Línea de telón

Siete apuntes sobre 'Dolor y gloria', de Pedro Almodóvar

ALBERTO CONEJERO


Ilustración: Luis Frutos

 

 

Que el estreno de una película sea un acontecimiento en nuestro país es una rareza y un alivio, que además sea de uno de nuestros creadores roza el milagro. Han pasado pocas horas desde que salí del cine tras ver Dolor y gloria, la última película de Pedro Almodóvar;  ha sido en la sesión matinal de un cine de barrio del sur de Madrid, y aunque la mañana soleada invitaba aparentemente a otros placeres, la sala estaba bastante colmada. Otra alegría.


    A mi lado estaba sentado un matrimonio. “Disculpa que no me levante, tengo una pierna escacharrada. Bueno, hace años que me mata del dolor”, se ha disculpado el hombre cuando he ido a ocupar mi butaca. He recordado la frase y la expresión resignada varias veces durante la proyección de esta película que tiene, ya desde el título, el dolor como protagonista. El dolor físico, el dolor del alma, pero también un dolor luminoso, ocasión de conciencia y de perdón, de reencuentro y de esperanza.


   Se ha escrito y se escribirá mucho sobre la película. Así que yo me limito  a compartir con ustedes siete apuntes rápidos que he tomado al llegar a casa; pueden leerlos aunque no hayan visto la película, no adelantan nada que no deba adelantarse.

 

1.- Sobre la luz, el desamparo y el límite. He recordado esta frase de Wittgenstein en los créditos finales:  «Penetrar en la luz pura es análogo al descenso a un abismo temible. Sólo mediante esa empresa arriesgada, es decir, mediante el descenso a profundidades oscuras, es posible traer a la luz la verdad; sólo así es posible contemplar la luz, que es idéntica a la verdad».  Toda la película es un descenso luminoso. Esa cueva que, sin embargo, se abre al cielo azul. Como la escritura, como la creación, como el cine, como el teatro. Que necesitan la luz y la oscuridad.


2.- Julieta Serrano. Creo que sólo he tenido ocasión de saludarla una vez en mi vida. Vino a ver La geometría del trigo en el Centro Dramático Nacional.  No sé si me atreví a decirle cuánto la admiro. La última vez que la vi en un escenario fue precisamente en ese mismo teatro un año antes, haciendo Dentro de la tierra de Paco Bezerra y dirigida por Luis Luque. Si no me equivoco, esta es la segunda o tercera vez que hace de madre de Antonio Banderas. Me ha conmovido hasta las lágrimas. La escritura de Almodóvar alcanza en estas escenas la temperatura de prodigio: confía en la elocuencia del silencio, evita fáciles excesos y sentimentalismos, muestra más que dice (y, aquí de nuevo Wittgenstein), y dice más de lo que muestra. Julieta asoma la vida y la muerte por los ojos. Qué actriz.


3. -“He escrito para sobrevivir. He escrito porque era la única manera de hablar callándose. (…) Porque es la única manera de permanecer  al abrigo en ese nombre sin exiliarme por completo del lenguaje como los locos, como las piedras, que son desgraciadas como ellas solas, como las bestias, como los muertos”. Esto es Pascal Quignard. Esta película es también un ejercicio de supervivencia, de hablar callándose, de reservar una silla para los que ya no podrán ocuparla nunca, de rendir y rendirse cuentas para no rendirse.


4.-  Antonio Banderas. Cuánto con tan poco, qué manera de contener un vendaval en las pupilas. De nuevo la elocuencia del silencio. Toda su interpretación tiene calambre de poema. Escribió Juarroz que no hay poesía sin silencio ni soledad, pero que la poesía es también probablemente la forma más pura de ir más allá del silencio y más allá de la soledad.  El Salvador de Banderas es y no es un alter ego de Almodóvar. Creo que el director lo ha escogido porque son inquilinos de las mismas pasiones y de los mismos dolores: el corazón y sus averías, el cuerpo que va acusando los años, pero siempre el hambre de vida, las glorias y las incomprensiones, los viajes, las mil soledades, los excesos, las despedidas, y el devorarse para la máscara, entregándose por completo a la vocación, porque se teme tanto como se ama la vida.  Sublime él y también Leonardo Sbaraglia en las escenas del reencuentro. Qué emoción tan honda mirar los ojos de Salvador mirando los ojos de Jacinta. 


5.- No importa si esta película es un ejemplo de  autoficción o si no lo es. Yo no he tratado de descubrir los referentes reales tras los personajes, si es que los hay. He pensado en las cuevas de mi pueblo, Vilches, cuando he visto las cuevas de Paterna. Y en mis padres, y en mis abuelos. Una sola escena le sirve a Susi Sánchez para construir un personaje con alma de beata goyesca. Y Raúl Álvaro, presencia que es anticipo de ausencia. Porque es esta también la historia de todo un país, de las migraciones a las grandes ciudades, del deseo de regreso, del descubrimiento de la modernidad y algunos de sus fantasmas imprevistos. Aquí hay un creador que va vareando el rebaño de sus obsesiones, siempre iguales y siempre tan distintas. He leído que Dolor y gloria cierra una suerte de trilogía junto a La ley del deseo La mala educación. Pero esta película tiene algo de tornadizo de todas las películas de Almodóvar, de encrucijada de todos sus temas.


6.- El teatro. Y la música. Y la pintura. Y la literatura. Pero cuánto en esta película de homenaje al teatro. El personaje de Asier Etxeandía encontrando la redención en el pequeño infinito de la sala Mirador. El teatro que es siempre un nosotros, que es uno de los pocos espacios donde nos seguimos mirando frente a frente, y moviéndonos a la vez, esto es, conmoviéndonos. El teatro que es una adicción de la que no puede salirse, como el cine. “Para qué voy a escribir si no puedo rodar”, dice en un momento Salvador. Escribir para el teatro, ese acantilado.  


7.- El primer deseo. La fiebre. Un cuerpo que se abre como un interrogante. Un dibujo como reliquia recuperada de un amor que fue y no fue. Enseñar a escribir es regalar futuro. La mano que guía la escritura. Y dar las gracias por vivir en un país en el que ese deseo puede ser ahora dicho con más libertad. Y desear que siga siendo así, aunque algunos sientan nostalgia de tiempos pasados y peores, mucho peores. Y entonces confiar, confiar y confiar. Y dar las gracias a Almodóvar por contarse para contarnos. 

           

           

   

 
           

Alberto Conejero (Jaén, 1978) es dramaturgo y poeta y tras estrenar en Madrid 'Los días de la nieve', se dispone a hacer lo propio con 'La geometría del trigo'. Ganó, entre otros, el Premio Max por 'La piedra oscura'. Otras de sus obras teatrales son 'Ushuaia' o 'Todas las noches de un día', mientras que 'Si descubres un incendio' es el título de su primer poemario

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

       

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