twitter instagram facebook

La historia de las bombas de Palomares es tan inverosímil que, contada como una ficción, la gente difícilmente la creería. ¿Se imaginan a Luis García Berlanga contando lo ocurrido? En su versión, el alcalde reuniría a los vecinos para decirles que los tomates cultivados en el municipio se pueden comer, y engalanaría la plaza para organizar un concurso a ver quién es capaz de engullir más tomates. La fantástica miniserie documental 'Palomares: días de playa y plutonio' (Movistar+) reconstruye cómo los gobiernos de Estados Unidos y el franquista construyeron un relato en el que primó el folclore, la heroicidad y la mentira, y ocultaron que lo ocurrido fue mucho más grave de lo que se dijo.

El punto de partida de 'Nora' tiene bastante que ver con la pregunta que a casi todo el mundo le ha acechado alguna vez: ¿qué estoy haciendo con mi vida?  O mejor, ¿qué quiero hacer con mi vida? La directora vasca Lara Izagirre pone a la protagonista que da nombre a su segunda película en una 'road movie' con todos los ingredientes que suelen servir para cocinar este tipo de historias; el viaje externo y el interno, el objetivo final de ese viaje. Y, por supuesto, el objetivo real, ese que tiene lugar en el subtexto: el del cambio, el de encontrarse a una misma, comprenderse y empezar, también, a quererse más.

Lo mejor de 'Chavalas' son esos cuatro personajes a los que dotan de vida, de verdad, de carne, cuatro mujeres maravillosas: Vicky Luengo, Carolina Yuste, Elisabet Casanovas y Ángela Cervantes. Es como si las actrices se hubieran criado juntas, como si hubieran compartido plastidecores en la última fila de pupitres de una clase de primaria. Como si cada verano se hubieran sentado en ese banco que comparten desde siempre en la película, como si se hubieran sujetado el pelo las unas a las otras para vomitar demasiadas veces. Carol Rodríguez Colás, que debuta en el largo con este guion escrito por su hermana Marina, sabe que las historias importantes no tienen que ocurrir en las grandes capitales. Sabe que la chica puede salir del barrio, pero el barrio nunca saldrá de la chica.

El final de una serie te conduce a un vacío conocido, ese que queda cuando termina una gran historia y te despides de personajes que han dejado de ser de ficción para formar parte de tu día a día, de tus desvelos, de tus conversaciones. Ahora toca echar el cierre hasta septiembre, porque en verano la vida está en la calle y los ratos en casa, fragmentarios, son para ver películas con un helado en la mano. Este no es un final de letras luminosas y pañuelo blanco. Es más bien un humilde fin de temporada, un echar el pestillo con el cartel de “cerrado por vacaciones”.

Pilar Bardem fue una actriz extraordinaria; o, mejor, “es” una actriz extraordinaria, porque cuesta hablar en pasado de alguien con una presencia tan apabullante, especial, mítica. Pero no solo eso. Fue presidenta de esta casa durante 16 años en los que se arremangó para luchar y dejarse la piel por los derechos de actrices y actores. Desde el sábado el cine se ha quedado huérfano. Nos quedan sus películas, sus palabras; y los frutos de una lucha, la suya, que han hecho que el mundo sea un lugar un poquito mejor. Gracias por todo, Pilar, te echaremos de menos.

Los veranos de la infancia se prestan a una nostalgia descontrolada. Mi primer cine de verano, del que fui clienta asidua hasta que cerró por jubilación, fue uno en un pueblo de playa. Íbamos al cine con un bocadillo bajo el brazo, untados en Autan y deseando que no nos tocara sentarnos al lado de Antonio, ese niño que verano tras verano se dedicaba a destriparnos al oído el final de cada película antes de que llegara, “es que ya la vi en Madrid”, y se tapaba las piernas con una mantita cuando refrescaba porque su abuela, a la que le preocupaba que se constipara, “todos los veranos me cae enfermo, el pobre”, se la ponía en una bolsa de plástico al lado de la cena envuelta en papel de plata.

Sergio, que acaba de enviudar a sus 83 años, se infiltra en una residencia de mayores para esclarecer un posible caso de maltratos, pero le cuesta asumir su rol de espía y, poco a poco, pasa a ser uno más entre las residentes, el paño de lágrimas de sus compañeras. 'El agente topo' es un documental tan original que parece una ficción escrita para que todas las piezas encajen, pero rebosa verdad en cada fotograma, en cada mirada, cada gesto. Son esas escenas que nos hacen reír, pero que pueden ser aterradoras. Una película necesaria, valiente, y tan llena de vida y emoción como de puro cine.

'Maricón perdido' es una serie en la que la nostalgia no empaña los recuerdos de una vida en la que ser gay, no entrar en los cánones de belleza y la enfermedad se lo han puesto difícil a Bob Pop. Pero no hay victimismo, no hay pena, hay una serie luminosa con un cierre en el que la ficción y la realidad se funden para mirar al presente con ganas de vivir, con optimismo. Porque lo tenga que ser, será, y Bob Pop siempre será fiel a sí mismo.

Gracias a 'La virgen de agosto', de Jonás Trueba, he regresado sin esperarlo a esos días de agosto, a los de las Vistillas y los conciertos en la calle, esos días que ni siquiera sabía que echaba de menos. Perdonad que esto vaya a sonar a zarzuela, pero Madrid en agosto es una verbena. Es empezar a vivir a las siete de la tarde cuando dejar de arreciar (un poco) el calor y las calles de los barrios del centro se despiertan y empiezan a oler a fritanga, a parrilla, a chotis, a algodón de azúcar. El de la película es un agosto iniciático en el que la treintena aprieta, pero la ciudad y la vida se abren ante la protagonista, Itsaso Arana, crujientes y frescas, como si aún estuvieran por estrenar.

'Karen', la segunda película de María Pérez Sanz, nos sumerge con una naturalidad apabullante en ese tiempo en el que la escritora Karen Blixen ('Memorias de África') sintió que su sueño africano se desmoronaba, angustiada por deudas y fantasmas, aferrada a un pasado inexistente. La cinta se centra en la relación con su fiel criado Farah Aden, que imaginamos marcada por la distancia social entre ama europea y criado somalí, colonizadora y colonizado, pero en realidad llena de ternura, cuidados, confianza. Adoran a un dios distinto, pero ambos creen en lo que les depara el destino.

El director de la serie 'Mare of Easttown', Craig Zobel, le dijo a Kate Winslet tras rodar una escena de sexo que no se preocupara, que en el montaje cortaría su “barriga abultada” para que no se viera, algo a lo que ella, productora ejecutiva, se negó. ¿Qué locura es esta? Luego nos sorprendemos cuando vemos que actrices maravillosas se operan para parecer más jóvenes y su rostro pierde parte de la expresión, pero ¿cómo soportar toda esa carga que la industria pone en las mujeres? La vida que lleva la protagonista engorda, cansa y envejece. Y si queremos creernos a Mare, Mare tienen que ser como Kate Winslet: de verdad.

Hay una familiaridad extraña en los vecinos con los que se comparte edificio. Sus vidas transcurren sobre nuestras cabezas o bajo nuestros pies, y de este vínculo involuntario nace 'Sentimental', la película de Cesc Gay, donde los vecinos de arriba hacen vibrar el suelo gracias a una vida sexual muy activa, demasiado activa si la comparamos con la de los vecinos de abajo, cuya relación ya ha empezado a notar el peso de los años. Parece la típica comedia de enredos, pero es de las que remueven, de las que incomodan y te dejan un poso amargo al final. Si queréis pasar una hora y cuarto espiando por la mirilla a los vecinos de arriba, vais a disfrutar aquí de ese placer voyeur. Pese a la incomodidad del que espía y se ve reflejado sin esperarlo.

 

'Las criadas', ese texto icónico estrenado en 1947 que escribió Jean Genet en una de sus múltiples estancias en prisión, vuelve a las tablas. Un texto que nos habla de la lucha de clases, del deseo de rebelarse, de la aceptación de un destino mísero tras una vida carente de justicia, carente de amor. Ana Torrent es capaz de hacernos entrever en un segundo debilidad y fortaleza, seguridad y miedo, con una interpretación delicada, potente. Alicia Borrachero se crece a medida que avanza la obra. Y La Señora, en lugar de la mujer imaginada, es un Jorge Calvo brutal, femenino, imponente, quien aparece en el escenario cubierto por un vestido rosa, una túnica exquisita.

En 'El olvido que seremos' puede chocar la decisión de casting más importante: la elección de Javier Cámara para dar vida a un colombiano. Pero a los pocos minutos te olvidas de que es él porque en la pantalla vemos a un doctor de Medellín, a un hombre honesto, altruista, a un buen padre y marido. La suya es una historia humana, triste, delicada, necesaria en estos días, sobre todo en Colombia, que sufre tiempos convulsos que nos llegan en forma de imágenes de protesta en las calles, de denuncias estremecedoras por la violencia policial

El D'A Film Festival de Barcelona lleva 11 años centrado en el cine arriesgado, independiente, de autor, poniendo el foco en directores que empiezan, en el cine al margen de la industria, ese que brota en la grieta, ese que a veces florece. El otro día, desde el salón pero imaginando que estábamos en Barcelona, pudimos ver 'Poppy Field', primera película del director rumano Eugen Jebeleanu y ganadora del principal galardón del certamen. A través de la vida de Cristi, un joven policía rumano que lleva en secreto su homosexualidad, asistimos a la crisis emocional de un hombre que no expresa lo que siente, a las contradicciones en un entorno heteronormativo. Es, como 'Queridos vecinos' o la española 'Karen', una cita imperdible.

Nunca pensé que me gustara enseñar, hasta que descubrí que cuando se cierra la puerta del aula se genera una sinergia que engancha, que a veces sorprende, porque puede resultar mágica. Lo he recordado al ver 'Uno para todos', la última película de David Ilundain, que narra la llegada de un maestro interino (David Verdaguer) a un pequeño pueblo de Zaragoza, con todo lo precario que envuelve a las interinidades: de pueblo en pueblo, como antiguos comediantes. Y habla del 'bullying' desde un punto de vista que no es el de siempre, que evita lo cursi y nos presenta a personajes de 11 años como lo que son: personas con sus problemas, sus inquietudes, con el vértigo frente al precipicio al que se enfrentan: el de pasar de la niñez a la adolescencia.

He estado varias semanas enganchada a Guerra 3, en Podium Podcast. Preocupada por si les ocurría algo a los periodistas de guerra Jimena y Richi, que gracias a las interpretaciones de Adriana Ugarte y Carlos Bardem consiguen que te olvides de que solo hay voz, de que no los ves. Porque no hace falta cerrar los ojos para imaginarlos, tampoco al resto de personajes que pueblan esta historia de guerra, política y terror, personajes interpretados por actores y actrices de la talla de Ana Wagener, Ramón Barea, Jorge Perugorría, Aura Garrido, Pedro Casablanc o Nancho Novo, y con periodistas como Aimar Bretos o Carles Francino, que desde un Hoy por Hoy y un La Ventana ficticios relatan al mundo que ocurre en Corea del Norte, donde se ha descubierto algo que puede desembocar en la Tercera Guerra Mundial.

Un edificio corriente en medio de Ciudad Universitaria, se enrarecía más y más hasta convertirse en un escenario terrorífico. Me gusta volver a 'Tesis' y reencontrarme con ese chico de 22 años, Alejandro Amenábar, que en el set parecía un director experimentado y en su primera película tenía claro cómo emular a Hitchcock, a De Palma, a los grandes del suspense. Esa primera secuencia en la que Ana Torrent intenta acercarse a las vías desde el andén para ver el cuerpo que el tren acaba de atropellar, movida por ese morbo que despierta la violencia, ese querer ver y al mismo tiempo ese miedo a mirar.

Es fácil dejarse hipnotizar por la miniserie 'Hondar ahoak' (Filmin), dejarse atrapar por sus imágenes fascinantes, sus pescadores pacientes, la respiración de los buzos, los pájaros disecados. Y parte de la culpa la tienen las tremendas interpretaciones de Nagore Aranburu, quien protagonizó la genial 'Loreak', y de Eneko Sargadoy, al que conocimos en 'Handia'. Ambientada en Ondarroa, desde el primer capítulo nos sumerge en una atmósfera única, gélida, misteriosa, que huele a salitre y a gasolina.

Me gustaría que existiera una palabra esdrújula para definir esa sensación que queda cuando, al acabar un libro o una película, necesitas investigar más acerca de su historia real. La habría pronunciado nada más ver 'Josep', cuando corrí a investigar quién fue Josep Bartolí, fundador del Sindicato de Dibujantes y comisario del POUM, un catalán obligado a huir de España en 1939 que vivió en el exilio el resto de su vida. Esta extraordinaria primera película de animación del dibujante de prensa francés Aurélien Froment, Aurel, retrata esos campos de concentración de la vergüenza que la patria del "Libertad, igualdad, fraternidad" creó para confinar al medio millón de españoles que huían del franquismo. Es un viaje al pasado para reflexionar sobre este presente que parece olvidar de dónde venimos.

De pequeña las brujas me daban miedo. Fue mi hermana pequeña quien comprendió mejor, siendo tan niña, que no eran malvadas, sino valientes, libres. O mejor, que la perversidad de las brujas no está en ellas, sino en los ojos de quienes las juzgan. En 'Akelarre', la película de Pablo Agüero, esta idea sobrevuela cada plano. Retrata a aquellas mujeres vascas del siglo XVII que disfrutaban del bosque, la música y la juventud. A los ojos de la Santa Inquisición, no podían ser más que pérfidas brujas que, con cráneos de macho cabrío, fuego y canciones dedicadas a los marineros a los que esperaban en noches de luna llena, organizaban ritos paganos para agasajar al diablo.

Quizá añorar lo analógico forma parte de esa serie de nostalgias en las que caigo con facilidad, pero que idealizan una realidad en la que acceder a la imagen o al sonido era más complejo, menos democrático. Pero emociona pensar en el hallazgo por parte de Núria Giménez Larang de esas 30 horas de metraje en el que aparecen sus abuelos, siempre sonrientes, siempre de viaje, en lugares excepcionales. De ellas nace 'My Mexican bretzel': una película magnética, bella, que te atrapa sin que te des cuenta y te envuelve en la vida de los Barrett, personajes inventados a partir de los abuelos reales. Una vida en la que la superficie reluce mientras el fondo se resquebraja. Una película llena de capas, de sonrisas que se hielan de un modo imperceptible.

Quienes entregaban los premios iban al grano y las imágenes de los nominados en sus casas, rodeados de su gente, tenían algo de sincero, de emocionante, con perros que ladraban, parejas que abrazaban, hijas que sonreían a la webcam, micros silenciados y felicidad, mucha felicidad. Un par de días después de estos Goyas 2021 me vuelvo a preguntar, como la noche del sábado en el grupo de Whatsapp: ¿será de las galas más bonitas que he visto? Y, aunque no puedo evitar que me sorprenda, la verdad es que sí.

Las cosas de la pandemia ya cansan, pero al menos no han podido con los Goya, no han podido con el cine. ¿Qué harán quienes se lleven el Goya después del grito, de la alegría, del discurso sin subirse al escenario? Imagino bañeras llenas de champán, barra libre para convivientes, pantalos de pijama bajo el vestido elegante. Y la emoción y felicidad que acompañan siempre al momento de recibir un premio después de haber trabajado duro en lo que más te apasiona.

Sí, lo sé, llegó tarde a ver 'El fin de la comedia', creada por Miguel Esteban, Raúl Navarro (creadores de El Vecino) y el propio Ignatius Farray, nominada a los Emmy y a los Premios Feroz. Pero tiene más subtexto del que habría imaginado y deja en quien la ve un poso de tristeza que, sin embargo, obliga a sonreír, con ese póster de Richard Pryor testigo de los absurdos de un cómico que teme no ser gracioso. Es una serie que arranca carcajadas, pero que sorprende por su ternura, su melancolía, por ser un homenaje al payaso triste.