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FUERA DE CAMPO  

Los caminos de la distribución son inescrutables 

ELISA FERRER           

 

Calor pegajoso, propio de ese inicio del verano que cada vez llega antes y se come de a poco a la primavera. Aún no son ni las cinco de la tarde, hordas de coche colapsan las carreteras porque quieren llegar a la playa. Yo voy en contra dirección, conduzco entre polígonos industriales para llegar a un centro comercial desangelado, un escenario casi apocalíptico en el que los bares y las terrazas están cerrados, sillas y mesas vacías que esperan a los clientes de la noche, pero que parecen haber sido abandonadas a su suerte. Llego al multicine con apenas tiempo para sacar la entrada y entrar en la sala en la que cuatro o cinco personas esperan a que empiece el documental Comuneros, de Pablo García Sanz.

 

Llego sola, me iban a acompañar algunos amigos, pero ¿quién puede ir al cine un jueves a las cinco de la tarde? Ese es el único pase diario que hubo durante una semana en València. La película cuenta la Guerra de las Comunidades, una revuelta por la libertad que se dio en la Corona de Castilla y que fue precedente, muchísimos años antes, pues ocurrió entre 1520 y 1522, de otras revoluciones como la francesa. Es un documental divulgativo que narra estos sucesos, desconocidos por mucha gente, y habla de heroínas de la historia como María Pacheco. La música, la fotografía, y las intervenciones de los especialistas lo convierten en un documental histórico que se eleva gracias a un montaje dinámico, a unas recreaciones hechas, con un gusto excelente, a través de animaciones.

 

Pero hoy no os quiero hablar de esta película —que al menos pudo estar dos semanas en el cine Renoir Princesa de Madrid con gran acogida por parte del público, y que recomiendo fervientemente que veáis si en algún momento llega a las plataformas—; hoy os quiero hablar de cuántas veces, más de las que imaginamos, después de rodar una película, una productora independiente que pone dinero, esfuerzo, horas de vida de un equipo humano que lo ha dado todo por el proyecto, ve imposible estrenar en salas. Terminan la postproducción y comienzan a contactar a una distribuidora tras otra, y estas muchas veces ni siquiera responden.

 

Distribuidoras y exhibidoras son las que deciden si una película puede verse o no en las salas de estreno. Y a veces, consiguen exhibir en varios multicines en distintas ciudades de España, algo que está muy bien, pero quizá la hora del pase que encajan no es la más apetecible o el público de ese tipo de cines no es el que suele ver estas películas, que quedan hundidas entre estrenos, normalmente hollywoodienses, con muchos más pases, mucha más publicidad, y junto a los que es casi imposible destacar.

 

Llegamos tarde ya —en un mundo en el que las plataformas se abren paso de una forma voraz y tienen a las salas de cine contra las cuerdas— a reformar una industria que fomente el cine nacional y, en especial, que fomente el cine independiente. En Francia, por ejemplo, cuando el público va a ver una película, un porcentaje de cada entrada va a un fondo para la producción de cine francés. Así, el dinero de la producción procede de la exhibición. Y para acortar las diferencias evidentes entre la exhibición de las películas de Hollywood y las películas francesas, los estrenos supercomerciales de Estados Unidos llegan más tarde que a otros países europeos y los distribuidores deben pagar un plus para exhibirlos. Además, el público puede comprar bonos de 20 euros al mes con los que pueden ver películas ilimitadas en todas las salas.

 

Aquí, iniciativas de FediCine (Federación de Distribudores Cinematográficos) como la Fiesta del Cine han demostrado que a la gente le gusta ir a las salas, y si el flujo de espectadores fuera como en esos eventos, las películas pequeñas, esas rodadas con ganas y esfuerzo, que muchas veces pasan sin pena ni gloria por las carteleras, quizá encontrarían un público más amplio. Porque, no nos engañemos, pocas cosas más emocionantes que una sala de cine a rebosar de gente para ver una película pequeña que ha nacido del esfuerzo de unas pocas personas enamoradas de lo que hacen.

 

            
                            
            
                

Elisa Ferrer (L'Alcúdia de Crespins, València, 1983) es licenciada en Comunicación Audiovisual por la Universidad de Valencia y diplomada en guion cinematográfico y televisivo por la ECAM. Obtuvo el Premio Tusquets en 2019 con su primera novela, 'Temporada de avispas'. También es autora (2014) de un ensayo sobre 'The Royal Tennenbaums', de Wes Anderson

        

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