– Por lo general, sus personajes caen bien, ¿por qué?
– Porque engaño a la gente. O porque no me han dado papeles de megamalote. También me sentiría muy cómodo haciendo de hijo de puta, me parece muy divertido [risas].
– ¿El cine o el teatro mantienen la capacidad de cambiar conciencias?
– Quiero creer que sí. Siempre han estado ligados a la denuncia social, o al menos a hablar de la sociedad y de todos sus aspectos, también de sus problemas. Claro que no todas las películas tienen que ser así, debe haber de todo: comerciales, dramones, de acción… Pero a mi juicio, el elemento cultural más importante del celuloide es la denuncia social.
– Ha hecho humor en contextos muy serios, incluso de conflicto, como era el caso de Vaya semanita, con la amenaza de ETA de fondo.
– O Pagafantas mismo, realmente un dramón: un chaval totalmente enamorado de una persona a la que ni se le pasa por la cabeza corresponder ese amor. Se trata de desdramatizar, que no es relativizar ni quitar importancia a las cosas. La emoción de la risa es muy pura y permite que un problema entre mejor que si uno empieza con algo muy intenso, muy evidente o muy cargado. A mucha gente eso le puede alejar. La comedia es como un aceitito que hace más accesibles los temas serios. Lo importante es ‘reírse con’, no ‘reírse de’.
– Si siguiera existiendo la amenaza etarra, y teniendo en cuenta la presión que ejercen las redes sociales sobre los artistas y los creadores, ¿se podría hacer una serie como Vaya semanita?
– Hay un claro retroceso en las libertades. Viendo lo ocurrido con los titiriteros, si ahora estuviéramos haciendo Vaya semanita, seguramente acabaríamos casi todos en la cárcel.