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09-01-2020

 

Gerardo Vera

“Cuando me meto
en un proyecto, me mato”

 

De niño, en su cuarto se caracterizaba a diario la gran Sophia Loren. Ya de mayor llegó a decirle no al mismísimo Spielberg. Es factoría de proyectos y, sobre todo, hombre de teatro. Cuesta seguir su agenda

 

 

JAVIER OLIVARES LEÓN

Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha

Para rellenar la casilla de “profesión” en los formularios, Gerardo Vera necesita un folio. Dirección de cine y teatro, guion, dirección artística, escenografía, vestuario… El renacentista del siglo XXI tiene ya 72 años (“y cuatro bypass recientes en el corazón”, advierte) pero, por más que intenta declinar la palabra retirada, se le agolpan los planes. Habla de ellos a años vista, como un jovenzuelo. “Es que las temporadas empiezan en septiembre”. La conversación se atropella con su agenda vital y creativa: “Estoy pendiente de un Ibsen”; “me encantaría hacer algo ideal para Ana Belén”; “con Ángela Molina me quedan cosas pendientes”. Y tiene una visión panorámica que completa con la música. El señero Café Comercial de Madrid, acostumbrado a la tertulia desde siempre, asiste a sus reflexiones vitales (en sus acepciones biográfica y vitalista). “Estoy preparando un monólogo que tiene que ver con mis recuerdos”, arranca a desgranar su dietario. “Lo tengo ya guardado como novela, que me ha servido para volcar en un monólogo teatral. No es fácil pasar de 260 páginas a 50... Porque el lenguaje del teatro no es el de la narrativa, y yo soy hombre de teatro”. 

 

– ¿En qué se inspira?

– En relaciones familiares y políticas. Desde mi niñez hasta hoy.

 

– ¿Sale su infancia en Torrelaguna?

– Sí, sí. Es que ahí hubo episodios ineludibles. Que el reparto de Orgullo y pasión ocupe tu casa para alojarse… 

 

– ¿Cómo dice?

– Sí. En 1956, a mis nueve añitos, a Sophia Loren le ponían ¡en mi cuarto! las pestañas postizas para la película. Aún recuerdo hasta el sillón rojo de terciopelo. Era un dormitorio muy grande, una casa solariega. Mi padre era un jefazo de la Falange y en el pueblo no había hotel: por eso se alojaron en mi casa. Ahí estaban también Cary Grant, del que recuerdo unas grandes manos; y Frank Sinatra, dolorido, recostado, porque Ava Gardner estaba en Madrid, a 50 kilómetros, detrás de Luis Miguel Dominguín, y no le hacía caso. Le recuerdo echado.

 

 

– La película no fue un éxito…

– En absoluto. Pero dio de comer al pueblo. Las criadas de la casa hicieron el ajuar de boda trabajando de extras como guerrilleras. 

 

– ¿Habló con alguno de los actores?

– Yo le hacía gracia a Sophia, recuerdo que me sonreía. Y se hizo amiga de Francisca, una de las criadas, que estaba pendiente de sus dolores de cabeza. Y cuando Sophia bailaba un fandango –¡pa’ matarla!– haciendo de Juana, una guerrillera española, sacaba a bailar a Francisca, la sensación del pueblo. Porque Francisca vivía en la parte comunista de la localidad, partida en dos por el río. 

 

– ¿Y recuerda cuándo fue por primera vez al cine en sala?

– Seguro que la primera en tecnicolor que vi fue El mayor espectáculo del mundo, con un impresionante Charlton Heston. Quedé tan fascinado que me convertí en un compulsivo coleccionista de los programas de mano. Toda mi infancia y mi adolescencia se condensan una serie de cajas de cartón en las que ordenaba los carteles por directores y actores. Me mandaba mi abuela a jugar con los chicos, pero regresaba a las cajas de cartón a los cinco minutos.

 

– ¿Le llevaban mucho a Madrid?

– Bastante. Cuando vino Eisenhower a ver a Franco, nos llevaron en autobús desde el colegio del pueblo a la Gran Vía. Íbamos con la hermana Salomé, que nos daba doctrina en un colegio mixto con chicos y chicas convenientemente separados. Todos con banderitas americanas, gritando “¡Ike, Ike!” [el apodo del presidente de Estados Unidos]. La miseria se palpaba: calcetines de lana, guantes con mitones, sombreros viejos, abrigos grises y marrones… me recordó esa impresión a la primera vez que visité Moscú, en los 60. Pero es que los americanos traían leche en polvo y mantequilla salada, que repartían en las escuelas...


– ¿Le impresionó aquella Gran Vía?

– Pues sí. Frente a mí, casualmente, estaba el cine Palacio de la Música, con un cartelón de Los diez mandamientos, otra vez Charlton Heston, con Yul Brinner, el faraón. De vuelta al pueblo, en el autocar, empecé a dibujar en mi álbum. Llevaba en él una perfecta cara de Pío XII que había hecho, y la rompí. De repente me molestaba la copia perfecta. Yo dibujaba muy bien, la verdad. Y empecé a fabular, a hacer otras cosas: mares Rojos, faraones… y ese desarrollo visual tan potente me acompaña hasta hoy.

 

– ¿Cuándo se instaló su familia en la capital?

– Cuando mi padre fue trasladado allí, a mis 14 años. Y como ya no tenía acceso a los programas de cine de Miraflores [su pueblo natal] y Torrelaguna, tuve que mentir como un bellaco para seguir obteniéndolos. Por cierto, ahora que lo pienso: si no hubiera mentido tanto, no habría llevado una vida tan saludable. Preguntando, iba conociendo las distribuidoras del centro de la ciudad. Cifesa, en la Gran Vía, y la Paramount, en el edificio Torre de Madrid, en Plaza de España. Conseguía carteles, mi gran pasión. Y luego, ya en la universidad, hice teatro. Todo muy coherente.

 

– ¿Nunca estudió Bellas Artes, con lo bien que dibujaba como escenógrafo?

– Nunca. Hice Filología Inglesa. Y como hablaba inglés tan bien, estudiaba menos para los exámenes. Me proporcionaban becas para ir a Londres a trabajar dando clases de español y matricularme en grandes escuelas de escenografía. Hice proyectos muy insólitos para la época, muy europeos. Mis techos de siete metros eran chocantes frente a los de cuatro que había entonces.

 

– En los sesenta, estudiar inglés era muy raro.

– Mucho. Mi madre tuvo la feliz idea de apuntarme en la Escuela Oficial de Idiomas. Profesores extraordinarios, luego Instituto Británico, la facultad… Estuve también de intercambio. Mi cultura inglesa fue grande, como ahora.

 

 

– ¿Su padre fue aperturista cuando dijo usted de irse fuera?

– Mucho. Tenía mala conciencia conmigo, porque no se había portado bien con la familia. No se permitía poner pegas a lo que yo quisiera hacer, que solo era buscarme la vida. Incluso en los aspectos más íntimos también fue muy tolerante. No tuvo ningún problema con mi orientación sexual. También hay homófobos de extrema izquierda… En mi monólogo, por cierto, casi todo gira en torno a la relación entre un padre y un hijo. Acabó tuberculoso, aislado en el hospital de La Fuenfría, donde falleció a los 54, destrozado. Había sido compañero de juergas de Jarabo, el mayor asesino de los años cincuenta, célebre por fundir en una semana 10 millones de pesetas que trajo de Puerto Rico. Lo gastó en putas. Vivieron la noche madrileña. Mi padre se lio con una vedette, mientras mi madre estaba embarazada, con una hija fallecida…

 

   Gerardo Vera, hiperactivo, reconoce algunas asignaturas pendientes. Por ejemplo, el único autor español que no ha hecho: Lorca. “Es tan grande que me da miedo. Lo leo y me produce unas heridas descomunales. Creo que escénicamente no habría estado a la altura. Soy bastante humilde, supongo”. Y hay una ópera que tampoco ha afrontado nunca, aunque se la han ofrecido dos veces: Don Giovanni, de Mozart.

 

– ¿Sintió ese recelo con alguno de los rusos que ha adaptado?

– Sí, con Dostoievski. Además de Los hermanos Karamazov, con Juan Echanove, he hecho El idiota en el María Guerrero. Y en un año o así haré La sonata a Kreutzer, de TolstoiSe estrenó en el Recoletos de Madrid en los años sesenta, con Fernando Fernán Gomez y Lola Cardona. Me marcó mucho, a mis 20 años. Era la primera vez que veía a un actor hablando con el público: Fernán Gómez se cargó la cuarta pared. Grande, Fernando, gran hombre de teatro. Pero yo no estaba nunca de acuerdo con él, ni él conmigo, en lo relativo a la escenografía. 

 

– La vida les juntó luego, en su debut en el cine.

– Efectivamente. Fernando hizo el guion de La otra historia de Rosendo Juárez, con Antoñito Banderas de protagonista. Y le pedí permiso para reescribirlo. “Haz lo que te dé la gana” [imita su voz]. 

 

– Casi todos los guiones de sus películas son de escritores y/o escritoras.

– Bueno, con Rafael Azcona hice La Celestina… Pero Segunda piel fue cosa de Ángeles González Sinde, a partir de una historia mía. Me había gustado mucho su guion de La buena estrella, de Ricardo Franco, y por eso la llamé. Yo no soy guionista, respeto mucho ese trabajo. Deseo la hice con Ángeles Caso, a partir de una maravillosa historia suya. Una película maltratada por la producción, pero con un poso clásico. Claro, estaba Javier Aguirresarobe detrás de la cámara. Normalmente, los directores artísticos montaban el plano a las 9 de la mañana y luego se iban. Rodando, yo me quedaba siempre, por inercia. Estoy muy encima, soy muy pesado.

 

– ¿Es arriesgado tanto cambio de faceta?

– Pues sí… Hoy, giras con Victor Manuel y Ana Belén, dos artistas descomunales. Mañana, el programa Viaje con nosotros en la tele, con Javier Gurruchaga y Pilar Miró. Más adelante, óperas… Creo que lo único que no he hecho es circo. Y eso me ha llevado a ciertas incomprensiones. Hay quien decía: “¿Que lo dirige Gerardo? Pero si es director artístico”. Y eso que he tenido suerte en el cine, con los mejores repartos. Verá: yo mañana hago un decorado de cualquier obra y todos me felicitan. Directamente piensan: “Este es el mejor”.

 

 

– ¿En esa época había mucha movilidad profesional?

– Mucha. Yo he tenido ofertas para hacer como director artístico un Don Juan en Hollywood, y le dije no al mismísimo Steven Spielberg. A pesar de la insistencia de Antonio Banderas, que iba para protagonista. El guion era del brasileño Bruno Barreto. Al final no se rodó. He tenido muchas posibilidades, pero siempre he seguido el caminito que me ha dado la vida. Me gusta mucho lo provisional. Pero cuando me meto en un proyecto, me mato.

 

– O sea, que no echa de menos el cine.

– Para nada. Mi orden de preferencias es teatro-ópera-cine. Y la tele ya no existe para mí. He hecho mucha tele alimenticia, por sobrevivir. Excepto Viaje con nosotros, un espacio muy imaginativo que tuvo gran audiencia. Pero ahora es el teatro lo que me tiene absorto. 

 

– ¿Diría que hay cultura de teatro en España?

– La gente piensa que el teatro es como la vida. Y no. Es el teatro de la vida. Tiene unas normas. No se puede hablar en el teatro como en la vida. Un ejemplo: yo hice en el teatro María Guerrero La loba, una función con Núria Espert. El actor tenía que morirse de un infarto, y no me gustaba cómo moría. Representé cómo quería que lo hiciera. Y él discrepaba. “Lo que quiero es que el espectador asista a la angustia de un hombre que necesita una pastilla para salvarse, pero la mujer se la retira para que muera”, le decía. Y eso tiene un tempo, una angustia, que hay que lograr desde el teatro, no desde la vida. Prescindí de él.

 

– ¿Todos los intérpretes del cine valen para el teatro?

– No.

 

– ¿Y viceversa?

– [Silencio]. Es más probable. El escenario tiene una energía que hay que entender. Cuando pisas las tablas que han pisado Fernán Gómez, José Bódalo o María Dolores Pradera, te impregnas de un calambre, una energía, que emana de la que ha recibido toda la gente que ha actuado en ese escenario. Te da una entrega que llega desde el talento, desde el esfuerzo. Hay actores que están media hora dando gritos para calentar la voz o concentrarse. Y los actores mayores se les quedan mirando y se ríen.

 

– ¿Puede interesar el teatro clásico a los millennials?

– En ese sentido, tengo una buena experiencia de mis tiempos como director del Centro Dramático Nacional [de 2004 a 2011]. Venían los institutos de visita, con la bronca propia de los chavales, y en dos segundos el silencio era acojonante. Todos querían volver. Pero los videojuegos, el móvil, Internet… les impiden ejercitar la memoria. En mi época te sabías cualquier capital africana, ahora la buscan en Internet y listo. Yo no podría vivir sin literatura, como no puedo vivir sin la música.

 

– ¿Compra mucha música?

– Tengo una colección de vinilos de gran valor para mí. De joven, aprovechando mi estancia en Inglaterra, empecé a recorrer las tiendas para comprar bandas sonoras originales (BSO) de esa época. Luis Suñén, un buen amigo, tenía un programa de cine en RNE y me llevaba como invitado. La gente flipaba y llamaba cuando poníamos, por ejemplo, la música original de El Gatopardo. O una película de Hitchcock que cambió de banda sonora entre Vértigo y la siguiente, por ejemplo, porque no le gustaba. Ese mundillo no lo comparto con nadie.

 

– ¿De estudiante tampoco?

– En Inglaterra vivía de la beca de la facultad. En Covent Garden programaban las promps, con las óperas de más éxito de la temporada. Levantaban el patio de butacas, y los estudiantes nos sentábamos en los libros. Vi La Walkiria de Wagner, dirigida por Georg Solti. Me puse tan cerca que el tío me miraba con recelo, por si me daba con la batuta. Estaba pegado, absorto. Para mí, la música ha sido fundamental.

 

 

– ¿Llegó usted a representar en Covent Garden?

– Sí, una Carmen con Núria Espert (directora) y con Zubin Mehta. Yo hice los decorados, como escenógrafo ya consagrado. Estábamos todo el día juntos. Luego hice con él también Il Trovatore y Medeaen el Palau de les Arts, de Valencia. A Mehta le tengo mucho respeto y cariño. Quién me iba a decir a mí que aquel que miraba desde abajo a Solti…

 

   Vera, Premio Nacional de Teatro en 1988 –la primera vez que se concedía a un escenógrafo–, maneja muchos palos, pero los galardones han reconocido sobre todo esa labor tan circundante como imprescindible. Obtuvo un Goya al mejor diseño de vestuario por El amor brujo (Carlos Saura 1986) y otro a la mejor dirección artística por La niña de tus ojos (Fernando Trueba, 1998). Comparte su vida con el dramaturgo José Luis Collado, adaptador y gran impulsor de todas sus últimas obras. Siempre se refiere a él como “Collado”. Todos sus planes tienen sobreimpresionado el rótulo pendiente. En La Abadía tiene a punto con La Joven Compañía una adaptación de la novela ¿Qué hacemos con Eddy?, el despertar de un homosexual en la Francia profunda de los noventa, con un padre bestia y machista. “Serán solo un actor blanco y otro negro, dirigidos por mí. Está Collado detrás y solo falta la temporada por decidir”.

 

– ¿En cine y en televisión tuvo tantos medios como en el teatro?

– Sí, la verdad. Una vez, en Viaje con nosotros, con Sara Montiel y Santiago Carrillo como invitados, conseguimos meter un tren de aterrizaje de Iberia destrozado en el estudio. Era una coña sobre el famoso Mystère de Alfonso Guerra [se comentó que el entonces vicepresidente había utilizado este avión del ejército para evitar un atasco]. Y Pilar Miró, directora del ente público RTVE, empezó a tener problemas con el gobierno. Por eso estuvo a punto de no emitirse, con Carrillo ya sentado en el plató. Javier Gurruchaga contactó con Pilar, que estaba en ese momento en el Congreso de los Diputados. “Por mis cojones se emite”, dijo ella. Y se emitió. He sido testigo de muchas cosas. A veces, me apabullo. Hay veces que me meto en la cama y no logro dormirme. 

 

– Normal, tiene una centrifugadora de proyectos y recuerdos. 

– Me interesa hacer un Macbeth de Shakespeare con Carlos Hipólito, hecha por Collado. Parece diseñada para él. Ha hecho cosas al dedillo de Juan Echanove, como Sueños, de Quevedo. Nos llevó un año. Collado ha hecho conmigo muchas cosas: Los Karamazov, El cojo de Inishmaan, El Idiota… Es el dramaturgo de la Joven Compañía, con José Luis Arellano.

 

– ¿Pero no estaba barajando la retirada?

– Es que tengo muchas cosas en la recámara. Por ejemplo, un Ibsen. Desde la operación de corazón descanso mucho mejor, no tengo taquicardias…

 

 

– El espectador medio asocia al teatro con grandes mujeres: Amparo Baró, Concha Velasco, Núria Espert…

– No estoy de acuerdo. Carlos Hipólito, Juan Echanove, el argentino Alfredo Alarcón, que hizo un Rey Lear fantástico. Era impresionante lo que hacía todos los días en el Teatro Valle Inclán. Y Pedro Casablanc… Y me interesa mucho, mucho la evolución de Pepe Sacristán. Siempre le he tenido mucho cariño. Leo una entrevista con él, y suscribiría cada frase. Tiene una gran cabeza y un talento teatral extraordinario.

 

– O sea, que le va a tirar los tejos.

– Creo que sí. Me es necesario. Su biografía es tremenda. Me contaba Julia [Gutiérrez Caba], cuando estaba en la compañía titular del Infanta Isabel, que hace muchos años, un domingo tuvieron una baja doble: dos actores que se habían pasado el sábado por la noche con el alcohol. Buscaron por todo Madrid hasta que dieron con dos actores. ¿Sabe quiénes eran? Alfredo Landa y Pepe Sacristán. Ahí se dio cuenta todo el mundo de que eran muy buenos.

 

– Tienen mucho que aprender los actores jóvenes de gente así.

– Sin duda. Mire, Bódalo se concentraba escuchando el partido de fútbol en la radio, con los auriculares puestos. Un minuto después salía a escena y te dejaba sin respiración. Hacía unos ligeros tragos guturales y se comía las tablas con ese vozarrón. Tenía su método, como Ismael Merlo. En La casa de Bernarda Alba (con Pedro Almodóvar entre los figurantes, por cierto) acababan los saludos al público, bajaba el telón y decía “145” o “82”. Merlo contaba los espectadores del patio de butacas, el tío. “Hoy hemos flojeado”. Es una época estupenda, irrepetible.

 



 

– ¿Tiene más asuntos pendientes?

– Pues sí, con Ángela Molina. La tengo en un pedestal de la interpretación, pero, sobre todo, humano. Es la vida. Es un río, una montaña, un bosque. Es la pasión, el olor, el afecto, la tolerancia… con unos genes artísticos estupendos. Tengo algo en la cabeza para ella, pero tiene que ser algo muy especial. Tiene ese punto… que ella está leyendo una función y, si no le gusta, se va. Nos vemos y nos abrazamos, siempre. Me llama “mi niño”. Es tan guapa, tan natural… Y con Ana Belén también me gustaría coincidir. 

 

– ¿Es fácil cuadrar agendas? A Carmen Machi, por ejemplo, apenas le dejan tiempo la tele y el cine.

– A Machi siento que la he perdido. Y lo siento. La vida nos ha separado. O quizá no hemos encontrado nada fuerte que nos una. Lo digo con más nostalgia que pena, pero estamos vivos. Tenemos tiempo, y vive a tres manzanas de mí. Tengo mucha plancha: si hay un proyecto que nos encaje… sé que Ibsen es para Echanove, Macbeth para Hipólito, sé quién hará mi monólogo… Pasa muchas veces, pero no con mucha gente. He recuperado a Pedro Casablanc, al que tenía un poco perdido y lo adoro. Es de los mejores. 

 

 

 

 

Los tres de Hollywood… y los demás

Con los tres intérpretes españoles más internacionales trabajó Gerardo Vera en su corta filmografía. Así desglosa su personalidad. Y la de otros.

 

Antonio Banderas. Es y era muy grande. Estuve la noche del María Guerrero, en la época de Lluís Pasqual, cuando se estrenó Eduardo II de Inglaterra, un mano a mano con Alfredo Alcón. Todos dijimos: “Ha nacido una estrella”. Era muy jovencito. Empezaba una carrera singular, especial. Hizo películas con todos los mejores directores, y nunca abandonó el teatro. De hecho, está llevando un teatro en Málaga. Como subordinado es muy disciplinado. Y es un gran compañero. El que crea un buen clima en un rodaje es el actor, sobre todo el protagonista. Y eso lo hace muy bien.

 

Javier Bardem. No creo que tampoco le haya cambiado Hollywood. Ha cambiado él como actor, eso sí. Pero la fuerza, la intensidad, la verdad, estaban ahí desde el principio. En Segunda piel, cada vez que rodaba con él, me fascinaba. Le decía yo a Jordi Mollà, muy amigo suyo: “¿Por qué me mira tanto Bardem? Se pasa el día mirándome”. Y cuando vi el primer copión de la película lo entendí: había absorbido cada uno de mis gestos, interiorizando una forma de ser a través de ellos. En Benicàssim, el primer día de rodaje, pidió verme. Fuimos a cenar y hablamos de todo menos de la película. De vuelta al hotel, me preguntó qué música escuchaba. Y yo estaba escuchando La delgada línea roja, del alemán Hans Zimmer, muy interesante. Se llevó el disco para escucharlo, como una forma de conectar conmigo. Chapeau.

 

Penélope Cruz. Me llamó para hacer La Celestina. No hizo falta prueba, pero estuve dudándolo a priori. Hace un trabajo muy profundo, muy orgánico. La veía rodar y todo lo que rueda lo hace suyo, tiñe el personaje de una verdad que va creando un todo que impide quitar la vista de la pantalla. Esos ojos… Es muy trabajadora, admite todo. La escena del suicidio –en la torre rodeada de palomas– estaba llena de dificultades, y ella no pone pega a nada. Nunca. Y es encantadora.

 

 

 La hucha del CDN

Gerardo Vera fue también gestor: entre 2004 y 2011 ocupó la dirección del Centro Dramático Nacional. “Hay una caja fuerte con determinado dinero que administras tú, pero no da para todos. Al distribuir y repartir, surgen privilegiados y damnificados, inevitablemente. Asumes que vas a llenar un carro de enemigos. Eso va en el cargo”, recuerda. Según él, parte de esos enconos proceden de un concepto equívoco: llamar a un director para hacer un espectáculo hacía fluir todo, esa temporada. “En el octavo año, lo hablé con mi marido: en cuanto deje el cargo, el teléfono se va a quedar mudo. Y así fue. O eres mayor y estás preparado, o te espera un shock”.


   Lo que más le gustaba del cargo (“y de mi forma de pensar”) era labor de mecenazgo a los jóvenes. De hecho, a Alfredo Sanzol, ahora director del Centro Dramático Nacional, empezó de ayudante de dirección suyo: en Divinas Palabras, que llegó al Lincoln Center de Nueva York, en El enemigo del pueblo… Y cuando iban a hacer El rey Lear fue el propio Vera quien decidió producirle una obra en la sala pequeña del María Guerrero. Así dirigió Sí, pero no lo soy, todo un éxito. José Luis Arellano, también impulsado por Vera y Collado, dirige La Joven Compañía.  

 

 

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