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"Me gustó más el libro". Seguro que has pronunciado esta frase tras ver una película que adapta la novela que leíste, especialmente si te gustó. Pero, en el caso concreto de "Patria", ¿cómo se las han apañado para que, por primera vez en mucho tiempo, el reparto responda a lo que imaginaba mientras leía la novela? Sus interpretaciones añaden capas y consiguen eso tan difícil de traspasar del lenguaje literario al cinematográfico: entrever qué piensan los personajes, empatizar con ellos.

De 'Esta noche cruzamos el Missisipi' recuerdas, cómo no, las primeras veces que viste a la Veneno, las piernas eternas, los pechos firmes, la voz hipnótica, lo soez del lenguaje. Así de hipnótico, de soez, de poético es el biopic de Cristina Ortiz, 'La Veneno', que los Javis han creado y dirigido para Atresmedia. Ese glamour cutre que ya te hipnotizó en 'Paquita Salas'  aquí ha madurado para volverse aún más fascinante. Cómo le habría ilusionado ver esta serie. A pesar de las sombras, a este icono de los noventa se le recuerda como quien fue: una mujer valiente que ayudó a abrir el camino para otras mujeres que venían tras ella pisando fuerte. 

Nueve personas con sus ideales, su moral, sus problemas, sus fobias. Y claro, también con sus prejuicios. El dramaturgo Javier Sahuquillo trae a aquel mítico jurado popular de "Doce hombres sin piedad" a la València de hoy, a sus preocupaciones actuales, su distancia de seguridad. Las sorpresas en la trama te mantienen en tensión en la butaca y te morderías las uñas si no llevaras mascarilla. Porque el texto acaba mostrando las miserias morales no sólo de esta gente obligada a tomar decisiones, sino de la sociedad en la que vivimos, hipócrita e individualista. Y nos obliga a entender lo que hay más allá de nuestro entorno, más allá de nuestro ombligo. 

Estoy en ese momento, entre emocionante y delirante, en el que acabo de entregar la sinopsis de un guion de largometraje. Sueñas con los protagonistas, te despiertas de golpe al darte cuenta de que una trama no funciona o empiezas a proyectar en tu cabeza el final que has escrito una y otra vez. Y qué divertido ese viaje por una historia que crece y varía según las caras, según las voces, según los cuerpos. Qué bonito crear personajes para que los intérpretes los creen de nuevo. 

Cuando me hablaron de "Escenario 0", la nueva serie de HBO que lleva obras de teatro a la pequeña pantalla, lo primero que me vino a la cabeza fue "Estudio 1". Pero Irene Escolar y Bárbara Lennie no se limitan a grabar teatro, sino que exploran los límites de su lenguaje aprovechando las opciones que le puede aportar el audiovisual. No es que rompan la cuarta pared, sino que en ocasiones aprovechan para romperlas todas. Y es ahí donde reside su magia.

En mi paseo onírico y distópico, mis pies se topaban con mascarillas quirúrgicas que, como si fueran hojas, se acumulaban en el suelo. Llegué frente a un teatro, un teatro cerrado, callado, y de nuevo el aire frío, las hojas arremolinadas, todo el cliché otoñal exhibido ante mis ojos. Pero al final irrumpieron luces rojas que comenzaron a cubrir ayuntamientos, teatros, cines, salas de eventos y, tras el silencio, la música, y los trabajadores, las trabajadoras del espectáculo. Entonces sí, entonces por fin abrí los ojos, y pensé: ¿qué pasa con la cultura, con lo mucho que la necesitamos? 

La gente nacida entre finales de los 70 y mediados de los 80 estamos en esa edad en que nuestra infancia ya empieza a amarillear, a ser narrada con una cierta distancia que tiende a idealizar los días en que España jugaba a ser millonaria y moderna. Por eso cuando leí la sinopsis de "Las niñas" (Pilar Palomero, 2020), que acaba de alzarse con la Biznaga de Oro en Málaga, dudé. ¿Será un mecanismo para la nostalgia o volverá a aquella época sin necesidad de sobados filtros idealistas? Y me encontré con un largometraje que nace de las contradicciones de la época, con sus tensiones entre religión y modernidad, moralidad y libertad, sexualidad y culpa católica.

"Entre abril y junio, mi pareja y yo encontramos un brillo especial en los martes, un destello que los distinguía del resto de los días y nos obligaba a organizar mejor la tarde para cenar pronto, ponernos el pijama, y así poder repantigarnos delante de la tele. Porque los martes era nuestra cita ineludible, la que preparábamos con mimo y alargábamos después: la noche de El Ministerio del Tiempo, la noche de viajar a otro siglo".

En el cine se apaga la luz y, por unas horas, desaparecen problemas, noticias, mensajes. Y, aunque parezca increíble, olvidas la mascarilla. Lo comprobé hace unos días en la oscuridad de la sala, nadie en las butacas aledañas, mi bolso desparramado, ningún codo en contacto con el mío, el aire acondicionado en el punto justo y vivir, durante una hora y media, cómo Candela Peña se prometía amor eterno en la última película, luminosa, fresca, colorida y enérgica de Icíar Bollaín