Tecnología y derecho
IA: Una historia muy real
La nueva tecnología ha llegado para quedarse, pero necesitamos un marco legislativo que garantice un escenario ético y responsable. Solo así evitaremos nuevos casos como el del actor británico Dan Dewhirst, que cedió su avatar y se acabó viendo como presentador de un telediario que ofrecía noticias falsas sobre Venezuela
María Estévez-Serrano
Actriz. Socia número 14.632 de AISGE
Acababa de estrenarse el año 2023 cuando recibí un mensaje de mi representante en Londres. Tuve que leerlo varias veces y llamarle por teléfono para corroborar que aquella propuesta era real. Hacía no demasiado tiempo había visto la película The Congress (2013), de Ari Folman, basada en el libro de Stanislaw Lem Congreso de Futurología (1973). En aquel largometraje, protagonizada por Robin Wright, la actriz -que se ficciona a sí misma- recibe una oferta de su representante para que, escaneando su cuerpo y gestualidad, genere un avatar que la industria podrá utilizar para hacer futuras películas, incluso cuando ella ya no esté entre nosotros. La cinta plantea infinidad de preguntas con implicaciones éticas al respecto de los derechos de imagen y reparto de beneficios por el uso de ese avatar. Sin embargo, no ofrece respuestas, ya que el guion evoluciona hacia una fantasía distópica muy recomendable de ver. Más aún hoy, cuando esa fantasía ha dejado de serlo.
Para mí dejó de serlo aquel 19 de enero de 2023, cuando recibí el correo del que os hablaba y cuyo asunto versaba: "Stock Avatar Proposal" ("Propuesta para banco de avatares").
La compañía era Synthesia, para la que yo ya había realizado algún trabajo de doblaje anteriormente y cuya tecnología ya me había hecho plantearme ciertos cuestionamientos. Pero esta vez, la realidad igualaba a la ficción que yo conocía hasta ese momento. Lo que Synthesia proponía era exactamente lo que había visto en la película de Folman. Tras el escaneado de mi cuerpo y gestos, mi avatar formaría parte de un catálogo que Synthesia podría vender a terceros para su uso. Los clientes podrían comprar estos avatares y utilizarlos para crear vídeos corporativos o promocionales, formaciones en empresas e incluso anuncios. Respecto a la compensación económica, había dos modalidades. En la primera pagaban 3.000 libras esterlinas (3.440 euros) por disponer del avatar en su catálogo durante tres meses; en la segunda, ofrecían exactamente el doble por ceder el avatar en perpetuidad. En ambas modalidades, el día de rodaje (o de escaneo, más bien) se pagaba aparte y la tarifa diaria era de 333 libras (382 euros).
Desde el primer momento mi representante me advirtió de que la propuesta tenía ventajas y desventajas, y me adjuntó toda la información acerca del uso y derechos de imagen que le habían proporcionado. Reconozco que aquella inyección de dinero fácil me habría venido muy bien en aquel momento, pero me surgían demasiados interrogantes. ¿Tendría yo derecho de veto a compañías y/o trabajos que no estuvieran alineados con mis convencimientos morales? ¿El uso de mi avatar generaba derechos de imagen? ¿Una misma empresa podría usar mi avatar una o cien veces sin coste adicional? ¿Existían garantías y límites al respecto del uso de mi avatar en el campo de la pornografía? ¿Podrían alterar mi cuerpo o rejuvenecerlo y/o envejecerlo sin mi consentimiento previo? ¿Habría control sobre esos terceros para asegurarse de que la actividad económica que ejercían no era en ningún caso fraudulenta?
Eran demasiadas dudas que no pudieron ser respondidas, así que decidí rechazar aquel caramelo envenenado. No lo hizo, sin embargo, un compañero de profesión cuyo caso se ha hecho viral.
Dan Dewhirst es un actor y modelo británico a quien su representante le ofreció esa misma propuesta de Synthesia, pero en julio de 2021, fecha en la que en Reino Unido los teatros y la mayoría de los estudios seguían cerrados por la pandemia. Había facturas que pagar y, a pesar de sus dudas, Dan aceptó la oferta esperando que el contrato que firmase tuviera los mismos o similares derechos y salvaguardas que otros que había rubricado para compañías de banco de vídeos o imágenes.
El tiempo ha demostrado que, desgraciadamente, no podía estar más equivocado.
Tras hacerse una selftape, Dan fue invitado a los estudios de Synthesia en el London East. Allí formó parte de una sesión en la que le grabaron leyendo un monólogo sin mucho sentido, pero cuya finalidad era capturar sus músculos faciales en el mayor número de posiciones posibles. Asimismo, su imagen fue capturada desde diferentes ángulos y con diferentes tipos de vestuario y uniformes para abarcar un amplio abanico de profesiones. Dan recibió la remuneración por aquella jornada de rodaje y, a los pocos días, le comunicaron que había superado la prueba y se le envió el contrato de trabajo.
En los permisos relativos a los derechos de imagen que Synthesia enviaba en la convocatoria de casting existía un apartado con limitaciones. Entre ellas se leía claramente que los avatares no podían ser utilizados ni por la compañía ni por sus clientes para generar ningún contenido ilegal, ni con el propósito de explotar o ejercer daños a menores de edad, ni para crear contenido religioso o político, o que de alguna manera pudiera ser considerado obsceno, difamatorio, amenazante, fraudulento, abusivo o discriminatorio. Sin embargo, todas esas salvedades no aparecían en el contrato final que recibió Dan.
Como miembro del sindicato de actores Equity, Dewhirst lo consultó con ellos y con su agente. Los primeros le desaconsejaron firmar el contrato en esos términos; el segundo le remitió tanto al texto que se enviaba en la convocatoria e invitación al casting, como al manual de códigos éticos de Synthesia donde sí figuraban especificadas esas limitaciones. Con esas garantías, y a pesar de que dudaba del contrato final, Dan decidió firmar.
Dos años después, en abril de 2023, comenzó a recibir llamadas de varios amigos y compañeros preguntándole si era él quien aparecía presentando un telediario venezolano y que un reportaje de la CNN destapaba como medio que divulgaba fake news sobre la economía en Venezuela.
Los peores temores de Dan se habían hecho realidad. Su avatar había sido usado en TV y redes sociales para esparcir noticias falsas y propaganda política con la que jamás hubiera querido que lo asociaran.
Dan lo puso inmediatamente en conocimiento de Equity, quien en estos momentos sigue representando legalmente al actor frente a Synthesia. Una empresa cuyo valor en el mercado a finales de 2025, según la revista Forbes, asciende a 4.000 millones de dólares, y cuyos avances tecnológicos en el campo de la IA han hecho que uno de sus fundadores, Victor Riparbelly, fuera considerado en septiembre de 2024 por la revista Times como una de las personas más influyentes en el campo de la IA a nivel mundial.
A raíz de darse a conocer el caso de Dan Dewhirst, otros actores han acudido al sindicato británico en busca de asesoramiento legal tras haber sufrido casos de abuso en el campo de la IA. El periódico británico The Guardian ha publicado recientemente un reportaje sobre el caso de Dan y el de otros actores y actrices víctimas de Synthesia, cuyos avatares han sido utilizados para apoyar la dictadura en Burkina-Faso tras el golpe militar de Ibrahim Traoré en septiembre de 2022 o promover el uso de criptomonedas.
El pasado año, esta start-up británica cerró un acuerdo con la empresa estadounidense Shutterstock, la plataforma digital líder a nivel global como proveedor de imágenes, vídeos y música. Synthesia pagará la empresa estadounidense una cantidad que no ha sido revelada para poder usar su banco de vídeos corporativos y entrenar con ellos a su nuevo modelo de IA. El objetivo es conseguir que las voces y los gestos de sus avatares tengan cada vez un aspecto más realista.
La realidad ha alcanzado a la ficción y no podemos pararla. La Inteligencia Artificial, al igual que sucedió con la máquina de vapor en el siglo XIX, es una tecnología que ha llegado para quedarse, y por ello no podemos evadir la responsabilidad que tenemos para con las futuras generaciones. Es esencial que nos sentemos a dialogar todas las partes implicadas, porque en nuestra mano se encuentra aún que podamos luchar por una legislación que nos proteja de abusos como el de Dan Dewhirst. Una legislación que convierta esta nueva tecnología en un bien útil y beneficioso para todos, desarrollado dentro de un escenario ético y responsable. De lo contrario, en no demasiado tiempo, estaremos viviendo una pesadilla distópica cada vez, por desgracia, más fácil de imaginar.
María Estévez-Serrano, actriz, escritora y directora, ha desarrollado su carrera profesional a caballo entre Londres y Madrid. Se formó en la escuela de Cristina Rota, estudió Filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid y también cuenta con formación en jazz y danza contemporánea en la escuela de Carmen Senra. En la capital británica fue doblemente galardonada (2019) con un accésit como mejor actriz y el Lukas a Mejor Producción Teatral en los premios latinos del Reino Unido. Obtuvo el premio del jurado en los Bonobo de poesía de 2022. Acaba de regresar de Manchester de dirigir 'Arcadia', de Tom Stoppard
En el verano de 2020 concedió esta amplia entrevista a la revista AISGE ACTÚA




