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En mi paseo onírico y distópico, mis pies se topaban con mascarillas quirúrgicas que, como si fueran hojas, se acumulaban en el suelo. Llegué frente a un teatro, un teatro cerrado, callado, y de nuevo el aire frío, las hojas arremolinadas, todo el cliché otoñal exhibido ante mis ojos. Pero al final irrumpieron luces rojas que comenzaron a cubrir ayuntamientos, teatros, cines, salas de eventos y, tras el silencio, la música, y los trabajadores, las trabajadoras del espectáculo. Entonces sí, entonces por fin abrí los ojos, y pensé: ¿qué pasa con la cultura, con lo mucho que la necesitamos? 

La gente nacida entre finales de los 70 y mediados de los 80 estamos en esa edad en que nuestra infancia ya empieza a amarillear, a ser narrada con una cierta distancia que tiende a idealizar los días en que España jugaba a ser millonaria y moderna. Por eso cuando leí la sinopsis de "Las niñas" (Pilar Palomero, 2020), que acaba de alzarse con la Biznaga de Oro en Málaga, dudé. ¿Será un mecanismo para la nostalgia o volverá a aquella época sin necesidad de sobados filtros idealistas? Y me encontré con un largometraje que nace de las contradicciones de la época, con sus tensiones entre religión y modernidad, moralidad y libertad, sexualidad y culpa católica.

"Entre abril y junio, mi pareja y yo encontramos un brillo especial en los martes, un destello que los distinguía del resto de los días y nos obligaba a organizar mejor la tarde para cenar pronto, ponernos el pijama, y así poder repantigarnos delante de la tele. Porque los martes era nuestra cita ineludible, la que preparábamos con mimo y alargábamos después: la noche de El Ministerio del Tiempo, la noche de viajar a otro siglo".

En el cine se apaga la luz y, por unas horas, desaparecen problemas, noticias, mensajes. Y, aunque parezca increíble, olvidas la mascarilla. Lo comprobé hace unos días en la oscuridad de la sala, nadie en las butacas aledañas, mi bolso desparramado, ningún codo en contacto con el mío, el aire acondicionado en el punto justo y vivir, durante una hora y media, cómo Candela Peña se prometía amor eterno en la última película, luminosa, fresca, colorida y enérgica de Icíar Bollaín