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24-06-2026


Iker Azkoitia
“Para escribir hay que tener dinero. Esto empobrece mucho el tipo de historias que se cuentan”



Ver cine modeló su vocación. Fue actor antes que guionista. En este momento ejerce ambas facetas, aunque la segunda es su sueño. Comprometido desde hace años con la comunidad sorda, a este creador no se le cae ningún anillo



FRANCISCO PASTOR

FOTOS: ENRIQUE CIDONCHA

Iker Azkoitia trabajó en una tienda de calzado durante una década. Lo cuenta cuando la grabadora está apagada y duda sobre la conveniencia de que eso se publique. “No quiero dármelas de hombre hecho a mí mismo. Yo puedo dedicarme al cine porque he tenido mucha ayuda de mi familia y mi pareja”, acaba cediendo. Una vez hecho ese agradecimiento, hay que decirlo: este artista de Eskoriatza (Gipuzkoa) se lo ha trabajado. Nacido en 1987, quería contar historias desde que era pequeño y veía series como Ally McBeal o 7 vidas. Pasó la adolescencia en Donostia y frecuentemente iba solo al cine. Así descubrió películas como Magnolia (1999) o Las horas (2002). Luego se licenció en Publicidad y Relaciones Públicas. Su familia le había pedido que fuera a la universidad antes de entregarse por completo a lo suyo. Y por fin empezó el sueño. Azkoitia estudió Arte Dramático en Madrid y Ficción Televisiva en la ESCAC. Ha creado teatro musical, como la obra Una corona para Claudia. Su cortometraje Semeak acabó galardonado en una de las categorías extraoficiales del Zinemaldia en 2015. También firma la obra Grito, boda y sangre, que produce el mismísimo Centro Dramático Nacional. La dirige la artista sorda Ángela Ibáñez. Hace años que ella y Azkoitia se conocen. Así empezó el interés de este último por quienes viven sin el sentido del oído. Ese compromiso lo ha volcado en la serie Romi, un thriller sobre una detective sorda en el que han actuado los consagrados Elena Irureta, Asier Etxeandia o Unax Ugalde.


— ¿Cómo fue ver en la televisión un trabajo tan suyo, suyo desde la primera idea?

— Increíble. Romi es una serie con muchos universos diferentes. Hay drama, tensión y alivios cómicos. Eso hay que encajarlo en los guiones, pero no sabemos si funciona hasta que no lo levantan los actores. Este trabajo llevó más de seis años y ha visto la luz después de superar varias convocatorias, laboratorios y filtros. Cuando llegó a manos de Mediaset, vi que ellos tirarían hacia lo trepidante y lo directo, así que a mí me tocaría defender la parte más artística. Buscar ese equilibrio fue un camino duro, aunque bonito.



— ¿Cómo empezó su relación con la comunidad sorda?

— Descubrí a Ángela [Ibáñez] en la obra Cáscaras vacías y su actuación me fascinó. Enseguida supe que quería escribir algo para que lo protagonizara ella. Le pedí que nos tomáramos un café. Pese a que yo aún no hablaba la lengua de signos, ella me leía los labios.


— Fue algo bastante directo, entonces. 

— Quería conocerla, ver qué tipo de personaje le podría escribir, saber si a ella misma le rondaba alguna idea. Quedamos muchas veces más y realizamos improvisaciones. Aquello nos llevó hasta El grito de la tortuga, en el Teatro Lara. Trabajando con Ángela me di cuenta de muchas cosas. Junto a una persona sorda, los ensayos y las reuniones deben hacerse en círculo para que podamos leernos los labios. Ella se desenvolvía de una forma prodigiosa y lo cazaba todo al vuelo: la expresión de la cara, el lenguaje corporal. Entendía lo que decíamos entre líneas.



— Comentaba usted que Romi nació entre convocatorias y filtros. ¿Lo tienen más fácil quienes pueden asumir el desembolso que conlleva tanto trabajo por adelantado?

— La industria del cine es clasista. Las escuelas son muy caras. Quienes dan forma a nuestras ficciones son quienes pueden resistir a la precariedad y la sequía. Para escribir hay que tener dinero. Esta realidad empobrece mucho el tipo de historias que se cuentan. Debería haber más becas y ayudas a la escritura como a las que yo he optado.


— ¿La industria y las instituciones favorecen que las ficciones recalen en Euskadi?

— Está habiendo un boom de ficciones rodadas fuera de Madrid, sobre todo en Bilbao. Hay incentivos, lo cual se agradece. Pero siento que muchos de esos trabajos se escriben desde fuera y no llegan a reflejar muy bien la cultura vasca. Me gustaría que también se cuidara lo otro: escribir desde allí, cultivar ese talento propio. Hay un evidente interés por el cine vasco, y la lengua no es una barrera. Ya lo vimos con Errementari (2017).



— ¿Descubrió un mundo muy distinto al verse escribiendo en Élite?

— Supe que había una vacante. Y me respondieron de una semana para otra. Lo cierto es que fue un reto: me uní a un equipo consolidado que conocía muy bien las tramas, los ritmos, los personajes. Se movían bien en ese equilibrio entre contar las cosas desde la verdad y no tomárselas muy en serio. Descubrí formas de montaje cercanas al videoclip. Preparé secuencias que llevaban al límite la norma de entrar tarde y salir pronto. Ahí estaba yo, casi el único guionista nuevo y 10 años menor que el resto, escribiendo la biblia de la temporada. Se trataba de la octava y última entrega, cuando ya se habían contado muchas cosas y la audiencia estaba cansada. A pesar de todo, logramos sacarlo adelante.


— ¿Qué sueños le quedan pendientes? 

— Yo me quedo de guionista. Sin duda. Tengo ganas de trabajar en equipos diferentes, ocupar distintas posiciones, continuar el aprendizaje, probar lo que aún no domino. Entender lo que necesitan otros profesionales, los tiempos con los que trabajan y los tipos de decisiones que toman, poder empatizar con todos los miembros de la industria. Sacar adelante Romi me ayudó a conocer todo el trabajo de oficina que hay por encima de una producción, a entender qué mecanismos operan más allá de la aportación del autor. Ahora sé que una ficción es un conjunto de visiones distintas que inicialmente no coinciden. Y mi misión como guionista es hacer que coincidan. Ese aprendizaje me lo llevo para cuando cumpla otro sueño: sacar adelante los largometrajes que tengo en un cajón.


— ¿También seguirá actuando, como ha hecho en las series Poquita fe y Los Farad?

— Ese sueño permanece, aunque en un lugar distinto. Lo vivo desde la calma y la falta de exigencias. Como he vivido la ficción desde el otro lado, muy pegado a la industria, ya no lo paso mal si no me dan un papel. Lo habitual en este mundo es llamar a muchas puertas y lo raro es que se abra alguna. Recibo con los brazos abiertos mis personajes, me divierto y los disfruto mucho, pero no me marcho a casa pensando en que tendría que haber dicho esto o lo otro. Esta actitud me ha ayudado, sobre todo, cuando he actuado en un solo capítulo de series. Antes acudía tenso a esas grabaciones. Siempre me veía como la nueva incorporación a un engranaje que ya estaba en marcha. A mi llegada me tocaba recoger mucha información sobre el clima del rodaje y el código exacto en el que se estaba moviendo el elenco. Ahora, solo con eso, grabo unos planos y me marcho a casa. Reivindico a los actores que trabajan con esa capacidad de adaptación.

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