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Me gustaría que existiera una palabra esdrújula para definir esa sensación que queda cuando, al acabar un libro o una película, necesitas investigar más acerca de su historia real. La habría pronunciado nada más ver 'Josep', cuando corrí a investigar quién fue Josep Bartolí, fundador del Sindicato de Dibujantes y comisario del POUM, un catalán obligado a huir de España en 1939 que vivió en el exilio el resto de su vida. Esta extraordinaria primera película de animación del dibujante de prensa francés Aurélien Froment, Aurel, retrata esos campos de concentración de la vergüenza que la patria del "Libertad, igualdad, fraternidad" creó para confinar al medio millón de españoles que huían del franquismo. Es un viaje al pasado para reflexionar sobre este presente que parece olvidar de dónde venimos.

De pequeña las brujas me daban miedo. Fue mi hermana pequeña quien comprendió mejor, siendo tan niña, que no eran malvadas, sino valientes, libres. O mejor, que la perversidad de las brujas no está en ellas, sino en los ojos de quienes las juzgan. En 'Akelarre', la película de Pablo Agüero, esta idea sobrevuela cada plano. Retrata a aquellas mujeres vascas del siglo XVII que disfrutaban del bosque, la música y la juventud. A los ojos de la Santa Inquisición, no podían ser más que pérfidas brujas que, con cráneos de macho cabrío, fuego y canciones dedicadas a los marineros a los que esperaban en noches de luna llena, organizaban ritos paganos para agasajar al diablo.

Quizá añorar lo analógico forma parte de esa serie de nostalgias en las que caigo con facilidad, pero que idealizan una realidad en la que acceder a la imagen o al sonido era más complejo, menos democrático. Pero emociona pensar en el hallazgo por parte de Núria Giménez Larang de esas 30 horas de metraje en el que aparecen sus abuelos, siempre sonrientes, siempre de viaje, en lugares excepcionales. De ellas nace 'My Mexican bretzel': una película magnética, bella, que te atrapa sin que te des cuenta y te envuelve en la vida de los Barrett, personajes inventados a partir de los abuelos reales. Una vida en la que la superficie reluce mientras el fondo se resquebraja. Una película llena de capas, de sonrisas que se hielan de un modo imperceptible.

Quienes entregaban los premios iban al grano y las imágenes de los nominados en sus casas, rodeados de su gente, tenían algo de sincero, de emocionante, con perros que ladraban, parejas que abrazaban, hijas que sonreían a la webcam, micros silenciados y felicidad, mucha felicidad. Un par de días después de estos Goyas 2021 me vuelvo a preguntar, como la noche del sábado en el grupo de Whatsapp: ¿será de las galas más bonitas que he visto? Y, aunque no puedo evitar que me sorprenda, la verdad es que sí.

Las cosas de la pandemia ya cansan, pero al menos no han podido con los Goya, no han podido con el cine. ¿Qué harán quienes se lleven el Goya después del grito, de la alegría, del discurso sin subirse al escenario? Imagino bañeras llenas de champán, barra libre para convivientes, pantalos de pijama bajo el vestido elegante. Y la emoción y felicidad que acompañan siempre al momento de recibir un premio después de haber trabajado duro en lo que más te apasiona.

Sí, lo sé, llegó tarde a ver 'El fin de la comedia', creada por Miguel Esteban, Raúl Navarro (creadores de El Vecino) y el propio Ignatius Farray, nominada a los Emmy y a los Premios Feroz. Pero tiene más subtexto del que habría imaginado y deja en quien la ve un poso de tristeza que, sin embargo, obliga a sonreír, con ese póster de Richard Pryor testigo de los absurdos de un cómico que teme no ser gracioso. Es una serie que arranca carcajadas, pero que sorprende por su ternura, su melancolía, por ser un homenaje al payaso triste.

Los quinquis de Calparsoro escuchan tecno y trap, y liberan su estrés en la Fabrik o en fiestas horteras en Ibiza. Lo más interesante en 'Hasta el cielo' son, sin duda, las mujeres. Carolina Yuste se merece el Goya a Mejor Actriz por interpretar a Estrella. Cada vez que ella aparece, la película cobra interés. Como ocurre con el personaje de Sole (Asia Ortega), profundo y sorprendente. Se diría que la película está ahí, en ellas dos, en el interior de las casas y los coches, en las conversaciones, mucho más que en el despliegue de medios en el que se mueven ellos. En estos tiempos en los que las salas de cine no están tan llenas como a mi pequeña cinéfila interior le haría feliz, anima mucho ver cintas así, tan bien rodadas, tan entretenidas. 

Ver cómo la foto de Francisco Umbral aparecía cada día bajo una columna calentita, crujiente, recién estrenada, me parecía una gesta imposible. Una columna diaria y tener tiempo para escribir literatura, para salir a la calle a observar a la gente a través de ese monóculo de escritor que cuenta, nunca se quitaba; tiempo para vivir y así poderlo narrar. Con el documental 'Anatomía de un dandy' descubres que nunca sabías cuándo Umbral hablaba en ficción o cuándo en realidad. Porque la máquina de escribir era s ls vez su disfraz y su catarsis, la única arma que tenía para enfrentarse al mundo.

Un cine cerrado es doloroso, una estocada a la cultura, una herida que se desangra entre luminosos de franquicias y tiendas fotocopiadas. Más del 70% de las salas están cerradas en España por la pandemia, a pesar de que sabemos que la cultura es segura. Los estrenos ahora siguen en las plataformas, arrebujados bajo la manta en nuestro sofá. La oferta a golpe de mando también aleja a mucho público de los cines. Gente que olvida el ritual de comprar la entrada, de arrellanarse en la butaca y hacerla suya por un rato. Echo de menos estar a solas con la película y vivirla de verdad, como se viven las historias en una sala de cine.

Con sus seis o siete años, Moustaphá Oumarou posee un don para interpretar, una expresividad increíble. La cámara lo adora, y su mirada cuestiona, interpela, cuenta. Se come la pantalla, se come la película. El protagonista de 'Adú' consigue poner rostro, carne y hueso a una situación que aboca a las personas al límite de arriesgar su vida para emprender un viaje sin garantías en busca de un futuro mejor.

Reviso un documental sobre la primera directora de cine de toda Latinoamérica, 'Matilde Landeta' (1992), dirigido por Patricia Martínez de Velasco. En él, su protagonista dice que lleva cincuenta y ocho años trabajando en el cine y que es imposible contarlo de forma breve porque es una lucha larga. Muy larga. Sufrió un impedimento y ella lo sabía: era mujer. Harta, Matilde se vistió con un traje de chaqueta, escondió su cabello bajo un sombrero, se puso un bigote falso y entró en un rodaje gritando “¡Silencio!”. Y lo consiguió, consiguió ser asistente de dirección.

Ha empezado 2021 y, de repente, en lugar de evitar las distopías, las abrazo. Por eso he decidido ver, por fin, esa película que evité durante todo el 2020, por mucho que gente de confianza me la recomendara en cada conversación vía Zoom: 'El hoyo'. Uno de sus mayores atractivos es incidir en eso que ya sabemos pero necesitamos entender, eso que decía Hobbes de que «el ser humano es un lobo para el ser humano». Es una bofetada que trata de azuzar, despertar, gritarnos al oído que algo no funciona en ese sistema vertical. Y la demostración de que la ciencia ficción patria tiene futuro: más utópico que distópico.

Qué lejanos aquellos tiempos en los que la palabra plataforma poco tenía que ver con el cine. Ahora mis alumnos de la Universidad de Iowa vienen a clase de español sin apenas dormir. ¿Su excusa? Trasnochar para ver capítulos de 'La Casa de Papel', 'Merlí', 'El Ministerio del Tiempo', 'Élite'. Yo creía que lo hacían para mejorar su español, profesora ilusa, pero pronto me confesaron que les encantaban las historias, los personajes. 'Patria', de hecho, forma parte de la lista de las mejores series del año que cada diciembre publica 'The New York Times'.  A ver si 2021, además de buenas noticias, nos sigue regalando ficciones de aquí a las que poder engancharnos, a las que se enganchen también estudiantes del Medio Oeste americano que terminan por llegar a clase en pijama.

¿Cuánto hay de cierto en la historia de la vampira del Raval, Enriqueta Martí? O, mejor, ¿hasta dónde alcanza la leyenda de esa mujer que fue acusada de secuestrar niños, prostituirlos, matarlos? ¿Era esa asesina en serie que llenó portadas de periódicos, historias de terror? La película de Lluís Danés 'La vampira de Barcelona', que se estrenó en Sitges, muestra quién y cómo era en realidad.

A mí, que con 14 años quería ser directora de cine, 'El día de la bestia' me divirtió, me incomodó, me voló la cabeza. Porque el estilo de Álex de la Iglesia –mezcla de friquismo, costumbrismo, terror y comedia– es inconfundible, y un director al que se le reconoce solo con ver una secuencia ya vale la pena. Ahora, tras el episodio piloto de '30 monedas', he decidido quedarme en Pedraza, el pueblo de Segovia donde transcurre la serie: tengo muchísimas ganas de pasármelo bien. Mientras devoras el capítulo. las tramas avanzan con tal agilidad que es imposible dejarse vencer por la cabezadita que te sobreviene al final del día.

'El malfet d’Inishman' (El cojo de Inishman) y 'Future Lovers': dos textos sin nada en común, dos puestas en escena totalmente distintas, dos obras difíciles de comparar, aunque ambas consiguen recordarnos lo maravilloso que es siempre disfrutar del buen teatro. 'Future...' es volver a una noche de nuestra adolescencia, volver a experimentar que eres especial, que el mundo es tuyo, que la vida, por un par de horas, te pertenece. Y darte cuenta de que a los 18, a los 20, sentirte especial es sentirte vivo, dudar, atreverte.

Esta semana le he quitado el polvo al reproductor de DVD para bajarme un rato del carro de las novedades, tan maravilloso como un árbol lleno de frutas recién maduradas, pero a veces demandante y agotador. Regreso a una de esas películas que me propongo proyectar una vez al año: palomitas caseras, mover los labios en las frases que recuerdo a fuego (una pequeña victoria de los peliculones), aplaudir en los créditos finales. Y este es el caso de "El extraño viaje', la película de 1964 dirigida por Fernando Fernán Gómez. Las luces y sombras de ese pueblo de España, de aquellos años en los que las mercerías podían pasar de ser un lugar de encuentro a uno de pecado involuntario.

Pensé en ver 'Antidisturbios' con la calma, en degustarla, en pararme a reflexionar después de cada capítulo. Pero he sido incapaz: es adictiva. Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen manejan el suspense, dan una vuelta de tuerca en el momento justo, logran que sus personajes sean personas y los diálogos suenen a calle. Las interpretaciones, magníficas, tan creíbles que dan miedo, me han tenido ojiplática. Y la trama muestra la corrupción de las instituciones desde la cúpula. Esa cúpula que pesa, que zarandea a los de abajo, que son quienes la sostienen, la escoria, los que machacan y ejercen violencia para que los de arriba no caigan nunca.

"La trinchera infinita" vuelve a estar en los cines, y creo que vale la pena verla no solo por lo brutal de las interpretaciones, de la puesta en escena poderosa, real, oprimente, cruda, sino también por el viaje al interior de un hombre, de un matrimonio, de una vida cercenada por las circunstancias, por las injusticias. Por culpa de una guerra que seguimos contando por si algún día somos capaces de comprenderla. 

 

Nunca había formado parte del jurado de un festival de cine, y ahora, después de ejercer en esta  XXXV Mostra de València Cinema del Mediterrani, solo quiero vivir la experiencia año tras año. Pocas cosas hay tan enriquecedoras como escuchar a gente que ama el cine hablar sobre una película que le ha enamorado, sobre una que ha odiado, sobre lo que habría necesitado aquella otra para ser redonda, para zarandear, tocar la fibra. 

"Me gustó más el libro". Seguro que has pronunciado esta frase tras ver una película que adapta la novela que leíste, especialmente si te gustó. Pero, en el caso concreto de "Patria", ¿cómo se las han apañado para que, por primera vez en mucho tiempo, el reparto responda a lo que imaginaba mientras leía la novela? Sus interpretaciones añaden capas y consiguen eso tan difícil de traspasar del lenguaje literario al cinematográfico: entrever qué piensan los personajes, empatizar con ellos.

De 'Esta noche cruzamos el Missisipi' recuerdas, cómo no, las primeras veces que viste a la Veneno, las piernas eternas, los pechos firmes, la voz hipnótica, lo soez del lenguaje. Así de hipnótico, de soez, de poético es el biopic de Cristina Ortiz, 'La Veneno', que los Javis han creado y dirigido para Atresmedia. Ese glamour cutre que ya te hipnotizó en 'Paquita Salas'  aquí ha madurado para volverse aún más fascinante. Cómo le habría ilusionado ver esta serie. A pesar de las sombras, a este icono de los noventa se le recuerda como quien fue: una mujer valiente que ayudó a abrir el camino para otras mujeres que venían tras ella pisando fuerte. 

Nueve personas con sus ideales, su moral, sus problemas, sus fobias. Y claro, también con sus prejuicios. El dramaturgo Javier Sahuquillo trae a aquel mítico jurado popular de "Doce hombres sin piedad" a la València de hoy, a sus preocupaciones actuales, su distancia de seguridad. Las sorpresas en la trama te mantienen en tensión en la butaca y te morderías las uñas si no llevaras mascarilla. Porque el texto acaba mostrando las miserias morales no sólo de esta gente obligada a tomar decisiones, sino de la sociedad en la que vivimos, hipócrita e individualista. Y nos obliga a entender lo que hay más allá de nuestro entorno, más allá de nuestro ombligo. 

Estoy en ese momento, entre emocionante y delirante, en el que acabo de entregar la sinopsis de un guion de largometraje. Sueñas con los protagonistas, te despiertas de golpe al darte cuenta de que una trama no funciona o empiezas a proyectar en tu cabeza el final que has escrito una y otra vez. Y qué divertido ese viaje por una historia que crece y varía según las caras, según las voces, según los cuerpos. Qué bonito crear personajes para que los intérpretes los creen de nuevo. 

Cuando me hablaron de "Escenario 0", la nueva serie de HBO que lleva obras de teatro a la pequeña pantalla, lo primero que me vino a la cabeza fue "Estudio 1". Pero Irene Escolar y Bárbara Lennie no se limitan a grabar teatro, sino que exploran los límites de su lenguaje aprovechando las opciones que le puede aportar el audiovisual. No es que rompan la cuarta pared, sino que en ocasiones aprovechan para romperlas todas. Y es ahí donde reside su magia.