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28-12-2020


Greta Fernández

 

“A los actores nos educan poco para trabajar los personajes por nuestra cuenta”


 

Siente que ha trabajado poco, pero no abundan las actrices de su edad que puedan presumir de Concha de Plata. Tras semejante logro la vida no se le ha llenado de facilidades: comparte piso y completa los ingresos de la interpretación con otras facetas a las que a veces le cuesta poner freno 




PELAYO ESCANDÓN

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

Los ojos de Greta Fernández (Barcelona, 1995) ya delatan experiencia. Su mirada profunda acompaña a una voz seria. Es de esas jóvenes actrices que ya hace tiempo dejaron atrás la condición de promesa para codearse con grandes intérpretes y directores. Recibió su primer papel, que califica de “anecdótico”, cuando tenía solo 11 años. Se formó en las escuelas de Nancy Tuñón y Laura Jou. Ha actuado a las órdenes de Isabel Coixet o Isaki Lacuesta, pero fue la debutante Belén Funes quien hizo posible que ganara la Concha de Oro a la mejor actriz en San Sebastián y estuviera nominada al Goya por La hija de un ladrón. Tras mudarse a Madrid, recientemente estrenaba la esperada serie 30 monedas. Todo con 25 años. Vestida con un conjunto de dos piezas a rayas, Fernández sostiene una elegante sensualidad mientras relata tranquilamente su trayectoria en un hotel de la Gran Vía madrileña. 

 

– Su último proyecto es 30 monedas, la segunda serie para televisión de Álex de la Iglesia.  

– La experiencia fue muy loca. Me tocó grabar en un pueblo y aluciné con la producción y la cantidad de personal que había. Lo recuerdo como un rodaje intenso porque no estaba acostumbrada a la acción que hay en muchas de mis escenas. Y Álex es muy guay: se pone serio, pero luego es una persona cariñosísima, tierna. Me envió un ramo de flores cuando gané la Concha de Plata. Me encanta trabajar con él.



– Dice que su primer rodaje fue como un juego porque era muy pequeña. ¿Cuándo empezó a cambiar su perspectiva?

– A los 16 empecé a entenderlo todo un poco más. Este es un trabajo de fondo, con el tiempo vas aprendiendo las reglas del juego, a trabajar de maneras distintas. Considero que en la infancia no interpretaba porque no entendía lo que hacía. Por eso a un niño se le puede dirigir muy bien. Aunque hay excepciones de críos que actúan de verdad, a mis 11 años la película Ficción fue un juego, no un trabajo.

 

– Pero no tardaría en comenzar su formación.

– Fui un año a la escuela de Nancy Tuñón y cinco a la de Laura Jou, entre los 15 y los 20. Aquello era como una actividad extraescolar para gente que ya trabajaba y los viernes nos juntábamos cinco horas para representar escenas. Allí ya empecé a hacer cosas.

 

– ¿Cómo recuerda su incorporación a este oficio de forma profesional?

– Poco a poco vas entendiendo que debes esforzarte más. Es cierto que en el set hay mucho trabajo, pero los actores estamos poco educados para trabajar nuestros personajes en casa. Hoy haría de otra manera trabajos de hace años, pero voy aprendiendo. 

 

– ¿Qué le resulta más complicado a la hora de encarar un personaje?
– Coger un guion y decidir cómo contar el personaje. Ahí el director te ayuda, pero en otras ocasiones las decisiones las tomas tú. Siempre le preguntaba a mi padre [el actor Eduard Fernández] cómo saber cuáles son las decisiones correctas para el personaje y cuáles son las incorrectas, si estás escogiendo desde un prejuicio o desde ti. Contar un personaje de manera honesta, pero también con riesgo: eso es lo que más complicado me parece. Creo que con la experiencia de la vida tomas mejores decisiones. Son muchos hilos que deben estar muy bien medidos. Este es un trabajo muy fino y artesano, y también requiere mucho sentido común.

 

– ¿Sigue usted un método?

Siento que de momento he trabajado poco, que todavía no he tenido ocasión de aplicarlo. En La hija de un ladrón la directora me hizo de guía y descubrí un mundo muy interesante. Gracias a ese trabajo previo pude llegar con mi personaje a lugares a los que yo no habría llegado. Mi trabajo cobró sentido. Tengo ganas de ponerme a prueba en la toma de decisiones.

 

– ¿Cómo es ese proceso?

 Con Sara, mi papel en La hija de un ladrón, lo primero que necesitaba entender era dónde y en qué circunstancias había nacido y qué le ocurría durante la historia. El espectador tiene que entender por qué el personaje hace lo que hace. Siento que un guion es como un caminito en el que ocurren distintas cosas y que yo relleno de gestos y matices todo lo demás para que lo que le suceda al personaje tenga sentido. Hay muchas maneras de hacer cada escena, y tienes que ver lo que ocurre para decidir una cosa u otra. Ahí puede jugar malas pasadas la vanidad del actor. Lo bonito es que contemos el cuento juntos y no que cada cual esté a lo suyo.



– ¿Se ha perdido algo en estos años por motivos laborales?

– La verdad es que no. Tampoco he tenido un elevado nivel de trabajo que no me dejara vivir otras cosas. Mi padre trabajaba mucho y durante una época apenas estuvo. Eso debe ser más duro. En mi caso no ha sido así. Hasta ahora mi labor me ha dado cosas preciosas.

 

– Hija de un actor de renombre, desde pequeña vive de pegada al mundo del cine. ¿Qué percepción tiene?

– Se ha desmitificado un poco, que también es lo que toca. He visto las partes más bonitas y más feas de esta profesión. Pero el ejemplo que yo tenía era mi papá, que es una excepción, puesto que él tenía cada día varios guiones para escoger. Trabajaba muchísimo. Yo en la niñez decía que quería ser actriz porque pensaba: “¡Qué guay, te llegan tres guiones al día y tú decides!”.

 

– La cosa quizá pintaba peor para usted...

– Cuando empezaba me salían cositas. También tenía cerca a mis amigos Anna Castillo y Álex Monner, a los que les ha ido bien y nunca han parado. Hasta que en un momento pensé: “Hostia, igual esto no es así siempre”. Ver por mí misma que no todo sale fácilmente tiene algo sano que me ha venido bien para darme cuenta de que en esto hay que picar piedra. Ese fue el primer cambio al dar mis primeros pasos en esto. Y también hoy sigo aprendiendo: coloco el curro en un lugar y en otro los premios, las galas, la belleza, la moda, las revistas, el Instagram, los seguidores, los likes… Llamo las cosas por su nombre, sin olvidar que yo me dedico a esto y que lo demás es otra cosa, que la interpretación me tiene locamente enamorada y que no quiero despistarme con lo demás. A veces cuesta, no te lo ponen fácil.

 

– ¿Por qué?

– Los premios te sitúan en un lugar bastante difícil: estás en el punto de mira y solo hay una ganadora. Tampoco resulta sencillo disfrutar de la nominación. Ni es fácil perder. El hecho de estar nominada me parece maravilloso, pero desde que llegas a ese punto ya te dicen que ganarás y luego viene la caída. Tengo presente que es una parte del trabajo y procuro que no me líe. Eso sí, cuando dicen tu nombre se te sale el corazón por la boca.

 

– En 2019 compitió por todos los grandes galardones.

– Era consciente de que no ganaría ninguno. Solo tengo 25 años y competía con actrices muy grandes. También estaba tranquila porque gané la Concha de Plata en San Sebastián.

 

– En Instagram cuenta con 160.000 seguidores. ¿Cómo es su relación con las redes sociales?

– Instagram lo disfruto mucho porque me gusta la fotografía y la escritura. Cuando se me ha tildado de influencer he pensado: “Jo, tía, qué lío te estás haciendo, tienes que hacer algo para dejar claro que te dedicas a la interpretación”. Ahora tengo una relación sana con esa red, no me agobia ni me crea inseguridades, aunque he tenido épocas en las que estaba más pendiente.



– ¿Le afectó laboralmente el confinamiento?

– No estaba rodando, así que no se me paró nada, a nivel de trabajo no fue un agobio. En lo personal, al principio lo llevé bien, pero con el tiempo se hizo duro porque mi compañero de piso se fue. Me quedé sola, aunque al menos hablaba con amigas cada día, sobre todo con Anna [Castillo]. 

 

– ¿Cómo ve la situación de los papeles femeninos en la industria?

– He tenido mucha suerte porque he trabajado mucho con mujeres. Aunque es cierto que faltan más oportunidades. También observo problemas en la forma en que se conciben los personajes femeninos. En mi caso encuentro trabas por la edad: me ven demasiado joven para encarnar a alguien de 28 o 30 y ya mayor para alguien de 22 o 23. O infantilizan los personajes o los hacen muy adultos. Creo que con los hombres no pasa tanto, que un chaval de veintialgo puede aparentar más edades. 

 

– ¿Hay menos imaginación con las mujeres?

– Sí. Buscan una niña o una mujer. Hay chavalas de 22 años que han crecido rápido… y es necesario escribir este tipo de personajes porque existen. No hablemos solo de adolescentes tontas sin cosas en la cabeza. Faltan muchísimos papeles femeninos que interesen, algunos de los que a mí me llegan son planos, aburridos. A menudo tengo ganas de ponerme series extranjeras para ver cómo se trabajan los personajes de otra manera.

 

– Ha actuado, por ejemplo, para Isabel Coixet. Ahí está Elisa y Marcela.

– La conocía porque era muy amiga de mi madre. Yo de pequeña era amiga de su hija y alguna vez veraneamos las cuatro juntas. Me hizo mucha ilusión que pensara en mí. El rodaje fue muy divertido, con una poderosa energía femenina, algo muy bonito. Me gustó que Elisa y Marcela fuese mi primera película como protagonista, y además hizo que me preparara para La hija de un ladrón. 2018 fue un año precioso. ¡Y yo que pensaba que sería así, dos películas por año! Ojalá cada año fuera como aquel, no digo ya con dos protas, pero al menos con dos secundarios.

 

– Su madre, la escritora Esmeralda Berbel, ¿qué influencia tiene sobre su carrera?

– Mis padres son artistas y les gusta tanto el arte que inevitablemente me han influido. Gracias a mi madre leo y escribo, y me ha abierto un mundo muy bonito. También ha publicado libros de cocina y me ha inculcado un estilo de vida más saludable y conectado con la tierra y la comida. Tengo mucha suerte: mis padres me aman y me admiran mucho. 



– El año pasado decidió mudarse de Barcelona a Madrid.

– En Barcelona estuve hasta los 22. Me fui al terminar La hija de un ladrón. Tenía muchas ganas de vivir en la capital, pero no contaba con una economía lo suficientemente estable como para cogerme un piso. En mi ciudad vivía con otra gente y pagábamos poquísimo. El traslado me daba incluso cierto miedo porque la interpretación todavía no es un oficio demasiado estable en mi caso. Por eso tiro de la moda, de Instagram y muchas otras cosas para compensar. Asusta lanzarse a esto, pero yo sigo confiando

 

– ¿Echa de menos Barcelona?

– Sí, la ciudad y a mis amigas, aunque en Madrid también tengo a gente. Me marché porque había vivido toda mi vida allí y quería un cambio de aires. Estoy feliz, por ahora sin ganas de volver. Barcelona es mi casa, pero he conseguido que Madrid sea también mi hogar.

 

– ¿Qué valora de cada una?

– Aunque son muy distintas, tienen muchas cosas en común. Me siento a gusto en ambas. Madrid resulta fácil para vivir. Es más frenética y la gente se mueve más, y ese fue uno de los motivos para mudarme: quería caos. Barcelona es más acogedora, más tranquila. Pero siento que las cosas están un poco apagadas, que hay menos oportunidades laborales para los jóvenes. Muchos amigos artistas siguen picando piedra y está complicado ganar dinero. En cambio, parece que en Madrid hay más gente que vive de lo que le gusta.

 

– Lamenta las dificultades para vivir sola en la capital. Y eso que las cosas le van bien…

– Me parece fortísimo que no exista la opción de vivir yo sola dignamente. Aunque sea pagando 800 euros al mes. Me apetece, pero no me lo puedo permitir, ya que eso me obligaría a trabajar continuamente en cosas que no me gustan. Por eso comparto piso, y tampoco pago poco…. Una amiga actriz pagaba 500 euros por un pisito en Chueca cuando se instaló en Madrid cinco años atrás. Ojalá las cosas siguieran siendo así.

 

– En la ciudad ha confluido toda una generación de intérpretes como Anna Castillo o Brays Efe.

– Anna es mi amiga del alma y mi aliada en Madrid. A mi llegada me sentía más tranquila porque estaba ella. Empezamos a estudiar teatro juntas en el estudio de Laura Jou con 15 años. Ella se marchó de Barcelona y yo me quedé. En la capital me rodeo de compañeros que son del grupo de Macarena [García], Belén [Cuesta], Claudia [Traisac]… Brays es muy amigo mío y ahora viviré con él.

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