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28-05-2019


Una cabina para recordar
a Mercero y a López Vázquez

 

Casi medio siglo después del estreno del mítico telefilme, el Ayuntamiento de Madrid le rinde tributo instalando una réplica exacta cerca del lugar del rodaje


CARLOS ARÉVALO

Este 2019 se cumple un año sin Antonio Mercero (1936-2018) y 10 sin José Luis López Vázquez (1922-2009), dos imprescindibles del cine español que pueblan esa larga nómina de históricos a los que tanto extrañamos en nuestra orfandad artística. Juntos formaron, uno como director y el otro como actor, el tándem perfecto en la producción televisiva más aclamada de su tiempo: La cabina.

 

   Casi medio siglo ha transcurrido desde el estreno del mítico telefilme, un mediometraje de aproximadamente 35 minutos cuya primera emisión tuvo lugar en diciembre de 1972, al cual se le va a rendir un más que merecido homenaje púbico. Con la idea de recuperar el espíritu de una de las obras maestras de la televisión en España, el guionista David Linares propuso al Ayuntamiento de Madrid la instalación de una cabina-monumento en memoria de Mercero y de aquella creación suya para TVE.

 

   La iniciativa se aprobó y el consistorio madrileño, en colaboración con la Fundación Telefónica, pronto colocará una recreación de aquella cabina roja y acristalada en el distrito de Chamberí, concretamente en la plaza del Conde del Valle de Suchil, el lugar más cercano al punto exacto del rodaje. No obstante, no se ha fijado una fecha para el acto.

 

Un argumento sublime

La idea de filmar la famosa película para TVE nació durante una jornada de trabajo entre Antonio Mercero, Horacio Valcárcel y José Luis Garci. El prolífico trío de guionistas estaba pergeñando un sketch cómico en el momento en que plantearon el posible argumento de un personaje que se quedaba encerrado en una cabina telefónica. Aunque pronto la sugerencia quedó en un cajón, Mercero no la olvidó. Una mañana que paseaba por la calle de Alcalá pensando obsesivamente en ello se imaginó nítidamente el final de aquella historia: un mundo subterráneo lleno de cabinas con gente atrapada en el interior de las mismas. Tenía el principio y el desenlace, así que solo restaba el desarrollo de la trama. Llamó a Garci y de inmediato se pusieron manos a la obra, encerrándose durante 15 días hasta terminar el guion.



Impecable expresión gestual

Mercero barajó los nombres de varios candidatos para protagonizar La cabina, pero enseguida se quedó con el de López Vázquez, quien acababa de fascinarle con su último trabajo en cine: Mi querida señorita (de Jaime de Armiñán). Y no se equivocó, pues su aspecto físico de hombre bajito con bigote reflejaba muy bien a un tipo gris cualquiera, a un español medio. Era el actor perfecto, dotado con el talento y la fuerza interpretativa necesaria para transitar por los distintos estados de ánimo a lo largo de la cinta: la sorpresa de encontrarse atrapado en una cabina, la sensación de ridículo al sentirse observado por la gente, la impotencia al comprobar la imposibilidad de salir del asfixiante cubículo… Y todo ello viendo cómo la situación avanza hacia una terrible tragedia ante su desesperación más absoluta. Para lograr el efecto deseado en el espectador era indispensable la ausencia de palabras. Los gestos de López Vázquez acompañaron de forma impecable a su mirada desencajada, que reflejaba la asfixiante angustia ante aquella repentina condena.

 

Rodaje en Madrid y Salamanca

La filmación de La cabina se prolongó 15 días. La primera parte se acometió durante una semana en la madrileña calle de Arapiles, en una plaza privada junto a unas galerías comerciales y oficinas. Al parecer, fue un rodaje complicado por la numerosa figuración que aparecía en él.

 

   La segunda parte, la que relata el destino trágico del protagonista, iba a rodarse con decorados diseñados para la ocasión, en un plató que recreara un mundo subterráneo repleto de cabinas, al estilo del tenebroso cine expresionista. Pero durante la búsqueda de localizaciones el equipo de la película descubrió en la provincia de Salamanca, cerca de la frontera con Portugal, la central hidroeléctrica de Aldeadávila, que cautivó a Mercero. Y es que el lugar contaba con todos los elementos que había imaginado, como el impresionante túnel donde entra el camión que transporta la cabina o la sala con esa gigantesca grúa que hacía falta para engancharla. Todo ello era como evocar Metrópolis, y el cineasta vasco no dudó un instante en aprovechar esos escenarios que se encontró sin esperarlo.

 

   A López Vázquez no dejaban de lloverle ofertas y compromisos laborales en aquellos años. Su apretadísima agenda hizo que en un primer momento rechazara el proyecto. Mercero le pidió que al menos leyera el guion para poder conocer su opinión. Nada más recibirlo, el intérprete vio en esas páginas una historia demoledora pero bellísima, así que pidió a su agente que le buscara un hueco. Según declaró años después, le impactó la dureza de aquel argumento tan dramático que simbolizaba el final de los humanos, la desintegración total. Contaba también que pasó un miedo tremendo al pensar que quizá no resistiera la grúa que elevaba la cabina a casi 70 metros de altura. O incluso que se desprendiera el suelo del cubículo mientras lo zarandeaban por el aire.



Una cárcel metafórica

Lo curioso de esta trama genial es comprobar cómo nadie, ni vecinos, ni policía ni bomberos, pueden rescatar al hombre encerrado en una aparentemente simple cabina. Esa es la clave de la película, pues como bien aclaró Mercero en su momento, se trata de un encierro metafórico que representa las múltiples cabinas que puede sufrir un individuo: cabinas mentales, educativas, morales o económicas de las que necesitamos liberarnos para tratar de encontrar la felicidad.

 

   Durante el avance del mediometraje el espectador permanece siempre pendiente de un final que, pese a entreverse dramático, no invita a imaginar de qué forma devastadora se va a desencadenar. El reparto de La cabina lo completan otros actores de altura también desaparecidos, desde Carmen Martínez Sierra a Goyo Lebrero o Agustín González, quien encarna en uno de los momentos más espeluznantes de la historia a otro individuo encerrado en una cabina idéntica.

 

   A medida que avanza la acción a un ritmo trepidante, la inquietud aumenta poderosamente. Hasta que se masca la tragedia. La música de Carl Orff es agónica. Como soberbias son las secuencias de la citada grúa separando la cabina del camión, la inútil lucha del protagonista hasta el final con su rostro fuera de sí en los últimos instantes, cuando, abatido, desliza su mano por el cristal.

 

   Todo termina igual que empieza, al llegar a una plaza un camión que transporta una cabina de teléfono. Los operarios la anclan bien y dejan la puerta entreabierta para que entre la siguiente víctima y se quede dentro. La terrible historia se repetirá inexorablemente.

 

Premios internacionales

Tanto Mercero como López Vázquez tenían la esperanza de que aquel trabajo recibiera un premio importante. Y así ocurrió. La cabina sigue siendo todavía uno de los espacios más galardonados en la historia de TVE, hasta el punto de obtener el Emmy, equivalente al Óscar en la pequeña pantalla. En su nutrido palmarés figura también el Premio de la Crítica Internacional de Montecarlo, el del Canal 47 de Nueva York al mejor programa dramático, el Ondas para Mercero en 1973 o el Fotogramas de Plata para López Vázquez como mejor actor de televisión.

 

   La inauguración de esta cabina-monumento en Madrid vendrá a confirmar el impacto sociocultural de esta magnífica obra audiovisual que debería estudiarse en todas las escuelas de cine y televisión del mundo.

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