor inmenso que fue Juan Diego, y he revisitado unas pocas películas de las muchas en las que apareció, fragmentos de algunas de sus obras de teatro en Estudio 1, de sus series de televisión. En esa labor de archivo, me he reencontrado con otros actores, otras actrices también enormes que echa de menos la gran pantalla, Ágata Lys, Paco Rabal, José Sazatornil o Alfredo Landa, tan importantes para nuestro cine; he vuelto a apreciar la construcción de Santiago, el protagonista de Vete de mí, de Víctor García León, que le valió a Juan Diego un Goya, uno de los tres que ganó en su vida, ese eterno actor secundario con miedo a envejecer cuya existencia se tambalea cuando su hijo treintañero, al que apenas ve, se le planta en casa y se queda a vivir con él; o la creación de Sergio Maldonado, el contable de la compañía de cómicos de El viaje a ninguna parte, de Fernando Fernán Gómez, un personaje lleno de matices, luminoso pero oscuro, que siempre carga un arma; o la interpretación que, según el actor, fue la que le puso en el foco, el señorito Iván, ese hombre estirado y arrogante, de puro y escopeta de caza, que aparece en Los santos inocentes, de Mario Camus, tan alejado de los ideales de Juan Diego.


Porque si por algo, además de su talento, se recuerda a Juan Diego, es precisamente por sus ideales, por ser uno de los profesionales más implicados en la lucha por los derechos laborales de los actores y actrices en España. En 1971, él y una joven Concha Velasco, que por aquel entonces eran los protagonistas de una obra en el teatro Lara, Llegada de los dioses, decidieron pedir un día de descanso. La empresa se negó a sus peticiones, y los actores comenzaron una huelga que puso en peligro su trabajo, pero gracias a la cual lograron librar un día a la semana. Pocos años después, en 1975, como responsable de la Comisión de Arte y Cultura del PCE, Juan Diego fue uno de los organizadores de la primera huelga del espectáculo en España y luchó por conseguir mejores salarios, cobrar por los ensayos, representar una sola función al día, entre otros derechos fundamentales. Un paro laboral que la represión franquista logró detener, pero que fue imprescindible para que poco tiempo después se hicieran realidad sus principales reivindicaciones. Como dijo por la radio un emocionado Juan Echanove, «toda la profesión le debe a Juan Diego la dignidad». El actor sevillano también apoyó a nuevos actores y actrices, aceptó participar en películas de directores noveles, como fue el caso de Víctor García León y su Vete de mí, o la última película en la que participó, El cover, de Secun de la Rosa. 


Un actor cuyo telón se ha bajado antes de que estuviéramos preparados para despedirnos de su talento, que nos regaló papeles inolvidables, al que nuestras pantallas y escenarios echarán de menos, como dice Santiago, su personaje en Vete de mí: «La única excusa en el teatro es estar muerto». Ahora solo nos queda visitar a sus personajes, esos que permanecen vivos en nuestras pantallas.

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