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El director de la serie 'Mare of Easttown', Craig Zobel, le dijo a Kate Winslet tras rodar una escena de sexo que no se preocupara, que en el montaje cortaría su “barriga abultada” para que no se viera, algo a lo que ella, productora ejecutiva, se negó. ¿Qué locura es esta? Luego nos sorprendemos cuando vemos que actrices maravillosas se operan para parecer más jóvenes y su rostro pierde parte de la expresión, pero ¿cómo soportar toda esa carga que la industria pone en las mujeres? La vida que lleva la protagonista engorda, cansa y envejece. Y si queremos creernos a Mare, Mare tienen que ser como Kate Winslet: de verdad.

Hay una familiaridad extraña en los vecinos con los que se comparte edificio. Sus vidas transcurren sobre nuestras cabezas o bajo nuestros pies, y de este vínculo involuntario nace 'Sentimental', la película de Cesc Gay, donde los vecinos de arriba hacen vibrar el suelo gracias a una vida sexual muy activa, demasiado activa si la comparamos con la de los vecinos de abajo, cuya relación ya ha empezado a notar el peso de los años. Parece la típica comedia de enredos, pero es de las que remueven, de las que incomodan y te dejan un poso amargo al final. Si queréis pasar una hora y cuarto espiando por la mirilla a los vecinos de arriba, vais a disfrutar aquí de ese placer voyeur. Pese a la incomodidad del que espía y se ve reflejado sin esperarlo.

 

'Las criadas', ese texto icónico estrenado en 1947 que escribió Jean Genet en una de sus múltiples estancias en prisión, vuelve a las tablas. Un texto que nos habla de la lucha de clases, del deseo de rebelarse, de la aceptación de un destino mísero tras una vida carente de justicia, carente de amor. Ana Torrent es capaz de hacernos entrever en un segundo debilidad y fortaleza, seguridad y miedo, con una interpretación delicada, potente. Alicia Borrachero se crece a medida que avanza la obra. Y La Señora, en lugar de la mujer imaginada, es un Jorge Calvo brutal, femenino, imponente, quien aparece en el escenario cubierto por un vestido rosa, una túnica exquisita.

En 'El olvido que seremos' puede chocar la decisión de casting más importante: la elección de Javier Cámara para dar vida a un colombiano. Pero a los pocos minutos te olvidas de que es él porque en la pantalla vemos a un doctor de Medellín, a un hombre honesto, altruista, a un buen padre y marido. La suya es una historia humana, triste, delicada, necesaria en estos días, sobre todo en Colombia, que sufre tiempos convulsos que nos llegan en forma de imágenes de protesta en las calles, de denuncias estremecedoras por la violencia policial

El D'A Film Festival de Barcelona lleva 11 años centrado en el cine arriesgado, independiente, de autor, poniendo el foco en directores que empiezan, en el cine al margen de la industria, ese que brota en la grieta, ese que a veces florece. El otro día, desde el salón pero imaginando que estábamos en Barcelona, pudimos ver 'Poppy Field', primera película del director rumano Eugen Jebeleanu y ganadora del principal galardón del certamen. A través de la vida de Cristi, un joven policía rumano que lleva en secreto su homosexualidad, asistimos a la crisis emocional de un hombre que no expresa lo que siente, a las contradicciones en un entorno heteronormativo. Es, como 'Queridos vecinos' o la española 'Karen', una cita imperdible.

Nunca pensé que me gustara enseñar, hasta que descubrí que cuando se cierra la puerta del aula se genera una sinergia que engancha, que a veces sorprende, porque puede resultar mágica. Lo he recordado al ver 'Uno para todos', la última película de David Ilundain, que narra la llegada de un maestro interino (David Verdaguer) a un pequeño pueblo de Zaragoza, con todo lo precario que envuelve a las interinidades: de pueblo en pueblo, como antiguos comediantes. Y habla del 'bullying' desde un punto de vista que no es el de siempre, que evita lo cursi y nos presenta a personajes de 11 años como lo que son: personas con sus problemas, sus inquietudes, con el vértigo frente al precipicio al que se enfrentan: el de pasar de la niñez a la adolescencia.

He estado varias semanas enganchada a Guerra 3, en Podium Podcast. Preocupada por si les ocurría algo a los periodistas de guerra Jimena y Richi, que gracias a las interpretaciones de Adriana Ugarte y Carlos Bardem consiguen que te olvides de que solo hay voz, de que no los ves. Porque no hace falta cerrar los ojos para imaginarlos, tampoco al resto de personajes que pueblan esta historia de guerra, política y terror, personajes interpretados por actores y actrices de la talla de Ana Wagener, Ramón Barea, Jorge Perugorría, Aura Garrido, Pedro Casablanc o Nancho Novo, y con periodistas como Aimar Bretos o Carles Francino, que desde un Hoy por Hoy y un La Ventana ficticios relatan al mundo que ocurre en Corea del Norte, donde se ha descubierto algo que puede desembocar en la Tercera Guerra Mundial.

Un edificio corriente en medio de Ciudad Universitaria, se enrarecía más y más hasta convertirse en un escenario terrorífico. Me gusta volver a 'Tesis' y reencontrarme con ese chico de 22 años, Alejandro Amenábar, que en el set parecía un director experimentado y en su primera película tenía claro cómo emular a Hitchcock, a De Palma, a los grandes del suspense. Esa primera secuencia en la que Ana Torrent intenta acercarse a las vías desde el andén para ver el cuerpo que el tren acaba de atropellar, movida por ese morbo que despierta la violencia, ese querer ver y al mismo tiempo ese miedo a mirar.

Es fácil dejarse hipnotizar por la miniserie 'Hondar ahoak' (Filmin), dejarse atrapar por sus imágenes fascinantes, sus pescadores pacientes, la respiración de los buzos, los pájaros disecados. Y parte de la culpa la tienen las tremendas interpretaciones de Nagore Aranburu, quien protagonizó la genial 'Loreak', y de Eneko Sargadoy, al que conocimos en 'Handia'. Ambientada en Ondarroa, desde el primer capítulo nos sumerge en una atmósfera única, gélida, misteriosa, que huele a salitre y a gasolina.

Me gustaría que existiera una palabra esdrújula para definir esa sensación que queda cuando, al acabar un libro o una película, necesitas investigar más acerca de su historia real. La habría pronunciado nada más ver 'Josep', cuando corrí a investigar quién fue Josep Bartolí, fundador del Sindicato de Dibujantes y comisario del POUM, un catalán obligado a huir de España en 1939 que vivió en el exilio el resto de su vida. Esta extraordinaria primera película de animación del dibujante de prensa francés Aurélien Froment, Aurel, retrata esos campos de concentración de la vergüenza que la patria del "Libertad, igualdad, fraternidad" creó para confinar al medio millón de españoles que huían del franquismo. Es un viaje al pasado para reflexionar sobre este presente que parece olvidar de dónde venimos.

De pequeña las brujas me daban miedo. Fue mi hermana pequeña quien comprendió mejor, siendo tan niña, que no eran malvadas, sino valientes, libres. O mejor, que la perversidad de las brujas no está en ellas, sino en los ojos de quienes las juzgan. En 'Akelarre', la película de Pablo Agüero, esta idea sobrevuela cada plano. Retrata a aquellas mujeres vascas del siglo XVII que disfrutaban del bosque, la música y la juventud. A los ojos de la Santa Inquisición, no podían ser más que pérfidas brujas que, con cráneos de macho cabrío, fuego y canciones dedicadas a los marineros a los que esperaban en noches de luna llena, organizaban ritos paganos para agasajar al diablo.

Quizá añorar lo analógico forma parte de esa serie de nostalgias en las que caigo con facilidad, pero que idealizan una realidad en la que acceder a la imagen o al sonido era más complejo, menos democrático. Pero emociona pensar en el hallazgo por parte de Núria Giménez Larang de esas 30 horas de metraje en el que aparecen sus abuelos, siempre sonrientes, siempre de viaje, en lugares excepcionales. De ellas nace 'My Mexican bretzel': una película magnética, bella, que te atrapa sin que te des cuenta y te envuelve en la vida de los Barrett, personajes inventados a partir de los abuelos reales. Una vida en la que la superficie reluce mientras el fondo se resquebraja. Una película llena de capas, de sonrisas que se hielan de un modo imperceptible.

Quienes entregaban los premios iban al grano y las imágenes de los nominados en sus casas, rodeados de su gente, tenían algo de sincero, de emocionante, con perros que ladraban, parejas que abrazaban, hijas que sonreían a la webcam, micros silenciados y felicidad, mucha felicidad. Un par de días después de estos Goyas 2021 me vuelvo a preguntar, como la noche del sábado en el grupo de Whatsapp: ¿será de las galas más bonitas que he visto? Y, aunque no puedo evitar que me sorprenda, la verdad es que sí.

Las cosas de la pandemia ya cansan, pero al menos no han podido con los Goya, no han podido con el cine. ¿Qué harán quienes se lleven el Goya después del grito, de la alegría, del discurso sin subirse al escenario? Imagino bañeras llenas de champán, barra libre para convivientes, pantalos de pijama bajo el vestido elegante. Y la emoción y felicidad que acompañan siempre al momento de recibir un premio después de haber trabajado duro en lo que más te apasiona.

Sí, lo sé, llegó tarde a ver 'El fin de la comedia', creada por Miguel Esteban, Raúl Navarro (creadores de El Vecino) y el propio Ignatius Farray, nominada a los Emmy y a los Premios Feroz. Pero tiene más subtexto del que habría imaginado y deja en quien la ve un poso de tristeza que, sin embargo, obliga a sonreír, con ese póster de Richard Pryor testigo de los absurdos de un cómico que teme no ser gracioso. Es una serie que arranca carcajadas, pero que sorprende por su ternura, su melancolía, por ser un homenaje al payaso triste.

Los quinquis de Calparsoro escuchan tecno y trap, y liberan su estrés en la Fabrik o en fiestas horteras en Ibiza. Lo más interesante en 'Hasta el cielo' son, sin duda, las mujeres. Carolina Yuste se merece el Goya a Mejor Actriz por interpretar a Estrella. Cada vez que ella aparece, la película cobra interés. Como ocurre con el personaje de Sole (Asia Ortega), profundo y sorprendente. Se diría que la película está ahí, en ellas dos, en el interior de las casas y los coches, en las conversaciones, mucho más que en el despliegue de medios en el que se mueven ellos. En estos tiempos en los que las salas de cine no están tan llenas como a mi pequeña cinéfila interior le haría feliz, anima mucho ver cintas así, tan bien rodadas, tan entretenidas. 

Ver cómo la foto de Francisco Umbral aparecía cada día bajo una columna calentita, crujiente, recién estrenada, me parecía una gesta imposible. Una columna diaria y tener tiempo para escribir literatura, para salir a la calle a observar a la gente a través de ese monóculo de escritor que cuenta, nunca se quitaba; tiempo para vivir y así poderlo narrar. Con el documental 'Anatomía de un dandy' descubres que nunca sabías cuándo Umbral hablaba en ficción o cuándo en realidad. Porque la máquina de escribir era s ls vez su disfraz y su catarsis, la única arma que tenía para enfrentarse al mundo.

Un cine cerrado es doloroso, una estocada a la cultura, una herida que se desangra entre luminosos de franquicias y tiendas fotocopiadas. Más del 70% de las salas están cerradas en España por la pandemia, a pesar de que sabemos que la cultura es segura. Los estrenos ahora siguen en las plataformas, arrebujados bajo la manta en nuestro sofá. La oferta a golpe de mando también aleja a mucho público de los cines. Gente que olvida el ritual de comprar la entrada, de arrellanarse en la butaca y hacerla suya por un rato. Echo de menos estar a solas con la película y vivirla de verdad, como se viven las historias en una sala de cine.

Con sus seis o siete años, Moustaphá Oumarou posee un don para interpretar, una expresividad increíble. La cámara lo adora, y su mirada cuestiona, interpela, cuenta. Se come la pantalla, se come la película. El protagonista de 'Adú' consigue poner rostro, carne y hueso a una situación que aboca a las personas al límite de arriesgar su vida para emprender un viaje sin garantías en busca de un futuro mejor.

Reviso un documental sobre la primera directora de cine de toda Latinoamérica, 'Matilde Landeta' (1992), dirigido por Patricia Martínez de Velasco. En él, su protagonista dice que lleva cincuenta y ocho años trabajando en el cine y que es imposible contarlo de forma breve porque es una lucha larga. Muy larga. Sufrió un impedimento y ella lo sabía: era mujer. Harta, Matilde se vistió con un traje de chaqueta, escondió su cabello bajo un sombrero, se puso un bigote falso y entró en un rodaje gritando “¡Silencio!”. Y lo consiguió, consiguió ser asistente de dirección.

Ha empezado 2021 y, de repente, en lugar de evitar las distopías, las abrazo. Por eso he decidido ver, por fin, esa película que evité durante todo el 2020, por mucho que gente de confianza me la recomendara en cada conversación vía Zoom: 'El hoyo'. Uno de sus mayores atractivos es incidir en eso que ya sabemos pero necesitamos entender, eso que decía Hobbes de que «el ser humano es un lobo para el ser humano». Es una bofetada que trata de azuzar, despertar, gritarnos al oído que algo no funciona en ese sistema vertical. Y la demostración de que la ciencia ficción patria tiene futuro: más utópico que distópico.

Qué lejanos aquellos tiempos en los que la palabra plataforma poco tenía que ver con el cine. Ahora mis alumnos de la Universidad de Iowa vienen a clase de español sin apenas dormir. ¿Su excusa? Trasnochar para ver capítulos de 'La Casa de Papel', 'Merlí', 'El Ministerio del Tiempo', 'Élite'. Yo creía que lo hacían para mejorar su español, profesora ilusa, pero pronto me confesaron que les encantaban las historias, los personajes. 'Patria', de hecho, forma parte de la lista de las mejores series del año que cada diciembre publica 'The New York Times'.  A ver si 2021, además de buenas noticias, nos sigue regalando ficciones de aquí a las que poder engancharnos, a las que se enganchen también estudiantes del Medio Oeste americano que terminan por llegar a clase en pijama.

¿Cuánto hay de cierto en la historia de la vampira del Raval, Enriqueta Martí? O, mejor, ¿hasta dónde alcanza la leyenda de esa mujer que fue acusada de secuestrar niños, prostituirlos, matarlos? ¿Era esa asesina en serie que llenó portadas de periódicos, historias de terror? La película de Lluís Danés 'La vampira de Barcelona', que se estrenó en Sitges, muestra quién y cómo era en realidad.

A mí, que con 14 años quería ser directora de cine, 'El día de la bestia' me divirtió, me incomodó, me voló la cabeza. Porque el estilo de Álex de la Iglesia –mezcla de friquismo, costumbrismo, terror y comedia– es inconfundible, y un director al que se le reconoce solo con ver una secuencia ya vale la pena. Ahora, tras el episodio piloto de '30 monedas', he decidido quedarme en Pedraza, el pueblo de Segovia donde transcurre la serie: tengo muchísimas ganas de pasármelo bien. Mientras devoras el capítulo. las tramas avanzan con tal agilidad que es imposible dejarse vencer por la cabezadita que te sobreviene al final del día.

'El malfet d’Inishman' (El cojo de Inishman) y 'Future Lovers': dos textos sin nada en común, dos puestas en escena totalmente distintas, dos obras difíciles de comparar, aunque ambas consiguen recordarnos lo maravilloso que es siempre disfrutar del buen teatro. 'Future...' es volver a una noche de nuestra adolescencia, volver a experimentar que eres especial, que el mundo es tuyo, que la vida, por un par de horas, te pertenece. Y darte cuenta de que a los 18, a los 20, sentirte especial es sentirte vivo, dudar, atreverte.