twitter instagram facebook
Versión imprimir
19-11-2021


Antonio Hernández

“Tengo la sensación de que la próxima película será la primera”

Actor cómico vocacional en su pueblo, director de leyendas y de obras legendarias, responsable de ‘Inocente, Inocente’ y de muchas series ineludibles en la tele. Antonio Hernández, con una película ya a punto de rodaje, repasa su trayectoria desde que coincidió con Trueba en la facultad


JAVIER OLIVARES LEÓN

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

Un ejemplo más de las flaquezas de Internet. Según varias páginas, cinematográficas incluso, Antonio Hernández debutó como actor a los cinco añitos con Analía Gadé e Imperio Argentina, dos musas de la época, en películas de época: Ama Rosa y Luna de Verano. Falso. “¡Ya me hubiera gustado!”, exclama el polifacético cineasta. ”Mi relación con Internet no es buena. Tampoco estoy en la enciclopedia del cine español de la Academia, una cosa que no entiendo. Y en Internet me adjudican películas de 1948, antes de nacer. Lo del big data, en mi caso, es un despropósito”. Salmantino de Peñaranda de Bracamonte, a los 68 años luce tipo fino y amabilidad en desuso. Tanta, que se ofrece incluso a arreglar el entuerto con el señor Google: "Al que quiera consultarlo le mando un currículo actualizado. Tampoco soy tan inabordable” [risas]. Pero no iban desencaminados los duendes del algoritmo. “Yo siempre quise ser una estrella en mi pueblo. Era el gracioso de la familia”, recuerda hoy. “Actuaba en los festivales de la canción. Me bandeé en eso de seguir adelante a base de humor. Pero iba para cómico, no para director”. Películas como En la ciudad sin límites, El menor de los males, Oculto El Capitán Trueno y series como Seis Hermanas, Traición, La fuga Gran Reserva echan por tierra aquella vocación.


– ¿Le ayuda en la faceta de director su punto de vista innato sobre la interpretación?

– Sin duda. Pero lo mío era más bien la farándula. Dos hechos cambiaron mi vida. Por un lado, era compañero del hoy crítico Carlos Boyero [también salmantino], que quería presentarse a Las diez de últimas [concurso de televisión a finales de los años sesenta]. Un día, en su casa, hojeé las enciclopedias de cine con las que se preparaba. Yo hasta entonces era mero espectador de cine, y gracias a aquello empecé a enamorarme de la tramoya, el montaje, la luz o el neorrealismo italiano, sin salir de Salamanca. Y hay otro incidente. Tuve la suerte de poder ver una película que se le coló a la censura, un documental alemán llamado Helga, sobre un parto. Fue un éxito de taquilla que suscitaba colas en Salamanca y en toda España. En primera instancia no me dejaron entrar, fui el único de mi pandilla que se quedó en puertas. Tenía aún 17 años. Pero no me vino mal: me metí solito en un cine de la Gran Vía de Salamanca a ver una película decisiva: 2001, una odisea del espacio. Lloré, me transporté a esa otra dimensión propuesta por un señor llamado Stanley Kubrick. 

– ¿Tanto le marcó?

– ¡Muchísimo! No solo porque más tarde haría mi proyecto de fin de carrera sobre él; es que a la salida de aquel cine decidí que yo tenía que ser director. Quería tener la capacidad de meter a tanta gente en una pantalla. Ojalá yo hubiera llegado al nivel de alguna de las películas de ese hombre… Gracias a Kubrick se me pasó incluso esa vocación de actor.



– ¿Quién le ayudó a hacer F.E.N. (Formación del Espíritu Nacional)?

– Pues… yo tenía 25 años, estaba en tercero de carrera. Soy de la segunda promoción de Ciencias de la Información, rama de Imagen. No me distinguí nunca como un buen estudiante. Me había casado pronto, a los 22. A los 25 ya tenía dos hijos. Y había que comer. Hacía publicidad, cortos, y me lancé con mi hermano Avelino, director de producción, que escribía conmigo los guiones. Montamos dos películas. Suficiente para arruinarnos [risas].

– ¿Y cómo consiguió contar con José Luis López Vázquez, Héctor Alterio…?

– ¡Uf, y muchos más! Estaban William Layton, Miguel Narros, Mary Carrillo... Y el argentino Luis Politi [El corazón del bosque, de Gutiérrez Aragón], que murió demasiado pronto. Teo Escamilla, en la foto, y Pepe Salcedo, como montador. Decidimos que era el momento. Recuerdo visitar todas las productoras para que me dejaran no ya ir de meritorio (un castigo de Dios), sino poder asomarme a algún rodaje. Por suerte, no necesitaba dinero, la manutención como estudiante era cosa de mis padres.

– ¿Y le hicieron hueco?

– Nadie me dejó ni entrar a husmear. No conocía a nadie en Madrid. Solo dos amigos de Peñaranda, mi pueblo. Había llegado a la capital a los 18. Y como no era buen estudiante, me apunté a varias cosas, eso de los sábados que llamaban Tutorías… Me di cuenta de que iba a aprender más arrancando la carrera por mí mismo. Por suerte, sigo siendo muy osado y muy iluso. Tengo la sensación de que la próxima película será la primera, esa sensación la he tenido siempre. Hay compañeros que han vivido con más realismo la profesión, y les habrá ido mejor o peor, pero yo tengo siempre esa impresión.

– Con sus certezas e inseguridades, claro.

– Para ser director de cine las inseguridades forman parte de la mochila. Hay que apostar por ti mismo. Y cuidado con las opiniones que vienen de fuera. Saber filtrar es importante. El director es un vampiro: no hace la música, ni actúa, ni monta, ni… pero al final acaba siendo el responsable de todo. Y eso depende de cómo trates al equipo.



– Compartió clase y estrenos con Fernando Trueba.
– Le conocí en la facultad de Ciencias de la Información en la época de F.E.N., mi ópera prima. Él había hecho ya algún corto. Y coincidimos también por la productora que llevó mis dos primeras pelis, Arte 7, que ya había participado en El Puente [Juan Antonio Bardem] y Asignatura Pendiente [José Luis Garci]. No tenían claro qué hacer con Ópera Prima, les parecía que era demasiado moderna. Del cartel del cine Paz se cayó Una mujer de París, de Chaplin, y en una exhibidora me pidieron opinión sobre la de Trueba. Sugerí que se la mandaran. “Con que esté una semanita…”, dijeron. Y mira el bum que fue. Trueba es un tipo ingenioso, incluso con aquel título que no le entusiasma. Pero poner títulos no es cosa fácil. De hecho, estoy con un guion de cine del que tengo todo menos el título, precisamente.

– ¿Ah, sí? ¿En esas estamos?

– Sé que haré esa película. Seguro. Pero va a crear mucha polémica. Y estoy en tratos para una coproducción con una productora de Argentina. Otro castillo de naipes: cuando fallan las cartas de abajo se cae todo. Pero hablamos de cine. La tele es otra cosa… Nunca he hecho una serie que me hayan comprado; he funcionado por encargo. Todos los actores, productores y directores que conozco han pensado en crear una serie para plataformas. Se ha ampliado mucho la demanda. Y aun así, es mayor la oferta, con mucha diferencia. Ya he intentado vender tres o cuatro. Todo depende de elementos que no manejas. Al menos, yo. Mi influencia termina en el equipo, en los técnicos, en el reparto. Es todo demasiado virginal.

– ¿Habrá un despertar después de la pandemia? 

– Creo que ya lo hay. Seguro que este invierno se superan los 100 candidatos a los Goya, como todos los años. Ha crecido el número de documentales, de lo que me alegro (por fin el corto y el documental tienen un sitio). Y el fenómeno de las plataformas, incluso las de las dos generalistas, está dando mucho trabajo. Pero sigue habiendo mucho paro. Estuve hablado con un productor a punto de retirarse y se asombraba de lo que ha cambiado todo: las plataformas, la asistencia a salas... Todo el paradigma. El consumo del producto, los youtubers… Y yo le decía: “Cuando yo empecé, en 1979, hacer una película era más que un milagro. O estabas ya en la industria o tenías mucho dinero. No había subvenciones”. Recuerdo que había un Premio Especial Calidad o algo así. Y nada más. Te la jugabas absolutamente, pero ahora hay televisiones. Yo creo que los productores se dedican hoy a gestionar los derechos y el dinero de las subvenciones que perciben de Europa, del Estado o las comunidades.



– ¿En aquella primera película no se reservó un papel?

– No. Ni un cameo. Pero en la segunda, Apaga y vámonos (1981), sí. Por cumplir con los créditos pedidos, escribimos un guion muy deprisa, y me reservé el papel protagonista junto a Virginia Mataix, Fernando Fernán Gómez, Chema Muñoz… En taquilla fue aún más desastrosa que la anterior. Mi vida cambió, y por entonces me adapté a otras cosas: radio, publicidad… Hice incluso dirección de doblaje, y aprendí una barbaridad. Ojo, sigo prefiriendo la versión original, pero no puedo ver doblaje: por mi propia deformación detecto cualquier desajuste. La forma de coincidir las bocas y el sonido llega a obsesionarte. Pero una cosa no quita la otra: una frase doblada de  Marlon Brando en La ley del silencio me llega al alma igual.

 ¿En medio hizo otros largometrajes?

Cómo levantar 1000 kilos, que tampoco tuvo gran taquilla. 

– Pero en su 'querida' Internet la gente parece votar en positivo…

– Uy, Internet. Es una democracia muy libre, lo cual está bien, pero eso de las estrellitas de los espectadores… Recuerdo que antes del estreno de El capitán Trueno nos boicotearon la película. 

– Es que abordó usted un mito dificilillo. Lo habían intentado Bajo Ulloa y Daniel Calparsoro.

– Era un reto para el que me creía capacitado. El héroe de mi infancia. Puede que sea mi peor película de encargo, pero hoy no tengo ninguna duda de que es mi mejor trabajo. Hubo muchas localizaciones vírgenes, que tratábamos de adornar, nada más. Y el equipo estuvo muy bien. Los protagonistas, Sergio Peris Mencheta y Natasha Yarovenko, estaban antes que yo en el proyecto, y el resto del reparto fue una disfuncionalidad por las discrepancias con el productor [Pau Vergara], demasiado inexperto, creo yo. El entusiasmo no se tradujo en medios. No pudimos llegar ni a los decorados, muy bien pensados. Considero que lo conseguido es una maravilla. Las películas no hay que justificarlas. Sé cuándo me equivoco. Creo que todo el mundo quedó satisfecho de un trabajo que fue durísimo.

– ¿Cuándo ha vuelto a verla?

Yo no vuelvo a ver mis películas, ni en la tele. Es curioso. Puede engancharme una escena, pero a la tercera o cuarta secuencia acabo dejándolo. Excepto en la adolescencia, cuando vi 35 o 40 veces 2001… y otras icónicas. Al hacerte profesional, el espíritu que debes tener como espectador solo permanece la primera vez, la única vez. La segunda vez que la ves ya no es la misma película. De hecho, llegué a hacer Oculto, con Leo Sbaraglia, para que el espectador tuviera que verla dos veces. 

– ¿Cómo?

– Es un fenómeno curioso. Es la obra de la que estoy más orgulloso, la más personal. No digo que En la ciudad sin límites no lo sea: hay quien cree que no he hecho otra película, que nunca podré hacer algo mejor. Lisboa también tuvo muchos premios. En cambio, Oculto, muy pocos, ya que tuvimos unas diferencias de criterio tremendas con la distribuidora  y yo quise hacer prevalecer el mío. No se apoyó la película como se esperaba. Y por eso no funcionó bien. A eso me refería, a que con Oculto me he tirado el rollo de comprobar que la gente vio dos películas distintas entre la primera y la segunda vez.

– ¿Esa es la que más veces ha revisitado?

– Qué va. Ni esa. Incluso yendo al cine como espectador, hago un ejercicio. Acabo de ver Érase una vez en Euskadi, de uno de mis mejores amigos, Manu Gómez, ayudante de dirección durante 20 años. He estado al tanto de la escritura, las localizaciones y el reparto. Y hay un ojo que tenemos los profesionales: ves entrar la velocidad del trávelin, cómo para, si algo está iluminado con un palio o con una luz directa, dónde está tal o cual corte, qué sonidos suenan de fondo, que tal o cual gesto del actor es así o de otra forma… Pese a ese juicio profesional, la película puede entretenerte o no. Me abstraigo de lo formal. Se me olvida que lo conozco. Esa es una cualidad que me ayuda a seguir viendo cine. 



– ¿Por qué le gusta tanto Leonardo Sbaraglia?

Es que tengo relaciones muy familiares con los actores. Siempre que puedo, repito. El guion de esta película que estoy haciendo se lo he mandado a Luis Callejo. Me entusiasma como actor. Suelo mandar mis guiones a los actores que me enamoran, que me dan algo que me abre el corazón o la experiencia o que me entretienen. Cuando concibo algo, directamente me pregunto: “¿Estará Sbaraglia?”. También he hecho dos con Fernán Gómez, Roberto Álvarez, Carmen Maura o Geraldine Chaplin. Siempre repetiría con personas que me aportan experiencia enriquecedora. Y con las que el resultado final ha estado por encima de lo esperado.

– ¿Es eso que conocemos como química?

– Cuando doy cursos a actores siempre lo hago bajo este epígrafe: “Cada actor, un método”. No he conocido nunca dos actores iguales, ni en lo interpretativo ni en lo personal, ni en la forma de entender el trabajo ni de resolver los problemas. Cada vez que viene alguien a mi vida, es otra cosa. He tenido que ir a cenar con actores para escuchar un despecho, sus desamores o problemas, y leerles el personaje a los postres para que vean cómo lo hago, para darle los tonos exactos. Y hay otros a los que no tenido que decirles nada, basta con probarles directamente en el rodaje. Muchos me dan las gracias por ayudarles, dicen que transmito cierta sensación de calma y tranquilidad, lo cual me agrada. No hay más secreto que intentar que la película sea igual o mejor como la sueñas.

– No me diga que a Fernán Gómez también tuvo que encarrilarle.

– Con Fernán Gómez tuve mucha dirección. Fue necesario hacerlo. Y duro. Pero yo era amigo suyo. Era un tipo abierto, y la casa que compartía con su mujer, Emma Cohen, derrochaba generosidad y risas. Éramos muchos los que les admirábamos. Él era divertido, inteligente, culto y brillante. La primera vez le llamé para explicarle algunas cosas, porque yo era el protagonista de la película, Apaga y vámonos. Hay una escena en la que estoy en escorzo, porque él hacía un loco maravilloso, un loco que no recordaba la última frase que había dicho. Construir un diálogo con él era titánico y divertido. Nos vimos mucho por amigos comunes, como Enrique Brasó, que escribió conmigo muchas cosas, mi amigo de vida. Aprendí mucho con Fernando. Jugamos al mus, paseábamos, nos reíamos. Pero era muy tímido

– ¿Por eso era tan serio?

– Qué va, no era serio. Se quedó con la fama del célebre incidente con aquel señor, al que hizo bien en mandar a la mierda, por cierto. Trascendió la tontería porque se grabó, nada más. A la hora de trabajar, a mí me gusta rascar los personajes, había un tono íntimo. A otros les gusta más quedarse en la superficie. Pero es que para un director hay momentos trascendentales de una película en determinados personajes. Recuerdo que En la ciudad sin límites le dije: “Fernando, a ese personaje solo le queda morir”. Me refería al personaje que viene a salvar a su hijo, y es como si viera a un ángel. Y él, pragmático: “Total, que se muere” [sonríe al rememorarlo]. Pero el plano de él y Leo mirándose es magnífico. Me emociono.

– O sea, ¿cree que le servía de algo lo que habían hablado?

– [Risas]. Pues de algo serviría. O no.

– Volviendo a Sbaraglia…

– Lo conocí en Caballos salvajes, con actores argentinos buenísimos. Y yo buscaba para En la ciudad sin límites alguien con personalidad que estuviera en medio de todas las historias de la película. Se necesitaba un poco del sentido común que se pierde en las familias cuando hay herencias de por medio. Intereses, pasados oscuros, celos, protagonismos. Y faltaba ahí ese comodín con el que el espectador se identificara. No ensayé con él, llegó justo al rodaje, pero trabajamos muchísimo en el durante. Le he dirigido muchísimo. Porque Leo, al contrario que Fernán Gómez, es muy volcánico, Y puede que haga una cosa disparatada. O justa. Quedé contentísimo con el trabajo y nos hicimos muy amigos. Conozco a toda su familia: su ex, su hija, sus padres… sus hermanos, que vinieron a España entonces. Era indudable que haría una segunda película conmigo, porque yo necesitaba a alguien que hiciera de mí. Y como yo ya no soy actor… Volvió a funcionar muy bien. Espero que no pasen otros 17 años…

– Pero, ¿le ha llamado para ese siguiente proyecto?

– Ya ha leído el guion, incluso. Estoy pendiente del título… y la productora. De momento estoy yo solito, como en 1979, 42 años después. Haré lo que pueda, se trata de intentarlo. También coproduje la anterior película, Matar el tiempo, con los hermanos González [Yon González y Aitor Luna] de protagonistas. Son también como de mi familia. Llamé a Aitor Luna para interpretar un personaje en El Capitán Trueno que acabó haciendo Asier Etxeandia. Yon González estuvo en Las chicas del cable. Y tuvo un papel en Sofía, la película que hice para Antena 3 sobre la reina.



– A base de recuerdos y proyectos, está desvelando su lista de preferencias.

– No quiero hacer una lista porque nunca son exhaustivas. Pero estarían Kiti Manver, Vicky Peña... imposible nombrar a todos. Se quedan conmigo en la piel todos los que amo y con los que quiero repetir como intérpretes, no como personas. Porque al revés también puede suceder: hay personas que admiro mucho y no llegan a convencerme como actores. Y cómo le explicas a un amigo eso… Me lo paso muy bien trabajando, dirigir es un privilegio enorme.

– Otros no pueden decir eso.

– Efectivamente: porque han hecho una película o no han dirigido ninguna. O se han quedado haciendo cortos. A pesar de los vuelcos de mi carrera, que es como un saltimbanqui, a pesar de que se divide en dos –entre lo de encargo y lo de autor–, aunque la crítica especializada mezcle y confunda al que hizo “aquella maravilla” de En la ciudad sin límites pero también hizo Gran Marciano... Y he dirigido el programa Inocente, Inocente durante 20 años. Es lo más divertido que he hecho en mi vida. Tenía mucho que ver con la magia del cine de crear una realidad imposible para la ocasión. Y alguien se lo creía. Maribel Verdú emparentada con el Príncipe de Gales, una cabra que entraba por la ventana, alguien que aparece en la Alemania del Este en los años cuarenta... Hubo 300 bromas del Inocente, algunas brillantísimas, sorprendentes.

– ¿Hay muchas que nunca se conocerán?

– No crea. Yo convencí a José Velasco, de la productora Zeppelin, en la que estuve nueve años, para que se diera transparencia a las bromas fallidas. Ello haría más creíbles las que acertamos. Se emitieron programas completos con esas tomas falsas. Y cuando nos fuimos montamos Zebra Producciones, Velasco y yo. 

– ¿Es entonces cuando nace la propuesta de El gran marciano?

– La filosofía de Zebra Producciones era hacer el mejor cine posible. Pero también entretenimiento, claro. En la productora estaban conmigo Antonio Saura, con buenas relaciones a nivel europeo, y Julián Pavón, como productor ejecutivo. Yo nunca quise ser ni director ni gerente. No tengo ese espíritu. Intentaríamos hacer guiones y producir a otros. José Velasco había producido Gran Hermano, que había cambiado la historia de la televisión.

– ¿A usted le gustó Gran Hermano?

– Lo cierto es que, cuando compraron el formato a Endemol, yo no las tenía todas conmigo. ¿Quién querría ver a unos chicos encerrados en una casa? Sería como escuchar la conversación del patio de vecinos, con nulo interés. Pero fue un bum tremendo. Y en la actualidad son realities incluso los debates políticos. Entonces surgió hacer una película con los chicos de Gran Hermano. Hablamos con Álex de la Iglesia, pero no le encajaba; así que le propuse a Velasco dirigirla yo, si me dejaba hacer también la película de Inocente, Inocente. Era una gran oportunidad de hacer una broma, no a una víctima, sino a los 15 o 20 chavales de Gran Hermano.

– Pues vaya conflicto, si no se había enganchado usted al formato.

– Además, me pilló haciendo otra cosa. Tuve que ponerme fotos de ellos con sus nombres para poder moverme con soltura en el rodaje. Y con el equipo de guionistas parimos la idea soñada: una especie de Encuentros en la tercera fase con los concursantes de Gran Hermano. Me fascina esa doble lectura de la cámara oculta. Ese genero siempre me gustó mucho. Woody Allen o los hermanos Marx hicieron cámara oculta en su época. Hubo mucho interés. Carmen Maura me pedía que la llevara a hacer de gancho. “Ojalá yo logre interpretar algún día como las víctimas en las bromas”, solía decir. Y el cinéma verité de Francia o el neorrealismo italiano parten de esa tendencia de que todo parezca natural e increíble. En el fondo, como esto.

– Muchos preparativos para un rodaje exprés, supongo.

– Aproximadamente seis meses de preparación para apenas tres días. Rodé con 54 cámaras y un equipo de 170 personas escondidas. La broma quedó espléndida, pero la crítica le dio por todos lados. Nunca lo entendí. La broma consistía en que un hotel de Extremadura los había contratado en pleno agosto para promocionarlo. Al llegar el autobús se encontraba con un control militar. “¿No nos conoce, sargento?”. Los protagonistas se consideraban los más famosos del momento y del planeta. La película es demoledora en ese sentido: tanto lo que se ve como lo que no, pues se cortaron 240 horas. Sociológicamente era muy interesante, un fenómeno del que estoy absolutamente orgulloso. Al llegar al hotel les recibe una falsa alcaldesa, Pepa Pedroche, una actriz magnifica. Y de repente, un terremoto. Se empieza a caer todo. Una luz cegadora entra por los ventanales como si pasara un platillo volante. Se desmaya la alcaldesa, se monta un pollo.

– ¿Diría que salió creíble? 

– La magia de todo esto es lo que más me entusiasma. Llevamos el alma del espectador a donde queríamos. Como cómplice, para que ame, se ría y sufra contigo. Tú sabes que es solo una broma, pero ves cómo funciona el ser humano desnudo ante una realidad imposible. Al día siguiente encontraban una nave espacial en el campo. Allí estaba un astronauta de Rusia, el actor Yaroslav Kievski, que traía un extraterrestre dentro de la nave. Tenía que entregar al personaje en ese campo. Aparece el ejército en el hotel. Un disparate.

– ¿Cómo fue el ritmo de deserciones de crédulos, entre los chicos de GH?

– Nos iban descubriendo. Mientras revisábamos las grabaciones de audio y cámara, cuando veíamos que alguien se daba cuenta del embuste, le sacábamos enseguida. Había micrófonos y cámaras por todas partes. Al que dudaba, lo poníamos del otro lado. En el desenlace quedaron cinco o seis. Ni Ismael [Beiro] ni Iván [Armesto], los más populares, se lo creyeron. Pero recuerdo que Ania [Iglesias], Jorge Berrocal y su novia, María José [Galera], sí. Se lo comieron todo. Como el médico, Koldo [Sagastizábal]. Todos cogidos de la mano con el astronauta ruso para subirse a la nave espacial e irse a Marte. Al final de la película la nave se levantaba con la luz deslumbrante otra vez. Fue un Inocente, Inocente gigantesco.

– ¿Qué tal fue de público?

– Fatal. Fíjate que Manolo Summers, el primero que me contrató a mí con Antonio Cuevas para producirme un corto cuando era alumno de este último en la facultad, hizo varias películas de cámara oculta: To er mundo é güeno y To er mundo é mejó fueron exitazos de taquilla. Para mi gusto, a la mía le pusieron un título erróneo. Quitaron Inocente, Inocente, la película para llamarlo El gran marciano. Y produjo el efecto contrario. Quizá fui pájaro de mal agüero, pero vaticiné que la gente del cine no perdona que los ajenos a él invadan nuestras competencias. Lo de aprovechar el famoseo para hacer más taquilla fue mal pese a no ser algo nuevo. De hecho, ha vuelto ahora. Luché por que la película se llamara Inocente, Inocente, pero... Con el otro título parecía que los de GH eran los protagonistas, no las víctimas. De hecho, la película tiene club de fans todavía.

– ¿Es lo más friki de su carrera?

– Seguramente. Esa película y todos los Inocente, Inocente. El Capitán Trueno es un poco friki. Y poco más. En todo lo demás he sido muy serio. 



– Gracias a la tele trabajó usted con leyendas como Ana Belén.

– Me lo pasé fenomenal haciendo Traición. Con Ana Belén había un grupo humano extraordinario. Como en la serie Seis hermanas, de la que yo produje algunos episodios con Bambú, donde trabajé durante años. Tengo una lista gigantesca de actores y actrices a los que admiro, amo y respeto. Y hay otra larga lista de gente con la que no he coincidido nunca y me encantaría. Qué lástima no rodar Los 10 mandamientos y darles papeles a todos [sonríe]. La vida te va ofreciendo oportunidades [piensa unos instantes]: Israel Elejalde había hecho un papelito conmigo en Oculto y tuve la suerte de repetir con él en Traición. En esa serie Nathalie Poza fue otro hallazgo…

– ¿Diría que tiene usted mano izquierda?

– Un director depende mucho de los actores. Los llevo por donde ellos creen que les puedo ayudar. La severidad y la disciplina las suelo apartar de mi vida para casi todo. Soy muy romántico en esto. Me gusta empezar de cero. Tirarnos al barro y ver qué puede salir. 

– Después de tantos años, ¿no ha chocado con nadie?

– No, no, no. En mi segunda película, hace muchos años, hubo un actor que me montó un pollo… Era 1981 y no recuerdo su nombre. Fue a cuenta del guion, los planos, el personaje... Absolutamente incomprensible. Creo que es el único caso en 40 años. El resto de veces haces un aparte, charlas, se liman asperezas. Encontronazos sí he tenido… Si se trataba de una película mía, he conseguido enderezarlo para llevarlo a buen puerto. Y si era de encargo, he renunciado al esfuerzo. “No me entiendo con él, que haga lo que pueda, como hago yo”. Es posible que incluso haya llegado a pedirle perdón. Pero meterme en peleas, nunca, no conduce a nada. Habré tenido dos, que no voy a mencionar. Pobrecitos.



– ¿Se ha arrepentido de no haber aceptado algún proyecto?

– Uy, muchos. Todos a los que he dicho que no… Después de Lisboa me empezaron a encargar cosas. Cuando hice En la ciudad sin límites, el primer encargo fue Cómo levantar 1000 kilos. Me ofrecieron películas en Estados Unidos, Canadá, Francia, Italia… tanto en los noventa como a principios de la siguiente década. Nunca me gustaron aquellos guiones y ni les di una vuelta. Estaba en Zebra, y creía que podría hacer el cine que yo quería, después de rodar En la ciudad… y Oculto. Me reuní incluso en Cannes con una productora norteamericana. Pero era para una película de detectives espantosa, con zombis. Y dije que no. Y rechacé la historia del hijo de un canario que llegó hasta Canadá tras haberse fugado en la posguerra española, en un barquito y con 16 años. No me convencía porque viraba hacia lo religioso. Decliné también una que dirigió Carlos Saura, El séptimo día, sobre el suceso de Puerto Hurraco. Al verla, pensé: ”Qué listo es, qué bien lo hace”. Nunca hubiera imaginado que pudiera quedar así de bien.

– En cambio, dijo sí a…

– …a Los Borgia, El Capitán Trueno, El gran marciano, Cómo levantar 1000 kilos… y a muchas cosas que me han ofrecido en televisión, como La fuga, Sofía, Hoy quiero confesar...

– Esa cuenta la vida de Isabel Pantoja, ¿verdad?

– Sí. Con Belén López, otro pedazo de actriz. Madre mía. Llegué a convencer a Antena 3 de que no nos ciñéramos a la Pantoja para así contar la historia de una mujer similar a ella. “No es una chica que se parezca físicamente, pero vamos a apostar por ella, que canta y baila bien, es andaluza y tiene su carácter interpretativo”, esgrimí. También la tuve en Traición. Nos queremos mucho. 

– ¿En las series hay grandes talentos?

– Muchísimos. De cierto nivel hacia abajo, dentro de la industria española hay talento espectacular. Que nadie se me ofenda. He trabajado con directores de foto, montadores, músicos, guionistas, atrecistas, directores de arte… gente magnífica, al nivel de Hollywood. Se nota más falta de talento hacia arriba. Por suerte, se está abriendo paso una producción más inteligente, siempre al servicio del dinero, pero más sensible, más profesional. Estamos en un buen momento de cara al exterior. Pero arriba falta el talento que hubo en este país.

– ¿Se refiere a la producción?

– Falta riesgo, falta ingenio. Elías Querejeta y otros sabían apostar por otro cine. Nadie ha vuelto a producir como Querejeta, por decir alguno. Lo más premiado en festivales siempre. No es normal que un tío como Paco Regueiro, que ha hecho Padre nuestro, esa película tremenda, no encuentre producción… A Víctor Erice tampoco le ayudaron. Cuando montamos Zebra le dije a mi productor de respaldar esta gente. Al tío que ha hecho El sur o El espíritu de la colmena, debemos ayudarlo. Ayudémonos.

– ¿Usted echa en falta a veces un empujoncito?

– Ha habido veces en las que he comentado: “Ya no hago más películas”. Pero mi vida no puede depender de que haga películas o no las haga. Debe depender de mi pareja, mis amigos, mis vacaciones, mis libros, las pelis que veo, lo que como… Dirigir es cada vez más complicado. Si llegas a una edad en la que no eres ni autonómico, ni mujer ni joven, resulta muy difícil que te produzcan. Es lógico que en las autonomías promocionen su lengua, su cultura y sus ciudadanos. En el País Vasco, en Valencia o en Galicia, siempre he rodado con actores locales. Cómo no voy a entenderlo. Y cómo no voy a entender que haya un 50 por ciento de mujeres directoras. Nadie con un poco de sentido común puede negar la igualdad a todos los niveles. Y cómo voy a negarme a que apoyen a esa gente novel que todavía no ha podido dirigir.

– ¿Ha palmado usted mucho con la faceta de productor?

– No sé qué decir... He perdido, claro. Ahora no lo hago porque no hay nada que arriesgar. Sin tener detrás un gran grupo, tipo Mediaset o Atresmedia, no hay forma. Yo he trabajado casi siempre con Televisión Española. Y ahora me refiero solo al cine: En la ciudad sin límites, Oculto, Matar el tiempo, Lisboa. Ha entrado siempre TVE, mi nave nodriza. Tengo una relación magnífica con ellos, aunque cambien los directores generales y los gobiernos. Lo que he hecho con Antena 3 es de Atresmedia. En lo que hecho para Antena 3 y Telecinco no hay medios míos. Hay guionistas propios, y a mí me llaman como director contratado.

– ¿Tan caro es hacer cine en este momento?

– Carísimo. En cuanto intentas cerrar siete semanas de rodaje con un equipo normal… Esta nueva película que persigo ahora con Leo Sbaraglia y Verónica Echegui, y espero que con Ángela Molina y Luis Callejo, no es cara, pero es inevitable que ronde los tres millones de euros. Es un guion antiguo que adapté y reformé. Busco coproducción con Argentina porque una familia argentina protagoniza una de sus tres tramas. Se rueda en la costa, hay gastos de dietas, equipo, etc. Pero TVE no podría llegar a todo. TVE compra derechos para emisión, no coproduce. Y tiene unos topes, por ley. Atresmedia o Mediaset pueden hacerlo. Las plataformas aún no tienen límites tan reconocibles. Esto es una feria. Pero sí, podría empezar mañana. Me falta parte del reparto argentino y me faltan una mujer, dos adolescentes y dos malos.



– ¿Ha pensado en Ernesto Alteiro?

– ¡Lo amo! Tuve la suerte de trabajar con él en Las chicas del cable. Es un crac. Y tiene algo que ver con Leo, más allá de la cuna y el acento. También es volcánico interpretando.

– ¿Qué opina de los actores de moda, tipo Javier Gutiérrez o Antonio de la Torre?

– Que son extraordinarios, y que no hay moda, sino talento. Gutiérrez no es alto, pero sí tiene un altísimo talento. Y De la Torre tiene un historial detrás. Y Luis Tosar. Y los cómicos modernos. Olé. No hay que poner cortapisas a nadie. Tengo amigos actores y técnicos que se preguntan: “¿Por qué yo no? ¿Soy malo, me porto mal, soy demasiado joven, no tengo amigos, a qué fiesta tengo que ir?”. Y la explicación la contaba muy bien Sting en el documental A veinte pasos de la fama, la historia de cuatro cantantes de coro, negras americanas, que han trabajado con él, con Marvin Gaye, con Stevie Wonder... Intentaron hacer carrera independiente con el apoyo de las discográficas, que sabían que cantaban mejor que los solistas a los que solían acompañar. Y respaldadas por ellos mismos. Pero no lo consiguieron. Sting decía que él, que canta peor, sin tanto talento vocal, solo llegó por una palabra: suerte. Y no hay otra.

– Dicen que la suerte la inventó un perezoso…

La suerte tiene la desfachatez de cambiar las reglas del juego cada poco. Y como las cartas pueden darse la vuelta de nuevo, es mejor no tirar la toalla nunca. Yo he jugado con las que me han tocado. Ni idea de si puedo tener algún mérito fuera de la mano que da las cartas, en mi desgracia o en mi suerte. Ahora estoy jugando con 40 años largos de experiencia, y dependo de que me conozcan o no.

Versión imprimir

Contenidos Relacionados