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«Quiero ver una película, pero de las que me gustan a mí, no de las que ves tú con actores de verdad», me soltó mi sobrino pequeño. Yo aproveché para explicarle que actores de verdad también eran los de doblaje. Y me acordé de cuando descubrí el cine, de cuando veía las películas en la tele, siempre dobladas, y las grababa para volverlas a ver siete, ocho veces, y movía los labios para repetir los diálogos, como ahora los mueve mi sobrino. Y Bruce Willis tenía siempre la voz de Ramón Langa; Clint Eastwood, la de Constantino Romero; Robert De Niro, la de Ricardo Solans, y Julia Roberts, la de Mercedes Montalá.

La primera vez el montador se equivocó en créditos y puso mal el apellido de la directora. Ese cortometraje solo lo vio el equipo, brindamos con litronas de cerveza. El segundo era un corto fallido: tenía fallos de raccord, fallos de guion, fallos de dirección. Fallos de los que aprendimos, porque los primeros cortos son la mejor escuela. En los siguientes se comenzaron a diluir los primeros errores, aparecieron otros, y para algunos compañeros de entonces se convirtieron en el trampolín para saltar al largometraje, a las series, para saber que el cine es un trabajo de guerrilla. Algunos hemos tomado otro camino. Otros siguen ahí, guerreando.

Aunque admiro a Rodrigo Cortés, en su cine a veces echo de menos más tripa entre tanto triple salto mortal. Pero la historia de 'Love gets a room' es tan potente, está tan bien interpretada, que sus larguísimos planos secuencia, esos giros de cámara que nos alejan de momentos íntimos a los que nos gustaría asistir, al final se ponen del lado de las emociones. Porque solo vemos el miedo de la protagonista, sus deseos, su tensión, su necesidad de solucionar una situación que parece imposible, el amor infinito que siente, que comparte, ese que quizá termine por salvarlos.

'Cardo' no es otra serie sobre treintañeras que comparten piso en la gran ciudad. En sus apenas seis capítulos de veintipocos minutos cada uno pone sobre la mesa un montón de temas que nos apelan: la precariedad, el clasismo, el consentimiento, el abuso, las adicciones, la belleza femenina, la culpa, el peso del catolicismo, el desencanto ante la llegada de la adultez o las relaciones no normativas. Uno de los valores de la serie de Claudia Costafreda es la falta de condescendencia con la que se observa a su protagonista, Ana Rujas; no se la juzga, no se la justifica. La precariedad, el clasismo, el consentimiento, el abuso, las adicciones, la belleza femenina, la culpa, el peso del catolicismo, el desencanto ante la llegada de la adultez o las relaciones no normativas son líneas argumentales que nos apelan porque desde el principio nos dicen la verdad.

Teníamos ya ganas de una historia de largo aliento de la cortometrajista Clara Roquet. 'Libertad' radiografía con emoción y delicadeza las diferencias de clase, la mercantilización de los cuidados. Rosana es una más de la familia, como afirman los hijos de Ángela, claro, hasta que se tiene que prescindir de ella. Y nos recuerda, inevitablemente, a la maravillosa Roma de Alfonso Cuarón, pues en ambas se construye una mirada certera sobre el clasismo y la importancia de la figura de las personas del servicio, esas que no solo ofrecen un trabajo físico, sino que se convierten en el pegamento afectivo de muchas familias.

'Vida perfecta', la serie que Leticia Dolera coescribe con Manuel Burque, retrata la vida de tres mujeres en la treintena a través de los problemas que atraviesan, las crisis en las que se ven sumidas, el desencanto vital. Y lo hace con naturalidad, con sencillez, desde una comedia que sobre sus hombros carga el peso de lo dramático. Su segunda temporada sigue indagando sin tapujos en las relaciones personales, familiares y sentimentales desde un ángulo no normativo, pero también en el miedo a envejecer en soledad. Y abre otros caminos: la menopausia, las imposiciones sociales, la vejez. Se habla, sobre todo, de una maternidad que no viene rodeada de felicidad y amor, de 'baby showers' y ternura, sino de la depresión postparto, los puntos en la vagina o la sensación de no poder con todo

Andrés, joven policía y alcohólico incipiente, llega a Denia desde Madrid para sustituir a un detective muerto en extrañas circunstancias. Anhela trabajar en un destino más tranquilo y disponer de más tiempo para su mujer y su hija, pero de pronto se dará cuenta de que la generosa y amigable comunidad alemana que lleva años retirada en la localidad no solo celebra cada primavera el cumpleaños del Führer, sino que tiene las manos manchadas de sangre. Así es el personaje adulto, complejo, que Ricardo Gómez ha construido para protagonizar 'El sustituto'. Alguien dijo que cada dos generaciones hay una tercera que olvida lo que pasó en las anteriores para rescatar de nuevo al monstruo. Y el largometraje de Óscar Aibar pretende ayudarnos a recordar, a poner su granito de arena para que nadie olvide.

 

En 'El sustituto', de Óscar Aibar, conocí a una niña de ojos grandes, Nora Arándiga, que se pone en la piel de la hija de Ricardo Gómez y Nuria Herrero en la película. Nora me contó que para ella ir al rodaje era jugar y trabajar, y quizá no haya mejor definición. Céline Sciamma también sabe de esto, de acercarnos a la niñez como si el espectador, en lugar de ver una película, observara a través de una mirilla a niñas que hablan, juegan y se mueven libres. En 'Petite Maman', su última cinta, es capaz de mostrar a unas niñas que son felizmente niñas, dolorosamente niñas. Si no la has visto, deja lo que tengas entre manos y corre al cine. Seguro que me lo agradeces, como me lo agradecerá la niña que una vez fuiste.

Abril Zamora borda en 'Todo lo otro' a Dafne, una protagonista encantadora pero desastrosa, una 'drama queen' con un trabajo precario a la que las cosas no le van del todo bien. La serie ahonda en clichés ya conocidos de treintañeros que quieren una relación sentimental seria, aunque a veces no saben lo que quieren; que salen de fiesta con energía adolescente, que apuestan por quemar la noche porque no hay nada mejor para sobrellevar carencias económicas, emocionales. Pero también está llena de hallazgos, como esa voz en off que carga cada secuencia de ironía, un universo con el que es muy fácil conectar. Y, sobre todo, lo mejor de es que la trama no pone el foco en el hecho de que la protagonista sea trans. Es una normalidad necesaria: las actrices y los actores trans necesitan personajes interesantes, complejos, distintos, alejados de lugares comunes.

Cargada de un humor particular, que enganchará o alejará espectadores; repleto de referencias al psicoanálisis, de situaciones incómodas, de malestar, de personajes con los que es casi imposible sentir empatía, Doctor Portuondo es una serie difícil, agobiante, afilada, extraña, que añade un hito al catálogo de Filmin. De un egocentrismo similar al de Larry David en Curb Your Enthusiasm, la serie está conducida por el alter ego de Padial, personaje sin nombre al que da vida Nacho Sánchez en una interpretación cáustica, en la que llega a dotar de angustia vital una simple adicción al queso. El diván está a su disposición en el catálogo de Filmin, por si gustan de tumbarse y esperar a que el doctor Portuondo los psicoanalice a golpes de púgil (y a golpe de Freud).

Lo nuevo de Fernando León de Aranoa, 'El buen patrón', es una comedia con toques berlanguianos que no abandona el cine social al que nos tiene acostumbrados; una película hilarante que, más que radiografiar nuestra sociedad, se revuelca en ella como un cerdo en el barro y deja a la vista sus miserias. Si en 'Los lunes al sol' Javier Bardem interpretaba a la cigarra, hoy, casi veinte años después, interpreta al señor Blanco, la hormiga que se jacta de ser un trabajador incansable, todo esfuerzo y dedicación. Aunque la empresa que defiende con tanto orgullo no nace del sudor de su frente, sino de la herencia familiar...

Fue un sábado de noviembre, era de noche, era 2015, era no hace tanto, era París; la gente había salido a cenar, al teatro, a un concierto, lo normal, hasta que se desató el horror. Con el 'hashtag' #PorteOuverte muchas personas que vivían cerca del atentado en Bataclán ofrecían cobijo a la gente que se encontraba lejos de sus casas. La obra #PuertasAbiertas imagina ahora el encuentro entre una vecina, Julie (Cayetana Guillén Cuervo), y un musulmán, Faruq (Ayoub El Hilali) que huye de los ataques. El resultado impacta, conmueve y consigue que empaticemos con los personajes, que entendamos sus miedos, sus certezas. Y que nos demos cuenta de que, a veces, lo mejor para comprender al otro es conversar, entrar en su casa, abrirle las puertas de la nuestra.

'Madres paralelas' es almodovariana total, una búsqueda constante que trata de poner el dedo en la llaga en los males que aquejan a nuestra sociedad. Sus tramas parecen independientes unas de las otras, pero encierran la necesidad de sanar, de curarse para vivir dignamente. Es un decálogo sobre el cine de Almódovar, así que enfadará a muchos, encantará a otros. Pero, sobre todo, representa un análisis de las distintas formas de empoderamiento femenino, histórico y político. Una película cargada de deseo, de fuerza, llena de humanidad.   

Lo mejor de 'La Fortuna', el estreno de Alejandro Amenábar en el mundo de las series, son esas escenas que destilan cierta nostalgia por aquellos años en los que un mapa del tesoro era un mundo de posibilidades, en los que nos sentíamos Indiana Jones cuando luchaba a muerte con la espada, cuando se descarrilaba a toda velocidad en una vagoneta de una mina. Cuando el cine de aventuras nos permitía ser invencibles, aunque fuera por un rato.

Ella, Maixabel, una mujer capaz de sentarse delante de los asesinos de Juan María Jáuregui, su pareja; ellos, dos etarras que, tras un tiempo en la cárcel, en soledad con sus pensamientos, reflexionaron, se arrepintieron de su pertenencia a la banda armada. Una historia que encierra dolor, miedos, traumas, que observa mientras trata de entender, de explicar un conflicto complejo. 'Maixabel' muestra que hablar levanta ampollas, pero ayuda a sanarlas. Es un viaje intenso, humano; dos horas durante las que la reflexión, el perdón y el diálogo se revelan como los ladrillos necesarios para construir la reconciliación.

La historia de las bombas de Palomares es tan inverosímil que, contada como una ficción, la gente difícilmente la creería. ¿Se imaginan a Luis García Berlanga contando lo ocurrido? En su versión, el alcalde reuniría a los vecinos para decirles que los tomates cultivados en el municipio se pueden comer, y engalanaría la plaza para organizar un concurso a ver quién es capaz de engullir más tomates. La fantástica miniserie documental 'Palomares: días de playa y plutonio' (Movistar+) reconstruye cómo los gobiernos de Estados Unidos y el franquista construyeron un relato en el que primó el folclore, la heroicidad y la mentira, y ocultaron que lo ocurrido fue mucho más grave de lo que se dijo.

El punto de partida de 'Nora' tiene bastante que ver con la pregunta que a casi todo el mundo le ha acechado alguna vez: ¿qué estoy haciendo con mi vida?  O mejor, ¿qué quiero hacer con mi vida? La directora vasca Lara Izagirre pone a la protagonista que da nombre a su segunda película en una 'road movie' con todos los ingredientes que suelen servir para cocinar este tipo de historias; el viaje externo y el interno, el objetivo final de ese viaje. Y, por supuesto, el objetivo real, ese que tiene lugar en el subtexto: el del cambio, el de encontrarse a una misma, comprenderse y empezar, también, a quererse más.

Lo mejor de 'Chavalas' son esos cuatro personajes a los que dotan de vida, de verdad, de carne, cuatro mujeres maravillosas: Vicky Luengo, Carolina Yuste, Elisabet Casanovas y Ángela Cervantes. Es como si las actrices se hubieran criado juntas, como si hubieran compartido plastidecores en la última fila de pupitres de una clase de primaria. Como si cada verano se hubieran sentado en ese banco que comparten desde siempre en la película, como si se hubieran sujetado el pelo las unas a las otras para vomitar demasiadas veces. Carol Rodríguez Colás, que debuta en el largo con este guion escrito por su hermana Marina, sabe que las historias importantes no tienen que ocurrir en las grandes capitales. Sabe que la chica puede salir del barrio, pero el barrio nunca saldrá de la chica.

El final de una serie te conduce a un vacío conocido, ese que queda cuando termina una gran historia y te despides de personajes que han dejado de ser de ficción para formar parte de tu día a día, de tus desvelos, de tus conversaciones. Ahora toca echar el cierre hasta septiembre, porque en verano la vida está en la calle y los ratos en casa, fragmentarios, son para ver películas con un helado en la mano. Este no es un final de letras luminosas y pañuelo blanco. Es más bien un humilde fin de temporada, un echar el pestillo con el cartel de “cerrado por vacaciones”.

Pilar Bardem fue una actriz extraordinaria; o, mejor, “es” una actriz extraordinaria, porque cuesta hablar en pasado de alguien con una presencia tan apabullante, especial, mítica. Pero no solo eso. Fue presidenta de esta casa durante 16 años en los que se arremangó para luchar y dejarse la piel por los derechos de actrices y actores. Desde el sábado el cine se ha quedado huérfano. Nos quedan sus películas, sus palabras; y los frutos de una lucha, la suya, que han hecho que el mundo sea un lugar un poquito mejor. Gracias por todo, Pilar, te echaremos de menos.

Los veranos de la infancia se prestan a una nostalgia descontrolada. Mi primer cine de verano, del que fui clienta asidua hasta que cerró por jubilación, fue uno en un pueblo de playa. Íbamos al cine con un bocadillo bajo el brazo, untados en Autan y deseando que no nos tocara sentarnos al lado de Antonio, ese niño que verano tras verano se dedicaba a destriparnos al oído el final de cada película antes de que llegara, “es que ya la vi en Madrid”, y se tapaba las piernas con una mantita cuando refrescaba porque su abuela, a la que le preocupaba que se constipara, “todos los veranos me cae enfermo, el pobre”, se la ponía en una bolsa de plástico al lado de la cena envuelta en papel de plata.

Sergio, que acaba de enviudar a sus 83 años, se infiltra en una residencia de mayores para esclarecer un posible caso de maltratos, pero le cuesta asumir su rol de espía y, poco a poco, pasa a ser uno más entre las residentes, el paño de lágrimas de sus compañeras. 'El agente topo' es un documental tan original que parece una ficción escrita para que todas las piezas encajen, pero rebosa verdad en cada fotograma, en cada mirada, cada gesto. Son esas escenas que nos hacen reír, pero que pueden ser aterradoras. Una película necesaria, valiente, y tan llena de vida y emoción como de puro cine.

'Maricón perdido' es una serie en la que la nostalgia no empaña los recuerdos de una vida en la que ser gay, no entrar en los cánones de belleza y la enfermedad se lo han puesto difícil a Bob Pop. Pero no hay victimismo, no hay pena, hay una serie luminosa con un cierre en el que la ficción y la realidad se funden para mirar al presente con ganas de vivir, con optimismo. Porque lo tenga que ser, será, y Bob Pop siempre será fiel a sí mismo.

Gracias a 'La virgen de agosto', de Jonás Trueba, he regresado sin esperarlo a esos días de agosto, a los de las Vistillas y los conciertos en la calle, esos días que ni siquiera sabía que echaba de menos. Perdonad que esto vaya a sonar a zarzuela, pero Madrid en agosto es una verbena. Es empezar a vivir a las siete de la tarde cuando dejar de arreciar (un poco) el calor y las calles de los barrios del centro se despiertan y empiezan a oler a fritanga, a parrilla, a chotis, a algodón de azúcar. El de la película es un agosto iniciático en el que la treintena aprieta, pero la ciudad y la vida se abren ante la protagonista, Itsaso Arana, crujientes y frescas, como si aún estuvieran por estrenar.

'Karen', la segunda película de María Pérez Sanz, nos sumerge con una naturalidad apabullante en ese tiempo en el que la escritora Karen Blixen ('Memorias de África') sintió que su sueño africano se desmoronaba, angustiada por deudas y fantasmas, aferrada a un pasado inexistente. La cinta se centra en la relación con su fiel criado Farah Aden, que imaginamos marcada por la distancia social entre ama europea y criado somalí, colonizadora y colonizado, pero en realidad llena de ternura, cuidados, confianza. Adoran a un dios distinto, pero ambos creen en lo que les depara el destino.